Archivo por días: 24 octubre, 2005

Vísperas

Mira qué hora es y todavía rondando por aquí. Mañana empieza el Ciclo de Cámara y estoy que me sale humo por las orejas. Montar dos conciertos didácticos distintos y seguidos (martes y miércoles) me lo he buscado yo, así que no me voy a quejar; pero trabajar a la vez con dos equipos diferentes es un poco esquizoide, sobre todo habida cuenta de que la idea que busca el ciclo es la del “contraste”: asistir a ensayos y preparar diálogos y guiones de programas tan distintos como son la música italiana del XVII y Stravinsky es como para volverse tarumba, sobre todo si, además, tienes que hacer de actor en éste último. Y luego la recepción a los músicos, atenderles, resolver los asuntos técnicos (sonorizaciones, etc). Un lío. Pero yo tan contento, que estas descargas de adrenalina en el fondo me gustan aunque luego, cuando acabe todo, me dará el bajón de agotamiento, ya lo verás.

Creo que tengo, más o menos, todo listo, a falta de cosillas sin gran importancia: quiero tener mañana una charla previa con el trío inglés porque quiero que me ayuden a destacar unos motivos de varias de las obras que traen. Hay una pieza de Dario Castello que viene como anillo al dedo para explicar la transición del mundo antiguo al moderno en lo que se refiere al lenguaje musical (algo así como el paso del castellano antiguo, tan incómodo a los oídos contemporáneos, a una lengua más familiar). Luego, en el otro extremo, aparece una obra de Veracini que anuncia las maneras clásicas que están a la vuelta del barroco, así que también me va a venir muy bien para el propósito didáctico que persigo.

Mientras le digo por teléfono al cellista la secuencia que tiene que entresacar de una Sonata de Domenico Gabrielli para hacer un pequeño experimento sobre la movilidad melódica del barroco y consulto los horarios de avión por Internet y probamos los micros inalámbricos, le digo a la pianista de Stravinsky que tendrá que tocar un minuetto del álbum de Ana Magdalena Bach y me mira de manera rara. ¿Bach? Sí, tranquila. Le explico que, a continuación, habrá que volver a tocarlo deshaciendo toda su coherencia tonal: la mano derecha en un tono, la izquierda en otro. Lo necesito para adentrar al público en la principal aportación de la vanguardia: la disolución tonal, que pretendo equiparar al paso de la figuración a la abstracción en la pintura, como introducción al universo de Stravinsky. La pianista ya no me mira de forma rara. Luego me quitaré la americana, me sacaré la camisa por fuera, me pondré un zurrón y regresaré de permiso a casa del frente esperando que el diablo me salga al encuentro y me haga la vida imposible, en una versión de la “Historia de un soldado” que, más que versión, es pura invención, porque, no me preguntes por qué, he metido el lápiz aquí y allá aunque el trasfondo lo he respetado, faltaría más.

En resumidas cuentas, así ha sido el día de la víspera. Hasta el miércoles por la noche no voy a respirar tranquilo. Sé que estoy bien arropado por excelentes músicos y tengo claras las ideas que pretendo transmitir. El aforo está lleno desde hace días y eso ayuda. Pero, por si acaso, como soy muy maniático, ya tengo previstos mis rituales habituales: cruzar los dedos si alguien me dice “suerte” (por favor, que nadie me diga suerte, que da mala suerte) y comerme una chocolatina unos minutos antes. Teniendo a mano una chocolatina, da igual la marca, todo va bien. Seguro.