Archivo por meses: septiembre 2005

Alquimia

Karl BöhmCon cuentagotas, Deutsche Grammophon va volcando en dvd los fondos de su extraordinario archivo audiovisual. Ahora le ha tocado el turno a una histórica grabación del Requiem de Mozart dirigida por Karl Böhm al frente de la Sinfónica de Viena y con un elenco de solistas excepcional: Gundula Janowitz, Christa Ludwig, Peter Schreier y Walter Berry. Ahí es nada. La filmación data de 1971 y tuvo lugar, sin público, en la soberbia Iglesia de los Piaristas de Viena.

Lo de Mozart y Böhm es muy difícil de explicar porque ya no se trata de una cuestión de química. Es una cuestión de alquimia. Lo que está claro es que cuando este director austriaco dirige a Mozart con sus maneras reposadas sucede “algo” especial. Y siempre algo bueno.

El requiem de Mozart es un ejemplo clarísimo que demuestra que cuando se quiere hablar de música se tiende a hacer literatura, pero no se habla de música. Eso no quiere decir que el conocimiento de la historia o circunstancias que rodean una composición no sean importantes, por supuesto, pero lo son siempre que nos lleven hacia la música, y no de manera que la música sea la banda sonora de un sucedido o anécdota por muy interesante que resulte: en el caso del Requiem de Mozart, la archiconocida y trágica historia del genio agonizante que expira en el compás octavo del “Lacrimosa” y etc, etc, que, si bien pone el telón de fondo, no nos explica en realidad el milagro de la composición.

Pero el colmo de este Requiem es que ha quedado contaminado por la historiografía romántica, que tantos y tan lamentables desastres ha ocasionado con su enfermiza inclinación al drama heavy sobre la veracidad histórica. Ahora parece ser, y se está en ello, que si Mozart no terminó su Requiem fue, digámoslo sencilla y llanamente, porque no le dio la gana, porque entre medias compuso varios de sus últimos prodigios. Así que, si nos fijamos bien y de confirmarse ésto, la cosa cambiaría radicalmente: pasaría de ser el inacabado canto fúnebre de un agonizante a convertirse en un gesto de rebeldía ante la muerte. Ahí es nada: la diferencia entre considerar lo inacabado como derrota o como victoria. Pero, ves? Al final yo también estoy haciendo literatura así que voy a lo musical.

Me interesa más, por ejemplo, señalar el destacado papel que el clarinete tiene en esta obra -el descubrimiento del timbre del clarinete fue uno de los últimos impactos estéticos de Mozart- que no ha sido, en mi opinión, objeto de la atención que merece. De ser cierta la connotación simbólica que el compositor parece otorgar a este instrumento desde el momento en que lo incorpora a sus últimas obras, “iluminaría” en todos los sentidos el drama del Requiem. ¿Ya estamos otra vez con la literatura? Pues sí, pero ya nos está conduciendo a la música: escucha la obra y “mira” al clarinete.

En cualquier caso, lo esencial en esta obra, la historia más apasionante y lo verdaderamente importante es algo que, de obvio, no se ve: que este Requiem es una composición puramente contrapuntística salida de la mano de un maestro del contrapunto. ¿Y qué tiene eso de especial? Pues que estamos en 1791 y que estamos hablando de Mozart.

Es cierto que los esfuerzos de su padre Leopoldo por dar a su hijo una formación completa le hicieron tomar contacto temprano con el contrapunto; primero con el padre Martini, luego con el Bach de Londres, que le proporcionaron una base sólida. Pero atención, porque la diferencia aquí es que Mozart no incorpora las técnicas y artificios del contrapunto a su requiem, sino que toma al contrapunto como fundamento expresivo sobre el que erigir su obra. Eso es lo que, en realidad, lo vincula a la larga tradición de los verdaderos maestros-poetas del contrapunto, desde Bach hasta Josquin.

Pero esta consideración no sirve de nada si el director que monta el Requiem de Mozart no se entera. Afortunadamente, no es el caso de Böhm, faltaría más. Gracias a él descubrimos, al fin, que el Introito es una fuga, y no sólo eso, sino que también descubrimos que en la acostumbrada sucesión de entradas de los temas reside aquí el drama verdadero. Vamos, que el medio se ha convertido en sustancia viva con la que modelar la obra de arte. No es de extrañar, por tanto, que el coro de Böhm dicte la polifonía con exquisita claridad (y eso a pesar de ser un coro impulsivo, enfático, fuerte es la palabra que lo define mejor) Y es de agradecer el acierto del director de la filmación (hombre sensible e inteligente) de fundir en transparencia el rostro de Böhm con el de sus cantantes, de manera que asistimos absortos a la materialización de la emoción mediante la comunicación entre los ojos y el índice del director y las voces de sus cantantes.

