Archivo por días: 16 septiembre, 2005

Desaparecer

Enrique Vila-Matas acaba de publicar “Doctor Pasavento” y, como ya hiciera en “Bartleby y compañía”, vuelve a indagar con su habitual agudeza sobre la idea de la renuncia y la desaparición, “el acto extremo con el cual algunos raros escritores se aseguran el único modo de captar el destello de la vida plena e inexpresable”. Glenn Gould renunció el 28 de Marzo de 1964, domingo, en la ciudad de Chicago, donde ofreció su última aparición pública como concertista tras nueve años de fulgurante carrera en los escenarios de todo el mundo. Tenía sólo 31 años. Su decisión, al parecer largamente meditada, causó una gran conmoción dado que nadie antes había hecho algo parecido: renunciar en el esplendoroso instante del triunfo para recluirse en las frías latitudes del Norte. A partir de entonces, sólo haría grabaciones.

Durante años, Gould habló y escribió largamente sobre las razones que le llevaron a tomar esta insólita decisión: se quejaba de que el intérprete es el único artista que tiene que recrear constantemente su obra desde la nada expuesto, además, a la presión de las miradas. Lo que Gould reclamaba para el artista es la idea de anonimato para poder trabajar en ciertas condiciones que la inmediatez y la presión del recital con público no permite.

Paralelamente a esta idea -en la que hay mucho de esa fobia social que padecía Gould- no podemos obviar su fascinación por la tecnología aplicada a los medios de comunicación: “La tecnología tiene la posibilidad de crear un atmósfera de anonimato y dar al artista el tiempo y la libertad que necesita para preparar su idea de una obra con el máximo de su potenciación. Tiene la posibilidad de sustituir esas incertidumbres horribles y degradantes y humanamente perjudiciales que el concierto conlleva”. Desde su retiro, Gould no sólo se comunicó a través de la música desde el estudio de grabación, sino que se entregó con entusiasmo a una torrencial producción de ensayos, artículos, entrevistas (y delirantes autoentrevistas: “Glenn Gould entrevista a Glenn Gould sobre Beethoven”, “Glenn Gould entrevista a Glenn Gould sobre Glenn Gould”, que yo califico de puro narcisismo cubista por mostrar a Gould al cubo), programas de radio experimental y emisiones de televisión.

Y el teléfono. Interminables conversaciones telefónicas que comenzaban a la llegada de la oscuridad y que se prolongaban hasta el amanecer. A veces Gould despertaba a algún amigo, indiferente a la hora; otras llamaba a cualquier programa radiofónico nocturno de una emisora local (Tenemos un nuevo oyente al aparato, buenas noches… Hola, buenas noches… ¿Cómo te llamas?… Me llamo Glenn… Buenas noches Glenn, no tienes sueño esta noche, eh?… No, la verdad es que no mucho… Muy bien, Glenn, entonces quédate con nosotros. Dime, ¿a qué te dedicas?… Bueno, toco el piano… ¡Tocas el piano! ¿Rock, Jazz?… Bueno, en realidad algo más clásico… Muy bien, Glenn, te va más lo clásico, estupendo, oye y dime ¿para qué nos llamas esta noche?…)

Muchas veces pienso que Gould habría caído rendido a los pies de un invento como Internet, por sus fascinantes posibilidades de comunicación (Gould en un chat!) pero, sobre todo, por sus posibilidades de comunicación desde el anonimato. Ahí está el matiz Gould. Gould tendría un blog, seguro, o varios al mismo tiempo, eso también es muy probable. Quizá lo que Gould buscaba es tomar distancia para mostrarse, al fin, verdadero.