Archivo por meses: agosto 2005

Necrológica

Yo tengo una abuela de 92 años cuya mayor ilusión es saber que su esquela aparecerá en el periódico a la mañana siguiente a su muerte. Le hace tanta ilusión que desde hace años la tiene escrita de su puño y letra en un trocito de papel, para escándalo de la familia. “Así os ahorro trabajo”, dice mi abuela, pero yo sé que la traducción correcta de esa frase es “Prefiero dejarla escrita a mi gusto porque no me fío de vosotros”. Como si no conociera yo a mi abuela. El asunto, como podrá imaginarse, suscita una gran controversia en mi familia, dividida entre los que lo consideran una chifladura de anciana de muy mal gusto y quienes lo afrontan de manera más relajada y lo ven como una excentricidad inofensiva no exenta de cierto humor (negro). Como yo.

Mi abuela forma parte de esa generación que ha vivido marcada por una religión terrible bombardeada con imágenes de mártires sangrantes, espinas clavadas en la frente blanca de una virgen y amenazas vertidas desde el púlpito por un cura desconsiderado en misas solitarias de tarde de labor, que, para colmo, deben ser muy tristes. Esas cosas algo le tienen que marcar a uno, digo yo. A mí lo que me sorprende es que, a pesar de todo, mi abuela conserve un sutil sentido del humor, aunque su sentido de la austeridad le haga poner el televisor únicamente a la hora que dan las noticias del tiempo.

A veces mi abuela llama por teléfono y dice que cuando venga a comer el domingo traerá la esquela para que se la pasemos a limpio, porque hay que tachar a alguno que se ha muerto antes (genial ironía macabra, que tengas que tachar a los otros de tu propia esquela porque se van muriendo antes que tú, que ya son 92 años y reúma en la pierna y poco más). De paso, aprovechar para añadir a los bisnietos que han llegado. Y entonces mi madre pone el grito en el cielo, y que si estás de la cabeza, y que ni se te ocurra traer eso porque lo voy a tirar a la basura, y que cualquiera que te oiga va a pensar que estás de la cabeza. Pero una vez en medio del griterío mi abuela me miró y me guiñó el ojo y me dejó de piedra.

Mi abuela se conserva muy bien a pesar de sus achaques. Ayer hizo tres docenas de rosquillas, la masa a mano, que le salen riquísimas, y mañana se va a la peluquería porque, según dice, le han salido unas canas y se quiere teñir. Lee los periódicos y nos subraya lo que considera interesante en las columnas de opinión. Luego lo leéis, dice, que ahora voy a ver quién se ha muerto. Y se pone a buscar la página de las necrológicas. Últimamente nos ha dado algún que otro susto perdiendo el conocimiento unos minutos. Cuando vuelve en sí mira extrañada alrededor y dice: “¿No tenéis nada mejor que hacer que perder el tiempo aquí?” Y así sabemos que todo va bien. El médico dice que son pequeñas ausencias, como micro infartos cerebrales, y que de alguno no volverá.

Por si acaso, la esquela está hecha. Para mandarla al periódico. Es su ilusión. El 1 de Enero del 2000, cuando todavía quedaban en la acera restos de serpentina y confeti de la noche de fin de año, yo mismo me encargué de contentarla actualizando el borrador de la necrológica. Donde decía: “Falleció el … de …. de 19…” puse, por indicación suya, “20…”. Lo hicimos a escondidas mientras el resto de la familia brindaba con champán a los postres de la comida de Año Nuevo.

El otro día nos dio un susto un poco más gordo. Después de dos días en el hospital fui a verla a casa y me la encontré mirándose a sí misma en una foto de 1932 en la que ya aparece mayor. La gente aparece mayor en las fotos de entonces, da igual los años que tuviera. El caso es que se estaba mirando a sí misma mientras decía por lo bajo Dios mío, Dios mío, quién me ha visto y quién me ve (!) y yo sonreí y lo primero que pensé es que mi abuela ya era mayor cuando todavía no se había hecho “Lo que el viento se llevó” y eso me parece de alguna manera admirable. Me ofreció unas rosquillas para merendar y me senté con ella junto a la ventana donde cose mientras ve pasar a la gente. Dice que eso le distrae. A su lado estaba el periódico abierto por la página de las esquelas y una nota a mano donde ponía que hay que comprar patatas y yogures. El televisor estaba apagado. Ha dicho el hombre del tiempo que mañana va a haber tormenta y yo había pedido hora para teñirme…

Nocturno

Un taxi es un lugar muy interesante desde el punto de vista literario. Cada vez que un cliente abre la puerta hace su entrada un mundo insospechado encarnado en ese ciudadano que tiene serias posibilidades de contar su historia en el tiempo que dura la carrera. Usted dirá dónde le llevo. A veces ocurre que el pasajero permanece en silencio y mira pasar vertiginoso el mundo de fuera con expresión de estar viviendo una revelación trascendental. El taxista lo observa a través del espejo retrovisor. Si le parece, le paro aquí.

