Archivo por meses: noviembre 2005

Armonía

Los asiduos a este blog conocen que ando metido en el ensayo de un Ravel para piano a 4 manos. La fecha: el 29 de diciembre. Al principio Ravel no nos lo puso fácil para poder acceder al bosque encantado, cuánta maleza, qué posiciones más incómodas, pero una vez allí dentro cada día estoy descubriendo cosas muy interesantes como, por ejemplo, la experiencia de compartir teclado con otras dos manos, un alma y un corazón distintos. Llega un momento en que te das cuenta, con sorpresa, que la telepatía existe, porque de alguna manera intuyes lo que va a venir de él y das por hecho, al mismo tiempo, que él está adivinando la intensidad de la pulsación que te espera a la vuelta de la página.

Recorrer de esta manera el castillo de la bella durmiente, subir la larga escalinata y adentrarte en los pasillos donde la vida se ha suspendido en un instante perpétuo se convierte, de esta manera, en una aventura deliciosa. Y por la misma razón, internarte en el bosque misterioso, o acompañar al séquito que al sonido de los crótalos conduce a la Emperatriz de las Pagodas a tomar su baño entre nenúfares.

Y luego está el asunto de la proximidad física, del roce ocasional de las manos portando otra temperatura, de la respiración ajena acompasada con la propia. Y el silencio. Esta mañana terminábamos de tocar las cinco piezas que componen “Ma mère l´Oye” y se ha hecho un silencio largo y confortable. Yo no sé que ha pensado la otra parte de mí que está en el otro en ese instante, pero yo me he dicho a mí mismo: qué suerte.

Visita

Han llamado a la puerta y me he encontrado a mi sobrino Carlos, hecho un hombrecito, plantado ante mí de pie por primera vez y mirándome desde muy abajo, sonriente. Ante mi sorpresa por la visita ha respondido con un expresivo “ata” y se ha soltado de la mano de su madre y luego del marco de la puerta que mantenían estable su precario equilibrio iniciando así una breve y tambaleante excursión que le ha llevado a estrellarse contra mi regazo. Yo lo he acogido entre mis brazos, le he aupado, y mientras sentía el calor de su carita en la mía y acariciaba su espalda diminuta me he escuchado a mí mismo decir ay, ay, ay.

(Siempre me ha impresionado mucho que el corazón elija lamentos para manifestar el puro gozo).

Envoltorio

A José M. Sánchez-Verdú, compositor, profesor de composición de la Robert-Schumann-Hochschule de Düsseldorf, Berlín, República Federal de Alemania, le han publicado una Carta al Director en “El País”. Antes de entrar en consideraciones sobre su interesante escrito, confesaré que su tarjeta de visita me ha impresionado: lo de ser profesor de composición de la Robert-Schumann-Hochschule de Düsseldorf, Berlín, República Federal de Alemania acojona (con perdón), eso debe imprimir carácter, no sé, al menos te valdrá para que te hagan un descuento en Audenis.

Se queja el señor Sánchez-Verdú de cierto artículo de Félix de Azúa en el que atacaba “a nombres de la cultura como Schönberg. No sé qué estaría yo mirando en el periódico ese día porque ese artículo me lo perdí pero parece ser que Azúa dijo eso y algunas cosas más. En el fondo yo no sé de qué se asusta el señor Sánchez-Verdú porque, como él mismo dice a continuación, salvo unos pocos ejemplos (Lorca, Gerardo Diego y pocos más) en España los intelectuales han dado la espalda tradicionalmente a la música cuando no se han jactado de su aversión a la misma (Francisco Umbral mismamente). Hubo un tiempo en que yo recolectaba en una carpeta las perlas que los intelectuales dejaban caer sobre música con resultado catastrófico porque, la verdad, hablar de las “maravillosas e intrincadas polifonías gregorianas” que al parecer escuchó cierto día una de nuestras más talentosas escritoras, es algo digno de una atención especial.

De todas formas, la cosa viene de atrás. Se cuenta que, en cierta ocasión, don Miguel de Unamuno se enfadó mucho cuando oyó ensayar a un célebre concertista de guitarra horas antes de su actuación. “¿Se puede saber qué hace usted, hombre de Dios?” le recriminó don Miguel, y el concertista le respondió que practicaba unos Estudios, lo que motivó que don Miguel sentenciara tajantemente: “Pues a estudiar a casa”.