Es tal la importancia del uso y función del contrapunto en esta obra, que incluso suya es la responsabilidad de la enorme eficacia expresiva de los raros momentos en los que desaparece de la partitura. Tal es su influencia: actuar hasta en la ausencia. Así ocurre en el pasaje del bellísimo “Recordare”, cuando Mozart recurre a la homofonía de las voces para subrayar precisamente el momento decisivo del texto: “que tanto dolor no sea en vano”.

(que no lo sea)

Estreno

Me he comprado un portátil.

Para mi trabajo impartiendo charlas y cursos es una herramienta imprescindible y el anterior ordenador, el pobre, ya no daba más de sí. El primer síntoma de debilidad en público lo dio cuando suspiró antes de tiempo en una charla sobre “La Pasión según San Mateo” de Bach, aunque, la verdad, no le dí ninguna importancia. La cosa empezó a preocuparme cuando, durante unos segundos, tuvo una ausencia mientras proyectaba los reflejos en el agua en el jardín acuático de Monet. Para colmo, luego cogió frío en el monasterio cisterciense donde se celebraban unas jornadas sobre gregoriano. Así que, finalmente, decidí tramitar los papeles para solicitar su jubilación anticipada. Cuando el transportista ha traído esta mañana la caja con el flamante ordenador nuevo modelo, no he podido evitar mirar de reojo al fondo del pasillo desde donde el otro, apoyado el maletín en la pared, parecía dolerse de falta de cariños. Soy un blando para estas cosas.

Ahora escribo este post desde el nuevo ordenador y desde otra habitación distinta a la habitual, por aquello de la conexión a internet sin hilos. Tenía curiosidad por averiguar si los post me salen igual al cambiar de sitio y de máquina y si las palabras salen más anchas ahora que no van por cables. De momento, hay una atractiva luz azul galáctico que se empeña en hacerme guiños seductores pero yo me estoy concentrando en la suavidad del tacto de las teclas, que, por cierto, encuentro algo turbadora.

Conseguir tener internet sin cables me ha costado tres llamadas a los chicos de Terra, la última de 87 minutos. Sí, sí, lo que oyes. Lo peor no ha sido pensar en la factura que va a venir (la del teléfono y la del ordenador, que la factura del ordenador va a ser panorámica, como la pantalla) sino que me he sentido agobiadísimo siendo sometido a un implacable interrogatorio kafkiano. ¿Ha habilitado la máscara de subred? ¿Está seguro que su router está en multipuesto? No lo entendemos, don emejota, algo va mal, algo ha debido hacer usted mal en algún momento de la operación. Vamos, vuelva atrás e intente recordar…

Al final he llegado a una pantalla muy extraña y me han exigido leer en voz alta todas las siglas y los números, que seguro que lo han hecho para hacerme pasar vergüenza, y aún después he tenido que anotar, uno a uno, 23 dígitos, yo, que soy tan analógico, y ha sido entonces cuando me he venido abajo. Normal. Les he dicho que mejor lo dejaba para luego, que me iba a dar un paseo, que es a que a mí me gusta mucho la luz de las 6 y 20 a finales de Septiembre. Pero no ha habido manera. Piénselo bien, don emejota, me ha dicho el chico con cierta severidad paternal, debe encriptar. Hay que encriptar. Se sentirá más seguro, créame.

Como despues de 87 minutos había cierta confianza he decidido hacerle caso, qué majo, quiere que encripte para que me sienta más seguro. Afortunadamente, al final se ha arreglado lo de internet sin hilos y me he podido dar el paseo pero, de momento, yo me siento igual. No sé.

Nombre

“abadía”.

¿A que suena bien? Prueba a decirlo otra vez.

Hay palabras que suenan muy bien, como ámbar y azul, lo que no quiere decir que todas las palabras que suenan bien tengan que empezar necesariamente por “a”, como nieve, aunque sea una palabra suave gracias a ella. Cuando leí “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco, descubrí que, además de sonar bien, hay palabras que son recipientes en cuyo interior caben muchas cosas.

Dentro de la palabra abadía cabe la piedra fría, el tañido de la campana (murmullo de latines), una corriente de aire, la blanca barba de un monje emergiendo de la noche oscura del hábito, la cera que gotea de una vela que tirita y una mirada lasciva; también caben el canto de maitines y el hermano Berengario (que si no se llamara así no estaría en esta abadía de letras, suerte que ha tenido) y el sol que vuelve rosa la ladera de la montaña antes de que se nos eche la niebla encima. Dentro de la palabra abadía caben otras palabras, como nona, que suena a nana silenciosa de incienso, amanuense, la única palabra a la que no le tiembla el pulso y scriptorium, que habla siempre en cursiva y huele a pergamino mohoso. En la palabra abadía también se oye el estrépito de un portón de madera gruesa que deja el eco estremecido.

