Archivo por días: 7 noviembre, 2005

Ritual

El difunto Julio Mazo, librero de los que van quedando pocos y amigo inolvidable, solía reservarme el primer ejemplar recibido de la última novela de José Saramago, sabedor de mi devoción por el escritor. Un gesto tonto, si quieres, pero a mí me hacía mucha ilusión. Y a él también, porque para un librero que ama tanto los libros como los amaba Julio, contemplar la cara de satisfacción del lector al recibir su ejemplar tiene que ser muy gratificante. Ante la noticia, siempre feliz, del anuncio de la llegada inminente de una nueva entrega, me atreví a pedirle a Rosa, su viuda, que hiciera lo mismo, a lo que asintió con una sonrisa de las que llevan la nostalgia incorporada. No te preocupes, me dijo el viernes, el primero será para tí.

Este mediodía entraba a comprar la prensa cuando Rosa me ha llamado desde el fondo de la tienda: creo que viene en esta caja que acaban de traerme. Para allá que me he ido raudo y veloz. Hemos cogido las tijeras, cortadas las cintas de embalaje de una caja de cartón rectangular en la que no venía ninguna señal y una vez abierta ha elegido un ejemplar y me lo ha entregado con satisfacción: el primer Saramago para emejota, como siempre. Anabel estaba al lado, mirando por encima de las gafas, ya estaba cuando me fue entregado el “Ensayo sobre la ceguera”, mira si han pasado años.

El libro ha mostrado su título: “Las intermitencias de la muerte”. Historia tendrá el título, que a Saramago los títulos se le aparecen suspendidos del techo de una habitación de hotel, o contemplando desde el avión las casitas minúsculas de la ciudad antes de aterrizar, o de un equívoco al leer de corrido un titular de un escaparate al cruzar la calle. Mi primer pensamiento ha sido: es breve. No es del calibre del Ricardo Reis, o del Memorial, sino más cercano al de los ciegos y el de los nombres, todos. Lo siguiente ha sido iniciar el ritual, que pasa siempre por buscar, lo primero, la dedicatoria. El placer de la búsqueda reside, precisamente, en que no va haber sorpresa porque siempre pone lo mismo: “A Pilar”. Pilar es Pilar del Río, compañera de Saramago y responsable de la interpretación primorosa al castellano de la música original de la prosa, que nace en portugués. Encontrar una y otra vez esa dedicatoria, la fidelidad a la misma, me resulta conmovedora. Esta vez hay un añadido, en la anterior novela también; allí decía “A Pilar, los días todos”, y el añadido me inquietó un poco, mira tú qué cosa más tonta, porque pensé que una leve variación en el gesto inmóvil podía presagiar algo. En esta ocasión pone “A Pilar, mi casa”.

El siguiente paso en el ritual consiste en buscar la frase. Todas las novelas de Saramago incluyen una cita a modo de recibimiento, solitaria en la página en blanco, que es una cita sacada de un libro inexistente. Esta vez pone “Sabremos cada vez menos qué es un ser humano” y añade, a continuación, que dicha frase podría leerse en un libro titulado “Libro de las previsiones” que, seguramente, estará colocado en una biblioteca imaginaria junto al “Libro de las evidencias”, y otros tantos. De todas formas, el libro será imaginario pero me temo que la cita no puede ser más real.

El ritual concluye leyendo la primera frase de la novela, que es aquí la misma con la que termina, como en las Variaciones Goldberg, mira tú por dónde: “Al día siguiente no murió nadie”. Quédate ahí, en el punto, y piensa en ella. Yo lo he hecho y he llegado a la conclusión de que sí señor, así se empieza una novela. Finalmente leo el primer párrafo y ahí está, antes de llegar a la primera coma, el tono, la voz familiar, ese narrador inconfundible que lleva años contándote esas fábulas prodigiosas con aquella música de palabras que te acaricia los oídos. Seguro que en algún momento de esta nueva historia, inédita todavía porque no he tenido tiempo para más, citará momentos pasados guiñándote el ojo, para decirte: aquí estamos otra vez, ha habido suerte.

Tengo el tomo, nuevo, limpio, oloroso, ante mí. Me llama. De momento poca cosa sé de él, sólo que, una vez más, una situación insólita, a contracorriente, sirve de pretexto para mover algo en la conciencia, para decirnos algo importante que nos atañe, en esta ocasión sobre nuestra perplejidad ante la evidencia inevitable de que nuestra existencia tiene un final: un 31 de diciembre, la muerte decide dejar de actuar y la euforia colectiva se desata, pero muy pronto llegará la desolación y el caos. Así de escueta y así de estimulante se anuncia esta nueva aventura que seguro deparará momentos excelentes. Ya lo verás.