Archivo por días: 16 noviembre, 2005

Crónica (y IV)

Tengo que reconocer que la última de las conferencias del ciclo Gould ha sido algo peculiar: sólo he hablado durante 10 minutos. Lo he advertido nada más comenzar: “hoy voy a hablar muy poco, apenas 10 minutos; el resto lo dirá él”. Y la razón que ha motivado esa brevedad en mi exposición se ha debido a la proximidad al corazón del Norte, final de nuestro trayecto. Cuando alcanzas la frontera del Norte ocurren cosas extrañas. No es que no puedas entrar, es que no puedes decir. “La Idea del Norte” es un espacio mental, una atmósfera emocional. No hay palabras, o quizá sobran.

He empleado el tiempo en proyectar íntegramente el vídeo que Gould se hizo grabar en el estudio de grabación interpretando su última versión de las “Variaciones Goldberg”, en 1981. No es la misma que apareció, poco después, en disco. El fundido en negro tras la última pulsación ha producido una reacción inesperada en el primer grupo: alguien ha sentido la necesidad de pedir un aplauso y ese desahogo colectivo que rompía un silencio absoluto mantenido durante toda la proyección ha desencadenado una serie de comentarios espontáneos, entusiastas, emotivos y sumamente interesantes. “Yo he sentido su dolor”, ha dicho una voz sorprendida de sí misma, como si hubiera sido presa de una revelación; “a mí me ha despertado ternura”, ha añadido otra voz más pudorosa. Hay quien ha observado que la música no estaba fuera, esperando ser atrapada con las manos y fijada en el teclado, sino que salía de dentro. Pero el conjunto ha percibido la comunión entre el hombre y su instrumento, la “verdad” que se ha materializado en el éxtasis de la interpretación, llamémosle “verdad” a eso que nos embelesa y nos hace sentir que lo que ves nace del fondo del corazón de ese ser a quien, finalmente, hemos encontrado.

La reacción del segundo grupo ha sido igualmente intensa, pero se ha materializado de manera muy distinta. Yo sé por experiencia que cada grupo tiene su propia tonalidad; yo mismo marco un compás distinto ante un grupo u otro, una vez que he podido adivinarles el tono, cosa a la que empleo unos minutos el primer día mientras pronuncio las palabras de bienvenida y el diapasón de dentro trabaja. En el segundo grupo el fundido en negro tras el final del Aria se ha prolongado en el aire de la sala, en la que nadie se ha movido y donde se ha mantenido un silencio sobrecogido como si todavía permaneciéramos allí, imposibilitados de volver.

Ya ha terminado todo. Yo no sé si a lo largo de estos tres días he hecho un buen trabajo; pero sí sé que he hecho bien en muchas personas, porque lo he visto y lo he sentido, y eso es motivo más que suficiente para recompensar, con creces, este esfuerzo tan grande en el que he puesto el alma, en el que tengo la impresión de haber perdido algo y haber recuperado otras cosas de mí mismo, y que quedará para siempre en el recuerdo de los momentos inolvidables.

Ahora toca regresar.