Archivo por meses: octubre 2005

Hora

Hoy, a las 3, los relojes volverán a marcar las 2 y todo lo que hayas vivido en esos 60 minutos desaparecerá sin dejar rastro. No hay que dejar pasar un momento tan especial, el único instante en el que el tiempo te da una segunda oportunidad. Si a las dos y veinte metes la pata aún te quedará una hora para arreglar el embrollo de manera que cuando vuelvan a ser las dos y veinte no habrá pasado nada y podremos respirar tranquilos.

Yo no comprendo cómo un acontecimiento semejante no merece una atención por parte de la gente más allá de realizar de manera mecánica el rito de ajustar las manecillas de sus relojes, o quejarse porque mañana oscurecerá pronto o alegrarse porque tanto si decides irte de fiesta o irte a dormir, te sale una hora gratis. Desde que descubrí las posibilidades de esa hora mágica siempre he procurado vivirla de manera especial. La primera vez que me atreví a decirle a alguien “te quiero”, por ejemplo. Lo hice con la esperanza de que si no era correspondido, el reloj volvería a dar la hora y no habría sucedido nada y quizá así evitaría darme un disgusto, que soy muy sensible y, para colmo, pesimista. Y si era correspondido tendría la posibilidad única de volver a vivir ese instante maravilloso.

Pronto darán las dos. Hagas lo que hagas a partir de entonces no cuenta. Te podrá quedar un recuerdo inolvidable, una cicatriz profunda, un trago amargo o la indiferencia de una hora perdida. No servirá de nada: el reloj volverá a darte por una vez una nueva oportunidad, tú verás si la aprovechas, porque sólo lo que hagas a partir de entonces quedará como lo realmente vivido y todo lo demás quedará flotando en algún lugar de la consciencia como si hubiera sido un sueño.

Sergio

Sergio debía tener 10 años cuando le conocí. Yo estaba haciendo pasillos, como corresponde a alguien que está empezando en el campo de la docencia y me había tocado sustituir durante 23 días a una profesora de solfeo enferma. Me advirtieron que no lo iba a tener fácil: una treintena de monstruítos de 9 y 10 años. El primer día entré en clase temblando de pies a cabeza y en medio de un algarabía ensordecedora. Lo que ví cuando llegué a la mesa y giré la cabeza es una estampa que ahora, después de tantos años, está algo borrosa: veo un montón de caras sin facciones definidas, pero todavía veo nítidamente, allá en la última fila, en el penúltimo asiento junto a la ventana, dos ojos vivarachos que me miran desafiantes diciéndome muy claramente: “lo que te espera, chaval”. No es eso lo único que ví: también ví luz. A veces te encuentras con personas y al primer golpe de vista hay algo por dentro que te hace ver en ellas luz, sin que sepas exactamente qué tipo de luz es y para qué sirve.

A lo largo de esos 23 días quedó claro que lo que la mirada anunciaba iba en serio, pero también pude comprobar que la luz seguía ahí. El día de la despedida, Sergio no vino a clase. Reconozco que lo sentí. Sólo mucho tiempo después comprendí que si no había venido a clase ese día era, precisamente, porque no quería despedirse. Los hombres somos muy orgullosos, incluso a los 10 años.

Yo seguí haciendo pasillos durante un tiempo y el destino quiso que un buen día me lo encontrara plantado ante un profesor de piano pidiéndole, por favor, una partitura. Yo no sé qué me impresionó más: si ver a un niño cuya curiosidad le había llevado a tomar la iniciativa de pedir una partitura porque, según dijo, le hacía mucha ilusión verla (es importante señalar que Sergio no tocaba el piano y no tenía piano en casa) o la respuesta del profesor, que fue del todo desagradable y lo despachó sin contemplaciones. El caso es que, por mi cuenta y riesgo, entré en la sala de profesores y busqué el teléfono de la familia. Sí, lo sé, soy muy impulsivo, sobre todo cuando las cosas me pueden. Tomé nota del número y a la mañana siguiente me puse en contacto con su madre.

Estoy escribiendo ésto y, al recordarlo, no sé si echarme las manos a la cabeza. Imagínate: un joven desconocido llamando a una madre de un niño de 10 años para decirle que le invita a su casa para que toque el piano. Con las cosas raras que hoy se ven, ella pudo haber pensado cualquier barbaridad. Pero yo creo que las madres tienen una cualidad especial que les hace saber si lo que les dices es honesto y sincero. Y aunque, lógicamente, la mujer se desconcertó en un primer instante, acordamos que se lo iba a proponer a Sergio. Yo llegué a un acuerdo conmigo mismo: no se trataba de una clase particular, no le iba a cobrar nada; era una invitación y el invitado decidiría el momento de marcharse de la fiesta. Conociendo a Sergio, tan inquieto, tan hiperactivo, entraba en lo posible que todo fuera capricho de una tarde, de dos, puede que, a lo sumo, llegara a tres semanas, quién sabe. Al final fueron ocho. Años.

Durante todos esos años no sé si Sergio aprendió mucho, pero puedo asegurar que yo sí, ya ves qué paradoja. Aprendí muchas cosas: por ejemplo, que muchos de estos niños a los que en el colegio dan por imposibles, los “trastos”, los culpables de todo lo malo que sucede en clase, si no funcionan no es porque no valgan sino, todo lo contrario, porque están especialmente dotados y se aburren. Dicho de otro modo: no es el niño el que no está a la altura del colegio; es el propio sistema educativo el que no está a la altura de estos chicos y chicas, que requieren una atención personalizada que el sistema no les puede conceder.

Aprendí también a llegar a él con paciencia: hoy toca buen día, estupendo, aprovechémoslo; hoy toca mal día, mala suerte. Enseguida ví también que si pretendía canalizar la sensibilidad de Sergio a través de la música de nada iban a servir los procedimientos convencionales. Hubo que echar mano de la imaginación mientras me traía dibujos de diseños de cohetes espaciales con su trayectoria precisa y leía a primera vista trocitos de Mozart.

