Andante cantabile 4 agosto, 2005
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios , trackbackEl dÃa que cumplà 12 años dirigà el Andante Cantabile de la Primera SinfonÃa de Beethoven con la Banda de Música de mi ciudad pero ninguno de sus miembros lo supo nunca.
Yo estaba empezando mis estudios de piano y aunque en casa tenÃamos una pantera rosa de dos metros dibujada en la pared del pasillo, todavÃa no tenÃamos un piano. No se puede tener todo. Asà que iba a estudiar al edificio antiguo y destartalado que servÃa de provisional Escuela de Música antes de su traslado definitivo. El ofrecimiento partió del director de la banda quien me dejaba ocupar una de las aulas dos veces por semana mientras ellos ensayaban. A esas horas no habÃa nadie allà excepto ellos. En las noches de invierno podÃa verse desde la calle el inmenso edificio a oscuras con 3 ventanas iluminadas de blanco en el extremo de su ala izquierda. Al terminar de tocar el piano, yo debÃa atravesar los largos pasillos en penumbra, subir al segundo piso y esperar a la puerta hasta que la música cesara. Entonces tenÃa que aprovechar esa pequeña pausa para entrar y darle al director de la banda las llaves del aula. Y me marchaba a casa.
Contado asà parece fácil, pero ese ritual, que se repitió durante un curso entero llegó a ser un suplicio para mÃ. Yo era un tÃmido enfermizo y tener que entrar allà y ser recibido por una oleada de calor humano en la cara, los murmullos de las voces y de los armónicos residuales colgados de las lámparas, mientras era consciente de ser observado por varias decenas de personas que se agolpaban en la habitación pequeña me producÃa sofoco. TodavÃa me veo allà afuera, en el frÃo y oscuro pasillo, escuchando los alegres sones de alguna zarzuela castiza que se acercaba a su final al mismo tiempo que yo sentÃa acelerarse el pulso. Porque en el instante en que sonara el último acorde, disponÃa de unos pocos segundos para accionar el viejo pulsador de metal que abrÃa (no sin dificultad) la puerta y abordar con precisión una operación cuyos pormenores tenÃa perfectamente estudiados: 3 pasos y medio al frente, no mires a tu derecha, sÃ, te están mirando los músicos, qué pasa, tú sigue, dos pasos más, venga. Después, superado el trago inicial todavÃa quedaba la parte más delicada: la entrega de las llaves. El director estaba subido a un pedestal -ironÃa del destino presentarme de esa manera a quien yo profesaba una admiración infinita- asà que yo elevaba el brazo derecho, de cuya mano pendÃa el diminuto llavero, y esperaba que fueran recogidas. A veces escuchaba un escueto “¿bien?”, dicho con la concentración puesta en otra cosa, quizá en la floja entrada que habÃan hecho los oboes o algo parecido. Yo respondÃa “bien, bien” con un hilo de voz pero dicho dos veces, intentando resultar convincente en la esperanza de que no hubiera más diálogo. Entonces los brazos de él se alzaban al frente y con voz sonora reclamaba atención a los músicos sobre la vuelta al compás 52 y yo seguÃa ejecutando mi propia coreografÃa, a la cual le faltaba el último movimiento: la retirada. Daba media vuelta (por el lado de los músicos no, no lo olvides!) y desandaba los 3 pasos y medio que me separaban de la puerta entreabierta. Salvado. Una vez devuelto a la oscuridad del pasillo sentÃa un gran alivio y entonces era consciente de que llevaba todo ese tiempo aguantando la respiración. Recuperar la respiración y relajar los músculos iba acompañado del retorno de la música. A sus sones, yo cogÃa del suelo mis bártulos, las partituras, la cartera escolar, el abrigo y me lanzaba pasillo a través, escaleras abajo al patio.
Pero durante los meses de invierno una música irresistible empezó a filtrarse por las ventanas del aula en la que yo estudiaba piano: un clarinete solitario entonaba una melodÃa dulce y deliciosa e inmediatamente otro clarinete le imitaba formando un entramado sonoro maravilloso. Era la instrumentación para conjunto de viento del andante cantábile de la Primera de Beethoven. Esa pieza fue responsable de muchas cosas: de reducir drásticamente las horas de estudio del piano lo primero (yo volaba inmediatamente escaleras arriba para oir aquella maravilla mejor), pero fue responsable también del descubrimiento de la polifonÃa imitativa, una de las grandes impresiones estéticas e intelectuales de mi vida que pronto me conducirÃa a Bach, además de confirmar mi veneración por el timbre del clarinete, hoy en dÃa mi instrumento favorito.
Aprendà hasta la última nota de aquel movimiento, disfruté hasta el último pliegue cada una de las emociones que me producÃa esa música y llegué a esperar, como si formaran parte de la partitura, el fallo del fagot siempre en el mismo compás. Hasta que una noche de espera en el oscuro y frÃo pasillo, dejé mis cosas en el suelo, dirigà una mirada de reojo hacia el extremo del pasillo aún sabiendo que no habia nadie por allà y comencé a dirigir, manos al aire, esa música prodigiosa. Poco a poco comenzó a modelarse en el aire el entramado de voces resultante de las sucesivas entradas en imitación y un cosquilleo placentero reverberaba en las sienes. Me separaba de la música una pared pero el sonido era tan vivo, cercano y real que sentÃa estar en aquella tarima dirigiendo la interpretación, animando la coreografÃa de los clarinetes, reclamando atención a las flautas, dos compases antes de su entrada, e incluso dirigiendo un gesto reprobatorio con la ceja al fagot, tras su esperado fracaso ante el tresillo de semicorcheas.
Las manos llevaron la música hasta los tres acordes sobrios y elegantes con los que Beethoven pone punto final al movimiento. Y se hizo un silencio que en los ensayos significa que la cosa ha ido bien. Entonces se escuchó el sonido metálico del abridor de la puerta y ahà estaba otra vez, el chaval de los lunes y los jueves, uno, dos, tres pasos y un poquito más, brazo al aire, “¿bien?”, “bien, muy bien”, claro que ha ido bien, ha sido estupendo, media vuelta y puerta cerrada. Bajé las escaleras loco de contento, claro, y salà corriendo al patio. A casa a cenar. El aliento formaba nubecitas de vaho en la noche helada.