Anécdotas al margen, hay una verdad como un piano en la carta de José M. Sánchez-Verdú. Y es que, tras la exposicíón de las razones de su indignación viene el desarrollo del material temático y es allí cuando denuncia que le damos más importancia a la cáscara que al contenido: construímos auditorios faraónicos que empiezan a proliferar como setas pero nos olvidamos de un “pequeño” detalle: formar adecuadamente a los músicos que habrán de llevar a la gente a esos templos musicales y formar a ese público, creando una conciencia de la verdadera importancia de la música en nuestras vidas. Denunciar que la formación musical es un desastre ya aburre, pero es que es verdad. Y lo que indigna es que nunca ha habido más medios y posibilidades para acceder a la enseñanza musical pero no hacemos nada con eso si las materias y los planes de estudio son tan espantosos. Debussy ya escribió en su tiempo acerca del error de los conservatorios así que eso tampoco es nuevo.

Yo conozco profesores de música con puesto fijo y sueldo de ejecutivo que no escuchan jamás un disco, pianistas que hablan del “Claro de Luna” de Chopin y que hacen estudiar los vapores de Debussy a golpe de metrónomo mientras creen que Maurizio Pollini es el entrenador de algún equipo de fútbol de la liga italiana. No te rías, es cierto. No hace mucho recibí la llamada de uno de ellos solicitándome que le diera clases particulares y yo pregunte que de qué tenía que darle clase y entonces me dijo: “quiero que me des clases para dar mis clases”. Echar una mano ocasional a un amigo no sería la primera vez, y gustoso. Pero verte obligado por las circunstancias a tener que decirle a un “profesional”, por cuatro perras a la hora y con carácter clandestino, lo que tiene que decir a sus alumnos para que luego pueda percibir a fin de mes lo que yo no veo ni siquiera en un trimestre es bastante lamentable. Y eso me pasa por no tener una tarjeta de visita tan acojonante como la del señor José M. Sánchez-Verdú, compositor, profesor de Composición de la Robert-Schumann-Hochschule de Düsseldorf, Berlín, República Federal de Alemania. Ya me lo dijo una vez mi peluquero, poco antes de jubilarse: “Por cierto, ¿que estudiaste tú, emejota?” Yo respondí que música y él se echó a reir como si le hubiera contado un chiste y me miré en el espejo con cara de imbécil. Cuando acabó de reir me dijo: “Venga, hombre, en serio, ¿qué has estudiado de provecho?”.

Al parecer, nada.

Valencia, 316

En el número 316 de la calle Valencia, de Barcelona, se encuentra Audenis. Durante 15 años, cada visita vespertina al doctor Rotés iba precedida por otra, matinal, a esa tienda. Me pasaba horas buscando libros y partituras. Bajaba las escaleras hacia la biblioteca y la señora (¿señorita?) Eulalia, mujer de edad indefinida e indefinible, te miraba por encima de las gafas con gesto serio viéndote pasar hacia las estanterias. Yo me hice mayor transitando esas estanterías. Mis 15 años como cliente asiduo no merecieron una sola peseta de descuento o un detalle tonto, qué se yo, una goma de borrar con la cara de Bach, por ejemplo, o una postal mostrando las tripas de un piano de cola, a pesar de que, tacita a tacita, como decía el anuncio aquel, me fui haciendo, entre otras muchas cosas, con las 19.000 páginas de las obras completas de Mozart, recogidas en 20 soberanos tomos, o la integral de la obra para órgano de Bach, que Bärenreiter distinguía de la obra para teclado (que fue lo primero que cayó, junto con la coral), o la práctica totalidad de la obra sinfónica y camerística de Beethoven, Brahms, Schumann y Mahler, entre otros, sin olvidar todos los lieder de Schubert y el Ravel y el Debussy de la (carísima) Edición Durand.