Las emociones utilizan un lenguaje curioso: yo descubrí lo mucho que a Sergio le afectaba mi enfermedad precisamente por la indiferencia que mostraba. Lo que pasa es que la mirada le delataba. La situación era un poco violenta así que cuando cumplió los 15 años, una tarde lo senté ante una mesa, nos olvidamos por un rato del piano, le miré a los ojos y le conté todo: lo que me pasaba, lo que me podía pasar. Lo hice sin dramatismos, con naturalidad y sinceridad. Yo sé que no conseguí aliviar mi mal, ni aliviar su pesar, que quedó en evidencia esa tarde (qué le pasa a mi amigo). Pero creo que por primera vez alguien le trataba como un adulto y a los 15 años, que te tomen en serio, es muy importante. Creo que fue bueno. Para ambos.

En definitiva, durante esos ocho años estuve viéndole crecer e intentando estar a su lado cuando era necesario. El teclado del piano se convirtió en testigo de confidencias, alegrías, frustraciones y, cuando llegó la adolescencia y el corazón empezó a doler, trajo preguntas, que por qué duele, y qué se puede hacer, y que fulanita es muy guapa, y menganita también… Y todo ello acompañado de las últimas noticias científicas sobre los agujeros negros. Así era Sergio. Así es Sergio.

Hoy, aquel niño por el que casi ningún profesor daba un duro, el “trasto” imposible, es un universitario brillante. Estudia telecomunicaciones a curso por año y saca notas excelentes. Yo se lo dije una y mil veces: conseguirás lo que te propongas porque vales y porque te lo mereces. Pero eso no es lo importante para mí. Lo importante es que hoy, ese chavalín que un día me miró desde la última fila con ojos vivarachos y en los que ví luz, se ha convertido en un hombre bueno. Que no es poco.

Los lectores de este blog que hayan tenido la paciencia de llegar hasta aquí (creo que me está saliendo el post más largo de todos) se preguntarán cómo termina la historia. Sergio no está aquí, aunque nos mantienen unidos esos vínculos invisibles que sabes que te van a durar toda la vida. A veces, por las noches, a altas horas, estando trabajando al ordenador o escribiendo en el blog, la pantalla del móvil se ilumina y te da un pequeño sobresalto. Es un mensaje de Sergio: qué tal estás, qué tal los ánimos, si decaen llámame, eh?, en cuanto vaya por ahí te llamo y nos tomamos dos coca-colas. Pero sobre todo está interesado en saber si funciona la medicación. A Sergio le obsesiona la posibilidad de que la medicación deje de funcionar. Creo que le da miedo pensar que me pueda pasar algo malo.

Lo que él no sabe es que lo mejor que me puede pasar es saber que está ahí, cerca, al otro lado del teléfono o ante unas coca-colas; que existe. Y sentirme orgulloso de él, y hablar desde ese sentimiento como lo estoy haciendo ahora, aunque se me ponga un nudo en la garganta como el que ahora siento que me está diciendo que ya va siendo hora de que lo deje por hoy.

(Hoy, Sergio cumple 20 años. Felicidades, amigo mío)

100

Este es el post número 100 de “La Idea del Norte”. Me lo acaba de advertir el contador al entrar así que me pilla desprevenido. A ver, improvisa, algo se te ocurrirá. Bueno (siempre se empieza diciendo “bueno”, aunque a veces se diga algo malo, que no es el caso ahora), pues eso, que bueno, que para ser sinceros yo no me esperaba llegar a 100 textos cuando un sábado por la noche de insomnio se me ocurrió ocupar este trocito del ciberespacio y encender una luz en el porche.

Hubo un tiempo que escribía una columna semanal en la página 33 de un periódico local, que ya es casualidad que a un enfermo crónico le toque la página 33, no me digas que no, diga 33, pero lo tuve que dejar porque escribir una frase me suponía una inversión de tiempo y energías que no era normal. Es que me tenía que “sonar”. Al director del periódico se le llevaban los demonios: “¡pero qué mas da si suena o no suena, si no te oyen!” decía cuando llamaba por teléfono reclamando la entrega. “Pero es que al que me tiene que sonar es a mí, leches”, decía yo. En fin, pues ya ves, 100 textos. Y sí, los primeros me costaban bastante pero una de las muchas cosas buenas que he descubierto en mi estancia en la blogosfera es a coger el ritmo en la escritura. Ahora es otra cosa (afortunadamente)

Bueno (¿ves? otra vez digo lo de “bueno”) que no quería despedir el post número 100 sin dar 100 gracias, 100 abrazos, 100 besos a mis pacientes lectores. A los visibles (desde Ferre, que fue el primero, y Jeremy, que fue el segundo, y después todos los demás, todos imprescindibles) y a los invisibles, a quienes intuyo.

Que sea por mucho tiempo.

Aventura

Sí, se supone que soy un soldado que llega a casa de permiso. Vale, de acuerdo, hay que echarle imaginación pero no olvidemos que un par de minutos antes yo estaba vestido con americana y hablando de la disolución tonal mientras jugaba con la pianista a poner cabeza abajo un menuetto de Anna Magdalena Bach. Me he quitado la chaqueta, me he descamisado, me he puesto el zurrón y he cogido en las manos el violín ante las sonrisas de unos y las risas de otros. Gajes del oficio. Y a empezar la función: “Historia de un soldado”, de Igor Stravinsky.

La versión que hemos puesto en escena es el arreglo que el propio Stravinsky hizo en 1918 para trío de violín, clarinete y piano a partir del octeto original.

La diablesa valiéndose de sus artes persuasivas para darme el cambiazo mientras descanso en la mesa de una posada: mi violín a cambio de un libro maravilloso del que, se supone, sacaré una fortuna. Ingenuo de mí.

