Archivo por días: 2 noviembre, 2005

Dirigir

Jornadas Barrocas de Corella Ayer se inauguraron las 2as. Jornadas Barrocas de Corella (Navarra) con la “Burlesca del Quixotte” de Telemann, que ya habíamos puesto en escena, con buena fortuna, en el mes de Junio. En el ensayo de media tarde en la Iglesia de la Encarnación pude comprobar que la obra había madurado desde entonces, pero cuando sonaron los “Suspiros de amor por Dulcinea” tuve que carraspear un poco para llamar la atención a los chicos del cuarteto Initium. No hay suspiro, me atreví a decir. Y luego insinué si aceptarían una sugerencia. Viendo que los músicos (todavía con el arco en el aire) no parecían poner reparo al ofrecimiento me levanté de la silla y les conté mi visión de la pieza. Lo que pasa es que, estando como estoy acostumbrado por mi trabajo a ponerle palabras a la abstracción de la música, cuando tengo una idea musical clara se me apelotona en la cabeza y me trabo, balbuceo, me explico muy mal. El caso es que no sé si alguien dijo “dirígenos” o me lo dijo la voz de dentro, “dirígelos, prueba”, y me puse, con su permiso, a ello. Vuelta al inicio y comenzamos. La estampa debió ser muy pintoresca, imagínate, dirigir a un cuarteto, ponerte en medio de ese semicírculo e intentar con las manos y la voz dar sentido y coherencia al conjunto.

Sólo fue la primera frase, 8 compases, nada, un suspiro (nunca mejor dicho) pero el resultado fue otro. Los músicos me dieron las gracias, y yo se las devolví, devolución de las buenas, de las sinceras, porque son músicos profesionales y competentes, y que te venga un tipo una hora antes del concierto a volverte del revés la cosa, aunque sea bienintencionadamente, podía haber provocado perfectamente una negativa, que yo habría comprendido.

Siempre es una satisfacción poder contribuir a mejorar las cosas. Pero no es eso lo importante. Lo que me impresionó muchísimo fue la propia experiencia de la dirección, por muy breve que fuera. Lo intenso, si breve, dos veces intenso. Yo ya había “dirigido” grabaciones de discos docenas de veces, incluso había dirigido de chaval a la banda municipal desde el pasillo en aquel Andante de Beethoven, como conté aquí en su día. Pero lo de ayer fue distinto, y eso es lo que quería traer hoy al blog, la singularidad de la experiencia: las otras veces me limitaba a coreografiar algo que estaba hecho de antemano, yo no podía intervenir; pero en lo de ayer sí.

La sensación de modelar en el aire la idea musical que tienes formada en la cabeza mediante una quironimia que pretende extraer lo mejor de cuatro personas, me puso los pelos de punta. Te mueves, les hablas en un canturreo al compás del suspiro, les haces suspirar, a ellos y a los instrumentos para que suspire la música, elevas el gesto y la voz en el momento culminante y les haces descender cuidadosamente, diciéndoles no hay prisa, no hay prisa, que repose suavemente, que lo dejen caer por su propio peso. El suspiro. Y entonces el acorde final llega en forma de escalofrío que te recorre la espalda y te hace subir la mirada a las alturas mientras repliegas los brazos.

Para una persona como yo que tiene una relación tan física con la música, lo he dicho en ocasiones en este blog, lo de ayer fue un descubrimiento fascinante. Ahora comprendo que Gould tuviera pensado un segundo retiro, esta vez consistente en dejar de tocar el piano para dedicarse a dirigir, modelando la música en el aire. Lo que pasa es que se murió (voy a tocar madera) Vale, sí, 8 compases, una ridiculez. Pero me han dejado marca, oye, lo digo como lo siento. Creo que ayer hice un descubrimiento: yo, de mayor, quiero dirigir.

¿Alguien se atreve a ponerse en mis manos?
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Una curiosidad: la acústica de la Iglesia requirió una colocación insólita del cuarteto: en lugar de la tradicional disposición violín I, violín II, viola y cello, de izquierda a derecha, hubo que colocarse de la siguiente manera: violín II, violín I, cello y viola. Lo de la acústica es un misterio profundo.