No estoy haciendo un reproche (si me vieras, estoy escribiendo con una sonrisa tonta, como quien recuerda algo con nostalgia amable) pero guardo una factura de 12003 pesetas (las 3 pesetas son un pico que sobresale del precio del trío para violín, cello y piano de Ravel, que le enseñé al doctor Rotés en su ático de la calle Balmes como prueba de mis alivios) y recuerdo el incómodo instante en que buscaba por el bolsillo las 3 pesetas ante la impasible espera de la señora (¿señorita?) Eulalia diciendo: “tranquilo, no hay prisa”.

Era muy curioso: a veces entregabas la Visa para que la fundieran y mientras esperabas que la maquinita escupiera el ticket correspondiente te entretenías con las chucherías que había en el mostrador, porque en el mostrados pasaba lo que en los supermercados cuando haces cola ante la caja registradora: que te tientan con caramelos, chocolatinas, esas cosas. Aquí había lápices con el cuerpo tatuado con un manuscrito de Mozart, cuadernitos minúsculos de papel pautado y reglas con las teclas de un piano dibujado. Si te encaprichabas, las 12 pesetas del lápiz iban aparte, por supuesto.

También recuerdo con cierto estupor que cuando hacía una compra voluminosa dejaba todo pagado para que me lo enviaran a casa por correo y a los pocos días llegaba un paquete primorosamente embalado. Pues bien: durante 15 años tuve que repetir, a cada visita, todos mis datos personales (15 años escuchando “¿el apellido con ‘g’ o con ‘j’?” de la señora (¿señorita?) Eulalia) y mi dirección sin que a nadie se le ocurriera la práctica idea de abrir una ficha, un registro, qué sé yo.

Hoy, en el transcurso de una clase, he abierto el cuaderno de las suites para cello solo de Bach y ha caido al suelo la etiquetita que Audenis pone en la esquina inferior derecha de las primeras páginas de las partituras. Al agacharme a cogerla me he dado cuenta de que estaba amarillenta, como si fuera un trasunto de la caída de una hoja de otoño de un árbol, y que el adhesivo seco había dejado su huella en el papel. Dirás que es una tontería pero de repente me he sentido raro, como muy mayor, como si cobrara conciencia de repente de que ha pasado mucho tiempo.

Recuerdo con cariño aquellas horas interminables husmeando las estanterías de Audenis, en la calle Valencia, 316, de Barcelona, el lugar donde encontrabas hallazgos emocionantes (el “The Bach reader” de Wolff, la “Orquestación” de Piston, las “Canciones de taberna” de Purcell o el “Contrapunto creativo” que la histórica editorial Labor puso en circulación antes de sucumbir), y te surtías de aquéllo que te iba a acompañar de por vida. Tengo que volver algún día.

Gesto

Se necesita tocar a Haydn como lo acaba de hacer Lang Lang para que una cámara pueda atrapar este gesto, que es el de quien acaba de alcanzar la perfección. La inmortalidad debe ser algo parecido a esa gota de tiempo perpetuamente reiterada. Es un éxtasis, una sacudida, un deslumbramiento. Algo de esa sensación queda proyectada a los demás, generosamente, por medio de esa mano izquierda abierta en cuyas yemas todavía brilla la luz del milagro y algo te quedas para tí, en esa mano derecha cerrada que retiene un secreto profundo.

Lang Lang, creemos en tí.

Voz

Esta mañana he ido a comprar el pan (vale, y un donut de chocolate) y hablando con la dependienta del tiempo (para variar) se ha acercado un conocido de vista del barrio llevando en la mano una bolsa de plástico con chucherías para niños y con el tono de quien descubre la identidad secreta de Clark Kent ha dicho todo excitado: ¡¿tu eres emejota?! Fíjate que pongo los signos de interrogación y admiración juntos porque se me hace difícil reproducir la entonación exacta de lo dicho, a medio camino entre la pregunta, la sorpresa y la afirmación tajante. Con el donut en la mano (uno se siente un poco ridículo con un donut en la mano, no me digas que no) le he dicho que sí, sin interrogaciones y sin admiraciones, de hecho, lo he dicho casi hasta sin voz. Luego le he dicho que cómo lo sabía y la respuesta me ha dejado perplejo: “por la voz”. Parece ser que me ha oído hablar con la dependienta y al oir alguna expresión mía ha atado de pronto cabos: que si músico, que si las iniciales emejota, que si “lo tuyo” (la gente se suele referir a mi enfermedad como “lo tuyo”, sutil eufemismo). Y la voz. Y que alguien le había pasado la dirección del blog y que qué gracia lo de no sé qué (creo que ésto se me empieza a ir de las manos: voy a tener que poner cuidado en lo que digo a partir de ahora)