Misión cumplida. El balance no ha podido ser más positivo y he sobrevivido a los dos días. Ahora lo que necesito es descansar. Pero ya. Las últimas fuerzas que vayan para dar las gracias a todos.

Trance

James AkersJames Akers se crió en una granja sin electricidad en algún lugar recóndito de Escocia y un buen día apareció en Londres portando en sus manos una tiorba. El destino ha querido que esta tarde, a eso de las 5, entrando en la sala donde iba a tener lugar el concierto, me lo haya encontrado ensimismado haciendo sonar armonías de cristal de una miniatura de Kapsberger.

Yo llegaba con el pulso acelerado y la pesada carga a cuestas de un día muy duro y encontrarme con la música callada que brotaba de esas manos y ese gesto sereno ha supuesto para mí una fuerte impresión. Me he sentado discretamente en una fila conteniendo el aliento y entregado por completo al hechizo de esos acordes sostenidos en el aire en el instante justo en que te hieren de hermosura, de esas notas solitarias que se deleitan en la reverberación del aire, o quizá sea al revés, que se diría casi que es el aire el que las acoge con toda la ternura posible. La música nacía mansa de unas manos que se movían con apacible soltura y una leve sonrisa parecía dejarse entrever en el rostro de Akers, cuya mirada se encontraba fija en un lugar muy lejano. Por un instante he sentido pudor por interrumpir una escena de tan intensa intimidad e introspección. Pero justo en el corazón de la obra ha surgido el raro instante en el que sientes la presencia de esa sencillez prodigiosa que emana de lo puro, que así es como se manifiesta la perfección, la hermosura destilada, el misterio que te borra las palabras y te obliga a abandonarte a merced de un tiempo que parece detenerse en un milagro perpetuo que desearías que no terminara nunca.

Sorprender a Akers en el silencio de la caída de la tarde en un momento de instrospección ha sido una de esas suertes raras, acceder a un estado de trance que compartes con el poeta en estado de gracia y del que despiertas sabiendo que, repetido otra vez, no será nunca igual. A pesar de eso, dos horas después, la interpretación de Akers ha requerido, al terminar, de unos momentos de silencio en la sala abarrotada, porque hay momentos en los que sobran las palabras y lo que necesitas es dejar posar la magia del regalo mientras alguna garganta carraspea para deshacer el nudo de la emoción.

No ha sido el único hallazgo de un día que quedará para siempre en el recuerdo: la portuguesa Barbara Barros, de la hornada del Giardino Armonico, ha desplegado una energía torrencial demostrando que es una de esas intérpretes que sabe que la partitura no es un texto sagrado e inmutable, sino un principio, un plano referencial, un punto de partida al que poner inventiva y fantasía, siempre que se posea, claro, que se ven atrocidades por ahí, aunque a esta violinista, que no ha querido silla para poder expander de pie sonrisas y movimientos compulsivos de un arco frenético, la inventiva, la fantasía y la sabiduría le sobran.

Y Miguel, pamplonés afincado en Londres, responsable de esta combinación química, interlocutor ideal en mi diálogo ante el público, que uno es polifónico pero no políglota, hombre inteligente y generoso que, como cellista, siempre logra sacar el lamento justo de esa figura imprescindible y maravillosa de la polifonía que es el retardo, de la que tanto habría que decir y de la que tanto hay que sentir.

Dicho lo anterior, creo que añadir cualquier otra cosa está de más.

Vísperas

Mira qué hora es y todavía rondando por aquí. Mañana empieza el Ciclo de Cámara y estoy que me sale humo por las orejas. Montar dos conciertos didácticos distintos y seguidos (martes y miércoles) me lo he buscado yo, así que no me voy a quejar; pero trabajar a la vez con dos equipos diferentes es un poco esquizoide, sobre todo habida cuenta de que la idea que busca el ciclo es la del “contraste”: asistir a ensayos y preparar diálogos y guiones de programas tan distintos como son la música italiana del XVII y Stravinsky es como para volverse tarumba, sobre todo si, además, tienes que hacer de actor en éste último. Y luego la recepción a los músicos, atenderles, resolver los asuntos técnicos (sonorizaciones, etc). Un lío. Pero yo tan contento, que estas descargas de adrenalina en el fondo me gustan aunque luego, cuando acabe todo, me dará el bajón de agotamiento, ya lo verás.

Creo que tengo, más o menos, todo listo, a falta de cosillas sin gran importancia: quiero tener mañana una charla previa con el trío inglés porque quiero que me ayuden a destacar unos motivos de varias de las obras que traen. Hay una pieza de Dario Castello que viene como anillo al dedo para explicar la transición del mundo antiguo al moderno en lo que se refiere al lenguaje musical (algo así como el paso del castellano antiguo, tan incómodo a los oídos contemporáneos, a una lengua más familiar). Luego, en el otro extremo, aparece una obra de Veracini que anuncia las maneras clásicas que están a la vuelta del barroco, así que también me va a venir muy bien para el propósito didáctico que persigo.

Mientras le digo por teléfono al cellista la secuencia que tiene que entresacar de una Sonata de Domenico Gabrielli para hacer un pequeño experimento sobre la movilidad melódica del barroco y consulto los horarios de avión por Internet y probamos los micros inalámbricos, le digo a la pianista de Stravinsky que tendrá que tocar un minuetto del álbum de Ana Magdalena Bach y me mira de manera rara. ¿Bach? Sí, tranquila. Le explico que, a continuación, habrá que volver a tocarlo deshaciendo toda su coherencia tonal: la mano derecha en un tono, la izquierda en otro. Lo necesito para adentrar al público en la principal aportación de la vanguardia: la disolución tonal, que pretendo equiparar al paso de la figuración a la abstracción en la pintura, como introducción al universo de Stravinsky. La pianista ya no me mira de forma rara. Luego me quitaré la americana, me sacaré la camisa por fuera, me pondré un zurrón y regresaré de permiso a casa del frente esperando que el diablo me salga al encuentro y me haga la vida imposible, en una versión de la “Historia de un soldado” que, más que versión, es pura invención, porque, no me preguntes por qué, he metido el lápiz aquí y allá aunque el trasfondo lo he respetado, faltaría más.

