Presentimiento 23 octubre, 2005
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 13 comentarios , trackback
Una tarde de hace muchos años mi madre me llevó a Barcelona a un ático de la calle Balmes donde un médico muy famoso ya retirado seguÃa tratando los casos más graves de una enfermedad como la mÃa. Me senté en una sala de espera rodeado de viejos achacosos y me puse a mover las piernas adelante y atrás con nerviosismo porque no me llegaban al suelo. De algún lado llegaba el sonido de una voz bronca, profunda, que acentuaba sÃlabas de golpe y después bajaba algo el tono, en una cadencia a la que no te podÃas resistir.
En un momento dado se abrió una puerta corredera y vi, de refilón, el rostro del que salÃa esa voz: un hombre mayor, altÃsimo, fuerte, que giró la cabeza y, al mirarme, se calló y levantó una ceja. Fueron dos, tres segundos, mirándonos fijamente en silencio como si alguien le hubiera dado a la pausa al vÃdeo, entonces la enfermera cerró de nuevo la puerta y el discurso a oleadas de la voz poderosa siguió a lo suyo. Yo ya no movÃa las piernas.
Las visitas al ático del doctor Rotés se prolongaron durante años. El doctor Rotés hacÃa unas exploraciones minuciosas que me enternecÃan: te sentaba en la camilla y movÃa una por una todas las articulaciones, hasta la más chiquita, dictando un curioso lenguaje a su ayudante que, bolÃgrafo en mano, tenÃa ante sà el dibujo de una silueta humana: aspa, cruz, medio cÃrculo… Aquello iba conformando la geografÃa del desastre, asà lo llamaba yo, y el doctor Rotés sonreÃa para reprenderme por esa frase.
Una tarde, pasados unos años, mientras me examinaba el hombro se quedó callado unos instantes, vacilante, y entonces me dijo como en confidencia que el domingo anterior se habÃa emocionado por primera vez escuchando “La flauta mágica” en el Liceo. Yo le dije que era normal, ¿no? Pero entonces me di cuenta, impresionado, que lo que me estaba diciendo era que por primera vez se habÃa emocionado por algo “artÃstico”. Se habÃa dado cuenta de que se habÃa pasado la vida entre libros, pacientes, e investigaciones intentando paliar o remediar sufrimiento y habÃa dejado de lado eso que, de pronto, se habÃa mostrado el domingo como un zarpazo en el alma.
Desde entonces, entre medias aspas y triángulos, hablábamos de un nocturno de Chopin, y de que en la “Flauta Mágica” hay un momento musical en que sabes que todo va a salir bien antes de que te lo diga el texto e incluso hablamos de la Huston en lo alto de la escalera en el éxtasis de los dublineses, que tanto darÃa de sà en el futuro en este blog, ya ves tú.
El doctor Rotés hablaba alto porque era muy fuerte y porque estaba algo sordo, que era muy mayor el hombre. Una tarde, después de la exploración, mientras me vestÃa, le oà cómo le decÃa a mi madre en lo que se supone que para él era un tono bajo, secreto, lo siguiente: “yo sé lo que sufre, y aún asà me lo dice sonriendo”. Me emocionó mucho oir eso; tuve que abrochar y desabrochar la camisa tres veces antes de salir y sentarme. (Y sonreirle)
Otra tarde, en el mismo trance, le oà decir algo muy distinto: “Más de 20.000 pacientes vistos en mi vida y ahora, al final de mi carrera, tengo delante el caso que más me duele, el que me hace sentir más impotente”. Esta vez no me emocioné nada, pero tomé una determinación firme, para escándalo de mi madre: no volver. Para no darle más disgustos al hombre.
La resolución fue un disparate, como es de suponer, y años después no me quedó otro remedio que regresar cual hijo pródigo. Para entonces el doctor Rotés tenÃa la voz más débil y se le notaban dos cuerdas de violÃn en el cuello; yo ya no era un niño y estaba mucho más deteriorado. Me miró como mira un abuelo a su nieto, me abrazó y me senté en la misma silla de siempre. Le dije que volvÃa sabiendo que seguÃa sin haber solución a lo mÃo. Me pregunto que cuál era el motivo de mi visita entonces y yo le respondà que, únicamente, buscaba un poco de consuelo. ¿Y qué puedo hacer para dártelo?, preguntó con extrañeza. Y yo le contesté que ya lo estaba haciendo: estar ahÃ, mirándome y escuchándome. Y le sonreà (también me eché a llorar como un imbécil, para qué mentir).
En Enero del 2000 recibimos una llamada del doctor. Que fuéramos rápido. Una luz. Un laboratorio de EEUU habÃa sacado un fármaco eficaz. El doctor Rotés luchó contra viento y marea para conseguir que yo fuera el primer paciente en España que tuviera esa medicina tras comprobar, viaje aquÃ, viaje allá, que la cosa iba en serio. A pesar de sus mermadas fuerzas, en secreto, se las arregló incluso para buscar la financiación necesaria para sufragar los dos millones de pesetas que costaba el tratamiento de 10 meses. Para probar. TodavÃa recuerdo su carta con letra enorme y temblorosa dándome las últimas instrucciones necesarias y deseándome toda la suerte del mundo. Y funcionó.
El doctor Rotés me regaló la vida que tengo ahora.
Un par de años después una señora desconocida llamó por teléfono para decirme que era paciente suya y que al decirle de dónde venÃa el doctor Rotés habÃa preguntado enseguida por el chico músico, que muchos recuerdos, que muchos cariños. La señora me dijo que al doctor le habÃan puesto un marcapasos y que la familia estaba intentando que dejara la consulta, al menos, que no fuera diaria. Era demasiado esfuerzo para él. Lo último que supe es que ya no pasaba consulta y que habÃa empezado a perder la cabeza, expresión popular que utilizamos mucho y que suena grotesca si no fuera porque contiene tanta tristeza.
Todo esto viene a que llevo tres noches soñando con el doctor Rotés. Estamos en ese ático de la calle Balmes donde se ve atardecer y hablamos de “La Flauta Mágica”, del instante en el que el clarinete te dice que tranquilo, que todo va a terminar bien, entre medios cÃrculos y triángulos. Cuando me despierto no puedo evitar tener la incómoda y quizá ridÃcula sensación de que eso pueda significar que, de alguna manera, se está despidiendo. Y me siento incapaz de expresar lo mucho que lo siento.
(He puesto tanto cariño escribiendo estas lÃneas que se me han saltado las lágrimas. Ahora sonreiré, no se preocupe)