El asunto no me habría llamado tanto la atención si no fuera porque de vuelta a casa he recordado que a los pocos días de abrir este blog recibí un correo electrónico de un antiguo alumno mío que, desde muy lejos, me decía lo siguiente (transcribo porque lo he buscado):

“Ha sido un placer volver a escucharte de nuevo, sí, digo bien, escucharte”.

En definitiva: que hay quien al leerme me escucha y hay quien al escucharme reconoce mi letra. Si yo fuera Juan José Millás le sacaría partido al asunto en forma de columna ingeniosa pero es que yo no tengo gracia para estas cosas y, además, me he vuelto a quedar dormido diez minutos después de comer y cuando me ocurre eso me despierto con un poco de mala leche. Luego se pasa.

Retardo

El gran hallazgo de la polifonía occidental es la figura del retardo. Es un artificio contrapuntístico que se produce cuando una nota se prolonga más de lo debido invadiendo adrede el acorde siguiente, desplazando de un codazo a la nota que debía sonar en su lugar. En el momento de la “invasión”, señalada en el ejemplo con una crucecita en rojo, se produce un momento de inesperada tensión que necesita de pronta resolución. La razón se debe a que la nota invasora no concuerda con el acorde invadido: disuena con él. Y nuestro oído reclama que las aguas vuelvan a su cauce, buscando la confortable consonancia.

El retardo es un hallazgo porque supone el primer intento plenamente satisfactorio de utilización de la disonancia como elemento expresivo: demuestra a las claras la paradoja de que en la turbia disonancia reside, precisamente, la belleza del instante. Hay retardos y retardos, claro. Soy de la opinión de que la grandeza de un contrapuntista se mide, en buena parte, por su buen ojo a la hora de cazarlos y colocarlos en el papel pautado. Un buen retardo te clava su aguijoncito ardiente en el pecho. Eso hacen las cosas bellas.

También sostengo la hipótesis de que el origen de dicha figura podría estar en la reverberación natural de las naves de las iglesias y catedrales donde sonaban las primitivas polifonías. Me explico: quizá hubo un momento en que un acorde pleno y sonoro dejara un residuo en el aire que, por un instante, interfiriera involuntariamente en el acorde siguiente, y si la combinación sonora fue la adecuada puede que dicho efecto acústico no pasara desapercibido al oído sensible de algún maestro contrapuntista. Es una hipótesis, como digo, pero me gusta pensar que pudo ser así.

Hace un par de años fui invitado a pronunciar la conferencia de clausura de unas jornadas que conmemoraban el centenario de Miguel Servet. Como el asunto iba del homenajeado y su tiempo, me pidieron hablar sobre la música de la época. En estos casos se trata de conferencias-chollo, para qué nos vamos a engañar: das una visión muy general y amable del asunto y a correr, que a esas alturas de las jornadas los asistentes están hasta el gorro de sesudas ponencias. Pero yo tengo una especial habilidad por complicarme la vida, y para la ocasión no se me ocurrió otra cosa que soltar mi teoría sobre el origen del retardo. Para más bemoles, el público asistente (en su mayoría médicos, dada la condición de Servet) no era un público especializado y para hablar del origen del retardo hay que hablar sobre qué es un retardo y para eso hay que… Pero yo, erre que erre, me puse a ello.

Tras arduos esfuerzos, buscados los ejemplos adecuados, inventada una grafía rudimentaria que supliera la notación musical pero que, a su vez, fuera capaz de representar eficazmente el mecanismo del retardo en cuestión para los no iniciados, me puse a hablar ante la pantalla y frente al videoproyector. Para mi sorpresa, me encontré con un auditorio que seguía mis explicaciones con los ojos abiertos como platos enmedio de un silencio absoluto. Extrañado en un primer momento por la fascinación que el retardo ejercía entre mi auditorio, pronto perdí todo temor al naufragio del asunto y me entregué a mi labor con entusiasmo.