La Filmoteca FNAC ha sacado en dvd, para regocijo de incondicionales, Noche en la tierra (Night on Earth, 1991), de Jim Jarmusch, que es una película con alma, preciosa, un nocturno poético a ritmo de taxímetro. La película cuenta 5 historias que transcurren simultáneamente en 5 trayectos de taxi en 5 ciudades diferentes del mundo: Los Angeles, New York, París, Roma y Helsinki. En todas ellas es de noche aunque con las lógicas diferencias horarias. El plano de los relojes en la pared sirve de eje a la historia:

La convivencia forzosa de dos extraños -taxista y cliente- en un espacio reducido genera situaciones que no tienen desperdicio en cada uno de los cinco trayectos, empezando por la ejecutiva agresiva que llega la noche anterior a Los Angeles para tener tiempo suficiente para afilar el colmillo antes de internarse en la jungla matinal de los negocios para dar la dentellada, y pasando por esa invidente genial que surje de las oscuras calles parisinas o el fatigado sacerdote romano que soporta, atónito, la verborrea hilarante de un Roberto Benigni antes de ser más Roberto Benigni.

Lo que cautiva de esta película es que todas esas historias son lo que son por el hecho de transcurrir al amparo cómplice de la madrugada, envueltas en una atmósfera móvil de destellos de luces naranjas sobre el vaivén incesante de la carrera. Almas solitarias al calor de las palabras de sus propias historias que atraviesan escenarios fantasmales (cosa inquietante es una gran ciudad inmóvil y desierta en la oscuridad profunda de la noche). A mí, personalmente, me gusta mucho la manera con la que Jarmusch le toma el pulso al universo nocturno: unos breves planos estáticos -y muy estéticos-, al principio de cada historia, son más que suficientes para atrapar la compleja atmósfera nocturna en todos sus matices: la intermitencia de un semáforo proyectada en el brillo líquido del asfalto negro; dos camiones solitarios aparcados en una explanada; la verja oxidada ante la puerta de un establecimiento; sombras furtivas en la pared desconchada. Y luego está la música de un saxo de voz ronca que pone melodía imprescindible a este nocturno poético que se desliza lentamente por el minutero en el que palpita la madrugada.

Milagro

“Tú sabes dónde yerra un son de rosa”

Este verso precioso y sonoro (escúchalo) lo dedicó Gerardo Diego a Debussy aunque si miras atentamente también puede leerse en una inscripción en la explanada imaginaria del Norte donde veneramos a Mozart. Mozart es un milagro. Sé que suena a obviedad mil veces dicha, pero ocurre con las palabras que si las decimos muchas veces pueden dejar de hacer efecto. Con todo, Mozart es un milagro. Todo está ahí, a la vista y, sin embargo, inaccesible. Vuelvo a sentir esa certeza emocionante y algo desazonadora ahora que estoy inmerso en un trabajo alrededor suyo. Sobre la mesa el Quinteto para cuerda en Do Mayor y “Cosi fan tutte”, milagros por sí solos más que suficientes para evocar el verso del encabezado.

Libro de Familia (y II)

(viene del post anterior)

La relación entre Johann Sebastian Bach y su esposa, Anna Magdalena, puede seguirse a través de los trazos de su caligrafía musical que evoluciona asemejándose progresivamente al punto de que llega a resultar difícil determinar quién transcribió una determinada pieza musical. A mí, esta original crónica sentimental me parece preciosa.

Pero el folio 68 del álbum de música de Anna Magdalena Bach está ocupado por una escritura distinta que ha empleado cuatro pentagramas para dibujar una breve delicia de factura impecable. Es la mano del desdichado Johann Gottfried Heinrich, el primer hijo del matrimonio de Johann Sebastian con Anna Magdalena, cuyo talento fabuloso se marchitaría poco después al desarrollar una enfermedad mental al comienzo de su adolescencia.

Es indudable que la composición cuenta con el favor de la propietaria del libro puesto que el folio contiguo la ha vuelto a copiar, de propia mano, trasportándola 2 tonos y medio arriba. La razón es obvia: Anna Magdalena la quiere cantar. A tal efecto, la mano de Johann Sebastian (mano sobre mano en estos breves compases) le ha añadido letra y una nueva parte de bajo como acompañamiento.

La letra es una de las serenas reflexiones de Bach sobre la fragilidad de la existencia y la presencia ineludible de la muerte y tiene como punto de partida uno de los rituales domésticos predilectos de Bach: fumar su pipa al terminar el día observando cómo se consume poco a poco. Sus primeras líneas dicen así:

“Cuando mi pipa de tabaco, llena de buena picadura, saco por gusto y pasatiempo/
siempre me causa amargura y me sugiere esta lección:
mis años, cual la pipa son.”

El efecto del tiempoTal y como el humo de la pipa le mostró a Bach, desvaneciéndose en el aire, nada permanece. Desde hace unas décadas, una reacción química ha vuelto corrosiva la tinta del manuscrito del álbum de música de Anna Magdalena Bach. La música se está borrando, como si se difuminara en una densa niebla. Mientras los técnicos se afanan en encontrar una solución que preserve el original (o lo que queda de él) es inevitable ver en todo ello ciertos aspectos de lo que nos atreveríamos a denominar justicia poética: ese álbum no fue concebido para sobrevivir a quienes alimentaron sus páginas de caligrafías musicales; y tampoco nació para que nadie ajeno a ellos se asomara a su interior, crónica íntima de una familia que hizo de la música pasión y alegría de vivir.