En resumidas cuentas, así ha sido el día de la víspera. Hasta el miércoles por la noche no voy a respirar tranquilo. Sé que estoy bien arropado por excelentes músicos y tengo claras las ideas que pretendo transmitir. El aforo está lleno desde hace días y eso ayuda. Pero, por si acaso, como soy muy maniático, ya tengo previstos mis rituales habituales: cruzar los dedos si alguien me dice “suerte” (por favor, que nadie me diga suerte, que da mala suerte) y comerme una chocolatina unos minutos antes. Teniendo a mano una chocolatina, da igual la marca, todo va bien. Seguro.

Presentimiento

Una tarde de hace muchos años mi madre me llevó a Barcelona a un ático de la calle Balmes donde un médico muy famoso ya retirado seguía tratando los casos más graves de una enfermedad como la mía. Me senté en una sala de espera rodeado de viejos achacosos y me puse a mover las piernas adelante y atrás con nerviosismo porque no me llegaban al suelo. De algún lado llegaba el sonido de una voz bronca, profunda, que acentuaba sílabas de golpe y después bajaba algo el tono, en una cadencia a la que no te podías resistir.

En un momento dado se abrió una puerta corredera y vi, de refilón, el rostro del que salía esa voz: un hombre mayor, altísimo, fuerte, que giró la cabeza y, al mirarme, se calló y levantó una ceja. Fueron dos, tres segundos, mirándonos fijamente en silencio como si alguien le hubiera dado a la pausa al vídeo, entonces la enfermera cerró de nuevo la puerta y el discurso a oleadas de la voz poderosa siguió a lo suyo. Yo ya no movía las piernas.

Las visitas al ático del doctor Rotés se prolongaron durante años. El doctor Rotés hacía unas exploraciones minuciosas que me enternecían: te sentaba en la camilla y movía una por una todas las articulaciones, hasta la más chiquita, dictando un curioso lenguaje a su ayudante que, bolígrafo en mano, tenía ante sí el dibujo de una silueta humana: aspa, cruz, medio círculo… Aquello iba conformando la geografía del desastre, así lo llamaba yo, y el doctor Rotés sonreía para reprenderme por esa frase.

Una tarde, pasados unos años, mientras me examinaba el hombro se quedó callado unos instantes, vacilante, y entonces me dijo como en confidencia que el domingo anterior se había emocionado por primera vez escuchando “La flauta mágica” en el Liceo. Yo le dije que era normal, ¿no? Pero entonces me di cuenta, impresionado, que lo que me estaba diciendo era que por primera vez se había emocionado por algo “artístico”. Se había dado cuenta de que se había pasado la vida entre libros, pacientes, e investigaciones intentando paliar o remediar sufrimiento y había dejado de lado eso que, de pronto, se había mostrado el domingo como un zarpazo en el alma.

Desde entonces, entre medias aspas y triángulos, hablábamos de un nocturno de Chopin, y de que en la “Flauta Mágica” hay un momento musical en que sabes que todo va a salir bien antes de que te lo diga el texto e incluso hablamos de la Huston en lo alto de la escalera en el éxtasis de los dublineses, que tanto daría de sí en el futuro en este blog, ya ves tú.

El doctor Rotés hablaba alto porque era muy fuerte y porque estaba algo sordo, que era muy mayor el hombre. Una tarde, después de la exploración, mientras me vestía, le oí cómo le decía a mi madre en lo que se supone que para él era un tono bajo, secreto, lo siguiente: “yo sé lo que sufre, y aún así me lo dice sonriendo”. Me emocionó mucho oir eso; tuve que abrochar y desabrochar la camisa tres veces antes de salir y sentarme. (Y sonreirle)

Otra tarde, en el mismo trance, le oí decir algo muy distinto: “Más de 20.000 pacientes vistos en mi vida y ahora, al final de mi carrera, tengo delante el caso que más me duele, el que me hace sentir más impotente”. Esta vez no me emocioné nada, pero tomé una determinación firme, para escándalo de mi madre: no volver. Para no darle más disgustos al hombre.

La resolución fue un disparate, como es de suponer, y años después no me quedó otro remedio que regresar cual hijo pródigo. Para entonces el doctor Rotés tenía la voz más débil y se le notaban dos cuerdas de violín en el cuello; yo ya no era un niño y estaba mucho más deteriorado. Me miró como mira un abuelo a su nieto, me abrazó y me senté en la misma silla de siempre. Le dije que volvía sabiendo que seguía sin haber solución a lo mío. Me pregunto que cuál era el motivo de mi visita entonces y yo le respondí que, únicamente, buscaba un poco de consuelo. ¿Y qué puedo hacer para dártelo?, preguntó con extrañeza. Y yo le contesté que ya lo estaba haciendo: estar ahí, mirándome y escuchándome. Y le sonreí (también me eché a llorar como un imbécil, para qué mentir).

En Enero del 2000 recibimos una llamada del doctor. Que fuéramos rápido. Una luz. Un laboratorio de EEUU había sacado un fármaco eficaz. El doctor Rotés luchó contra viento y marea para conseguir que yo fuera el primer paciente en España que tuviera esa medicina tras comprobar, viaje aquí, viaje allá, que la cosa iba en serio. A pesar de sus mermadas fuerzas, en secreto, se las arregló incluso para buscar la financiación necesaria para sufragar los dos millones de pesetas que costaba el tratamiento de 10 meses. Para probar. Todavía recuerdo su carta con letra enorme y temblorosa dándome las últimas instrucciones necesarias y deseándome toda la suerte del mundo. Y funcionó.

El doctor Rotés me regaló la vida que tengo ahora.

