Archivo por días: 6 noviembre, 2005

Gould

Glenn GouldTrabajar en algo que te apasiona, por laborioso que sea el trabajo, es un privilegio que no dejo de valorar. La semana próxima sale a la luz, al fin, un proyecto largamente acariciado: un ciclo de conferencias sobre Glenn Gould. Llevaba tiempo con la mirada puesta en un ciclo que tuviera al intérprete como protagonista. Los cursos de divulgación musical suelen olvidar ese eslabón fundamental en la cadena de comunicación entre la obra musical y el oyente. Un cuadro, una película, no necesitan intermediarios; la música sí. Plantear una pregunta como ¿qué parte de sí mismo pone el intérprete en la obra que reproduce? me ha parecido desde siempre sumamente estimulante para poner al oyente en predisposición de descubrir este mundo fascinante en el que reparamos tan poco.

Hay otra razón para hacerlo ahora y hacerlo con Gould. En realidad, dos razones: la primera es que se conmemora el cincuentenario de la grabación de la primera versión de las Goldberg y los aniversarios, siempre lo digo, son excusas estupendas para traer a colación asuntos que nos apasionan. La segunda es que Gould es el tipo perfecto para ejemplificar un proyecto de este tipo porque Gould representa lo mejor y lo peor, es un personaje excesivo y torrencial. Y contar con un material tan enfático es bueno desde el punto de vista pedagógico.

Como el formato es novedoso y, lo reconozco, atrevido, que ésto no es Madrid sino una pequeña ciudad de provincias, el ciclo Gould es el primer proyecto de producción propia que Aula Clásica asume en solitario; vamos, que no contamos con el apoyo de nadie. Otro reto a afrontar: ¿se animará alguién a adentrarse en la aventura?

Estoy del todo inmerso con Gould y hay algo que me desasosiega: demasiado para elegir, para seleccionar, aunque tengo muy claro en la cabeza de dónde parto y el punto exacto al que quiero llegar. Acabo de visionar su grabación de una Gallarda de Byrd con la cámara fija en la vertical del teclado, y de esa excentricidad de un par de minutos sale una lección de contrapunto que los dedos de Gould delinean exquisitamente. Antes he escuchado el fragmento de audio de lo que aconteció en el Carnegie Hall de New York el 6 de Abril del 62 cuando Bernstein, antes de comenzar a dirigir el Concierto en re de Brahms, se vuelve inesperadamente al público y lanza un discurso advirtiendo de lo que se avecina, que no está del todo de acuerdo con lo que el señor Gould va a hacer pero que si no ha sido cancelado es porque, en el fondo, cree en las ideas de este “pensador del piano”, así lo denomina, y se confiesa fascinado. Después, ante la sorpresa y las risas del auditorio, Bernstein se pregunta encogiéndose de hombros “¿pero aquí quién es el jefe, el pianista o el director de orquesta?”.

En conclusión, que tengo todo el archivo Gould sobre la mesa y por el suelo: montones de carpetas, apuntes, cd´s, fotografías, vídeos, libros, papeles… Y todo lo reflexionado durante años, lo vivido con deleite, lo soportado con indignación, que a mí Gould me cae simpático hasta cuando se pone insoportable. Me encuentro estresado y pasándomelo en grande; divirtiéndome y algo asustado. Así es entrar en Gould. Pero la oportunidad ha llegado: 14, 15 y 16 de Noviembre. Tengo que encerrarme para dar forma al puzzle, no queda mucho tiempo, así que en este blog que tanto debe al espíritu gouldiano no sé qué va a pasar los próximos días; una de tres: o lo desatiendo (sería la primera vez que dejo pasar varios días sin escribir), o escribo con frecuencia sobre Gould de manera paralela a lo que vaya saliendo en el trabajo en el que estoy inmerso, por lo cual pido (más) paciencia a mis lectores o, quién sabe, lo mismo no pasa nada y mañana salgo con un post cualquiera, como si de unos días normales se tratara. A saber. De momento, vuelvo al trabajo.