Ayer, Agustí Fancelli escribía una estupenda introducción a “El nombre de la rosa” para abrir el apetito porque la novela venía hoy con “El País”. Como hoy en día se lleva la inmediatez, no hay nada más desfasado que el periódico de la mañana, así que para convencerte de que te lo lleves te ofrecen libros, discos, películas, documentales de bichos, el “Mortadelo y Filemón” de los domingos, puzzles, balones, toallas, cuberterías completas, guerras civiles, cursos de inglés, enciclopedias y hasta catedrales en papel couché.

Y “El nombre de la rosa”. Hoy.

Decía de Agustí Fancelli (que me he perdido entre tanto objeto) que escribe sobre la novela de Umberto Eco y al final habla también sobre el nombre de las cosas. Dice que la palabra “rosa” está tan cargada de significados (míticos, místicos, poéticos, políticos…) que acaba por no decir nada. Es puro nombre. Y por eso cita el verso infinito de Gertrude Stein: “Una rosa es una rosa es una rosa…”. El nombre “abadía” no ha merecido aún un verso infinito y digo yo que eso será porque su nombre no es puro o porque nadie ha alcanzado todavía el fondo de su secreto.

Duende

Juan José BallestaYo sigo en mi empeño de seguir el rastro del duende allá donde se manifieste. La señal llega ahora del Festival de Cine de San Sebastián, donde le han dado la Concha de Plata al Mejor Actor a Juan José Ballesta por su papel en “7 vírgenes”. Al parecer, en la decisión del jurado tuvo mucho que ver la obstinada insistencia de su presidenta, Anjelica Huston, que en este blog está en éxtasis permanente en lo alto de una escalera. El caso es que dicen que nada más ver al chaval en la pantalla, la Huston exclamó entusiasmada: “Este chico es una estrella, este chico es una estrella”. Y aún parece que luego lo dijo de nuevo: “Este chico es una estrella”. La Huston tiene un fino olfato para detectar las encarnaciones del duende.

A Juan José Ballesta, 17 años, la noticia del premio le pilló haciendo botellón con sus colegas en la madrugada de Parla, que es donde vive. Llegó a San Sebastián con camiseta sin mangas y vaqueros desgastados de chico de barrio y con la esperanza de poder irse de pinchos por lo viejo y el firme propósito de no llorar, que dice que él no llora nunca, a ver. El chico no tiene la menor intención de trasladarse de Parla a Madrid. Dice que ni hablar, con el asco que le da Madrid con tantos coches y tal. Su papel en “7 vírgenes” no fue nada difícil porque en su barrio pasan las mismas cosas que en la peli: “si te metes en un marrón con algun tío, te llevas una hostia”. Tampoco piensa estudiar interpretación ni nada de eso porque no le gusta estudiar. “Llego a clase y me duermo, por eso dejé el instituto, prefiero estar con los colegas”. Pero la cámara sabe que cuando le mira a los ojos y capta su sonrisa surje la chispa del milagro.

Juanjo Ballesta posa para las fotos mientras les dice a los periodistas que tiene rolletes pero que de novia, pasa, con la misma naturalidad con la que suelta que las escenas de sexo de la película le tenían todo el día empalmado. Su madre esconde la risa llevándose la mano a la boca mientras espera discretamente en un rincón lejos de los flashes. “Yo es que al cine voy siempre con mi madre porque luego me lleva a cenar a sitios chachis”. El premio se lo ha dedicado a sus padres, a su hermanilla y a sus colegas, El Angelillo, El Gitano, El Moro y dice que en cuanto vuelva para Parla lo primero que hará será ir a casa de su abuela a comerse un buen cocido. Con dos cojones.

Advertencia

Un músico amigo mío me contó, no hace mucho, la siguiente anécdota: había ido a una ciudad pequeña a dar un recital que iba a tener lugar en la Casa de Cultura. A la hora de cambiarse para salir a escena le indicaron unos baños que hacían de improvisados camerinos. Cuando mi amigo cerró la puerta se encontró con que en el lado opuesto alguien había escrito, con trazo apresurado y en caracteres grandes, lo siguiente:

CUIDAO CON EL CONCEJAL

De primeras, la coca-cola que estaba tomando se me atragantó del ataque de risa que me dio pero luego, al reflexionar un poco sobre aquéllo, llegué a una serie de conclusiones que me dejaron sobrecogido. Por ejemplo: ¿te imaginas lo que debió pasar el autor del anónimo con el ínclito concejal de turno para sentir la necesidad, el generoso y solidario impulso de advertir al incauto colega que viniera después? Imagínatelo. Y luego está el toque grotesco -pero esencial en la escena- del detalle de la terminación en “ao”, que le da a la cosa una sonoridad como desesperada: CUIDAO!. Como yo estoy muy sensibilizado con ese tema porque me toca de cerca, después de reirme tanto casi me pongo a temblar.