Un par de años después una señora desconocida llamó por teléfono para decirme que era paciente suya y que al decirle de dónde venía el doctor Rotés había preguntado enseguida por el chico músico, que muchos recuerdos, que muchos cariños. La señora me dijo que al doctor le habían puesto un marcapasos y que la familia estaba intentando que dejara la consulta, al menos, que no fuera diaria. Era demasiado esfuerzo para él. Lo último que supe es que ya no pasaba consulta y que había empezado a perder la cabeza, expresión popular que utilizamos mucho y que suena grotesca si no fuera porque contiene tanta tristeza.

Todo esto viene a que llevo tres noches soñando con el doctor Rotés. Estamos en ese ático de la calle Balmes donde se ve atardecer y hablamos de “La Flauta Mágica”, del instante en el que el clarinete te dice que tranquilo, que todo va a terminar bien, entre medios círculos y triángulos. Cuando me despierto no puedo evitar tener la incómoda y quizá ridícula sensación de que eso pueda significar que, de alguna manera, se está despidiendo. Y me siento incapaz de expresar lo mucho que lo siento.

(He puesto tanto cariño escribiendo estas líneas que se me han saltado las lágrimas. Ahora sonreiré, no se preocupe)

Timo

El mayor daño que se ha hecho en muchos años en el ámbito de la divulgación de la música clásica se llama Máximo Pradera. No lo pongo en negrita aunque su nombre me pone negro. Ayer hice un alto en el trabajo frente al ordenador, salí a la cocina a merendar y puse la radio. Craso error. Lo peor de este tipo no es que diga inexactitudes, que nadie es perfecto, sino que miente descaradamente y creo que hasta se lo cree. Y todavía peor: pontifica sobre cosas que desconoce absolutamente. Hay una acepción muy curiosa en el diccionario sobre la palabra “pedante”: “aquél que alardea de algo que desconoce”. Pues el tipo es un pedante.

Ayer dijo una sarta de sandeces sobre no sé qué de los tonos del tema de la “Música callada” de Mompou que ha sido, desde hace muchísimos años, identificativo sonoro de la Cadena SER y se quedó tan ancho. Lo suyo es pura obscenidad. Para colmo, se atreve a poner una musiquilla de reminiscencias turcas que dice que ha compuesto él y entonces suena una cosa horripilante, kitsch hasta el sarpullido, que, por supuesto, no ha compuesto él, me juego la merienda que, total, se me está atragantando.

Pero, para postre, salió el nombre de Glenn Gould y no tuvo reparo en reducir el universo gouldiano a lo siguiente: “era un pianista que escuchaba todas las versiones que se habían hecho de una obra para ver cuál faltaba por hacer. Y a veces acertaba y a veces no”. Oye, pues que estaba embadurnando una magdalena con nocilla y al oirlo se me fue el chocolate por todo y puse la encimera perdida. Esto es serio. Tengo que enterarme cuándo vuelve al ataque este elemento porque soy capaz de cambiarme a la COPE, fíjate lo que te digo, aunque no sé si mi aparato de radio está preparado para eso. Tengo que mirar las instrucciones.

Pero qué desfachatez, hombre, pero qué desfachatez.

Satie

(Para Diana, que lo sugirió)

Claude Debussy apreciaba mucho a Erik Satie, así que un día le puso sobre aviso de que las vacas sagradas del conservatorio iban diciendo por ahí que sus obras patinaban en el aspecto formal, que ése era su punto débil: que no tenían forma. Debussy fue quien se lo dijo y Satie se rascó la cabeza, pensativo. Poco después se puso a componer sus “Tres piezas en forma de pera”.

Cuento esta historia -verídica- porque a mi entender ilustra muy bien cómo era Satie. Ir más allá es arriesgado porque te puedes perder: más que conciertos, Satie es un desconcierto. Satie fue un genio raro y a lo mejor un poco vago: abrió muchas puertas pero en lugar de transitarlas prefirió invitar a otros a que pasaran por ellas y probaran fortuna. Él, mientras tanto, tocaba el piano con su camisa de rayas amarillas y violetas y sus manguitos negros bajo el escenario de las chicas del can-can.

Satie puso la semillita del impresionismo, del minimalismo, del dadaísmo, del esoterismo, del histrionismo y hasta de sí mismo, tan ensimismado que sus memorias se titularon “de un amnésico”. La mayor parte de sus obras son muy aburridas pero tienen títulos divertidos: “preludios flacos”, “tres valses distinguidos de exquisito mal gusto”, “sonatina burocrática”, “piezas frías” y, mi favorita, “cosas vistas de derecha a izquierda sin gafas”. A veces da la impresión de que la música es el pretexto para poner el título. Ese es Satie. Si te lo encuentras, a ver qué le dices, porque una vez oyó decir que sus obras eran muy cortitas y compuso una con la instrucción de que se repitiera 840 veces, que si no, no valía, lo cual hacía necesario la tira de horas.

Hay gestos de Satie que son privados. Sólo el pianista los conoce. Abres la partitura, pones las manos sobre el teclado, empiezas a tocar la música y de pronto sale Satie y te dice cosas rarísimas en forma de anotaciones surrealistas: ¿fuma? Eso pone, encima de la mano derecha, no me acuerdo ahora en qué pieza. Después te dice “sonría” y “hágase notar”, y más tarde “no diga nada al respecto”. Luego vuelve a la carga y te apremia: “vaya resumiendo” y, de paso, te susurra al oído lo que ocurre en el patio de butacas: “Hay una señora que está hablando en exceso y el pobre marido empieza a dar muestras de impaciencia”. Yo creo que lo hace para ver si logra que pierdas la concentración, quién sabe, pero mientras lo piensas tienes que seguir tocando porque el público sigue ahí, aunque al pasar la hoja te pregunte “¿han dado ya las 9?”, y te asegure que “al capitán le gustará ésto” y que “las maletas ya están listas” y “no apague la luz todavía: aún queda tiempo”.