Libro de Familia (I)

Aquel lejano día de 1725 en que Johann Sebastian Bach entregó a su esposa Anna Magdalena un álbum de piezas de música como regalo de cumpleaños, nos estaba regalando a nosotros su Libro de Familia. Tengo una edición facsimil del Klavierbüchlein, una de las posesiones más queridas de mi biblioteca musical y, de vez en cuando, me entrego a la estimulante aventura de recorrer sus páginas. Leyendo entre líneas -nunca mejor dicho- se puede obtener una jugosa información de lo que fue la cotidianidad familiar de los Bach alrededor de la música.

Junto a una selección de obras del propio Johann Sebastian, versiones primeras de lo que luego pasaría a ser parte de sus obras más importantes para teclado, encontramos una serie de pequeñas piezas de modesta dificultad pero de notable encanto debidas a diversos autores. Se trata de una colección de melodías que en su día debió gozar de la predilección de la destinataria del álbum. Hay que tener presente que el objetivo principal del librito de música era proporcionar material para la práctica musical de Anna Magdalena, así como para llenar su -escaso- tiempo de ocio. Cuando Bach se lo entregó tenía muchas hojas en blanco, destinadas a futuros añadidos.

Poco a poco, el álbum fue acogiendo otros usos. Una inspección atenta nos muestra que también servía para el adiestramiento musical de los hijos de la pareja. Pasamos página y vemos que Bach ha trazado la melodía de un Coral dejando vacío el espacio donde debería aparecer su acompañamiento. El objetivo es doble: al mismo tiempo que el Coral servía como himno para ser entonado en alguna ceremonía religiosa familiar, era utilizado, de paso, como ejercicio de armonía y de realización de bajo continuo.

De hecho, más adelante encontramos los primeros ensayos de composición de los chavales que una mano posterior -Bach- procede a enderezar, en caso necesario, con criterio pedagógico. Pequeñas anotaciones de notas musicales a un margen, con trazo apresurado, quedan como testigos de conversaciones entre maestro y discípulos que, desgraciadamente para nosotros, no han quedado registradas documentalmente. Y eso a pesar del celo profesional de Anna Magdalena, que recoge minuciosamente las anotaciones teóricas de lo que parece un curso casero de bajo cifrado:

“Se toca de tal manera que la mano izquierda toca las notas prescritas y la derecha las consonancias y disonancias que corresponden, de modo que resulte una armonía biensonante para gloria de Dios y deleite del alma. Allí donde no se atienda ésto no habrá propiamente música sino un berrido diabólico y una cencerrada.”

Las reglas están dictadas con un indudable sentido práctico que evita toda hojarasca innecesaria. Lees con suma curiosidad y del todo absorto esas líneas -una clase de armonía de Bach!- y, de pronto, te das de narices con ésto: “El resto se explica mejor en la instrucción oral que por escrito”. Vaya fastidio.

El recorrido a través del cuaderno de música de Anna Magdalena depara, también, momentos para la emoción. El voyeur que se asome a la intimidad musical de la familia Bach posará sus ojos, tarde o temprano, con el folio 68. Allí se ha obrado un pequeño prodigio…

(continuará)

Serial

Yo, como soy muy raro, de mayor quiero ser productor ejecutivo de una serie de televisión. De una serie buena, claro. Puestos a pedir, una serie de culto. Fantaseo secretamente con esa idea desde los tiempos del bachillerato y siento una mezcla de envidia y admiración cuando aparecen en la pantalla los nombres solitarios de James Burrows, Bob Brush, Brad Grey o Allan Ball, que los productores ejecutivos se reservan la pantalla para ellos solos, faltaría más.

Siento debilidad por el formato serial en cualquier manifestación, literaria o cinematográfica. Me gusta la ficción por entregas: historias dosificadas a razón de 13 (o 26) capítulos de 23 (o 46) minutos. Que Tony Soprano tenga 53 minutos para él no nos extraña nada, conociéndole, cualquiera le dice que no, y hasta lo agradecemos. Ahora bien, que una de sus entregas tenga 42, como ha pasado ya en un par de ocasiones, es un efecto expresivo de eficacia garantizada. Conocer el engranaje del serial es importante (y si además lo disfrutas, mejor). Me gusta la intermitencia con la que avanza la narración, el espacio emocional en blanco que surje durante la suspensión temporal de la acción. Allí vives en vilo mientras el ánimo se prepara para una nueva inmersión. También me seduce mucho la capacidad del formato para hacer evolucionar, progresivamente, a los personajes, la relación de familiaridad y cierta complicidad que se establece entre ellos y el espectador. Y, por supuesto, me gusta la posibilidad que ofrece de jugar con el tiempo, hacer avanzar el mundo de ficción a través de una escala temporal paralela a la real (los guiones de una temporada de “Aquellos maravillosos años” abarcaban los acontecimientos transcurridos desde el final de un verano al principio del siguiente, espacio de tiempo prácticamente similar al de su emisión).

Decía Juan Cueto ayer en El País que al cabo de medio siglo de pantalla de cristal, “las ficciones de la tele empiezan a ser muy superiores a las de la centenaria pantalla de tela” y animaba a los cinéfilos a visitarlas sin prejuicios. Tiene razón. Acabo de revisar por enésima vez el piloto de la legendaria “Twin Peaks” y, entre sobresalto y sobresalto, te encuentras al mejor David Lynch. Desde que mataron a Laura Palmer (“¿Quién mató a Laura Palmer?”) y apareció metida en aquella bolsa de plástico han pasado unos añitos, pero no se nota nada. Ahora, buena parte de la culpa de lo que dice Juan Cueto la tienen los señores de la cadena por cable HBO, responsables de maravillas como “Los Soprano”, “A dos metros bajo tierra”, “Oz” y la esotérica “Carnivale”, entre otras.

