Archivo por días: 21 septiembre, 2005

Erase una vez

El secreto de los hermanos GrimmQue los hermanos Grimm siguen viviendo del cuento lo puedo comprobar cada domingo cuando tengo que contarle 72 veces “Caperucita roja” a mi sobrina Isabel. “Abuelita, abuelita, pero qué ojos tan grandes tienes” “Son para verrrte mejooooor”. Y mi sobrina se tapa los ojos con las dos manitas.

He ido al cine con mi amiga Belén a ver “El secreto de los hermanos Grimm”, de Terry Gilliam. Tenía muchas ganas de ver esa película porque Gilliam me gusta mucho cuando trabaja fantasías de corte clásico. Creo que debí ser de los pocos que se entusiasmaron con su versión de las aventuras del Barón Munchausen, con eso te lo digo todo. La fantasía de corte clásico -excepciones excepcionales aparte- nunca ha funcionado aquí, que se lo pregunten a los exhibidores.

Siempre se habla del abigarramiento visual de Gilliam. A mí lo que más me interesa en la consistencia de sus espléndidos escenarios, que por cierto son aquí muy analógicos (decorado puro y duro) y una delicia para la vista. Con esto quiero decir que cuando contemplas esa aldea de casitas retorcidas o te adentras en el bosque encantado, territorio esencial de todos los cuentos, tienes la impresión de que ya existían antes de que la cámara los recoja y seguirán existiendo después, lo cual es un factor de lo más estimulante, entre otras cosas porque muy raras veces se da.

Y en ese cuidado por dotar de verosimilitud el territorio fantástico -que a fin y al cabo, es el logro que aspira alcanzar todo buen cuento-, los caminos de Gilliam están llenos de barro y estiercol, los alcaldes tienen la dentadura amarilla, las posadas se diría que son madrigueras de atmósfera sofocante repletas de velas que forman montañas de cera, los corceles de las princesas tienen barro seco en las patas y la colocación del musgo que corona el muro de piedra de la casita encantada no parece obedecer a una deliberada anarquía de postal diseñada por el director artístico. Que mira que me dan rabia esos escenarios como de portal de Belén recien puesto, por postizos, o ver a esos guerreros primitivos con dentadura perfecta y blanquísima, y no te digo nada de esos príncipes azules con marcas de afeitado a maquinilla eléctrica y princesas con cara de portada de revista de top-models. Pero estaba en los escenarios de Gilliam: me encanta perderme en ellos, y son una de las cualidades más notables de esta película.

¿Y nos quedamos sólo con eso? No, por supuesto que no. Tenemos una historia que recoge decenas de referencias de otros tantos cuentos de los famosos hermanos, bien porque éstas intervengan en el argumento principal o como meros guiños secundarios (la vieja encorvada que llama a una puerta a ofrecer a los vecinos como postre una enorme manzana roja). Tenemos muestras del peculiar humor de Gilliam (la mala uva con la que se mofa de la grandeur francesa en la secuencia de la cena de gala, donde una serie de espejos paralelos colocados tras los asientos de los comensales multiplican hasta el infinito la barroquísima -y por tanto hueca, falsa- distinción de la mesa).

Y quedan los protagonistas, los hermanos cuentistas, cuyas personalidades antagónicas quedan definidas en el prólogo de la película mediante un suceso familiar acaecido en su infancia: Wilhelm es el racionalista pragmático que saca, sin remordimientos, partido económico de las supersticiones de los atemorizados aldeanos mientras que Jacob es el espíritu imaginativo y soñador capaz de creer en las cualidades mágicas de unas habichuelas.

Tengo la sospecha de que si vas al cine el día del espectador las palomitas saben rancias porque son viejas. Belén se ríe cuando le digo que seguro que son de las que han sobrado el día anterior que las recalientan y así compensan el descuento de la entrada. Claro que de eso no tiene la culpa Gilliam. En fin. Colorín, colorado…