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La tarde dorada 3 julio, 2005

Escrito por emejota en : Libros , 7 comentarios , trackback

“En una tarde dorada,
por la tranquila corriente,
navegamos lentamente,
remando sin decisión…”

(Lewis Carroll, prólogo a “Alicia en el País de las Maravillas”)

Alicia en el País de las Maravillas
La tarde del 4 de Julio de 1862 -tal día como hoy- una barca de remos tripulada por dos clérigos y tres niñas surcaba las tranquilas aguas de un río en las cercanías de Oxford. Ante las insistencia de las niñas, el reverendo Charles Dodgson, un brillante matemático profesor en un colegio de Oxford que se convertiría en Lewis Carroll al otro lado del espejo, comenzó a improvisar una encantadora historia al servicio de una de las pasajeras de la embarcación, la pequeña Alice Liddell. Aquella narración iba a convertirse, con el tiempo, en un clásico inolvidable de la literatura: “Alicia en el País de las Maravillas”, uno de mis libros imprescindibles.

Lo que sucedió aquella tarde en el transcurso de la excursión está documentado de primera mano: tres de los pasajeros de esa embarcación refirieron con detalle el histórico momento en algún momento de sus vidas. Así, muchos años después, un melancólico Dodgson escribió lo siguiente:

“Muchos días habíamos remado juntos por ese río tranquilo y muchos fueron los cuentos improvisados para las niñas. Sin embargo, ninguno de esos cuentos llegó a ser escrito: nacieron y murieron cada uno en su correspondiente tarde dorada hasta que llegó un día en que, por casualidad, una de mis pequeñas oyentes me pidió que le escribiese el cuento (…) Son muchos los años que han volado desde aquella “tarde dorada”; sin embargo, puedo evocarla casi con tanta claridad como si hubiese sido ayer: el azul limpio en lo alto, el espejo del agua debajo, la barca deslizándose perezosamente, el sonido de las gotas que caían de los remos al agitarse soñolientos adelante y atrás (único destello luminoso de vida en todo aquel pasaje amodorrado) y las tres caritas anhelantes, ávidas de noticias de aquel país maravilloso…”

La destinataria del cuento, Alicia Liddell, también nos dejó su precioso testimonio siendo ya una respetable dama casada:

“Casi la totalidad del cuento nos lo contó aquella calurosa tarde de verano, con la ardiente calma estremeciéndose por encima del prado donde habíamos desembarcado para protegernos un rato del sol. Creo que los cuentos que nos contó aquella tarde fueron mejores de lo normal porque guardo un recuerdo muy nítido de la excursión; además, al día siguiente empecé a insistirle para que me escribiese el cuento, cosa que nunca había hecho yo antes. Fue mi “venga, venga” lo que le movió, tras decir que lo pensaría, a hacer la vacilante promesa que le obligó a escribirlo”.

Finalmente, conocemos también el testimonio del reverendo Duckworth, al mando de los remos de la barca junto a Dodgson:

“Yo remaba en la popa y él en la proa en la famosa excursión a Godstow durante las vacaciones de verano, con las tres señoritas Liddell como pasajeras nuestras; y el cuento se compuso y se contó literalmente sobre mi hombro en atención a Alicia Liddell, que iba de “patrón” de nuestra embarcación. Recuerdo que me volví y le dije: “Dodgson, ¿se lo está inventando ahora?” y me contestó: “Sí, lo estoy inventando mientras navegamos”. También recuerdo perfectamente que, al volver a dejar a las tres niñas en la residencia del Decano, Alicia le pidió a Dodgson que le escribiera el cuento. Él contestó que lo intentaría; después me contó que había permanecido en vela casi toda la noche, pasando a papel lo que recordaba de las extravagancias con que había alegrado la tarde, le añadió ilustraciones de su propia mano y le regaló el libro.”

Curiosamente, una comprobación efectuada en 1950 en los archivos del Servicio Meteorológico de Londres dictaminó que el tiempo en las proximidades de Oxford la tarde del 4 de Julio de 1862 fue “frío y lluvioso”.

A mí me sigue pareciendo la parte más emocionante del cuento.