Yo disfruto mucho con lo serial, pero no me conformo con cualquier cosa: soy bastante exigente. Lo tengo que ser si de mayor quiero ser productor ejecutivo de una serie de culto. Yo no pido sólo calidad a una serie, también pido que las posibilidades que brinda el serial estén bien explotadas. Luego me fastidia mucho que los programadores alteren el orden de los capítulos o te metan 3 seguidos, haciendo saltar por los aires el imprescindible ritual de saborear el emocionante vacío entre entregas. Hay quien se harta de la insensibilidad de los programadores y se compra la serie en dvd pero luego se traga la temporada completa en dos noches. No sé qué es peor.

Recordatorio

Ingrid Haebler ¿Se acuerda alguien de Ingrid Haebler? Yo sigo encontrando en ella al Mozart más hermoso y la audición de sus grabaciones -felizmente recuperadas por Philips hace unos años- sigue siendo una experiencia reconfortante. Acaba de sonar el Tema con variaciones de la Sonata en La Mayor, que brota de las manos de la Haebler con pasmosa naturalidad y belleza insuperable; para mí, una de sus mejores grabaciones. Ahora que en el mundo de la interpretación musical impera la búsqueda de la autenticidad histórica -y algo histérica- yo no sé si el Mozart de Haebler es “auténtico”, aunque tampoco me preocupa, me basta con saber que la auténtica es la Haebler, quiero decir que es una pianista con personalidad, sensibilidad e inteligencia, y con eso suficiente, que me parece que hay muchos intérpretes que se escudan tras el estandarte de la búsqueda de la “autenticidad” para ocultar su propia falta de entidad, y así nos va.

Suena Mozart en el piano de Ingrid Haebler y parece como si esta música hubiera nacido para eso. Pocos placeres comparables a saborear algo así. La dama austriaca está muy cómoda en el estudio de grabación porque su manera de tocar es intimista, que no frágil; delicada, que no afectada. Si además se pone a tocar la música para piano solo de Mozart, sus Sonatas, sus Variaciones y las piezas sueltas, entonces prepárate para una experiencia inolvidable que es la suma de muchos primores: la elegancia en el fraseo, con ese gusto exquisito a la hora de colocar el punto final en la conclusión de las frases; su toque non-legato siempre cálido, los trinos que nunca parecen tener prisa, la belleza del sonido y la gracia infinita en la observación del detalle, resultado de una aguda visión del conjunto. Imprescindible Haebler.

Arrebato

Hoy he tenido un arrebato.

No, no me he peleado con nadie. Mi arrebato ha sido como los de aquella película de culto, mítica, maldita, underground, experimental, fascinante, rara, mágica, en fin, ponle los adjetivos que quieras y terminaremos antes, que fue “Arrebato” (1980), de Iván Zulueta.

Según Zulueta, el arrebato es el instante mágico que se produce, en ocasiones, al contemplar un cromo viejo, una lámina de un libro de nuestra infancia o similar y que provoca un cortocircuito mental que te hace caer en un estado de trance, de embelasamiento absoluto, mientras el eco lejano de miles de olores, instantes, colores, formas y recuerdos se arremolina en un bucle sin fin, anunciándose a cada instante sin terminar de concretarse, como cuando tienes un nombre en la punta de la lengua y no te sale pero a lo bestia, elevado al infinito. Ese vacío perpetuo a la espera de la revelación, los sentidos alerta ante el trueno que no llega tras caer deslumbrados por el rayo, ese vértigo profundo es -más o menos- un arrebato.

Yo recuerdo 2 arrebatos intensos en mi vida. El primero se produjo al mirar una pegatina a color de Los Picapiedra que, inmediatamente, trajo un recuerdo vago a sabor a pastelito de chocolate en la merienda de un otoño en blanco y negro, el paso fugaz y borroso de la imagen de la marca Cropán y tras él la textura de madera azul del armario de la muñeca Nancy que mi hermana tenía en su cuarto y el pegamento Imedio. El espumillón rojo tiembla en el aire y sales de la cama un amanecer de navidad y nadie y la abuela y los pies fríos (olor a pino), y los ojos del buho de juguete que pudo ser un reloj pero que seguro que tiene un trozo de plástico blanco que se redondea y brilla y las cebollas en vinagre del domingo (las persianas abajo en verano y el cloro en la garganta) y la caja de gominolas en los ojos del quiosquero (piedras en el suelo y mercromina). Y un espejo mirando a otro espejo y yo mirando a ver si alguien mira.

Algo así.

El segundo vino al contemplar un afiche de la reposición de “La bella durmiente”, de Disney, en plena calle. Concretamente sucedió al fijar la vista en el color violeta de un fondo del castillo, un rincón misterioso tras las tres hadas del cuento. El chispazo disparó el mecanismo caleidoscópico y entonces sentí el peso de una mochila escolar y nieve en la cima de un coche y el olor a goma de nata (y un poco de pena) y la estela muda de un reactor que cruza un cielo en el que ves cromos de peces que deben venir con los donuts y la servilleta de papel húmeda de azúcar de donuts, y el camarero que lleva la cerveza Keler a papá. La planta circular del Cine Regio y el olor y una moldura de yeso. La cabecera de “un globo, dos globos, tres globos” en la tele y una boca muy abierta y algo redondo (el lagarto Juancho y la carta de ajuste del sábado por la mañana y unos macarrones y la vecina) y el sobre negro donde guardas al asesino del Cluedo (el hermano de Ignacio en el sofá) y el poster de Supermán en la goma del tapón de una coca-cola de cristal (el hombre de la tienda lleva una bata azul y fue el primero que se murió y vidrio verde) y lo raro de ir al cine en lunes.