Satie dirige miradas picaronas a las piernas de las chicas del can-can entre la niebla del humo del tabaco de los cabarets y luego va a reuniones de espiritismo donde echan el tarot y se hace la ouija. Pero luego va a su buhardilla y te escribe la primera Gymnopedia, que es primera en todos los sentidos y para todos los sentidos aunque dependa tanto del acorde de séptima, a fin de cuentas, la música también son números; y mientras se te encoge el corazón ante ese poemita irrepetible te das cuenta de que lo modal suena a tonal y lo tonal a modal; que los acordes que debían reposar no reposan y viceversa, que la armonía funciona al revés, si es que funciona o hay armonía; que la melodía es muy pegadiza para tener un diseño tan raro y que los arcaísmos de la pieza son increíblemente modernos. Da lo mismo. La obra es maestra a pesar de eso o quizá por eso.

De todo lo anterior sólo importa decir que Satie es un poeta (pero no se lo digas si te lo encuentras)

Mirada

Puede que una imagen valga más que mil palabras (que yo tengo mis dudas), pero lo que sí tengo claro es que no hay palabras que valgan para describir miradas como ésta. En casos así se recurre a la música. El “Momento musical” en fa sostenido menor de Franz Schubert es el mejor comentario posible a la mirada impotente y asustada de este niño que, en un amanecer frío, sabe que está contemplando por última vez el rostro del amigo al que unos oficiales nazis han venido a buscar.

Sucede en “Adios muchachos”, de Louis Malle, y el escalofrío que resulta de la unión prodigiosa entre la música infinitamente hermosa y triste de Schubert y este rostro que tirita de frío y de miedo está recogido, intacto, en un disco de plástico y plata insertado en una cajita de cartón. La filmoteca FNAC continúa cosechando milagros. Que sigan.

Planeta

Hoy me ha tocado ir a ver a un hombre de negocios, como al Principito. Su planeta era una mole de cemento y metal y cuando he abierto la puerta el olor húmedo del otoño ha dado lugar a un olor a ambientador que se esforzaba por tapar el olor de la nada. Una señorita muy amable me ha pedido que esperara en una salita donde sonaba una música tenue de sala de espera, con la tristeza que me da esa música a mí, que ha nacido condenada a no ser escuchada, y por la puerta entreabierta he empezado a ver cosas inquietantes: un señor se paseaba arriba y abajo gesticulando con sendos teléfonos en los dos oídos y otro señor tenía la cara congestionada por el nudo de una corbata carísima. La fauna de ese planeta era muy extraña.

Al poco ha sonado un timbre, que en el lenguaje de ese planeta significa que ya puedes pasar, que subas al 5º y que el ascensor está allí. Gracias. Cuando la puerta metálica del ascensor se cerraba he visto de refilón las hojas doradas de los árboles adornando la acera y cuando se han vuelto a abrir me he encontrado en una estancia enmoquetada llena de cuero, figuritas de cuarzo y otros diseños de metacrilato. El hombre de negocios esperaba sentado a su mesa. Buenos días. Buenos días. Escrito suena igual pero escuchado cambia mucho. El apretón de manos casi me la descoyunta pero he intentado que la sonrisa no se me descolgara del lado derecho del labio. No ha ayudado mucho ver que la pared de enfrente era en realidad de cristal y que la ultramoderna persiana de tiras de plástico horizontales dejaba entrever a otro hombre de negocios afilarse el colmillo con una lima.

Como estaba muy nervioso en aquel planeta tan extraño, me he acomodado en un sillón carísimo y he cruzado las manos sobre una mesa igual que la de los telediarios intentando aparentar normalidad, respirando profundamente y pidiéndole a la ceja que ayudara a poner interés. El hombre de negocios tenía delante de él un papel en el que un rato antes había estado sumando números muy largos. Yo habría dibujado un cordero pero es que no sé dibujar. Lo de la boa que se traga al elefante no te digo que no; total, parece un sombrero. El hombre de negocios me hablaba de usted y por eso al principio me costaba creer que se dirigía a mí y lo hacía con una voz tan fuerte que ha conseguido intimidarme de tal forma que a lo largo de la conversación no he podido evitar cometer el desliz de pronunciar dos veces la palabra “corazón” y una la palabra “sendero” y él, a cambio, ha empleado tres veces con severidad la palabra “presionar” y algún que otro “sin contemplaciones”. Y entonces le ha sonado el móvil por décimo cuarta vez. Yo me he preguntado si sería el hombre de los dós móviles el que llamaba y si estaría utilizando el de la oreja derecha o el de la izquierda.

Un timbre muy dulce ha sonado en alguna parte (era un re, seguro, que lo traía fresco de casa) y al parecer eso significaba que ya había que terminar la conversación para poder seguir sumando números y, levantándose apresuradamente, el hombre de negocios ha vuelto a darme un apretón excesivo acompañado de una mirada de hielo. Yo me he puesto la cazadora algo intimidado mientras observaba, de refilón, los triunfos de caza colgados en la pared. Por un instante he pensado en volverme de la puerta y preguntarle si el precio de tantos millones vale perderse la luz de las 6 y 20 en septiembre, decubrir que todos los niños crecen (excepto uno), saborear un verso llenos de uves y eses o darte el gusto de hablar del tiempo con la vecina en la puerta del ascensor. Pero para entonces ya estaba de espaldas con una mano en el bolsillo hablando con el tipo de los dos móviles y empleando una retórica de plástico del todo incomprensible.

Así que me he dirigido apresuradamente al ascensor con la esperanza puesta en que la puerta de metal se abriera pronto para mostrarme de nuevo las hojas doradas de la acera con su promesa de aire y olor. Le he dicho adios a la señorita amable al tiempo que he descubierto que mantenía la misma posición amable que cuando me ha recibido amablemente. No me ha quedado otro remedio que volverme corriendo a mi asteroide a cuidar a mi rosa, sentarme en mi silla a ver la puesta de sol y a intentar recuperarme del espanto, que todavía me dura. Hay mundos muy raros por ahí.

