Archivo por días: 6 julio, 2005

Frankenweenie

Ordenando cajones me he encontrado los 29 preciosos minutos de “Frankenweenie”, uno de los primeros trabajos de Tim Burton. Corría el año 1984 yBurton se moría de aburrimiento mientras “trabajaba” como animador en la Disney. Las comillas tienen su sentido. ¿Qué hacía un tipo tan rarito y oscuro en aquel lugar? Pues mirar a las musarañas y esperar a que le pusieran de patitas en la calle. El caso es que antes de que lo hicieran le llamaron para decirle que vale, que hiciera Frankenweenie. Burton se quedó pasmado. “Cuando me dijeron que sí me quedé alucinado”. Ves, lo que te decía. No era para menos: que Disney diera luz verde al proyecto era cosa del todo insólita, y no sólo porque la historia no se ajustaba en absoluto al estilo de la casa sino porque, además, se trataba de una película en blanco y negro de una duración muy incómoda para explotarla en las salas como complemento a un largo.

Frankenweenie viene a ser una parodia muy personal de dos películas de monstruos míticas de la Universal: El doctor Frankenstein (1931) y La novia de Frankenstein (1935), ambas de James Whale con la inolvidable caracterización de Boris Karloff. El pequeño Víctor, desolado después de que un coche se llevara para el otro barrio a su perro Sparky, se queda de piedra al ver cómo su profesor de ciencias consigue mover las ancas de una rana muerta al aplicarle una descarga eléctrica en un experimento de clase. Y entonces se le ocurre hacer lo mismo con vistas a recuperar a su mascota.

Frankenweenie es una receta con muchos ingredientes hábilmente mezclados por el cocinero: la estética expresionista alterna con el cartoon sobre un trasfondo de suburbio urbano contemporáneo, entre otras cosas. Todo con el sello Burton, por supuesto. Sale Shelley Duvall, todavía con cara de susto después de que Jack Nicholson la persiguiera con un hacha por el hotel de “El Resplandor”. Y sale Barret Oliver, que es el auténtico protagonista, un chaval a quien nunca se le reconocerá lo suficiente haber tenido el detalle de nacer a tiempo para protagonizar cosas como ésta o aquel cuento delicioso que fue “Cocoon” (curiosísimo especimen de ciencia ficción geriátrica) antes de esfumarse en las nieblas del anonimato y el olvido.

En realidad, la gracia de Frankenweenie no está tanto en la parodia como en el ingenio con el que Burton justifica narrativamente lo que la parodia exige. ¿Cómo insertar en la pacífica rutina de un suburbio americano escenas como la de la muchedumbre acudiendo a linchar al monstruo y el incendio del molino, momentos culminantes del Frankenstein de Whale? Pues haciendo que el pequeño Sparky se esconda, asustado, en un viejo molino de plástico, una de las miniaturas que forman el decorado del viejo y abandonado mini-golf cercano a la urbanización mientras la comunidad de vecinos acude con linternas alertada por la presencia del intruso. Valga como ejemplo.

Pero lo mejor de esta repentina revisión de Frankenweenie ha sido detectar algo (espera que lo voy a poner en cursiva para darle énfasis) detectar algo, decía, que no sé si tiene que ver con la forma de contar o de hacer (o de mirar, quién sabe, que a lo mejor resulta que he mirado con las gafas de la nostalgia), pero que me parece muy de ese tipo de películas del fantástico que proliferaron en los 80, con ese punto entre moderno y artesano, y que encuentro del todo eficaz y agradable. Tengo que pensar sobre eso.