Libro de Familia (I)

Aquel lejano día de 1725 en que Johann Sebastian Bach entregó a su esposa Anna Magdalena un álbum de piezas de música como regalo de cumpleaños, nos estaba regalando a nosotros su Libro de Familia. Tengo una edición facsimil del Klavierbüchlein, una de las posesiones más queridas de mi biblioteca musical y, de vez en cuando, me entrego a la estimulante aventura de recorrer sus páginas. Leyendo entre líneas -nunca mejor dicho- se puede obtener una jugosa información de lo que fue la cotidianidad familiar de los Bach alrededor de la música.

Junto a una selección de obras del propio Johann Sebastian, versiones primeras de lo que luego pasaría a ser parte de sus obras más importantes para teclado, encontramos una serie de pequeñas piezas de modesta dificultad pero de notable encanto debidas a diversos autores. Se trata de una colección de melodías que en su día debió gozar de la predilección de la destinataria del álbum. Hay que tener presente que el objetivo principal del librito de música era proporcionar material para la práctica musical de Anna Magdalena, así como para llenar su -escaso- tiempo de ocio. Cuando Bach se lo entregó tenía muchas hojas en blanco, destinadas a futuros añadidos.

Poco a poco, el álbum fue acogiendo otros usos. Una inspección atenta nos muestra que también servía para el adiestramiento musical de los hijos de la pareja. Pasamos página y vemos que Bach ha trazado la melodía de un Coral dejando vacío el espacio donde debería aparecer su acompañamiento. El objetivo es doble: al mismo tiempo que el Coral servía como himno para ser entonado en alguna ceremonía religiosa familiar, era utilizado, de paso, como ejercicio de armonía y de realización de bajo continuo.

De hecho, más adelante encontramos los primeros ensayos de composición de los chavales que una mano posterior -Bach- procede a enderezar, en caso necesario, con criterio pedagógico. Pequeñas anotaciones de notas musicales a un margen, con trazo apresurado, quedan como testigos de conversaciones entre maestro y discípulos que, desgraciadamente para nosotros, no han quedado registradas documentalmente. Y eso a pesar del celo profesional de Anna Magdalena, que recoge minuciosamente las anotaciones teóricas de lo que parece un curso casero de bajo cifrado:

“Se toca de tal manera que la mano izquierda toca las notas prescritas y la derecha las consonancias y disonancias que corresponden, de modo que resulte una armonía biensonante para gloria de Dios y deleite del alma. Allí donde no se atienda ésto no habrá propiamente música sino un berrido diabólico y una cencerrada.”

Las reglas están dictadas con un indudable sentido práctico que evita toda hojarasca innecesaria. Lees con suma curiosidad y del todo absorto esas líneas -una clase de armonía de Bach!- y, de pronto, te das de narices con ésto: “El resto se explica mejor en la instrucción oral que por escrito”. Vaya fastidio.

El recorrido a través del cuaderno de música de Anna Magdalena depara, también, momentos para la emoción. El voyeur que se asome a la intimidad musical de la familia Bach posará sus ojos, tarde o temprano, con el folio 68. Allí se ha obrado un pequeño prodigio…

(continuará)

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