Archivo por días: 18 octubre, 2005

Planeta

Hoy me ha tocado ir a ver a un hombre de negocios, como al Principito. Su planeta era una mole de cemento y metal y cuando he abierto la puerta el olor húmedo del otoño ha dado lugar a un olor a ambientador que se esforzaba por tapar el olor de la nada. Una señorita muy amable me ha pedido que esperara en una salita donde sonaba una música tenue de sala de espera, con la tristeza que me da esa música a mí, que ha nacido condenada a no ser escuchada, y por la puerta entreabierta he empezado a ver cosas inquietantes: un señor se paseaba arriba y abajo gesticulando con sendos teléfonos en los dos oídos y otro señor tenía la cara congestionada por el nudo de una corbata carísima. La fauna de ese planeta era muy extraña.

Al poco ha sonado un timbre, que en el lenguaje de ese planeta significa que ya puedes pasar, que subas al 5º y que el ascensor está allí. Gracias. Cuando la puerta metálica del ascensor se cerraba he visto de refilón las hojas doradas de los árboles adornando la acera y cuando se han vuelto a abrir me he encontrado en una estancia enmoquetada llena de cuero, figuritas de cuarzo y otros diseños de metacrilato. El hombre de negocios esperaba sentado a su mesa. Buenos días. Buenos días. Escrito suena igual pero escuchado cambia mucho. El apretón de manos casi me la descoyunta pero he intentado que la sonrisa no se me descolgara del lado derecho del labio. No ha ayudado mucho ver que la pared de enfrente era en realidad de cristal y que la ultramoderna persiana de tiras de plástico horizontales dejaba entrever a otro hombre de negocios afilarse el colmillo con una lima.

Como estaba muy nervioso en aquel planeta tan extraño, me he acomodado en un sillón carísimo y he cruzado las manos sobre una mesa igual que la de los telediarios intentando aparentar normalidad, respirando profundamente y pidiéndole a la ceja que ayudara a poner interés. El hombre de negocios tenía delante de él un papel en el que un rato antes había estado sumando números muy largos. Yo habría dibujado un cordero pero es que no sé dibujar. Lo de la boa que se traga al elefante no te digo que no; total, parece un sombrero. El hombre de negocios me hablaba de usted y por eso al principio me costaba creer que se dirigía a mí y lo hacía con una voz tan fuerte que ha conseguido intimidarme de tal forma que a lo largo de la conversación no he podido evitar cometer el desliz de pronunciar dos veces la palabra “corazón” y una la palabra “sendero” y él, a cambio, ha empleado tres veces con severidad la palabra “presionar” y algún que otro “sin contemplaciones”. Y entonces le ha sonado el móvil por décimo cuarta vez. Yo me he preguntado si sería el hombre de los dós móviles el que llamaba y si estaría utilizando el de la oreja derecha o el de la izquierda.

Un timbre muy dulce ha sonado en alguna parte (era un re, seguro, que lo traía fresco de casa) y al parecer eso significaba que ya había que terminar la conversación para poder seguir sumando números y, levantándose apresuradamente, el hombre de negocios ha vuelto a darme un apretón excesivo acompañado de una mirada de hielo. Yo me he puesto la cazadora algo intimidado mientras observaba, de refilón, los triunfos de caza colgados en la pared. Por un instante he pensado en volverme de la puerta y preguntarle si el precio de tantos millones vale perderse la luz de las 6 y 20 en septiembre, decubrir que todos los niños crecen (excepto uno), saborear un verso llenos de uves y eses o darte el gusto de hablar del tiempo con la vecina en la puerta del ascensor. Pero para entonces ya estaba de espaldas con una mano en el bolsillo hablando con el tipo de los dos móviles y empleando una retórica de plástico del todo incomprensible.

Así que me he dirigido apresuradamente al ascensor con la esperanza puesta en que la puerta de metal se abriera pronto para mostrarme de nuevo las hojas doradas de la acera con su promesa de aire y olor. Le he dicho adios a la señorita amable al tiempo que he descubierto que mantenía la misma posición amable que cuando me ha recibido amablemente. No me ha quedado otro remedio que volverme corriendo a mi asteroide a cuidar a mi rosa, sentarme en mi silla a ver la puesta de sol y a intentar recuperarme del espanto, que todavía me dura. Hay mundos muy raros por ahí.