Notas

Cuando das una rueda de prensa, los periodistas toman nota de lo que dices sin saber que, al mismo tiempo, tú también estás tomando nota precisa de lo que hacen. Yo es que soy muy observador. En la foto estamos esperando a comenzar la presentación del Ciclo de Música de Cámara y mientras Eva está atendiendo lo que dice alguien sobre no sé qué virus en un ordenador o sobre que ya empieza a refrescar por las mañanas, yo estoy absorto viendo la manera tan rara con la que una periodista coge el boli. Creo que se me nota en la cara. No lo puedo evitar, qué quieres que le haga.

Tanto es así que, en realidad y desde el punto de vista al que me estoy refiriendo, el protagonista involuntario de esta rueda de prensa fue Juanjo Ramos, que es, por cierto, quien hizo la foto. Juanjo acaba de ser papá por primera vez y cuando lo ví llegar, minutos antes, me levanté a darle la enhorabuena. Entró con cara de haber perdido la noche (que así se empieza a ser papá), hizo la foto y se sentó. Y mientras yo hablaba de objetivos, fechas y conciertos programados, no pude evitar estar pendiente de la lucha que el Juanjo que escribía notas en su cuaderno mantenía con el sueño que se empeñaba en cerrar sus ojos. Y se me escapaba la sonrisa, claro.

A Juanjo lo aprecio mucho porque, cuando empezaba, le enviaron a hacerme una entrevista. Como yo también empezaba y no tenía experiencia en estas cosas, que si ve al grano, que si enfatiza lo que quieres destacar, que si ésto y que si lo otro, yo empecé a hablar y hablar y hablar. Y no es que me fuera por las ramas, no, es que salté de un árbol a otro. El “click” de la grabadora, que decía que la cinta había llegado a su fin, que estaba exhausta, me hizo volver a pisar tierra. Y entonces tomé conciencia del trabajo que le dejaba al chaval por delante. Me sentí fatal, oye.

Pero resultó que cuando salió el periódico me quedé de piedra: yo nunca habría podido decir mejor y de una forma más clara y concisa lo que se supone que le dije a Juanjo Ramos según Juanjo Ramos. Así que le envié un email dándole las gracias y me acuerdo que al día siguiente me contestó que de nada con cierta extrañeza. Al parecer, corren tiempos en los que nos empieza a resultar insólito que nos agradezcan el trabajo bien hecho. Se me dirá: pero para eso están los periodistas, para hacer estas cosas y hacerlas bien. Pues sí, de acuerdo, pero yo he llegado a leerme en los papeles diciendo cosas que yo mismo desconocía, aunque también he leído entrevistas correctas. Pero lo de Juanjo no lo he vuelto a ver. Así que hace mucho tiempo que decidí que si yo fuera un tipo famoso, de esos que tienen equipo de prensa propio, mi periodista sería Juanjo, (sin que se enfaden los demás, ojo) aunque perdiera la noche, que le tocará perder otras, ya lo verás, y no pasa nada.

Por cierto, una satisfacción: me dicen que a las 3 horas de poner a la venta las entradas, esta mañana, se ha vendido el 70 % del aforo. Así que a trabajar. Más.

Homenaje

Arturo Benedetti MichelangeliVeo en las novedades discográficas el (re)lanzamiento del Debussy de Arturo Benedetti Michelangeli, imagino que debe ser porque se cumple el décimo aniversario de su muerte, porque esos discos -míticos- nunca han dejado de estar en las estanterías de las tiendas, que yo sepa.

Arturo Benedetti Michelangeli era un tipo raro. Mira que hay tipos raros, bueno pues éste más. Fue aviador hasta que un día aterrizó en las sala de conciertos tocando el piano y dejando tras de sí un reguero de leyendas. Dicen que le acompañaba un afinador mudo, como si la ausencia de palabras le hiciera agudizar el sentido del oído permitiéndole oir la última vibración de un armónico al borde de la extinción. También dicen que vivía en un castillo y que una vez, Martha Argerich llamó a la puerta (¡alto, quién va!) porque quería aprender del genio. Le condujeron a sus aposentos y, amablemente, le pidieron que esperara al maestro. Dicen que la espera duró unos meses. Dicen éstas y muchas cosas y todas muy raras. A saber.

Lo que sí es cierto es que sus directos -tan contados- eran prodigiosos y que en el estudio era el terror de los técnicos de grabación. Y es que lo de Bendetti era una búsqueda de la perfección que empezaba allí donde para otros terminaba. Es decir, que él daba por sentado el no fallar una nota, la ausencia del desliz; a partir de ahí empezaba la construcción impecable e implacable de un paisaje sonoro exclusivo, la búsqueda incesante del matiz justo, el estudio exacto de los planos sonoros y todo lo que hiciera falta para dar con el estremecimiento preciso de una minúscula disonancia perdida entre la frondosidad de un acorde, como ocurre varias veces en sus “Reflejos en el agua”, del primer cuaderno de “Imágenes” de Debussy. Aunque para ello tuviera que desmontar pieza a pieza su piano de gran cola, que llevaba por todo el mundo, o pusiera un empeño enfermizo en que la sala tuviera una temperatura determinada e invariable, al punto de desalojarla para que recuperara su punto justo.

Benedetti Michelangeli mostró un Debussy nuevo, polémico. Escuchas a Arrau tocar “Pagodas” y el sonido del piano parece flotar entre brumas tan densas como el sol naciente en el cuadro de Monet mientras que en los “Reflejos” de Benedetti reverbera la bravura de Liszt. Benedetti le quitó las brumas impresionistas al impresionista Debussy. Pero no hay que dejarse engañar por las apariencias. Bajo la piel siempre hay una sorpresa aguardando, un estremecimiento esperándote. A mí, Benedetti Michelangeli me robó el corazón cuando le escuché su “Homenaje a Rameau”, título tramposo porque será homenaje, pero desde luego no a Rameau, a mí que no me digan otra cosa.

