Archivo por días: 3 noviembre, 2005

Freaks

Ordenando la mesa para intentar conseguir un poco de espacio libre me he encontrado con “Freaks”.

Lo más raro de una película tan rara como “Freaks” (1932) es que sea un producto de la Metro-Goldwyn-Mayer. La fábrica de sueños y glamour que alardeaba de tener “más estrellas que en el firmamento” hacía desfilar en pantalla a torsos humanos arrastrándose por el suelo y una variada colección de malformaciones, amputaciones y atrofias, como las cabezas de alfiler, ante el espanto de los espectadores. Y, para colmo, todo de verdad, sin trampa ni cartón. O sin maquillaje, para ser más exactos, porque si “Freaks” es una verdadera película de horror y si lo sigue siendo con tanta fuerza más de 70 años despues es porque sus monstruos no son producto del maquillaje, como el Frankenstein de Karloff, sino que son reales.

El empeño fue de Irving Thalberg (vaca sagrada de la industria, freak de la genialidad, talento fulgurante que se apagaría precozmente) que viendo lo que la Universal estaba recaudando con sus películas de miedo quiso apuntarse al carro. Pero a su manera. Y las maneras de Thalberg, imprevisibles, fueron en este caso dar varias vueltas de tuerca al género: llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Experimentar con el horror que, en este caso, surgía al enfrentar al espectador a una verdad incómoda: ésto pasa.

El mayor freak de la película es el director, Tod Browning, señor de lo oscuro. Eso Thalberg lo sabía y asumió los riesgos. Tenía que ser Browning. Browning se había hecho muy famoso ante el gran público al dirigir el Drácula de Lugosi pero donde verdaderamente disfrutaba era haciendo esos experimentos morbosos con la complicidad de Lon Chaney donde ambos se entregaban a tramas en las que el tema de la mutilación era recurrente. En “Garras humanas”, Chaney es un artista de circo que se hace cortar los brazos para conseguir el amor de la chica mediante la compasión. Y le sale mal, claro. A Browning le atraía mucho el tema de las mutilaciones físicas; él mismo las padeció a raíz de un accidente de coche en el que hubo algún muerto y donde él perdió algo, quién sabe si hasta un poquito de la razón.

“Freaks” trata el tema de los “fenómenos de feria”, esos engendros de la naturaleza que encontraban sustento siendo exhibidos en público en atraccciones que todavía siguieron existiendo hasta bien entrado el siglo. El propio Browning se había escapado de casa siendo adolescente para enrolarse en uno de estos espectáculos que recorría la América profunda, por lo que conocía muy bien el tema. Y Thalberg estaba al tanto del asunto. ¿Contaba Thalberg que la Guerra había traído de las trincheras un cuarto de millón de ciudadanos mutilados y eso iba a hacer cambiar la mirada y la consideración que la gente tenía ante la deformidad?.

Hay algo hipnótico en algunas secuencias de “Freaks”. Ves a Madame Tetrallini jugar en el bosque con sus criaturas y tienes la sensación de que por primera vez, el cine te muestra el otro lado del espejo, un mundo distinto, sin trampa ni cartón. Y esa escena produce una impresión que yo no he vuelto a sentir ante una pantalla.

Freaks

La visión que Browning ofrece de sus “fenómenos” es cruda pero se preocupa mucho de desvincular la deformidad física de la idea de criminalidad, lugar común en las historias del género. Podrá objetarse que, al final, esta idea tan cuidadosamente subrayada a lo largo del metraje caiga en contradicción. Pero no es menos cierto que el revuelo causado por “Freaks” la redujo, desde el instante mismo de su nacimiento, a algo incompleto, distinto, extraño a las intenciones de su creador. “Freaks” es una película mutilada en la sala de montaje, detalle a tener en cuenta tratándose de la obra de alguien que hizo de la mutilación una constante, una obsesión enfermiza.