Más o menos.

Y el tercero ha sido hoy, hace un rato, todavía ando perplejo. Ha sido extraño porque el arrebato no ha venido de golpe, sino que ha amagado un par de veces antes, como quien enciende un motor y cuesta varios intentos conseguir que finalmente prenda. Me ha llegado un boletín de venta por correo y al dar la vuelta a la página me he encontrado la colección de los Madelman, el primer muñeco articulado que se fabricó en España, allá a principios de los 70. Yo fuí un niño-Madelman así que el anuncio ha sido una sorpresa muy agradable.

Ver el logo ya ha movido algo en las neuronas, un pequeño estremecimiento, una ola suave de vértigo placentero. Un par de segundos ha bastado para que todo volviera a su sitio, operación de autoanálisis a la que he asistido con mucha curiosidad. Entonces he vuelto a mirar el anuncio. Había una foto de los 10 modelos y pasar revista y mirar el Madelman-Policía Montada del Canadá ha puesto en los dedos el tacto del fieltro áspero del gorro y antes de que me diera cuenta ya se habían filtrado azulejos azules en una cocina, plastilina blanda y un árbol al otro lado de la ventana.

Pero el arrebato definitivo ha venido al mirar el Madelmán-Hombre Rana. El recuerdo de la textura de goma negra del traje de neopreno del muñeco ha disparado la montaña rusa del arrebato (había granitos azules en el detergente blanco y agua fría en un lavabo) de la que he descendido al rato con cierta sensación de mareo placentero. Lo que más jode de un arrebato es que todo se agolpa detrás del paladar sin revelarse del todo; de hecho, como he dicho, el trance se produce justamente en el vacío entre lo que se anuncia (el torbellino difuso de ráfagas de muchas cosas) y el resultado, perpetuamente demorado. Como soy un impaciente y estas cosas me ponen muy nervioso, he buscado al pie del anuncio el teléfono de atención al cliente y me los he pedido todos, con la esperanza puesta en que tener cerca al Madelmán-Hombre Rana quizá ayude a que me revele lo que tenga que decirme.

Deseo

A mí lo que verdaderamente me gustaría es recibir una carta. Con mi nombre tatuado en la piel de sobre; una carta escrita a mano con tinta azul para poder seguir con los ojos las curvas de las letras y dejar el pensamiento suspendido un rato de las comas. Me gustaría recibir una carta que me trate de tú y tuviera un gerundio largo y dos (o tres) adjetivos de colores. (Quizá mañana).

Música callada

La ermita de MompouMe he sentado al piano y he vuelto a tocar a Mompou, el autor de la Música Callada, las Impresiones Intimas y las Canciones y Danzas, de la música discreta, las notas justas en el eco de la ermita (soledad sonora), música mínima que alcanza la máxima hondura poética; una de las voces más personales del piano, voz a media voz. Pere Gimferrer le hizo el retrato preciso:
“No habla mucho; o, para ser exactos, habla, más que con las palabras, con unos cuantos gestos mínimos de la mano, con una sonrisa, con una mirada rápida y precisa de soslayo, a la vez enormemente concreta y del todo como fuera del mundo. Pero, aún más que con todo esto, habla con las pausas, el silencio, la lejanía atenta y frágil.”

La música de Mompou no se expande en desarrollos ni ambiciona contrapuntos que operan con melodías en plural porque no lo necesita. Aquí la emoción es concreta y extrae su fuerza de lo breve. A Mompou le tocó vivir su infancia con unos abuelos que tenían una fábrica de campanas y enseguida cayó bajo el hechizo de las caleidoscópicas irisaciones metálicas de los armónicos que deja el residuo del tañido (detalle significativo: a Mompou no le interesa el tañido, sino su sombra sonora) y esta impresión auditiva de la infancia se filtra en sus obras e impregna sus acordes (salpicaduras de notas de resonancias metálicas entre paréntesis):

Salpicaduras entre paréntesis

Mompou suena a silueta al contraluz de visillos en la tarde de Barcelona, risa de niños en la plaza con fuente rumorosa a la sombra y recuerdo azul del mar en un rincón del pasillo.

Fábrica

La fábrica de Wonka

La diferencia está en la fábrica.

Estos días, a raíz del estreno de “Charlie y la fábrica de chocolate” de Tim Burton, que he disfrutado mucho, se está desempolvando la extrañísima versión anterior, dirigida en 1971 por Mel Stuart y por la que tengo especial debilidad sobre todo por dos razones: la primera por Gene Wilder, que crea un Wonka especialmente inquietante; un Wonka que da miedo. La segunda por la agudeza y la sensibilidad de Stuart en el tratamiento del elemento clave: la fábrica.