Por mi trabajo, me toca relacionarme con todo tipo de gestores culturales: coordinadores de área de ayuntamientos y universidades, concejales, directores de instituciones culturales, museos y un largo etcétera. La fauna es muy numerosa y variada. Rectifico: en realidad, y por fortuna, no me toca relacionarme; ya no. Desde hace un año he delegado esa función en una persona de plena confianza que, entre otras muchas virtudes, tiene temple para bregar en estos trances, lo que admiro infinitamente. Aunque todavía me subo por las paredes y hago muy mala leche con los disparates que se cuecen en esos despachos, al menos ahora las noticias me llegan como con sordina, con filtro, de tal forma que mi tensión arterial lo agradece.

Es horroroso. La cultura se ha convertido en un término vago y confuso, una especie de cajón de sastre pero, ante todo, es una herramienta de la que se valen los políticos para tener contento al pueblo en una maniobra de manipulación bastante sucia y, hay que reconocerlo, hábil: vivimos en una sociedad que ha invertido el sentido del valor de la cultura; sin ánimo de generalizar, la cultura ahora no se ve como un instrumento para cultivarse, para crecer por dentro, sino para crecernos ante los demás. Así que cobra mucha importancia demandar cultura.

Pero ocurre que la mayor parte de los gestores culturales (principalmente en el ámbito público, y lamento horrores que así sea) son personas que o no conocen de qué va el asunto, o su preparación no es la adecuada, o les da todo igual, lo que hace que la comunicación con ellos sea poco menos que una misión imposible y la tarea de transmitirles proyectos e iniciativas sea como hablar a la pared. Y eso por no hablar del desconocimiento absoluto de la realidad de lo que a la ciudadanía le mueve, busca y reclama. A veces, pocas en mi ya larga experiencia, la buena voluntad intenta suplir las carencias que acabo de exponer, pero eso no basta. Falta la profesionalidad básica para desempeñar cualquier trabajo. Un vendedor de trajes tiene que entender de tallas y un zapatero de hormas. Vamos, digo yo.

Podría contar con los dedos de una mano, y me sobrarían, aquellas experiencias en el trato con los gestores que han sido satisfactorias en un sentido corriente, de manera que uno pueda trabajar con normalidad para que ello repercuta positivamente en el público (ellos siempre han sido, en mi caso, la verdadera fuente de satisfacciones, perfectos cómplices de la aventura que nos ha unido) y en la entidad que te ha contratado, que si todo sale bien se lleva a la postre la medalla.

A estas alturas del post, no hace falta decir que hoy ha sido uno de esos días en los que te llevas las manos a la cabeza. Así que he escrito ésto a modo de desahogo y, de paso, advertencia a quien pueda pasar por aquí:
CUIDAO.

Erase una vez

El secreto de los hermanos GrimmQue los hermanos Grimm siguen viviendo del cuento lo puedo comprobar cada domingo cuando tengo que contarle 72 veces “Caperucita roja” a mi sobrina Isabel. “Abuelita, abuelita, pero qué ojos tan grandes tienes” “Son para verrrte mejooooor”. Y mi sobrina se tapa los ojos con las dos manitas.

He ido al cine con mi amiga Belén a ver “El secreto de los hermanos Grimm”, de Terry Gilliam. Tenía muchas ganas de ver esa película porque Gilliam me gusta mucho cuando trabaja fantasías de corte clásico. Creo que debí ser de los pocos que se entusiasmaron con su versión de las aventuras del Barón Munchausen, con eso te lo digo todo. La fantasía de corte clásico -excepciones excepcionales aparte- nunca ha funcionado aquí, que se lo pregunten a los exhibidores.

Siempre se habla del abigarramiento visual de Gilliam. A mí lo que más me interesa en la consistencia de sus espléndidos escenarios, que por cierto son aquí muy analógicos (decorado puro y duro) y una delicia para la vista. Con esto quiero decir que cuando contemplas esa aldea de casitas retorcidas o te adentras en el bosque encantado, territorio esencial de todos los cuentos, tienes la impresión de que ya existían antes de que la cámara los recoja y seguirán existiendo después, lo cual es un factor de lo más estimulante, entre otras cosas porque muy raras veces se da.

Y en ese cuidado por dotar de verosimilitud el territorio fantástico -que a fin y al cabo, es el logro que aspira alcanzar todo buen cuento-, los caminos de Gilliam están llenos de barro y estiercol, los alcaldes tienen la dentadura amarilla, las posadas se diría que son madrigueras de atmósfera sofocante repletas de velas que forman montañas de cera, los corceles de las princesas tienen barro seco en las patas y la colocación del musgo que corona el muro de piedra de la casita encantada no parece obedecer a una deliberada anarquía de postal diseñada por el director artístico. Que mira que me dan rabia esos escenarios como de portal de Belén recien puesto, por postizos, o ver a esos guerreros primitivos con dentadura perfecta y blanquísima, y no te digo nada de esos príncipes azules con marcas de afeitado a maquinilla eléctrica y princesas con cara de portada de revista de top-models. Pero estaba en los escenarios de Gilliam: me encanta perderme en ellos, y son una de las cualidades más notables de esta película.