Pero fue en el mismo instante en que el aire se poblaba de un encadenamiento de retardos de Tomás Luis de Victoria, en uno de los ejemplos de audio que llevaba preparados, cuando caí en la cuenta, de golpe, de la cruda realidad: el auditorio, compuesto mayoritariamente por médicos como ya he dicho, no examinaba con fascinación las evoluciones del retardo sino que me examinaba a mí (!) no perdiendo detalle de la deformidad de mis dedos, o de la rigidez de mi cuello. Por un momento no supe si echarme a reir o llevarme las manos a la cabeza. Opté por tomármelo con sentido del humor, aunque confieso que me sentí como un bicho raro observado por los visitantes del zoo.

Cuando la conferencia terminó se produjo una escena propia de película de Berlanga; una hilera de médicos pasó ante mí, como quien te da las condolencias, y a cada apretón de manos en lugar de darme la enhorabuena me preguntaban cosas raras como: ¿espondilitis anquilosante? ¿artropatía reumatoide? ¿tratado con ciclosporina? ¿metotrexato? Al fin, en último lugar, alguien me dijo que la hipótesis acerca de que el origen del retardo pudiera estar en un efecto acústico natural le había parecido muy interesante. Sorprendido, fui yo entonces quien hizo la pregunta: ¿reumatólogo? Y él me contestó: arquitecto. Me pidió mi número de teléfono para quedar un día a tomar algo y charlar más detenidamente sobre el asunto y yo se lo dí encantado.

Aún estoy esperando.

Frío

A mí el frío me revive, qué quieres que te diga. Se desploman los termómetros y yo me vengo arriba. Hoy sopla viento fuerte del Norte y la atmósfera está tan limpia que los contornos de las cosas se ven perfectamente definidos en el horizonte. Ayer, como quien dice, estaba por los suelos y esta mañana ensayábamos el Ravel a cuatro manos en plena forma y con la cabeza despejada. Por la ventana se veía el suelo del jardín cubierto de hojas doradas que hemos incorporado al bosque encantado que transitamos entre teclas blancas y negras y en el horizonte, la cumbre del Moncayo se nos mostraba rebosante de nieve, como si estuviéramos en Enero.

Ayer a la caída de la tarde me di un paseo por las afueras, bien abrigado pero sintiendo el frío en la cara, que es lo que me gusta. ¿Vas a pasear con este tiempo?, me dijeron en el portal las vecinas que llegaban encogidas, no sé si por el frío o por mi decisión. Pues si, a pasear. El cielo del atardecer no tiene desperdicio y en la vertical del monte puede verse un punto luminoso muy brillante: es Júpiter. Lo sé porque me dio por coger el móvil y llamar a mi amigo Javier, que de estas cosas sabe mucho, y le pregunté qué era eso que se veía encima del Moncayo y él me lo dijo: es Júpiter. Y yo me quedé como embelesado hasta el punto que le oí por el teléfono preguntarme si seguía allí y entonces yo reaccioné y le dije que sí, pero es que era Júpiter y él me dijo que ya lo sabía.

De paso también llamé a Gloria, que era su cumpleaños. No me puedo olvidar de eso porque los cumple el día de Santa Cecilia, patrona de los músicos. A mí nunca nadie me ha felicitado ese día (a lo mejor es que no se felicita o es que saben que a mí estas cosas que lleven el Santo delante me ponen malo) pero yo sí que felicito a Gloria, que ella sí que es una santa de las buenas. Resulta que estaba con Gloria hija a su lado y Gloria hija es una debilidad que tengo yo, y si lo digo aquí es porque ella dice que me lee pero yo sé que no. Gloria madre me dice que soy un puñetero porque soy muy misterioso y le fastidia no saber cuál es el misterio (a mí también me fastidia no saber cuál puede ser ese misterio que se supone que tengo, que conste) y Gloria hija vino un día a que le diera clases particulares de piano y se me abrió el cielo cuando me enteré que trabajaba en la UCI del hospital; imagínate, el colmo de un hipocondriaco: tener una alumna que trabaja en la UCI de un hospital. Tiene su morbo porque le puedes preguntar sobre las enfermedades raras que han salido en el último capítulo de “Urgencias” o sobre tus propias sintomatologías.

