Archivo por días: 14 noviembre, 2005

Crónica (I)

Si echas un vistazo a la lista de viajeros que esta tarde han iniciado la incursión al Norte, encontrarás el nombre de Olga. Cuando se han encendido las luces de la sala de conferencias, la he visto pasar con lágrimas en los ojos y una sonrisa amplia en el rostro, que es un tipo de llanto que a mí siempre me ha impresionado muchísimo porque nunca sabes si llora la sonrisa o sonríe el llanto. Al percatarse de que la miraba me ha dicho que no pasaba nada, pero es que era inevitable quererlo y al decir eso ha señalado a la pantalla donde todavía permanecía la imagen estática de Gould embelesado inclinado sobre el teclado del piano. Ha sido la reacción más destacada de una primera jornada de viaje que ha dejado en el ánimo de los exploradores sensaciones positivas, por lo que he podido percibir.

¿Qué imagen quedará de Gould en ellos? Me lo preguntaba mientras contemplaba sus rostros a la vez que les hablaba. Surgían sonrisas, y de las sonrisas las risas; risas amables, de esas que te dicen que todo va bien, que adelante. También ha habido momentos para el silencio atento y la mirada absorta en las evoluciones de las manos del pianista en la pantalla. Ha sido un primer contacto, una presentación. Yo he sentido el calambre de la emoción. No se me escapa que al pretender hablar del intérprete yo mismo le estoy interpretando; muestro a Gould tal y como lo veo y lo siento y me pregunto cómo interpretaran ellos, a su vez, la imagen que yo les deje como recuerdo de esta experiencia que acaba de emprender el camino.

Ahora toca descanso. Todavía no saben, no se lo esperan, que mañana Gould renunciará.

Norte

Ha llegado el día. Dentro de un par de horas daré comienzo al ciclo de conferencias sobre Glenn Gould que lleva el título de “La Idea del Norte” y que se prolongará hasta el miércoles en sesiones dobles porque han salido dos grupos: uno a las 19:00 y otro a las 20:30. Me toca hacer de guía en esta incursión al Norte que no sé muy bien qué va a depararnos. Confieso que esa incertidumbre me resulta sumamente estimulante. Haré de explorador sentado ante una mesa con la lamparita al lado y el portátil al otro, la sala en penumbra y Gould esperando en la pantalla.

Esta mañana, probando los equipos, ha ocurrido una cosa curiosa. Me he sentado en una de las butacas de la sala de conferencias vacía y Gould ha aparecido en una filmación en blanco y negro de 1959. Se removía inquieto en su esperpéntica silla de apenas 32 cm de altura y ha vuelto su mirada para preguntarme si el ruído de la madera resultaba molesto. Esa filmación la he visto decenas de veces pero de pronto me ha sorprendido comprobar que quien me hablaba era un extraño al que yo no conocía de nada. Me he acercado al portátil inquieto y he vuelto a poner la grabación y esta vez, al hablarme, he encontrado a la figura familiar que esperaba ver y he sentido una confortable sensación de alivio.

A decir verdad, no es la primera vez que me ocurre. Gould es resbaladizo y hace siempre lo posible por mantener las distancias y esconderse, lo sé bien. Así que he tomado la determinación de hacer lo mismo con él esta tarde. No va a saber por dónde le voy a salir al encuentro, a pesar de que el mapa del guión ha sido trazado concienzudamente estos últimos días para evitar extravíos en la ruta. Cualquiera puede pensar que eso es una tontería, que no sirve de nada. Pero yo ya me entiendo.