¿Y nos quedamos sólo con eso? No, por supuesto que no. Tenemos una historia que recoge decenas de referencias de otros tantos cuentos de los famosos hermanos, bien porque éstas intervengan en el argumento principal o como meros guiños secundarios (la vieja encorvada que llama a una puerta a ofrecer a los vecinos como postre una enorme manzana roja). Tenemos muestras del peculiar humor de Gilliam (la mala uva con la que se mofa de la grandeur francesa en la secuencia de la cena de gala, donde una serie de espejos paralelos colocados tras los asientos de los comensales multiplican hasta el infinito la barroquísima -y por tanto hueca, falsa- distinción de la mesa).

Y quedan los protagonistas, los hermanos cuentistas, cuyas personalidades antagónicas quedan definidas en el prólogo de la película mediante un suceso familiar acaecido en su infancia: Wilhelm es el racionalista pragmático que saca, sin remordimientos, partido económico de las supersticiones de los atemorizados aldeanos mientras que Jacob es el espíritu imaginativo y soñador capaz de creer en las cualidades mágicas de unas habichuelas.

Tengo la sospecha de que si vas al cine el día del espectador las palomitas saben rancias porque son viejas. Belén se ríe cuando le digo que seguro que son de las que han sobrado el día anterior que las recalientan y así compensan el descuento de la entrada. Claro que de eso no tiene la culpa Gilliam. En fin. Colorín, colorado…

Consulta (II)

En el cardiólogo.

Prosigo mi particular gira por las principales especialidades médicas tras mi reciente visita al urólogo. Cuando yo era muy pequeño, mi médico, que era muy mayor, me decía que no debería preocuparme por mi corazón hasta dentro de muuuuuchos años. Lo decía así, con muchas úes, mientras movía la mano hacia adelante varias veces como si estuviera espantando un mosquito. Yo le preguntaba que cuánto era mucho tiempo más o menos y él decía que hasta que cumpliera 30 o 35. Ya tendrás hijos y todo, decía. Pues bien, no tengo hijos ni nada parecido pero enseguida cumpliré 36. Y el caso es que desde hace un par de años mi tensión arterial se empeña en subir, y que si palpitaciones, que si ansiedades, que si dolores de cabeza. En fin, visitemos al cardiólogo.

Me ha acompañado mi madre. Este es un tema especialmente delicado. Mi madre luchó como una campeona cuando le dieron la noticia de la enfermedad de su hijo (yo era tan pequeño que al principio no fui muy consciente) para llevarme a los mejores médicos y enterarse de los últimos avances. Hace unos años tuve que decirle, con mucho tacto, que ya era mayorcito para ir al médico yo solo, que entiéndelo, mamá, que imagínate que me vean aparecer a mi edad de la mano de mi madre. Ella me dijo que no pasa nada, hijo, pero que de todas formas tampoco es ir de la mano. Es una forma de hablar, mamá. Bueno, pues como quieras, hijo. El caso es que de alguna manera intuyo los mecanismos de la psicología maternal y siento por ellos mucho respeto, así que he alcanzado un pacto que consiste en que unas veces voy solo y otras dejo que venga conmigo. Se queda más tranquila si viene. Así que como al urólogo fuí solo, pues hoy hemos ido juntos al cardiólogo.

Este cardiólogo pertenece a la rara estirpe, me temo que en vías de extinción, de médicos humanistas. Entre otras cosas, publica poesía. Ver a un poeta examinar el corazón a través de la pantalla del ecógrafo es una estampa de lo más curioso. ¿Acaso no es eso lo que hacen los poetas? Eso he pensado mientras estaba tumbado en la camilla, en la sala oscura, con el haz de luz del monitor reflejado en sus gafas (y la sombra silenciosa de mi madre sentada en una silla al fondo). Tras la exploración, el médico-poeta se ha pronunciado con alta retórica:

-A tí lo que te pasa es que te están empezando a pasar factura todas las mierdas que te han hecho tomar.

Enseguida ha puntualizado que ante una situación así no había otro remedio que ese tipo de terapias tan agresivas, pero que seamos sinceros, a la larga, todo eso es pura mierda para las arterias y lo que te faltaba, porque lo tuyo termina siempre por dar problemas coronarios. Al oir eso me he acordado de repente que no le había dicho que soy un neurótico hipocondríaco. Ya sabes que lo digo siempre, lo hice con el urólogo el otro día, lo suelto precisamente para que tengan un poco de tacto que soy muy impresionable y ya ves, por una vez que se me olvida, lo que hay que oir.