Cuatro manos

Para Gabriela, que se preocupa

Después de estos días tan movidos, ayer fui a casa de mis amigos Javier y Mila. Viven en una casa con jardín en las afueras. Como carezco de sentido de la orientación a veces me pierdo a mitad de camino y doy unos rodeos rarísimos. No es la primera vez que he tenido que llamar desde el móvil pidiendo auxilio entre las risas de ambos. ¿Será posible?, dicen. Ayer llegué bien. El plan era irresistible: tocar a 4 manos “Ma mère l´oye” de Maurice Ravel, que hemos empezado a montar, cena al calor de la charla y las risas y observar a Júpiter desde el jardín, que Javier es un experto en astronomía.

Yo siento veneración por Ravel en general, pero esta obrita minúscula, de apariencia frágil, como de cristal a punto de romperse si no pulsas con cuidado, pero de fondo insondable, goza de mi especial predilección. Ravel propone 5 piezas que son la recreación de determinadas atmósferas de otros tantos cuentos infantiles. En la misteriosa “Pavana de la bella durmiente”, por ejemplo, lo que atrapa Ravel en sus 20 compases es el instante perpetuamente detenido. El sueño infinito de la princesa, de toda la corte, de toda la vida en su castillo que va siendo envuelto por la vegetación del bosque. Hay un reloj que suena aquí y allá, al fondo, en algun lugar, en tu mano izquierda o en mi mano derecha; y la elegancia de una cadencia arcaica, y una melodía como de canción de cuna que repite una y otra vez su idea esencial (el tiempo estancado) mientras un dedo, sólo un dedo, colorea de armonía mínima la estampa silenciosa. ¿Es una música descriptiva? Sí y no. Más que una descripción literal, a modo de música programática, con onomatopeyas musicales evidentes, lo que Ravel busca es plasmar una atmósfera, una determinada, e introducirnos en ella. Esa es la promesa fundamental de esta obra imprescindible.

Y así hasta la última pieza, entre delicia y delicia (pasa tu mano por aquí que te dejo sitio, ojo que te has dejado unas migas de pan en el camino de Pulgarcito, que no se las coman los pájaros, aunque al final se las comerán y ya verás qué fastidio, el pobre) y entre sorpresa y sorpresa, como la utilización poética y transparente del severo contrapunto doble en dos ocasiones para hacer cosquillas a los oídos. Y, para terminar, la única estampa que no habla de un cuento determinado porque habla de todos: “El jardín encantado”, que es el homenaje particular de Ravel al territorio básico de todas esas historias: ya sea Nunca Jamás, el bosque encantado de Hansel y Gretel o el País maravilloso de Alicia.

Tocar a Ravel es un reto y una delicia que esconde un peligro: es endiabladamente complejo extraer su poética de cristal de esas obritas minúsculas. Pero estamos en ello. Debate: ¿es necesario distribuir el material tal y como lo exige la partitura? ¿No conseguimos un efecto mejor si estas 5 notas de mi mano las dejo en la tuya en este pasaje? Mila observa y asiente. En el descanso se ríen de mi imitación de Barenboim, porte tieso, papada reposando en el pecho, labio inferior deslizándose hacia afuera y hacia adentro mientras miras el teclado como con la ceja levantada, como si no te fiaras. Y vuelta a Ravel. Ravel el hipnotizador: un murmullo en las tripas nos hace reparar que han dado las 11. Y la cena sin hacer. Llamaremos al restaurante chino, ya veremos a ver qué pasa luego con la digestión, a ver qué noche nos da el rollito de primavera.

En la madrugada fría, Marte asomaba entre los árboles del jardín. Javier me lleva en coche a casa, que la noche está de tiritar. Mila me despide con un par de besos, un abrazo largo y una caricia en la espalda de las que dan calorcito del bueno y la promesa de que pronto nos vemos. Nos vemos, sí. Hay que ensayar a Ravel. Estudiar esta semana y volver a él. Javier y Mila no saben que cuando salga, porque saldrá, me quedaré sin voz. Me pasa cuando Ravel está a punto, es la señal: me quedo sin voz. Será lo que decía aquel sabio, o Santo, o quien fuera: la admiración produce silencio. A mí la magia de Ravel me quita la voz un ratito, pero me conforta el corazón como la risa de Mila, o el recibimiento caluroso de Javier. Luego llegas a casa y te vas a dormir con la sonrisa puesta.