Archivo por días: 28 julio, 2005

El caminante

Fischer-Dieskau
Dietrich Fischer-Dieskau cumple 80 años. Nadie como él para alumbrar los lieder de Schubert, las prodigiosas canciones para voz y piano capaces de condensar un océano de sentimientos en un par de minutos. Nadie como Fischer-Dieskau se dio cuenta de que la música de estos lieder no se limita a acompañar las palabras, sino que las asume y se funde con ellas. Y nadie como Gerald Moore, su mejor pianista, para darse cuenta de que el instrumento no se limita a acompañar el canto, sino que es el marco del lied.

Hay una figura poética que aparece una y otra vez en los lieder de Schubert: el caminante. Un viajero inquieto, un vagabundo errante siempre a la búsqueda de algo que quizá sea él mismo. “Camino en silencio, estoy triste, / y siempre pregunta un suspiro: ¿dónde?/ Con un soplo perfumado me repite una voz:/dondequiera que tú no estés, está la dicha”. La descubrió en el transcurso de las lecturas compulsivas de poesía en su adolescencia y pasó a convertirse en elemento esencial de su existencia. El caminante es él. Me conmovió saber que en su breve existencia, Schubert, el caminante, no conociera casa propia.

La figura del caminante protagonizó dos de los ciclos de lieder más hermosos: La Bella Molinera y Viaje de Invierno, ambos sobre poemas de Wilhelm Müller. El primero es una novela de lieder, una veintena de canciones que hablan del viaje de un aprendiz de molinero que decide partir al no ver correspondido el amor que siente por la hija de su patrón. El agua del arroyo es el único compañero de viaje del caminante, testigo mudo de las confidencias del joven e incluso mentor: “Del agua hemos aprendido, del agua/ que no descansa ni de día ni de noche/ que siempre está pensando en caminar”. El agua del arroyo termina por convertirse, finalmente, en el lecho definitivo de descanso del derrotado enamorado. El lied más delicado y luminoso -el arroyo arrulla al molinero entonando una canción de cuna- para la escena más amarga. Quizá por eso duele tanto.

El Viaje de Invierno es una travesía simbólica, honda y desolada. Una despedida rumbo al final. Los lieder parecen haber sido despojados de toda hojarasca accesoria. La desnudez para mostrar el alma palpitante y desencantada del poeta. Oí decir, en cierta ocasión, que si “La Bella Molinera” era un viaje que iba de la esperanza a la desesperanza, el “Viaje de Invierno” empieza en la desesperanza para terminar en la desolación más absoluta. Ambos ciclos están grabados por Fischer-Dieskau y Moore en sendas grabaciones irrepetibles, dos tesoros de valor incalculable que sacan a la luz hallazgos que nos darían para hablar -y para emocionarnos- durante muchos posts.

Pero la noticia hoy es que Fischer Dieskau cumple 80 años. Dicen que dedica su tiempo a escribir y que apenas canta ya pero gracias a la magia de la grabación es posible conseguir que Moore vuelva a hacer sonar los acordes del sobrecogedor último lied del Viaje de Invierno, esa armonía gélida y petrificada de intervalos de quinta, y podamos escuchar al caminante preguntar enmedio de la ventisca si deberá marcharse con él: “¿Querrás tocar tu instrumento al son de mis lieder?”

Antes de que el silencio ponga punto y final a su última travesía.