Archivo por días: 20 octubre, 2005

Satie

(Para Diana, que lo sugirió)

Claude Debussy apreciaba mucho a Erik Satie, así que un día le puso sobre aviso de que las vacas sagradas del conservatorio iban diciendo por ahí que sus obras patinaban en el aspecto formal, que ése era su punto débil: que no tenían forma. Debussy fue quien se lo dijo y Satie se rascó la cabeza, pensativo. Poco después se puso a componer sus “Tres piezas en forma de pera”.

Cuento esta historia -verídica- porque a mi entender ilustra muy bien cómo era Satie. Ir más allá es arriesgado porque te puedes perder: más que conciertos, Satie es un desconcierto. Satie fue un genio raro y a lo mejor un poco vago: abrió muchas puertas pero en lugar de transitarlas prefirió invitar a otros a que pasaran por ellas y probaran fortuna. Él, mientras tanto, tocaba el piano con su camisa de rayas amarillas y violetas y sus manguitos negros bajo el escenario de las chicas del can-can.

Satie puso la semillita del impresionismo, del minimalismo, del dadaísmo, del esoterismo, del histrionismo y hasta de sí mismo, tan ensimismado que sus memorias se titularon “de un amnésico”. La mayor parte de sus obras son muy aburridas pero tienen títulos divertidos: “preludios flacos”, “tres valses distinguidos de exquisito mal gusto”, “sonatina burocrática”, “piezas frías” y, mi favorita, “cosas vistas de derecha a izquierda sin gafas”. A veces da la impresión de que la música es el pretexto para poner el título. Ese es Satie. Si te lo encuentras, a ver qué le dices, porque una vez oyó decir que sus obras eran muy cortitas y compuso una con la instrucción de que se repitiera 840 veces, que si no, no valía, lo cual hacía necesario la tira de horas.

Hay gestos de Satie que son privados. Sólo el pianista los conoce. Abres la partitura, pones las manos sobre el teclado, empiezas a tocar la música y de pronto sale Satie y te dice cosas rarísimas en forma de anotaciones surrealistas: ¿fuma? Eso pone, encima de la mano derecha, no me acuerdo ahora en qué pieza. Después te dice “sonría” y “hágase notar”, y más tarde “no diga nada al respecto”. Luego vuelve a la carga y te apremia: “vaya resumiendo” y, de paso, te susurra al oído lo que ocurre en el patio de butacas: “Hay una señora que está hablando en exceso y el pobre marido empieza a dar muestras de impaciencia”. Yo creo que lo hace para ver si logra que pierdas la concentración, quién sabe, pero mientras lo piensas tienes que seguir tocando porque el público sigue ahí, aunque al pasar la hoja te pregunte “¿han dado ya las 9?”, y te asegure que “al capitán le gustará ésto” y que “las maletas ya están listas” y “no apague la luz todavía: aún queda tiempo”.

Satie dirige miradas picaronas a las piernas de las chicas del can-can entre la niebla del humo del tabaco de los cabarets y luego va a reuniones de espiritismo donde echan el tarot y se hace la ouija. Pero luego va a su buhardilla y te escribe la primera Gymnopedia, que es primera en todos los sentidos y para todos los sentidos aunque dependa tanto del acorde de séptima, a fin de cuentas, la música también son números; y mientras se te encoge el corazón ante ese poemita irrepetible te das cuenta de que lo modal suena a tonal y lo tonal a modal; que los acordes que debían reposar no reposan y viceversa, que la armonía funciona al revés, si es que funciona o hay armonía; que la melodía es muy pegadiza para tener un diseño tan raro y que los arcaísmos de la pieza son increíblemente modernos. Da lo mismo. La obra es maestra a pesar de eso o quizá por eso.

De todo lo anterior sólo importa decir que Satie es un poeta (pero no se lo digas si te lo encuentras)