-Ya te puedes poner la camiseta.

Ya en el despacho me ha dicho que el corazón estaba bien y las válvulas también, aunque la función de las arterias está un pelín alterada. Pasea todos los días, me ha dicho. Yo le he contestado que doy una larga caminata a diario, aunque me he callado lo de que lo hago para ver si me encuentro a la chica del sobre naranja. Pues pasea más. Y evita alterarte. Y tranquilo. Y dentro de 2 años vuelve. ¿Y has pensado repetir aquella conferencia sobre Saramago? De ésto último he deducido que el cardiólogo-poeta fue a mi conferencia sobre Saramago. (añado: a lo mejor es que no pudo ir en su día)

Mientras bajábamos por el ascensor mi madre ha dicho que se iba tranquila porque pensaba que el médico me iba a encontrar “mucho peor”. Tal cual.

Me voy a dar un paseo.

(Esta vez han sido 60 euros)

Cosmos

Carl SaganRecuerdo que hace unos años, bajo la constelación de estrellas eléctricas del firmamento navideño, la noticia de la muerte de Carl Sagan salió del informativo nocturno y nos sorprendió con el mazapán en la boca. Si nacemos del polvo de las estrellas yo no sé por qué tenemos que apagarnos tan pronto.

De entre la galaxia de fascículos coleccionables que trae Septiembre a los quioscos he visto esta mañana el semblante sonriente del doctor Sagan. Editan su inolvidable “Cosmos” en dvd. Tengo desde hace unos años la edición americana, pero he comprado esta primera entrega confiando en volver a oir un rato la voz de su maravilloso doblaje. No ha habido suerte: está redoblada. Tendré que extremar los cuidados con mis viejos vhs para que duren. La edición ha sido supervisada por Ann Druyan, que fue esposa de Sagan y a quien la serie está dedicada. Ella ha llevado a cabo una tarea de actualización del material teniendo en cuenta la luz arrojada por los avances científicos habidos desde que se rodó el proyecto, hace ya la friolera de 25 años.

La primera vez que pasaron “Cosmos” por la tele -los lunes, después de cenar, en la primera de TVE, lo reseño porque ese horario hoy sería impensable para una serie documental- yo era muy pequeño como para enterarme algo de la fiesta. Tuve que esperar a su edición por entregas en vhs por la editorial RBA para vivir, años después, una experiencia que me marcaría profundamente. Cada quince días, ahí estaba yo antes de que abrieran para recoger el capítulo correspondiente, que devoraba con absoluta devoción.

A Sagan le agradeceremos de por vida muchas cosas. Por ejemplo, que iluminara nuestra conciencia, haciéndonos sentir protagonistas de un misterio trascendental. De la Biblioteca de Alejandría al viaje épico de las sondas Voyager, del latido de la célula al eco lejano del Big Bang, Sagan aparecía con su chaqueta de pana y su jersey de cuello alto, nos decía cosas como que en la orilla del océano cósmico está el hombre, con esas maneras tan suyas, y te llevaba de la mano, hipnotizado, para contarte historias de viajeros: Huygens, Tycho Brahe, Kepler (con qué intensidad vivimos la angustia existencial de Kepler!)

Yo aprendí de Sagan que la astronomía es una ciencia poética, que la música de las esferas existe, que el universo es lo que cabe en 13 horas de vídeo y que la respuesta a todas las preguntas da siempre infinito. No es poco.

Viento

Hoy sopla viento fuerte del Norte, el mismo que sopla en el interior de esta fotografía que tanto me intriga. A primera vista, yo diría que el rostro que emerge de la penumbra del eclipse es el de Marta atravesando el puente que yo transito todas las mañanas en mi paseo diario, pero para el ojo de la cámara, que mira la escena con color de futuro, quien se acerca es el robot receptor PT6HV llevando en su mano derecha la información que sustrae clandestinamente de grandes empresas.

Sucede en el cortometraje “Viento”, de Julio Mazarico, a quien también creo reconocer en otro momento de la historia aunque cuando habla lo hace con la voz de Javier, que es quien da las noticias de la radio a las 2 mientras estoy comiendo en la cocina. Dí que todo dura 3 minutos, que si no iría de sobresalto en sobresalto. Lo que me descoloca es que durante ese tiempo, te lo crees, aunque reconozcas un gesto familiar, una localización cotidiana. Al otro lado del espejo pasan cosas muy raras.

Cuando este androide queda expuesto a ráfagas fuertes de viento, empieza a manifestar actitudes extrañas más cercanas a las imperfectas maneras analógicas que a la aséptica disciplina digital. Hay que hacer algo. Mientras tanto, la vemos atravesar el puente con la preciada mercancia dentro del sobre naranja ajena a que nuestros ojos se quedan prendados por la belleza de la composición: el movimiento ralentizado, el gesto sereno, la cámara flotando ingrávida en una atmósfera densa, el imponente y lento giro de las palas de los generadores eólicos al fondo y la música regulando la temperatura justa de la emoción.