En el relato de Dahl, la fábrica de chocolate hace las veces de territorio mágico, mítico, prohibido, como el castillo de Drácula, la cueva de Alí Babá o cualquier otro santuario que acoge un mundo mágico distinto al mundo cotidiano y que, al erigirse en muro de separación entre éste y aquél, despierta el apetito de nuestra curiosidad y alimenta nuestra imaginación. Es bien sabido que el acceso a uno de estos santuarios -uno de los anhelos de los sueños de infancia- tiene sus riesgos: la adrenalina se dispara mientras ascendemos las escalinatas que nos conducen a la puerta tras la cual se esconden maravillas y secretos pero se cuentan amargas historias de viajeros que han sentido desmoronarse la magia, como un velo que cae o un globo que se desinfla, tras haber cruzado el umbral de la puerta. Lo no mostrado, lo entrevisto, lo intuído y acrecentado en nuestra imaginación por la incertidumbre, el temblor de la emoción ante esa niebla de posibilidades insospechadas choca contra la evidencia incontestable, por muy exótica que nos parezca. La infancia es un paraíso de atmósferas.

Dahl, por supuesto, conoce todo ésto y, de hecho, ese es el detonante de su relato: la posibilidad de cumplir el sueño de acceder al castillo encantado -mediante la posesión de uno de los 5 billetes dorados escondidos en las chocolatinas Wonka-. Dahl no tiene prisa porque sabe también que explicitar el mundo de fantasía que esconde la puerta de su fábrica de chocolate entraña riesgos muy delicados de los cuales es muy difícil salir indemne por mucho talento que se tenga para fabular mundos e historias; por eso, nada más entrar allí la historia cobra un giro significativo: lo importante ahora ya no es el mundo interior del castillo -por muchas extravagancias curiosas que nos salgan al paso-, sino que el interés se centra en la sibilina operación orquestada por Wonka para librarse de los niños insoportables. Dahl no es “el amiguito entrañable de los niños”, al menos no de todos los niños, porque no tiene reparo en sus relatos de librarse sin contemplaciones de los niños insoportables y cargantes. Por eso gusta tanto a los niños, claro, que no son tontos. En cualquier caso, vuelvo a la idea que abría este post:

Lo que importa es la fábrica.

Su presencia. Presentarla de manera que alimente de sueños ese territorio esencial de la infancia repleto de atmósferas antes de que el afortunado explorador irrumpa en él. Que sea castillo de los mil misterios que se alce magnético, irresistible, turbador y, al mismo tiempo, deseable y temible. Y es ese detalle pequeño, pero fundamental, el que marca una curiosa diferencia entre sus dos adaptadores al arriesgado mundo de la materialización de los sueños, que es el cine. No se trata de entrar en comparaciones entre películas ni dudar de la competencia de sus responsables, por supuesto. Yo he disfrutado mucho con ambas y las admiro. Lo que propongo no es tanto una comparativa como un ejercicio de observación, de apreciación de matices en la tarea de interpretación de los mecanismos de la fantasía en la infancia por parte de ambos directores.

En el fundamental asunto de la presencia encantadora y encantada de la fábrica, Stuart alcanza su mayor logro allá donde Burton fracasa. No es cuestión de cargar las tintas visualmente presentando un imponente bunker alrededor del cual se agazapan las casas de la población, trasunto de la ciudad medieval a los pies del castillo o, ya que hablamos de mundos al otro lado del espejo, de la ciudad al pie del castillo kafkiano. ¿Despierta ganas la visión del edificio de Burton? ¿Provoca y promete prodigios que aceleran el pulso al explorador de sueños? Personalmente lo dudo. Y creo que ello se debe a que Burton -y es extraño en alguien como él- no se ha planteado el dilema que venimos apuntando: la importancia del edificio, de la fábrica de chocolate en este caso, como reclamo cautivador del mundo mágico que oculta tras sus puertas. Justamente es allí donde Stuart da en la diana.

La fábrica de Stuart (en la foto) está en las antípodas de un búnker faraónico cuya presencia granítica, de tan evidente, forma parte cotidiana del mobiliario urbano. La fábrica de Stuart aparece en un paraje olvidado, un andurrial desolado. Surje, como agazapada y melancólica, en el crepúsculo misterioso de un atardecer frío de otoño, tras una verja oxidada, rodeada de una vegetación umbría que exhala humedad fresca y el olor dulzón de algunas plantas. Es un edificio viejo de ladrillo gastado, una fábrica abandonada de aspecto normal -y eso la hace más extraordinaria- que se alza en silencio recortada en el azul brumoso junto a una luna de crema. Un hilo mudo y discreto de humo blanco pone el único latido a la estampa y exacerba el misterio a los ojos de ese niño que ha desviado el camino a la salida de la escuela y aprieta su cara entre los barrotes húmedos de la verja contemplando la estampa. ¿Qué ocurre allí dentro? ¿Qué hay ahí?

La diferencia está, por tanto, en la fábrica. Los sueños de la infancia no se desvanecen por el hecho de crecer, sino porque crecemos buscando concretar los prodigios de un mundo de vapor.

Album

Carlos

La personita de la foto es mi sobrino Carlos, que tiene 10 meses. Yo estoy al otro lado de la foto, por eso no me ves. Carlos todavía no sabe si es miércoles o domingo, ni si es por la tarde o por la mañana. Pero hay un instante feliz en la existencia en el que ser ajeno a estas cosas debe ser maravilloso.

