Archivo por días: 4 septiembre, 2005

Juego

-Quítese la camisa, señor Kay.

El sopor veraniego cedió felizmente ante la regocijante lectura de “El padre de Frankenstein”, de Christopher Bram, reeditado recientemente por Anagrama en su colección Compactos. Existe una adaptación del cine de esta novela, que no he visto, pero a mí lo que me engancha a ella es una virtud exclusivamente literaria: está condenadamente bien escrita. Trata de los últimos días de James Whale, el director de cine que dirigió para la Universal las memorables “Dr. Frankenstein” y su secuela, “La novia de Frankenstein”. Whale convalece en su mansión californiana de unos accidentes cerebrales que han mermado sus facultades pero que no le impiden rememorar su vida pasada con lucidez y desencantada ironía ni mostrarse esquivo a los requerimientos de sus pulsiones homosexuales.

Entre los aciertos está el propio personaje de Whale. Bram, como ocurre en la historia de Shelley, construye su criatura literaria a base de trocitos del Whale de carne y hueso pero esta criatura cobra vida reclamando personalidad propia, tal es su consistencia como personaje. Poco importa el acierto en la semejanza. La criatura vive. Este Whale literario impresiona.

La novela de WhaleEl otro acierto destacable es que Bram maneja muy bien los hilos que mantienen vivo el interés del lector. Ocurre que el anciano Whale, en su condición de mito viviente, manifiesta hastío por tener que contar una y otra vez las mismas batallitas a su auditorio de mitómanos deslumbrados y ese aburrimiento bien podría ser compartido por el lector, que de sobra es conocedor de tales historias, mil veces referidas. Pero ahí está Bram para introducir estratégicamente un hábil elemento de distracción: cuando al principio de la novela Whale recibe resignado la visita de un joven estudiante de cine, mitómano entusiasta, que solicita una entrevista para conocer los entresijos del Hollywood dorado, el anciano cineasta sorprende (a todos, al visitante y al lector) proponiendo un juego: es justo que él también se divierta un poco así que le contará todo lo que quiera saber a condición de que por cada respuesta se quite una prenda de vestir. A Whale le brillan los ojos y la asistenta que le cuida aprieta los morros con desaprobación. El lector no es ajeno a la sorpresa: se le está invitando a participar en un juego privado que Bram no desaprovecha porque no se trata de una astracanada morbosa, ni de una travesura de viejo verde sino el disfraz tras el que se oculta la poderosa llama del deseo que arde intacta en ese cuerpo anciano y enfermo y que va a determinar los últimos momentos de su existencia.

Coincidiendo con la lectura del libro volví a visionar “La novia de Frankenstein”. Varios apuntes breves: Elsa Lanchester es el monstruo más maravilloso que pobló la Universal. Lo digo como lo siento. Otro apunte: la secuencia de su presentación, esos planos en los que Lanchester mira hacia un lado y otro con movimientos espasmódicos y mirada elecrizante es todo un hallazgo. Reparo también en el acierto de Franz Waxman al diseñar los dos breves leit-motiv musicales que acompañan y retratan a los monstruos: tema de cuatro notas para él, tema de 3 notas para ella; el tema musical de Frankenstein lo culmina una áspera disonancia, reflejo de la “anormalidad” de la naturaleza de la criatura, un ser vivo hecho de muchos muertos, y quizá reflejo también de su alma atormentada mientras que el tema de ella, de aire sensual, despliega un elegante salto de octava (como un suspiro) y su correspondiente reposo descendiendo un tono.

Leído el libro y revisada la película queda la duda inquietante, a tenor de los detalles recogidos, de si lo que vemos en la pantalla no será, en realidad, una mofa en toda regla, una gamberrada que se vale de las convenciones del género para realizar una broma privada en lugar de ser la película seria (a fin de cuentas, película “de miedo”) que pensábamos. ¿Es así realmente?

-Si quiere que le responda a esa pregunta tendrá que quitarse los pantalones, señor Kay.