Archivo por días: 11 julio, 2005

Dibujo

Yo tenía 11 años cuando mi padre murió de repente pero antes de irse me dibujó una pantera rosa a tamaño natural en la pared del pasillo. Suena a ficción a lo “Big Fish” pero no es así. La historia es real.

Mi padre era delineante y trazaba planos con tinta a plumilla en el papel vegetal en una época -mediados de los 70- en la que no existía el pc, el autocad o el plotter para venir a echar una mano. Tenía la oficina instalada un piso más abajo de nuestra casa y ocupaba dos habitaciones: un despacho para recibir las visitas y la habitación de dibujar, que tenía una enorme mesa-tablero inclinada hacia delante. El resto del piso estaba vacío. Allí pasaba horas y horas sin un horario establecido y en los descansos del trabajo estiraba las piernas a lo largo de dos pasillos paralelos que se comunicaban por sendas puertas abiertas en el tabique, de tal forma que podías recorrer la casa infinitamente mientras echabas un vistazo a aquellas habitaciones vacías y blancas.

Un día mi padre tuvo la ocurrencia de empezar a vestir aquellas paredes frías dibujando a color en ellas. Se trataba de ocupar los ratos de descanso de la dura y lenta tarea de elaborar los planos con una actividad que tenía mucho de mecanismo compensatorio: frente al trazo áspero de la plumilla de tinta negra en el papel vegetal, el suave deslizamiento del pincel de color en el enorme lienzo blanco de la pared. Se puso a la tarea con entusiasmo.

Visto ahora, la situación tenía un punto surrealista, sobre todo porque invertía las tornas: en ocasiones oigo a la vecina de enfrente gritar porque su hijo de 3 años ha vuelto a embadurnar las paredes del salón con sus pinturas de cera y, sin embargo, yo pasé muchas tardes de mi infancia rellenando cuadernillos de caligrafía Rubio en la oficina de mi padre mientras él estaba subido a una escalera pintando constelaciones de colores en el firmamento de gotelé.

Con el tiempo, aquellas paredes se poblaron de expresiones de estupor en caras que emergían de la pared elástica, superficies de ladrillos viejos que mostraban falsos muros descarnados, manos, ojos -ojos inquietantes-, abstractas geometrías de colores y amplios bancos de nubes que yo contemplaba feliz con la boca abierta y mi madre con las manos en la cabeza, alarmada. Finalmente, el contorno de una antigua fuga de agua al fondo de un pasillo fue aprovechado y estilizado convenientemente para convertirse en una pantera rosa imponente, de casi dos metros de altura, que te saludaba cuando llegabas del colegio por las tardes y bajabas a verla con la merienda en la mano. Luego la tinta negra del infarto lo manchó todo y al poco tiempo nos mudamos de casa. El piso donde mi padre tenía su oficina fue ocupado por un bufette de abogados. Muchas veces he pensado en la cara que debieron poner al llegar allí por primera vez y también muchas veces me he preguntado por la suerte de aquellos dibujos. Esto fue hace más de 25 años.

Hace tres veranos fui invitado a asistir a una cena en casa de unos amigos. Allí me presentaron a una señora de mediana edad y fuerte acento extranjero que pasaba las vacaciones de verano en la ciudad y que, según me dijeron con pasmosa naturalidad, era vidente. Me resultó de lo más exótico y original oir eso. Al estrechar su mano me miró a los ojos y me preguntó de sopetón si yo creía en la existencia de algo parecido a un ángel de la guarda que vela por nosotros. No sé qué contesté ni si tuve tiempo para hacerlo porque entonces se me acercó más y me preguntó: ¿quién es el hombre que dibuja en la pared?. Alguien dijo entonces que la cena estaba lista y se oyó un rumor de sillas y cubiertos pero no soy capaz de recordar si hubo ensalada para cenar.