Archivo por días: 26 julio, 2005

Vértigo

Si quieres experimentar en tu piel el cosquilleo de un misterio trascendental sal de la ciudad y plántate bajo un cielo estrellado una noche de verano. Elige una de esas estrellas y mientras la contemplas piensa en la posibilidad de que hace miles de años haya dejado de existir y que su luz haya surcado el espacio infinito sólo para que tú la veas. Hay mucho que digerir tras una experiencia así.

Todo el mundo debería descubrir el cielo. Yo lo hice hace unos cuantos años y en el mismo instante en que alcé la vista a las alturas descubrí también, de golpe, que padecía agorafobia, que es el vértigo a los espacios abiertos. Fue demoledor. En cuestión de segundos me sentí pegado al suelo como si mi cuerpo pesara toneladas y las manos se aferraron al césped mientras el firmamento entero se abalanzaba sobre mí dando vueltas. Recuerdo que estaba con un amigo y que su estupor se convirtió en carcajadas al verme gatear agarrotado al suelo mientras balbuceaba una y otra vez “esto no puede ser, esto no puede ser”. En plan Woody Allen, vamos. Y es que uno parece que tiene que llevar siempre el compás a la contra de todo el mundo: lo normal es que la gente mire abajo y sienta vértigo, y no que sienta vértigo cuando mira arriba, ¿no? y, además, me reconocerás que padecer ese tipo de fobia es el colmo para un amante de la astronomía. Al imaginarme de aquella guisa ahora me río yo también, claro, pero entonces lo pasé fatal.

Lo más raro de todo es que con los años aquéllo terminó por ceder. De hecho, el pasado agosto salí con unos amigos de excursión nocturna a la caza de estrellas fugaces y lo pasé muy bien. Siempre te queda un cierto temor en algún lugar del pecho, pero una respiración profunda antes de dirigir la cabeza hacia las alturas mantiene todo bajo control.

Hasta ayer.

Ayer por la noche hubo fuegos artificiales (sí, seguimos en fiestas, ¿no se oye el ruído del bombo?). Estaba en casa al amparo de las frigorías del aire acondicionado y me acordé que por el balcón de la parte de atrás tenía que verse muy bien la exhibición. Allí que me fuí. Pero justo en el momento en que la vasta extensión de cielo nocturno se iluminó con una gigantesca palmera de colores sentí una descarga eléctrica por todo el cuerpo. Sentí que las piernas me flojeaban, como si el suelo de la terraza fuera la superficie de un barco en mar rizada y al echar las manos a la barandilla para sentirme seguro experimenté la horrorosa sensación de que toda ella era de plastilina reblandecida. Espantoso.

La fobia ha vuelto. Como tengo tendencia a tomarme las desgracias con cierto sentido del humor me acordé del inefable Ignatius J. Reilly, el protagonista de “La conjura de los necios” cuya válvula pilórica se abría y cerraba a temporadas al compás de sus neuras. Y eso fue exactamente lo que pensé mientras me desmoronaba desfallecido en el confortable sofá: se ha abierto la válvula de la fobia. Del vértigo a mirar a las alturas en grandes espacios abiertos. Ya verás tú ahora hasta cuándo.