Archivo por días: 23 septiembre, 2005

Advertencia

Un músico amigo mío me contó, no hace mucho, la siguiente anécdota: había ido a una ciudad pequeña a dar un recital que iba a tener lugar en la Casa de Cultura. A la hora de cambiarse para salir a escena le indicaron unos baños que hacían de improvisados camerinos. Cuando mi amigo cerró la puerta se encontró con que en el lado opuesto alguien había escrito, con trazo apresurado y en caracteres grandes, lo siguiente:

CUIDAO CON EL CONCEJAL

De primeras, la coca-cola que estaba tomando se me atragantó del ataque de risa que me dio pero luego, al reflexionar un poco sobre aquéllo, llegué a una serie de conclusiones que me dejaron sobrecogido. Por ejemplo: ¿te imaginas lo que debió pasar el autor del anónimo con el ínclito concejal de turno para sentir la necesidad, el generoso y solidario impulso de advertir al incauto colega que viniera después? Imagínatelo. Y luego está el toque grotesco -pero esencial en la escena- del detalle de la terminación en “ao”, que le da a la cosa una sonoridad como desesperada: CUIDAO!. Como yo estoy muy sensibilizado con ese tema porque me toca de cerca, después de reirme tanto casi me pongo a temblar.

Por mi trabajo, me toca relacionarme con todo tipo de gestores culturales: coordinadores de área de ayuntamientos y universidades, concejales, directores de instituciones culturales, museos y un largo etcétera. La fauna es muy numerosa y variada. Rectifico: en realidad, y por fortuna, no me toca relacionarme; ya no. Desde hace un año he delegado esa función en una persona de plena confianza que, entre otras muchas virtudes, tiene temple para bregar en estos trances, lo que admiro infinitamente. Aunque todavía me subo por las paredes y hago muy mala leche con los disparates que se cuecen en esos despachos, al menos ahora las noticias me llegan como con sordina, con filtro, de tal forma que mi tensión arterial lo agradece.

Es horroroso. La cultura se ha convertido en un término vago y confuso, una especie de cajón de sastre pero, ante todo, es una herramienta de la que se valen los políticos para tener contento al pueblo en una maniobra de manipulación bastante sucia y, hay que reconocerlo, hábil: vivimos en una sociedad que ha invertido el sentido del valor de la cultura; sin ánimo de generalizar, la cultura ahora no se ve como un instrumento para cultivarse, para crecer por dentro, sino para crecernos ante los demás. Así que cobra mucha importancia demandar cultura.

Pero ocurre que la mayor parte de los gestores culturales (principalmente en el ámbito público, y lamento horrores que así sea) son personas que o no conocen de qué va el asunto, o su preparación no es la adecuada, o les da todo igual, lo que hace que la comunicación con ellos sea poco menos que una misión imposible y la tarea de transmitirles proyectos e iniciativas sea como hablar a la pared. Y eso por no hablar del desconocimiento absoluto de la realidad de lo que a la ciudadanía le mueve, busca y reclama. A veces, pocas en mi ya larga experiencia, la buena voluntad intenta suplir las carencias que acabo de exponer, pero eso no basta. Falta la profesionalidad básica para desempeñar cualquier trabajo. Un vendedor de trajes tiene que entender de tallas y un zapatero de hormas. Vamos, digo yo.

Podría contar con los dedos de una mano, y me sobrarían, aquellas experiencias en el trato con los gestores que han sido satisfactorias en un sentido corriente, de manera que uno pueda trabajar con normalidad para que ello repercuta positivamente en el público (ellos siempre han sido, en mi caso, la verdadera fuente de satisfacciones, perfectos cómplices de la aventura que nos ha unido) y en la entidad que te ha contratado, que si todo sale bien se lleva a la postre la medalla.

A estas alturas del post, no hace falta decir que hoy ha sido uno de esos días en los que te llevas las manos a la cabeza. Así que he escrito ésto a modo de desahogo y, de paso, advertencia a quien pueda pasar por aquí:
CUIDAO.