Desde hace un par de semanas hemos comenzado a establecer comunicación mediante un sofisticado lenguaje en el no faltan “uá”, “ta” y algún que otro “bo” que, con el pertinente movimiento enfático, arriba y abajo, de manos y brazos, consigue que nos podamos entender perfectamente.

Tenemos muchas cosas que contarnos y todo el tiempo del mundo (miércoles, domingo, tarde y mañana) por delante. Estoy muy contento.

Premio

Se acaba de celebrar la XV edición del Concurso Internacional de Piano “Paloma O´Shea” de Santander. Lo ha ganado el italiano Alberto Nose, de 25 años de edad. La tarde que le dieron el premio tocó “Quejas o La Maja y el Ruiseñor”, una de las Goyescas de Enrique Granados y fue comentario general que la elección de dicha obra fue “inadecuada” para un momento así. Me sorprendió muchísimo ese comentario, como si no bastara con la absurda gymkana en que consisten por lo general estos concursos y en el momento del bis, de la breve coda al certamen, en la velada íntima de la despedida, el vencedor de la olimpiada tuviera que sacarse de la manga otra brillante pirotecnia de Liszt reforzada con la potente artillería de un Tausig o un Busoni. Yo creo que lo que el italiano vino a decir al elegir la preciosa pieza de Granados fue que vale, que muy bien, que ya había hecho los deberes que le habían pedido pero que a él, lo que de verdad le salía de dentro es ésto, y entonces empezaba a sonar esa belleza de las Quejas, que mira que es una preciosidad.

Nadie pone en duda a estas alturas el importante papel de Paloma O´Shea al poner su enorme capacidad de influencia a nivel internacional al servicio de la promoción de sus “ahijados”, a fin de cuentas, principal objetivo de un concurso como éste. Pero también es cierto que O´Shea representa un tipo de mecenazgo anacrónico y algo ñoño en las formas, dicho sea con todos los respetos: entre los obsequios del primer premio te da un Rolex de oro, de la misma manera que la emperatriz María Teresa de Austria le regalaba al pequeño Mozart un traje de gala por haber tocado tan divinamente a la hora de la merienda, y en la ceremonia final, la O´Shea se distingue del resto del jurado que te estrecha la mano dándote una rosa acompañada de una lánguida caída de ojos que te pone la carne de gallina. A mí lo del Rolex me parece de mal gusto, sinceramente, aunque debe valer un pastón y siempre lo puedes vender. Me sentiría muy violento recibiéndolo, en serio. Sí, ya, seguro. Que sí, ya sabes cómo soy para estas cosas.

Por cierto, ¿alguien se acuerda después de los ganadores? ¿Qué es de ellos? A Paloma O´Shea una vez le salió un Primer Premio con duende encarnado en la persona del sudafricano Marc Raubenheimer. Desde el primer instante en que puso sus manos en el teclado se supo, y así corrió como la pólvora, que su nombre iba a proyectarse más allá de la publicación del palmarés en los periódicos, breve y único momento de gloria de muchos de los vencedores antes de que su nombre se olvide. Pero Marc Raubenheimer se mató en accidente de avión en la misma pista del Aeropuerto de Santander cuando venía a dar el último de los recitales de la larga gira mundial de conciertos que constituía el principal activo de su premio. Que ya es mala suerte.

Lo de Raubenheimer nos lo contó la misma tarde del accidente el profesor de Solfeo cuando terminamos de dar golpecitos con el lápiz en el pupitre en el repaso diario de las lecciones del “Adiestramiento elemental para músicos” de Paul Hindemith, conocido familiarmente como “el Hindemith”. Me acuerdo del instante porque aquéllo fue para mí la revelación, por primera vez, de la existencia de un lado fatídico de la vida, lo cual me impresionó muchísimo. Tanto que la triste historia del desdichado Marc Raubenheimer quedó para siempre asociada a la lección 103 c del Hindemith, tal y como pude comprobar años después, ya como profesor, no sin una cierta sensación difusa -y absurda- de culpa por lo que me parecía una frivolidad.

Estos días he puesto en el atril del piano “Quejas o La Maja y el Ruiseñor” de Granados y ayer la vecina de arriba me dijo al salir del ascensor que la pieza nueva sonaba muy bien. El Hindemith hace años que no lo encuentro.

Locura

El poeta Leopoldo María Panero en la última del periódico. Este hombre me fascina y me asusta. No me asusta porque esté loco -Panero lleva muchos años en el manicomio– sino porque oyendo su verborrea alucinante y genial me pregunto si los locos no seremos los demás. ¿Y si la locura de Panero es una inteligencia desorbitada que ha alcanzado una suerte de nueva dimensión que únicamente barruntamos como una cosa rara y demencial? Me inquieta mucho pensar en ello. Pero mira su mirada e imagina esa voz que tantas veces has oído en la tele. Su discurso torrencial arremolina a Wittgenstein con el haloperidol, la escatología con un verso sublime de Rimbaud. Califica al nuevo Papa como “un filonazi. Como yo” y alardea de sus conocimientos en antipsiquiatría para pasar a disertar sobre Freud, Lacan y el anticristo, canturrear a Joao Cabral de Melo Neto y levantarse de golpe a mear.

Cinco cajetillas de tabaco sobre la mesa y Mallarmé escribe cientificamente.