La última vez que nos vimos fue en un concierto que tenía que presentar yo. Estaba esperando a una amiga (ella, Gloria hija) y yo salía con la americana puesta cuando la ví. Me pregunto que a dónde iba (¿a dónde o adónde?) y yo le dije que a por una chocolatina y un botellín de agua. Pues te acompaño. Pues muy bien. En los escasos metros que nos separaban de un bar cutre, pero cutre-cutre, le conté un par de síntomas extraños observados recientemente y ella me dijo como en tono de letanía: “es normal, es benigno”. Lo dijo dos o tres veces y luego se reía a pesar de que yo puse la rúbrica al comentario: “de momento”. Y es que Gloria me conoce muy bien. A las personas las conocemos por capas, como si fueran una cebolla. Quiero decir que a veces penetramos en dos capas, o en tres, o nos quedamos en la piel. Por ejemplo: mucha gente piensa que yo soy un hipocondriaco; mucha menos gente sabe que tras la fachada de hipocondriaco se esconde un tipo irónico. Pero creo que sólo Gloria hija sabe que tras la fachada de hipocondríaco se esconde un tipo irónico tras el que se esconde un hipocondríaco asustado, aunque ella ya me lo dijo un día muy seria: tú no eres hipocondríaco, emejota, eres fatalista, te lo digo yo.

Bueno, pues seré fatalista, no me voy a poner ahora a discutir, pero de todos modos yo no sé por qué hemos tenido que llegar a parar aquí si de lo que se trataba era de felicitar a Gloria madre y lo de Gloria madre ha venido por la visión de Júpiter sobre la vertical del Moncayo nevado y a su vez eso ha venido porque ayer decidí darme un paseo al atardecer justo cuando las vecinas venían medio entumecidas a buscar refugio en la calefacción de la comunidad de vecinos y me miraban medio asustadas por mi decisión. Pero es que a mí el frío me levanta en el aire, me carga las pilas, me pone, qué le vamos a hacer y eso es de lo que venía a tratar este post, que para eso se titula como se titula. Se me olvidaba decir que el frío también me suelta la lengua. Pero no creo que se note demasiado. Digo yo.

Nota

Hoy me ha llamado un amigo para hacerme una consulta sobre algo que, se supone, dije en unas jornadas sobre Bach allá por el 2000 acerca de una Cantata en particular. Le he dicho que por la noche buscaría entre la documentación que utilicé porque tenía un recuerdo demasiado vago como para poder facilitarle una información precisa. Por aquel entonces yo tenía la costumbre de tomar notas en cuadernos pequeños, de espiral y cuadrícula (restos de alguna reminiscencia escolar, supongo) y he aquí que revisando el cuaderno donde tomé notas para tales jornadas me he encontrado con una cosa inesperada. En una página en blanco, casi al final, ha aparecido ésto:

Es la letra de Peter Pan. Es un trocito correspondiente a su poema favorito, aquel del pirata honrado y una bruja buena y demás. El caso es que no recuerdo haberlo visto antes. Quizá lo dejó sin que me diera cuenta una de esas noches en las que presentía una sombra pasando muy deprisa al otro lado de la ventana mientras yo trabaja concentrado ante la pantalla del ordenador. Me he quedado mirándolo sorprendido. Mucho rato. Voy a tener que mirar el resto de cuadernos.

(Sigue soñando, Peter)

Luces

Esta noche los operarios municipales han colocado las luces de Navidad. Hubo un tiempo en que yo vivía ese momento como un acontecimiento emocionante. En el silencio de la noche, oías el discreto rumor del motor de una camioneta detenida y de unas voces sigilosas muy cerca de tu ventana. Yo me deslizaba de la cama al balcón y, oculto entre las cortinas, aprovechando el resquicio abierto entre ellas, les veía aferrar al balcón el extremo de una guirnalda de bombillas apagadas. En aquella operación había un momento mágico: el instante en que los operarios probaban la instalación y la calle oscura y silenciosa se iluminaba, momentáneamente, de destellos amarillos y rojos en forma de estrellas y campanas. Luego bajaban la escalera mecánica y la furgoneta se desplazaba unos metros más allá para proseguir su trabajo en otros balcones. A la mañana siguiente, la calle amanecía prendida de bombillas que la atravesaban de acera a acera preludiando la Navidad.

