Archivo por días: 20 septiembre, 2005

Consulta (II)

En el cardiólogo.

Prosigo mi particular gira por las principales especialidades médicas tras mi reciente visita al urólogo. Cuando yo era muy pequeño, mi médico, que era muy mayor, me decía que no debería preocuparme por mi corazón hasta dentro de muuuuuchos años. Lo decía así, con muchas úes, mientras movía la mano hacia adelante varias veces como si estuviera espantando un mosquito. Yo le preguntaba que cuánto era mucho tiempo más o menos y él decía que hasta que cumpliera 30 o 35. Ya tendrás hijos y todo, decía. Pues bien, no tengo hijos ni nada parecido pero enseguida cumpliré 36. Y el caso es que desde hace un par de años mi tensión arterial se empeña en subir, y que si palpitaciones, que si ansiedades, que si dolores de cabeza. En fin, visitemos al cardiólogo.

Me ha acompañado mi madre. Este es un tema especialmente delicado. Mi madre luchó como una campeona cuando le dieron la noticia de la enfermedad de su hijo (yo era tan pequeño que al principio no fui muy consciente) para llevarme a los mejores médicos y enterarse de los últimos avances. Hace unos años tuve que decirle, con mucho tacto, que ya era mayorcito para ir al médico yo solo, que entiéndelo, mamá, que imagínate que me vean aparecer a mi edad de la mano de mi madre. Ella me dijo que no pasa nada, hijo, pero que de todas formas tampoco es ir de la mano. Es una forma de hablar, mamá. Bueno, pues como quieras, hijo. El caso es que de alguna manera intuyo los mecanismos de la psicología maternal y siento por ellos mucho respeto, así que he alcanzado un pacto que consiste en que unas veces voy solo y otras dejo que venga conmigo. Se queda más tranquila si viene. Así que como al urólogo fuí solo, pues hoy hemos ido juntos al cardiólogo.

Este cardiólogo pertenece a la rara estirpe, me temo que en vías de extinción, de médicos humanistas. Entre otras cosas, publica poesía. Ver a un poeta examinar el corazón a través de la pantalla del ecógrafo es una estampa de lo más curioso. ¿Acaso no es eso lo que hacen los poetas? Eso he pensado mientras estaba tumbado en la camilla, en la sala oscura, con el haz de luz del monitor reflejado en sus gafas (y la sombra silenciosa de mi madre sentada en una silla al fondo). Tras la exploración, el médico-poeta se ha pronunciado con alta retórica:

-A tí lo que te pasa es que te están empezando a pasar factura todas las mierdas que te han hecho tomar.

Enseguida ha puntualizado que ante una situación así no había otro remedio que ese tipo de terapias tan agresivas, pero que seamos sinceros, a la larga, todo eso es pura mierda para las arterias y lo que te faltaba, porque lo tuyo termina siempre por dar problemas coronarios. Al oir eso me he acordado de repente que no le había dicho que soy un neurótico hipocondríaco. Ya sabes que lo digo siempre, lo hice con el urólogo el otro día, lo suelto precisamente para que tengan un poco de tacto que soy muy impresionable y ya ves, por una vez que se me olvida, lo que hay que oir.

-Ya te puedes poner la camiseta.

Ya en el despacho me ha dicho que el corazón estaba bien y las válvulas también, aunque la función de las arterias está un pelín alterada. Pasea todos los días, me ha dicho. Yo le he contestado que doy una larga caminata a diario, aunque me he callado lo de que lo hago para ver si me encuentro a la chica del sobre naranja. Pues pasea más. Y evita alterarte. Y tranquilo. Y dentro de 2 años vuelve. ¿Y has pensado repetir aquella conferencia sobre Saramago? De ésto último he deducido que el cardiólogo-poeta fue a mi conferencia sobre Saramago. (añado: a lo mejor es que no pudo ir en su día)

Mientras bajábamos por el ascensor mi madre ha dicho que se iba tranquila porque pensaba que el médico me iba a encontrar “mucho peor”. Tal cual.

Me voy a dar un paseo.

(Esta vez han sido 60 euros)