Desde que ví esta imagen por primera vez, atravesar cada mañana el puente se ha convertido para mí en una metáfora que es la travesía que conduce de la realidad a la ficción, de aquella niña Marta que venía a mis clases de solfeo a la hermosa silueta del sobre naranja a la que el viento hace sentir el cosquilleo del cortocircuito en su corazón de metacrilato. Por si acaso, en los días de viento, como hoy, cruzo el puente con la esperanza secreta de encontrármela.

Desaparecer

Enrique Vila-Matas acaba de publicar “Doctor Pasavento” y, como ya hiciera en “Bartleby y compañía”, vuelve a indagar con su habitual agudeza sobre la idea de la renuncia y la desaparición, “el acto extremo con el cual algunos raros escritores se aseguran el único modo de captar el destello de la vida plena e inexpresable”. Glenn Gould renunció el 28 de Marzo de 1964, domingo, en la ciudad de Chicago, donde ofreció su última aparición pública como concertista tras nueve años de fulgurante carrera en los escenarios de todo el mundo. Tenía sólo 31 años. Su decisión, al parecer largamente meditada, causó una gran conmoción dado que nadie antes había hecho algo parecido: renunciar en el esplendoroso instante del triunfo para recluirse en las frías latitudes del Norte. A partir de entonces, sólo haría grabaciones.

Durante años, Gould habló y escribió largamente sobre las razones que le llevaron a tomar esta insólita decisión: se quejaba de que el intérprete es el único artista que tiene que recrear constantemente su obra desde la nada expuesto, además, a la presión de las miradas. Lo que Gould reclamaba para el artista es la idea de anonimato para poder trabajar en ciertas condiciones que la inmediatez y la presión del recital con público no permite.

Paralelamente a esta idea -en la que hay mucho de esa fobia social que padecía Gould- no podemos obviar su fascinación por la tecnología aplicada a los medios de comunicación: “La tecnología tiene la posibilidad de crear un atmósfera de anonimato y dar al artista el tiempo y la libertad que necesita para preparar su idea de una obra con el máximo de su potenciación. Tiene la posibilidad de sustituir esas incertidumbres horribles y degradantes y humanamente perjudiciales que el concierto conlleva”. Desde su retiro, Gould no sólo se comunicó a través de la música desde el estudio de grabación, sino que se entregó con entusiasmo a una torrencial producción de ensayos, artículos, entrevistas (y delirantes autoentrevistas: “Glenn Gould entrevista a Glenn Gould sobre Beethoven”, “Glenn Gould entrevista a Glenn Gould sobre Glenn Gould”, que yo califico de puro narcisismo cubista por mostrar a Gould al cubo), programas de radio experimental y emisiones de televisión.

Y el teléfono. Interminables conversaciones telefónicas que comenzaban a la llegada de la oscuridad y que se prolongaban hasta el amanecer. A veces Gould despertaba a algún amigo, indiferente a la hora; otras llamaba a cualquier programa radiofónico nocturno de una emisora local (Tenemos un nuevo oyente al aparato, buenas noches… Hola, buenas noches… ¿Cómo te llamas?… Me llamo Glenn… Buenas noches Glenn, no tienes sueño esta noche, eh?… No, la verdad es que no mucho… Muy bien, Glenn, entonces quédate con nosotros. Dime, ¿a qué te dedicas?… Bueno, toco el piano… ¡Tocas el piano! ¿Rock, Jazz?… Bueno, en realidad algo más clásico… Muy bien, Glenn, te va más lo clásico, estupendo, oye y dime ¿para qué nos llamas esta noche?…)

Muchas veces pienso que Gould habría caído rendido a los pies de un invento como Internet, por sus fascinantes posibilidades de comunicación (Gould en un chat!) pero, sobre todo, por sus posibilidades de comunicación desde el anonimato. Ahí está el matiz Gould. Gould tendría un blog, seguro, o varios al mismo tiempo, eso también es muy probable. Quizá lo que Gould buscaba es tomar distancia para mostrarse, al fin, verdadero.

Wise

Ha muerto Robert Wise. Hace un par de noches, a una hora bruja, hice materializarse en la pantalla en blanco y negro a Simone Simon haciendo de hada buena en la deliciosa “The curse of the cat people” (1944) para abrir apetito ante la inminente salida en dvd de la antología Val Lewton, poeta de las sombras, de cuyo equipo formó parte Wise junto a Jacques Tourneur y Mark Robson. Dice Mirito Torreiro hoy en la necrológica de “El País” que la película es “muy menor”, pero como considero a Torreiro una persona con sensibilidad y criterio he pensado que quizá debía tener un mal día. Nos pasa a todos.

