Archivo por días: 9 noviembre, 2005

Identidad

La persona a la que más he querido en mi vida nunca se percató de mi existencia. No se lo reprocho. Durante varios años la ví pasar puntualmente a través de mi ventana prácticamente a diario. Por supuesto, lo que yo tanto quise fue una recreación personal y ficticia que atribuí a esa imagen adorable como quien pone un traje a alguien, soy consciente de ello; seguramente la realidad de esa persona era muy otra. Pero tengo una teoría según la cual sólo en la distancia puedes apreciar detalles que la proximidad no te permite. Por ejemplo, la casualidad quiso que una tarde, ante mi sorpresa, la persona a la que me refiero acudiera a una cita con un grupo de gente en la esquina enfrente de mi ventana. La ví venir apresuradamente porque llegaba tarde. Al cruzar la calle dio un pequeño traspiés y cuando alcanzó la acera observé una cosa muy curiosa: a su gente le sonreía despreocupadamente pero yo pude ver cómo descargaba la vergüenza de tan tonto desliz propinando con la mano un disimulado golpecito de rabia en el poste de una señal de circulación. Aquel detalle se me quedó grabado. También mantengo que la mejor manera de apreciar cómo es realmente una persona es contemplarla distraída, y eso lo tienes fácil si miras pasar a la gente por la calle.

De todos estos años de observación a través de la ventana, de espera ansiosa, (se retrasa, no viene, qué le habrá sucedido, ay madre) de elucubraciones que iban construyendo una biografía imaginaria (a qué se dedica, a quién conoce, qué le disgusta, por qué llora si es que llora, que alguna vez llorará, deja que te abrace entonces, anda) sólo supe su nombre de pila, que me lo decía a mí mismo mil veces al día por lo bajo como si de un mantra se tratase y una tarde de Mayo, sabedor de sus horarios, metí en un cajón el sentido común y salí a su encuentro. Yo la veía venir y se me aceleraba el pulso pero al final no pude ni mirarla porque en el instante en que pasé a su lado sucedió algo del todo imprevisto: oí su voz. Lo que dijo exactamente fue “… y eso es difícil”, con sus puntos suspensivos, como para olvidarlo. Es difícil transmitir las emociones que puede deparar escuchar a alguien decir lo difícil que es algo, aunque no sepas qué es ese algo tan difícil, con lo que me hubiera gustado poder ayudar. Yo lo que supe fue cómo sonaba su voz y ese descubrimiento me dejó fuera de combate por un instante; el hallazgo que, junto a su nombre, fue lo único tangible que me dejó.

Si anoto ésto a estas horas, que a otras horas no sé yo si sería capaz de anotarlo, y a ver mañana cómo queda a la luz del día que si no lo borro, es porque yendo a comprarme unas galletas de chocolate para merendar la he vuelto a ver. Así, de repente. En la misma puerta de la tienda, después de tantos años de ausencia. Empujaba un carrito de niño y le he sujetado la puerta para que pudiera salir. Al pasar a mi lado me ha dado las gracias con el mismo tono con el que una lejanísima tarde de jueves dijo “… y eso es difícil”, con puntos suspensivos y todo, pero por un instante brevísimo se me ha quedado mirando como si le sonara de algo, y puedo asegurar que no ha sido una apreciación fruto de mi inventiva. A mí se me ha escapado una sonrisa, aunque tampoco creas que muy amplia.

El encuentro me ha dejado perplejo porque no he sentido nada. A ver, maticemos: nada en relación a las emociones que me recorrían el cuerpo en su día con sólo verla venir a lo lejos. Lo que he sentido ha sido una mezcla entre simpatía y nostalgia tontorrona, como cuando te encuentras con alguien del colegio, de los buenos tiempos, qué se yo. Hubo un tiempo en que la mera posibilidad de tener que sostener una puerta abierta para dejarle paso habría supuesto el mayor de los éxtasis e inmediatamente ese momento pasaría a engrosar la colección de tesoros junto a su nombre y su voz, que son las únicas cosas ciertas que me quedaron de ella. Pero hoy yo me he ido directo a por las galletas de chocolate que, por cierto, no quedaban, qué fastidio. Qué cosas más raras nos pasan.