Archivo por días: 29 junio, 2005

Manos

Las manos de Glenn Gould El día que perdí el uso de mis manos empecé a descubrir mi lugar ante el piano. Debía tener 13 años y cursaba los primeros años de la carrera cuando me diagnosticaron una enfermedad degenerativa progresiva; justo antes de terminar mis estudios finales, tiempo después, entraba en un aséptico quirófano de metacrilato y lucecitas de colores para ponerle 8 prótesis a las articulaciones de mis manos: todos los dedos menos los pulgares. Recuerdo que en el hilo musical de ese quirófano galáctico sonaba “Ay Jalisco no te rajes” sin que ninguno de aquellos hombres de verde manifestara el menor síntoma de inquietud ante el surrealista complemento a la escenografía. Unos ojos de anestesista emergieron entre un gorrito de papel y una mascarilla de bandolero e intentando poner una gotita de calor en ese trance me preguntó cariñosamente: “¿Y este buen mozo a qué se dedica?”. Le dije la verdad, claro: “Soy pianista”. El hombre se quedó hecho polvo. Yo ya lo estaba, para qué negarlo.

Cuando te entregan unas manos nuevas todo comienza otra vez. Con las manos te comunicas con el mundo: abres puertas, señalas, llamas por teléfono, coges un plato, escribes un blog, acaricias. Pero además, como en mi caso, descubres que hay algo en tu interior que sólo puede salir a la superficie mediante el contacto de los dedos sobre unas teclas blancas y negras. Una mano protésica es un proyecto incierto: te quitan las vendas, compruebas admirado el fantástico trabajo de costurero -microcirugía- y entonces tienes que empezar a hacerla vivir. Porque no se mueve. Tampoco duele. Te han puesto unas bisagritas minúsculas de plástico que no sienten. Todo lo que consigas a partir de entonces lo harás por puro trabajo muscular. Trabaja duro.

Recuerdo perfectamente la primera vez que me senté al piano tras las operaciones (fueron varias) y tras duros meses de rehabilitación clínica. Primera satisfacción: sentí que la sensibilidad en las yemas era casi total, y el doctor dijo que terminaría por serlo completamente. Primer motivo de contrariedad: supe nada más poner las manos sobre el teclado que nada de lo anterior iba a servirme; que no podía valerme de la técnica adquirida para desenvolverme sobre el teclado porque no iba a funcionar. Las cosas habían cambiado. En momentos así tienes dos posibilidades: cierras el piano o te pones a buscar otros caminos sobre el teclado en los que la mano pueda mantenerse en pie.

Han pasado muchos años y muchas cosas: 6 de las 8 prótesis no funcionan, el avance de la enfermedad ha podido con ellas. Es cierto que, desde la operación, la mayor parte del repertorio se volvió inaccesible de manera irreversible (apunte para un relato: un pianista que en lugar de ir haciendo acopio de repertorio lo va perdiendo con los años) pero también es cierto que toco todas las sonatas de Mozart menos dos -puñeteras ellas!- y gran parte de la música para teclado de Bach, lo que para mí supone el mayor consuelo del mundo. He tenido que aprender de nuevo a tocar y, aunque no ha sido nada fácil, soy muy testarudo. Ahora toco de una forma poco ortodoxa desde el punto de vista convencional pero lo importante es que funciona, me funciona, que todo fluye armoniosamente y que he conseguido niveles de satisfacción personal que no había conocido antes.

Eso me ha permitido volver a tocar en público, por ejemplo. Es cierto que uno tiene un sentido de la responsabilidad y de la prudencia y que no lo hago en recitales completos. Pero este último año, por ejemplo, he tocado a Debussy ante 200 personas en las sesiones de un curso que dirigí sobre estética impresionista (la temática del agua en Monet y Debussy) y he tocado tiempos de sonatas de Haydn y Mozart en mis clases de análisis.

Pero lo más importante de todo es que a raíz de todo ésto llegó un momento en que hice un descubrimiento crucial: la técnica emana del espíritu. La frase es de Liszt y no es una frase retórica sino una frase sabia de una verdad conmovedora. La técnica emana del espíritu. Puede que una mano herida desfallezca en el intento de alcanzar la cumbre de una obra virtuosa, o que se vea obligada a renunciar ciertos objetivos ansiados; pero si encuentras tu propio terreno y lo habitas, poco a poco volverás a escuchar ese latido que atesoras en tu interior y que te enseña que las manos sirven para que se nos vaya el alma por ellas…

Todo esto viene a que me he acordado que hoy mis manos nuevas cumplen 10 años y que en un rinconcito de un allegro mozartiano he encontrado algo que quería dejar recogido aquí y compartirlo, de alguna manera, con quienes lean estas líneas.