Dice que en París aprendió telepatía, que el Quijote es una novela río asquerosa y que le gusta “El licenciado Vidriera”. Ahora lanza un dardo envenenado a una vaca sagrada de la psiquiatría: López Ibor te daba electroshocks y luego te ponía una imagen de Santa Teresa en la mesilla. No he visto un nazi parecido en mi vida”. Se declara bisexual y sadomasoquista y aclara que “sádico con las mujeres, masoca con los hombres, aunque también sádico con algunos tíos, depende de lo guapos que sean”. A Panero le gusta provocar, a cada respuesta muestra el colmillo afilado de la provocación y lo hinca con deleite. Ronronea y un relámpago sarcástico cruza fugazmente por la mirada. Es adicto a la coca-cola light y sufre paranoia con la CIA. Lo del haloperidol es porque se pasó 3 años sin cerrar la ventana. El anticristo son los bancos.

Panero mira fijamente con esa mirada terrible en la foto a color del periódico. Dice que cultiva el espanto como una ciencia y jura ser tan inteligente como Nietzsche. Y será verdad.

He leído la entrevista varias veces. Es un remolino en espiral que te hipnotiza. Pone el periódico que Panero es un falso majareta y él mismo llena el titular: “España es la que está loca, no yo”. Pues que alguien haga algo. O qué.

Luz

De entre las infinitas escalas que los compositores han trazado sobre el pentagrama a lo largo de la historia de la música, pocas desempeñan un cometido de la trascendencia de ésta:

Es la escala que nos conduce al Paraíso. Aparece en los compases iniciales del “In Paradisum” con el que concluye el Requiem de Maurice Duruflé y suena con el timbre de cristal del arpa. Es un momento de un misterio y de una belleza extraordinaria: el ascenso pausado por cada una de las notas que son los últimos peldaños hacia una morada inmaterial en la que somos recibidos por un coro de ángeles.

El Requiem de Duruflé (1947) es una experiencia imprescindible. Abres la edición Durand y te encuentras con una nota que dice: “a la memoria de mi padre”. Hay notas que hay que tener en cuenta, que ponen el acento, el tono y el aliento; hay notas que dan la nota. Después te encuentras con una composición extraordinaria, un requiem que, como el de Fauré, es un requiem blanco, consolador: no es un requiem para los que se van, sino para los que se quedan. Por eso prescinde de las llamas amenazadoras del Dies Irae y, a cambio, nos conduce por la senda que termina en la escala de cristal que lleva al Paraíso reconfortante.

El de Duruflé pertenece a la larga serie de Requiems basados en las melodías gregorianas de la Misa de Difuntos. La composición gira alrededor de estas melodías milenarias, presentadas a la luz contemporánea y personal del autor. Es una tarea de orfebre, como hizo Bach con los Corales al engarzarlos en su propia música, y pocas veces se sale realmente airoso porque no vale emplear únicamente la paciente y hábil artesanía del oficio: se requiere ser poeta. Hay otros requiems modernos que glosan las melodías gregorianas de manera extraordinaria (mención especial al maravilloso requiem del Padre Donostia, de fecha similar al que ahora nos ocupa). Ambos, el de Duruflé y el del capuchino, parten de un conocimiento profundo del universo gregoriano y no traicionan su métrica ni adulteran los sutiles matices de su discurrir melódico al someterlos a la mecánica de los compases modernos. Luego cada uno sigue sendas diversas.

La grandeza del Requiem de Duruflé está en su hondo calado poético y en su manera genial de envolver las melodías primitivas con una armonía lunar de halo impresionista. Valorar en su justa medida la asombrosa luz que arroja Duruflé sobre estas melodías ancestrales y el efecto emocional que produce en el oyente requiere en primer lugar la escucha de la desnudez gregoriana original e inmediatamente contemplarla a la luz del poeta francés. Merece la pena intentar la experiencia:

Introito gregoriano (fragmento) en mp3. (452k)
La misma melodía tratada por Duruflé. (1 MB)

La larga vocalización por parte de las voces femeninas que surge por primera vez hacia los 15 segundos mientras las voces masculinas entonan el canto gregoriano no es una ornamentación accesoria, sino un elemento clave en la composición: es la luz. La imagen musical de una luz sobrenatural y consoladora (el canto dice: “Concédeles, Señor, el descanso eterno, y que la luz perpetua los ilumine). Esta luz invade toda la composición proyectándose en largas notas tenidas que surcan el espacio sonoro, siempre a cargo de las voces blancas o de la cuerda, con una intervención especialmente sobrecogedora en el Lux aeterna cuando músicos y oyentes contienen el aliento y surge de las alturas una delicada, aguda y prolongada nota de violín.

Si se decide adentrarse en la experiencia de este Requiem, quizá convendría detenerse un instante a leer entre líneas: ser conscientes, por ejemplo, de que conforme avanza la composición la textura musical se aligera progresivamente de forma casi imperceptible para el oyente. Lo mismo pasa con la instrumentación, al mismo tiempo que las voces agudas adquieren mayor relevancia. Todo ello está encaminado a perder lastre, a conseguir realizar un simbólico movimiento ascensional hasta alcanzar la escala de cristal que nos conduce al Paraíso. Y una vez allí, sentir cómo las tensiones armónicas de esta pieza final se resuelven en el interior del acorde final, logrando un conmovedor efecto de disolución de los tonos en la luz eterna en la que se adentra esta obra maestra e irrepetible.