Archivo por días: 1 octubre, 2005

Repetición

Me estoy entregando con entusiasmo a la lectura de este ensayo que me he encontrado entre las novedades literarias y que tiene una pinta de lo más interesante y original. Se titula “Yo ya he estado aquí: ficciones de la repetición”, de Jordi Balló y Xavier Pérez y pertenece a la Colección Argumentos de Anagrama.

Dicen los autores, para abrir boca, que “en la narrativa contemporánea, reencontrar familiarmente los espacios donde ya hemos estado, seguir las peripecias de héroes ya conocidos, descubrir las pequeñas variaciones de una estructura estable y reiterada constituye una forma de placer”. Esa premisa me ha parecido de lo más estimulante dado que soy tan serial y, por tanto, conozco bien ese placer. El libro demuestra su tesis desplegando un abanico de ejemplos tan amplio como pintoresco que va desde Homero a “Twin Peaks” y de Dostoievski a una viñeta de “Corto Maltés”.

El caso es que en la segunda página he tenido que dejar de leer porque me he acordado de repente de que Saramago gusta de jugar con los lectores estableciendo conexiones entre sus novelas, de manera que les hace transitar de nuevo territorios y personajes ya conocidos. Fiel a su estilo oral (su prosa cobra sentido al leerla en voz alta) Saramago no utiliza un narrador impersonal en sus novelas. El que las cuenta es él mismo, de tal forma que su voz es fácilmente reconocible, y lo hace como si nos contara cada noche una historia distinta y de vez en cuando nos recordara, en medio de una narración, lo que le sucedió a fulanito en el cuento del otro día. Me encanta esa complicidad que establece con sus lectores/oyentes y que hace que experimentemos un cosquilleo placentero de satisfacción en la nuca cada vez que descubrimos uno de sus guiños.

Uno de los casos de alusión más hermosos (el “Yo ya he estado aquí” en su sentido literal) es el que pone en relación “El año de la muerte de Ricardo Reis” con “La balsa de piedra”. Es de destacar que son dos novelas sin ningún tipo de conexión: no sólo están escritas en años distintos, sino que también transcurren en un tiempo literario diferente y cuentan historias que nada tienen que ver una con otra: en la primera, Saramago toma prestado el heterónimo de Pessoa, el doctor Ricardo Reis, médico por vocación y monárquico por convicción, para protagonizar su hermosa novela y traerlo en barco desde su exilio a los funerales del propio Pessoa. En la segunda, asistimos con estupor a la quiebra de la península ibérica que, desprendida del continente, vaga como una gran isla errante.

Vamos al asunto. Cuando en la primera de las historias el doctor Ricardo Reis desembarca en una Lisboa perpetuamente lluviosa, se nos informa que se alojará en el Hotel Bragança, situado en la Rua do Alecrim. Por cierto que el tal hotel existe y puede verse en fotografía si se busca en internet. En su habitación triste y solitaria de horas lentas se le aperece todas las noches el mismísimo Fernando Pessoa para dialogar con él. Las otras cosas que pasan las dejamos en el cajón, que el asunto hoy es otro.

Si el lector se asoma posteriormente a “La balsa de piedra”, deberá acompañar en su periplo a dos personajes, Joaquim Sassa y Pedro Orce, que andan los hombres desconcertados intentando saber qué pasa con eso de que la península se ha puesto a vagar por el océano. Sus aventuras les llevan a una Lisboa contemporánea. Uno siente un cierto sobresalto cuando, de pronto, lee lo siguiente: “Los viajeros se instalaron en un modesto hotel, al fondo de la Rua do Alecrim, a mano izquierda, bajando, cuyo nombre no interesa a la inteligencia de este relato, una vez bastó y quizá ésa ni hubiese sido necesaria.

Pero resulta que ambos viajeros están siendo buscados por la prensa, que son chicos muy curiosos y quieren saber, queremos saber, y las pesquisas de uno de ellos le lleva directo al dicho establecimiento. Leemos entonces:

“El astuto periodista estaba consultando el libro de alojados, lee los nombres registrados, y he aquí que dos de ellos movieron sutilmente los engranajes de su memoria, Joaquim Sassa, Pedro Orce, no sería un buen profesional si le hubieran pasado desapercibidos, cosa que quizá le ocurriera con otro nombre, Ricardo Reis, pero el libro donde este nombre fue registrado, hace ya tantos años, está en el archivo de los sótanos, cubierto de polvo, en una página que quizá nunca vuelva a ver la luz del día, y si la ve, ya no se podrá leer el nombre, por estar en blanco la línea, o blanca la página toda, que es ése uno de los efectos del tiempo, borrar.

Interconexiones aparte, en el primer párrafo, Saramago ironiza sobre sí mismo como narrador (“una vez bastó y quizá ésa ni hubiese sido necesaria”) mientras que en el segundo despierta en el lector la nostalgia de ese libro precioso, “El año de la muerte de Ricardo Reis”, que es todo él un hermoso fado donde, desde la primera página, llueve incesantemente sobre una Lisboa que deja en el ánimo el dulce dolor de la saudade.