Homenaje 15 octubre, 2005
Escrito por emejota en : Música , 1 comentario , trackback
Veo en las novedades discográficas el (re)lanzamiento del Debussy de Arturo Benedetti Michelangeli, imagino que debe ser porque se cumple el décimo aniversario de su muerte, porque esos discos -mÃticos- nunca han dejado de estar en las estanterÃas de las tiendas, que yo sepa.
Arturo Benedetti Michelangeli era un tipo raro. Mira que hay tipos raros, bueno pues éste más. Fue aviador hasta que un dÃa aterrizó en las sala de conciertos tocando el piano y dejando tras de sà un reguero de leyendas. Dicen que le acompañaba un afinador mudo, como si la ausencia de palabras le hiciera agudizar el sentido del oÃdo permitiéndole oir la última vibración de un armónico al borde de la extinción. También dicen que vivÃa en un castillo y que una vez, Martha Argerich llamó a la puerta (¡alto, quién va!) porque querÃa aprender del genio. Le condujeron a sus aposentos y, amablemente, le pidieron que esperara al maestro. Dicen que la espera duró unos meses. Dicen éstas y muchas cosas y todas muy raras. A saber.
Lo que sà es cierto es que sus directos -tan contados- eran prodigiosos y que en el estudio era el terror de los técnicos de grabación. Y es que lo de Bendetti era una búsqueda de la perfección que empezaba allà donde para otros terminaba. Es decir, que él daba por sentado el no fallar una nota, la ausencia del desliz; a partir de ahà empezaba la construcción impecable e implacable de un paisaje sonoro exclusivo, la búsqueda incesante del matiz justo, el estudio exacto de los planos sonoros y todo lo que hiciera falta para dar con el estremecimiento preciso de una minúscula disonancia perdida entre la frondosidad de un acorde, como ocurre varias veces en sus “Reflejos en el agua”, del primer cuaderno de “Imágenes” de Debussy. Aunque para ello tuviera que desmontar pieza a pieza su piano de gran cola, que llevaba por todo el mundo, o pusiera un empeño enfermizo en que la sala tuviera una temperatura determinada e invariable, al punto de desalojarla para que recuperara su punto justo.
Benedetti Michelangeli mostró un Debussy nuevo, polémico. Escuchas a Arrau tocar “Pagodas” y el sonido del piano parece flotar entre brumas tan densas como el sol naciente en el cuadro de Monet mientras que en los “Reflejos” de Benedetti reverbera la bravura de Liszt. Benedetti le quitó las brumas impresionistas al impresionista Debussy. Pero no hay que dejarse engañar por las apariencias. Bajo la piel siempre hay una sorpresa aguardando, un estremecimiento esperándote. A mÃ, Benedetti Michelangeli me robó el corazón cuando le escuché su “Homenaje a Rameau”, tÃtulo tramposo porque será homenaje, pero desde luego no a Rameau, a mà que no me digan otra cosa.
Lo de Debussy y los tÃtulos darÃa para mucho. Sólo quien tiene delante la partitura sabe, por ejemplo, que el tÃtulo de sus Preludios no figura en el encabezado, como serÃa lo lógico, sino justo al final, cuando la música ha terminado, y precedido por unos puntos suspensivos. Vamos, que tocas un preludio y cuando lo terminas te encuentras con ésto (…la Catedral sumergida) como si con ello constatara de qué iba la cosa a la vez que ha evitado condicionarte con cualquier alusión previa. Pues algo parecido es lo que pasa en el “Homenaje a Rameau”, que ya se me habÃa ido el santo al cielo, homenaje que parece que lo es para despistar y que se supone, además, que es una “Imagen”, dentro del cuaderno de ese nombre está, al menos.
El “Homenaje a Rameau” es un encantamiento, un hechizo; con su modalismo modélico, su arcaÃsmo que lo envuelve todo en una atmósfera de arcano misterioso; nocturno y lunar. Una de las partituras más bellas y misteriosas del siempre misterioso y bello Debussy. Lo que ya no sé es el papel que representa Benedetti en esta hermosura, lo que añade. O lo que quita. Que muchas veces quitando hojarasca llegas al corazón de las cosas, que es un abismo insondable e infinito donde este hombre nos aguarda.
Poco antes de que se le parara el corazón, Benedetti Michelangeli dio uno de sus escasos conciertos públicos. La primera parte la dedicaba a Beethoven. Le salió tan bién que cuando la prolongada y sonora ovación cesó se dirigió inesperadamente a la audiencia para decir: “Muchas gracias a todos; como me siento incapaz de mejorarlo, lo voy a dejar aquà y no voy a tocar la segunda parte del concierto”. Nadie protestó.