Archivo por días: 3 septiembre, 2005

Imagen sonora

Existe una filmación casera de Glenn Gould en la que la cámara recoge un interesante y misterioso fenómeno. El pianista se sienta al piano y empezar a tocar el tema del pasaje fugado del primer movimiento de la Partita 2 de Bach cuando algo ocurre y obliga a Gould a detenerse súbitamente. Vemos un gesto de contrariedad en el rostro del pianista que, sin pausa, vuelve a comenzar desde el principio. Entonces ocurre lo mismo, más o menos en el mismo lugar, y Gould se impacienta, oímos una exclamación de fastidio y la mano libre efectúa en el aire un rápido movimiento lateral, como quien quiere borrar lo ocurrido y empezar de nuevo. Pero nada cambia.

Entonces Gould se levanta contrariado y se dirige hacia la ventana que está situada detrás de él. La música ha cesado en el piano pero no en sus labios. El característico canturreo de Gould registra una frenética actividad al compás del chasquido de los dedos de su mano, que se agita nerviosa mientras los ojos miran sin mirar a través de la ventana. De pronto vemos una luz en el rostro de Gould, como quien acaba de recordar algo que tenía atascado en la punta de la lengua. Rápidamente vuelve a sentarse al piano y comienza a tocar las mismas notas del comienzo de la fuga. Y esta vez todo fluye con normalidad.

Lo más chocante de la escena, lo que deja perplejo al espectador, es que en ningún momento se ha producido una nota falsa o un error que justificara los sucesivos parones y el evidente gesto de contrariedad del pianista. ¿Qué ha pasado entonces? Lo que ha pasado es que Gould no había conseguido enfocar la imagen sonora de la música sobre el teclado.

Hay músicos que mantienen con el sonido una estrecha relación táctil. En el piano, se me ocurren los nombres de Gould, Baremboim y Brendel, por ejemplo. Hacen del acto mecánico de pulsar fundamento de una honda experiencia estética. Al contacto físico con el instrumento establecen una relación de comunicación profunda con el sonido matizada por el tacto. Pero a veces ocurre que la imagen sonora requerida no se forma nítida en la retina táctil, sin que ello quiera decir que se den notas falsas, barro sonoro. Se trata de encontrar un punto armonioso en el que el complejo juego de respuestas del instrumento a los impulsos sensoriales de la pulsación iluminen en algún lugar del cerebro la conformidad requerida para que todo fluya en la certeza de que “así tiene que ser”. Lo curioso es que, una vez en ello, la aparición de unas notas falsas no nos hará detenernos y volver a empezar; mucho menos levantarnos a mirar por una ventana la solución a un error que entonces nada importa. En música, la armonía es otra cosa.