Wise representa el prototipo de cineasta todoterreno, capaz de abarcar todos los géneros con eficacia. Como esto no es un artículo de periódico que deba hacer repaso exhaustivo sino un cuaderno personal de notas, me estoy acordando especialmente de “Ultimatum a la tierra” (1951), y “The haunting” (1963), y “La amenaza de Andrómeda” (1971), que son películas que me gustan mucho y que no me importaría volver a ver. Lo que pasa es que creo que hoy no voy a tener tiempo para ninguna.

Fácil

Yo mantengo una estrecha relación física con la música, así que experimento un gran placer cuando Alfred Brendel toca a Mozart. En “The Well-Tempered Blog”, Bart se hace eco de unas declaraciones del pianista sobre Mozart en las que habla de las peculiaridades de esta música de tan pocas notas y que, sin embargo, tantos cuidados requieren. Como te descuides, caerás en una trampa. Dice Brendel que por esa razón muchos intérpretes huyen de estas obras: “O no ven las complicaciones y piensan que las obras son demasiado fáciles, o ven las complicaciones y las encuentran demasiado difíciles”.

Tengo siempre a mano la integral de los conciertos para piano que Brendel grabó con la St Martin in the Fields para Philips, repertorio inagotable de tantas satisfacciones. Nada más comenzar su exposición, al inicio del concierto 26, el piano se adentra en uno de esos largos pasajes convencionales de escalas que a Mozart, que tanto brilla en los lugares comunes, le salen con tanta gracia y que Brendel borda a la perfección. Los clásicos relajaron el impetuoso ritmo armónico del barroco y llenaron los espacios libres a base de una decoración confortable de escalas y fórmulas de acompañamiento tramposillas (las escalas son guirnaldas y el bajo Alberti el rodapié). Las escalas de Mozart tienen encanto pero también encierran mucho peligro. Muchos intérpretes se han lanzado confiados por la pendiente de una escala de Do Mayor y han sentido, de pronto, como si les faltara el aire.

A Brendel le sale fácil lo difícil. Toca con las yemas de los dedos cubiertas con apósitos y el centro de gravedad de su ataque se encuentra en su mandíbula inferior, que efectúa movimientos espasmódicos de un lado a otro como si estuviera presa de un tic nervioso. Tampoco es tan raro: Gould controlaba la pulsación golpeando el paladar con la lengua (en un frenético e interminable ta-ta-ta), Pogorelich la gobierna con la respiración nasal y Baremboim haciendo resbalar el labio inferior hacia afuera, caprichosamente, una y otra vez. La pulsación se saborea, a lo que parece.

Liquidación

He recibido por carta la liquidación de derechos de autor correspondientes a una composición mía para coro a 6 voces que, hace unos años, resultó premiada en un certamen de composición de ámbito estatal. El premio consistía en la publicación de la obra y los consiguientes beneficios económicos que generara en concepto de derechos de autor. Lo que he recibido hoy corresponde al primer semestre del año.

Dice el balance adjunto que en este periodo de tiempo se ha vendido 1 ejemplar. Es un dato a todas luces positivo, tal y como están las cosas en el panorama editorial musical. Me pregunto con curiosidad morbosa quién habrá comprado ese ejemplar pero también es cierto que sospecho que alguna fotocopiadora debe estar echando humo porque Google me confesó una noche que la obra fue interpretada en Abril del año pasado en una Iglesia de Pittsburgh y sé que fue de interpretación obligatoria en algún certamen coral no muy lejos de aquí.

Sigamos las cuentas. Como en su día se decidió “por interés editorial” incluir la obra en un volumen conjunto con otros 9 autores (cosa que no me pareció mal, porque soy muy tímido), hay que partir la tarta en 10 partes lo que reduce drásticamente la esperanza de beneficios. Según la nota que me ha llegado, los 12,50 euros que el anónimo comprador desembolsó por el único ejemplar vendido se transforman, en lo que a mí respecta, en 1,25 euros para empezar a hablar.

De este euro con veinticinco me corresponde, según la editorial, un 4%, lo que me deja un total de 0,05 euros. Todavía tengo que contener la emoción un poco más porque a esa cantidad hay que descontarle el 15 % de IRPF, lo cual me parece muy bien porque todo ciudadano tiene que cumplir puntualmente con sus obligaciones tributarias. En definitiva, que una vez aplicadas todas las operaciones correspondientes, la cifra resultante da:

0.04 euros.

La editorial añade una nota en la que dice, muy atentamente, que no va a emitir un talón porque los gastos bancarios y de gestión derivados de la emisión del mismo superarían con creces el importe que contiene, así que me lo dejan anotado para que cuando tenga un rato haga los 350 kilómetros que me separan de Madrid y lo recoja.

Viva la música.