Lo de Debussy y los títulos daría para mucho. Sólo quien tiene delante la partitura sabe, por ejemplo, que el título de sus Preludios no figura en el encabezado, como sería lo lógico, sino justo al final, cuando la música ha terminado, y precedido por unos puntos suspensivos. Vamos, que tocas un preludio y cuando lo terminas te encuentras con ésto (…la Catedral sumergida) como si con ello constatara de qué iba la cosa a la vez que ha evitado condicionarte con cualquier alusión previa. Pues algo parecido es lo que pasa en el “Homenaje a Rameau”, que ya se me había ido el santo al cielo, homenaje que parece que lo es para despistar y que se supone, además, que es una “Imagen”, dentro del cuaderno de ese nombre está, al menos.

El “Homenaje a Rameau” es un encantamiento, un hechizo; con su modalismo modélico, su arcaísmo que lo envuelve todo en una atmósfera de arcano misterioso; nocturno y lunar. Una de las partituras más bellas y misteriosas del siempre misterioso y bello Debussy. Lo que ya no sé es el papel que representa Benedetti en esta hermosura, lo que añade. O lo que quita. Que muchas veces quitando hojarasca llegas al corazón de las cosas, que es un abismo insondable e infinito donde este hombre nos aguarda.

Poco antes de que se le parara el corazón, Benedetti Michelangeli dio uno de sus escasos conciertos públicos. La primera parte la dedicaba a Beethoven. Le salió tan bién que cuando la prolongada y sonora ovación cesó se dirigió inesperadamente a la audiencia para decir: “Muchas gracias a todos; como me siento incapaz de mejorarlo, lo voy a dejar aquí y no voy a tocar la segunda parte del concierto”. Nadie protestó.

Fecha

Hoy hace 24 años que murió mi padre. Tenía yo 11 años. Comenzó a sentirse mal a primera hora de la tarde y el médico avistó la llegada del infarto por lo que ordenó su traslado inmediato al hospital. Mi padre se negó a los requerimientos insistentes del médico y de mi madre. Durante muchos años quedó flotando en la incertidumbre familiar la razón de esa terquedad, de esa obstinación.

Yo sé la respuesta: mi padre quiso esperarme. Llegué del colegio a media tarde con la mochila a la espalda y el catarro en la nariz y entonces dijo que sí, que ya era la hora de marchar. Me recuerdo en un extremo del pasillo contemplándolo salir con el paso vacilante y el pelo alborotado a un lado ayudado a ambos lados por mi tío y por el médico mientras mi madre le ponía una bata sobre los hombros. Al verme hizo el esfuerzo de erguirse y sonrió. A los 11 años hay detalles que te impresionan como si tuvieras todos los años. Al llegar a mi lado hizo ademán de inclinarse para lo que yo pensé que iba a ser un beso, pero el beso trajo un mensaje secreto que se deslizó, susurrante, al oído. Me encomendaba el cuidado de la cosita que en ese momento dormía en una cuna. La comitiva siguió lentamente al ascensor y yo sentí la voz de dentro decir con una firmeza absoluta: no va a volver. Cuando la puerta del ascensor se abrió se giró para mirarme y me guiñó un ojo. Y la puerta se cerró. Creo que en ese mismo instante tomé conciencia de que, de golpe, me había hecho mayor.

El caso es que, durante estos 24 años, he intentado estar a la altura del encargo, con mis propias vicisitudes, que no han sido pocas, con mis aciertos y mis errores, que habrán sido muchos, desde luego, pero todo hecho con la mejor intención. Y el destino ha querido que estos días -hoy- esa persona lo esté pasando verdaderamente mal. De este trago estoy aprendiendo muchas cosas a una velocidad que me sobrepasa. Por ejemplo: ayudar es muy difícil. A veces el corazón te hace meter la pata, y cuando crees estar dando un empujoncito de ánimo lo que consigues es que la otra persona tropiece y se caiga, o a veces se te salen las palabras de ánimo a borbotones y no entiendes que el mejor bálsamo en algunos momentos es, precisamente, la ausencia de toda palabra, que parece mentira, sabiéndolo como lo sé bien en propia carne. Qué complicado es todo. Si todo fuera más fácil, si de uno dependiera solucionar el trago amargo de los otros, si todo se arreglara con un chasquido de los dedos y un deseo pedido a la estrella fugaz que pasa por allá arriba mientras alguien llora aquí abajo. Pero las cosas parecen empeñarse en no ser tan sencillas.

Este post ha nacido empeñado en ser triste, pero yo no le voy a dejar que se salga con la suya. Yo seré débil y vulnerable, vale, y puede que haya sido un ingenuo hasta que he descubierto que ayudar no es fácil, aunque lo desees con todo tu corazón, aunque pongas el alma en ello, mientras el sobrino se te escapa a gatas por el pasillo, en la radio te tomen el pelo con el olor de los libros, te eches cuatro risas con Raquel mientras ensayamos la obra de Stravinsky y un alumno te llame en el peor de los momentos para decirte que estudiar fuera de casa es duro y que necesitaba oir una voz alegre y tengas que hacer de tripas corazón. Pero hay algo que no se me olvida.

Yo tengo que cuidar a alguien. Hice la promesa. A veces se me van las fuerzas pero hoy, precisamente hoy, he decidido que voy a ser, por una vez, verdaderamente valiente o, por lo menos, optimista. A lo mejor los problemas no se resuelven, pero nada importará mientras quede el calor de la palabra de apoyo, el silencio cariñoso, la mirada cómplice, la seguridad de que hay alguien que está siempre ahí, por si acaso. Que no estamos solos, vaya. Que no estás solo, ¿me oyes?