Archivo por días: 13 noviembre, 2005

Fe

Si nuestro planeta es una pequeña roca que gira junto a otras alrededor del sol; y si ese sol a su vez forma parte de un todo de cien mil millones de soles llamado galaxia; y si a su vez esa galaxia es un grano de arena entre una cifra imposible de galaxias, es absurdo pensar que haya un Dios que se preocupe por la operación de hernia de nuestra cuñada, o del examen de oposición de nuestro hijo. Ese Dios es producto de la arrogancia del hombre, que ha sido capaz de inventarlo y ponerlo a su servicio para no reconocer lo insignificantes que somos.

Nunca he comprendido muy bien la razón que explique por qué hablar de este asunto remueve tantas susceptibilidades cuando, que yo sepa, no se falta a nadie al respeto ni se ofenden opciones personales. Pero sospecho que ese nerviosismo que se genera en ciertas personas cuando uno expresa este tipo de ideas no hace otra cosa que apuntar en la dirección de la tesis principal: que nos inquieta la posibilidad de que dicha tesis sea cierta o que, si nos paramos a pensarla dos minutos, nos demos de bruces con la evidencia aplastante.

Voy a ir más lejos todavía: personalmente no pongo en duda la existencia de una trascendencia que se nos escapa. Pero, desde luego, este Dios que nos están vendiendo desde hace milenios y que el hombre hizo a su imagen y semejanza no cuela. Y todo esto enlaza con dos post recientes a los que todavía doy vueltas: en la presentación de su última novela, Saramago ha dicho estos días que “la religión se alimenta de la muerte”, lo cual es una verdad como una catedral, y que “es demasiada arrogancia por nuestra parte pensar que hay un Dios infinito que piensa en todos nosotros. El universo no sabe que existimos”.

Por otro lado, sigue latiendo en mi interior la frase que el científico dejó caer cierta noche en la tele: “cada vez hay más evidencias que apuntan a que el universo pueda ser una fluctuación cuántica del vacío”, porque tengo la sensación de que tras esa frase se esconde algo grandioso e insospechado que un día nos acercará a la verdadera divinidad. Admiro y respeto a quienes mantienen una fe inquebrantable en una idea de Dios que se desmorona por momentos. Un amigo mío me hablaba el otro día de su madre, de 83 años, de rosario y misa diaria, de ayuno, vigilia y cirio. Se la encontró la otra mañana en la cocina mientras entraba un sol magnífico por la ventana y tras un hondo suspiro la oyó decir: “todo ha sido mentira.”.

Lo triste no es que al final vaya a resultar todo mentira, sino que el miedo nos haga seguir aferrándonos a esa misma mentira mientras la gran verdad quizá está llamando a la puerta en forma de ecuación. Los científicos serán los místicos del futuro.