A mí esta mañana me ha dado una tristeza horrorosa la indiferencia con la que las he contemplado.

Afectos

Para Magda, música y palabras.

El Barroco es profundamente dramático y expresivo; tanto, que a veces la palabra se le queda corta para lo que pretende decir y la música también y por eso inventa la ópera, que es una cosa mucho más compleja que una señora obesa soltando gorgoritos porque sí. La clave está en que la música subraye, afectivamente, el texto al que acompaña.

En el villancico de misserere “Al clamor”, de José de Torres (ca.1670-1738) encontramos un ejemplo extraordinario de ésto. El principio de su estribillo dice lo siguiente:

“Al clamor,
al suspiro,
al triste lamento,
vuelve, Señor, tu rostro”

Y la música contribuye cuidadosamente a materializar la emoción, el “afecto” que porta cada verso. Si trazamos el mapa afectivo, en palabras, de lo que la música opera en cada verso obtenemos el siguiente resultado:

“Al claMOR” (acento fuerte en la última sílaba y corte brusco; el clamor es un grito)

“al sus, piiiiro” (aquí el suspiro está representado, en primer lugar, por la coma que parte la palabra, como si la voz se nos quebrara por la emoción, y seguídamente por la prolongación de la vocal “i”, que viene a ser la exhalación de ese suspiro. Un detalle que no puede pasar desapercibido: mientras la coma quiebra la palabra “suspiro”, un solitario tenor deja oir un leve “ay”, por si quedara duda de que se está suspirando desde el alma). Así que, dado que estamos trazando el mapa afectivo del asunto, vamos a rectificar este segundo verso para que nos quede así:

“al sus, (ay) piiiiro”

Así está mejor. Seguimos:

“y al triste lameeeento” (la clave está en la prolongación de la vocal “e”, quejumbrosa, doliente)

Y para el último verso una solución original:

“vuelve, Señor, tu rostro”. ¿Cómo subrayar en música este verso? Muy sencillo: haciendo repetir, una y otra vez, la palabra “vuelve”; es decir, “volviendo” una y otra vez sobre ella. El efecto que se consigue es muy curioso.

Sólo nos queda escuchar el fragmento en cuestión. El resto no tiene desperdicio, pero lo dejamos en suspenso. Así, no nos acusan de piratas, que no está el horno para bollos, sino que, muy al contrario, bien podemos decir que estamos haciendo una cuña publicitaria (gratuíta y bien merecida), un “sampler promocional”, que dirían los modernos, del trabajo excelente del grupo “Al Ayre Español”, dirigido por Eduardo López Banzo y que ha grabado ésta y otras delicias en su colección dedicada al Barroco Español que edita Harmonia Mundi.

“Al clamor” (fragmento) 44 seg. 552k (mp3)

Vuelta

Este blog nació con la finalidad de registrar lo acaecido en este Norte imaginario donde se proyecta la vida real. A veces ocurren cosas buenas y otras veces ocurren cosas menos buenas. La semana ha empezado con un poco de todo. Lo malo se puede resumir rápidamente: léase el post “Dolor” y añádase “otra vez” y “más”. Por esa razón hasta hace un rato he tenido puesto el cartel de “no estoy para nada ni para nadie”. Pero eso era hasta hace un rato. Ahora ya estoy en el mundo de nuevo.

Lo bueno ha sido que me dicen que se está apuntando gente con vistas a que se repita el ciclo Gould, lo que me ha sorprendido muy agradablemente. A mí no me importaría reecontrarme con él de nuevo, aunque no puedo evitar pasar por alto el presentimiento de que algo me he debido dejar en aquellas latitudes que pueda ser la causa de que esté pasando esta crisis. A ver si finalmente se repite el curso y, al menos, puedo recuperar lo que sea. Seamos positivos.