Archivo por días: 1 noviembre, 2005

Cementerio

El cementerio más alucinante en el que he estado se encuentra dentro de “Todos los nombres”, la novela preciosa de Saramago en la que sólo aparece un nombre: el suyo. Es un lugar que se extiende hasta el infinito, atravesado por bosques, praderas, ríos y a saber qué más. Por la tarde lo cierran pronto, no te vayas a perder, pero si entras a la novela puedes arriesgarte a pasar una noche en él y asistirás al instante del crepúsculo en el que sale una luna de vainilla mientras una nieblina azul te llega a la altura de los tobillos y lo cubre todo como una serpiente que se desliza silenciosa.

Lo mejor de ese cementerio es su descripción, que crea un precioso efecto de crescendo musical en palabras perceptible si lo lees en voz alta, con su enumeración infinita que juega con efectos orquestales destinados a controlar, hábilmente, el movimiento, el ritmo y el volumen de la cadencia, con sus repeticiones, variaciones, más repeticiones, cosas nuevas, el efecto propulsor de la conjunción, otras variaciones y vuelta a empezar; palabras cortas primero, una, otra, y otra más y mientras tanto se van ensanchando. Y el efecto final, tan sorpresivo e inesperado, que redondea el efecto buscado. La traducción es de Pilar del Río.

“Los primeros monumentos funerarios estaban constituídos por dólmenes, cistas y estelas, después aparecían, como una gran página extendida, en relieve, los nichos, las aras, los tabernáculos, las duernas de granito, las vasijas de mármol, las lápidas lisas y labradas, las columnas dóricas, jónicas, corintias y compósitas, las cariátides, los frisos, los acantos, los entablamentos y los frontones, las bóvedas falsas, las bóvedas verdaderas, y también los paños de muro montados con tejas sobrepuestas, las fundaciones de murallas ciclópeas, los tragaluces, los rosetones, las gárgolas, los ventanales, los tímpanos, los pináculos, los enlosados, los arbotantes, los pilares, las pilastras, las estatuas yacentes representando hombres de yelmo, espada y armadura, los capiteles con historias y sin historias, las granadas, los lirios, las perpétuas, los campanarios, las cúpulas, las estatuas yacentes representando mujeres de tetas apretadas, las pinturas, los arcos, los fieles perros recostados, los niños enfajados, las portadoras de ofrendas, las plañideras con la cabeza cubierta por un manto, las agujas, las nervaduras, los vitrales, las tribunas, los púlpitos, los balcones, otros tímpanos, otros capiteles, otros arcos, unos ángeles de alas abiertas, unos ángeles de alas caídas, medallones, urnas vacías, o fingiendo llamas de piedra, o dejando salir lánguidamente un crespón, melancolías, lágrimas, hombres majestuosos, mujeres magníficas, niños amorosos cercenados en la flor de la edad, ancianos y ancianas que ya no podían esperar más, cruces enteras y cruces partidas, escaleras, clavos, coronas de espinas, lanzas, triángulos enigmáticos, alguna insólita paloma marmórea, bandas de palomas auténticas volando en círculo sobre el camposanto. Y silencio.”

El punto que separa las enumeraciones entre comas del “Y silencio” final es un efecto expresivo magnífico. Sobre todo, silencio. Es lo más llamativo de un cementerio.