Archivo por días: 27 junio, 2005

Días de radio

Hoy he hecho en la radio la última colaboración de la temporada. Han sido 32 semanas hablando de libros. Sí, ya sé, que qué pinta un músico hablando de libros en la radio. La verdad es que si me pusiera a airear esa parte de mi biografía que yo llamo “actividades extraescolares” saldrían la mar de cosas pintorescas y nos darían las uvas. Y no es plan. Pero además es que yo en la radio estoy guardando la ausencia de un buen amigo. Se fue. Para siempre.

Cuando me hice cargo de la sección hice mía aquella frase de Dámaso Alonso: “Yo sólo hago crítica de las cosas que me entusiasman”. De manera que vale, no soy un académico de la cosa literaria pero cada martes me asomo a la radio con el deseo de que resuene en alguien la emoción que tal autor o tal novela ha provocado en mí. Y estoy convencido de que eso ha conseguido establecer una conexión estrecha con los oyentes. A veces ocurre que alguien te reconoce por la voz en una cafetería y te pide la referencia del libro que comentaste hace un mes sobre tal o cual cosa, o vas a comprar el pan y te dan las gracias porque pensaban que Auster era un peñazo de cuidado y como que no, que de eso nada. O como esa señora que me dijo que después de escucharme le daban ganas de leerlos todos. Bueno, esa señora es de la familia. A ver si no.

Como por problemas de horario no me es posible estar disponible a la hora del programa, grabo la intervención esa misma mañana, un par de horas antes. Eso da lugar a cosas muy curiosas, como aquel día que llegué pronto a casa y me pude escuchar a mí mismo mientras hacía unos macarrones. Fue una experiencia digna de novela de Millás, que si el yo y el otro, lo real y lo irreal y todas esas cosas.

El caso es que hoy ha terminado la temporada y he llevado libros para los chavales, por aquello de que ya están de vacaciones. Alfaguara ha sacado una segunda tanda de 6 títulos de su Biblioteca Roald Dahl y ese es un acontecimiento que no hay que dejar pasar. He llevado “Las brujas”, “Los cretinos” y “La maravillosa medicina de Jorge”. La verdad es que con esto tan moderno de que cualquier bobada pueda traumar de por vida a los críos casi da cosa recomendar “La maravillosa medicina de Jorge”. Jorge se ha quedado en casa cuidando de su abuela y tiene que darle su medicina a las 11 en punto. Pero el caso es que la abuela es un bicho. Mala, mala. Así que Jorge va a darle una medicina muy especial. Coge una cacerola grande y empieza a meter cosas. Muchas. Entre otras:

-Crema depilatoria
-Champú
-Polvos antipulgas
-Pintura marrón
-Laca
-Pastillas limpiadoras para dentaduras postizas.

Todo junto. Y más. Y llegan las 11, claro.

En fin, que ya se ha acabado la temporada y que Javier me ha hecho una despedida muy cariñosa. Javier es junto con Ana Laura la voz de la radio y te da en el directo las réplicas que todo guionista soñaría. Le salen solas. Sólo por eso le perdono que al final no me haya explicado qué es eso de bajar la madre que tanto me intriga, como también le perdono a Ana Laura que me haya quedado al final sin ese chocolate a la taza que me prometió en el invierno. Y les mando un abrazo grande.

En Septiembre, más.

(ahora vienen unas cuñas y el indicativo, que vamos tarde)

Prodigio

“Muchas veces, durante la enfermedad, si enfermedad fue, si no fue sólo un largo regreso de la propia voluntad, refugiada en confines inaccesibles del cuerpo, muchas veces vino Domenico Scarlatti, primero sólo para visitar a Blimunda, para informarse de la mejoría que tardaba, después demorándose en la conversación con Sietesoles, y un día retiró la lona que cubría el clavicordio, se sentó y empezó a tocar, blanda, suave música que apenas osaba desprenderse de las cuerdas levemente heridas, vibraciones sutiles de insecto alado que, inmóvil, flota y de pronto pasa de una altura a otra, arriba abajo, no tiene esto nada que ver con los movimientos de los dedos sobre las teclas, como si unos a otros se anduvieran persiguiendo, no nace de ellos la música, cómo podría nacer de ellos si el teclado tiene una primera tecla y una última tecla, y la música no tiene fin ni principio, viene de este más allá que está a mi mano izquierda, y va a aquel otro que está a mi mano derecha, al menos la música tiene dos manos, no es como ciertos dioses. Quizá era ésta la medicina que Blimunda esperaba, o dentro de ella, se esperase, que cada uno de nosotros conscientemente sólo espera lo que conoce, lo que para cada caso nos dijeron que era de utilidad, una sangría si la debilidad no fuera tanta, una lengua de San Pablo si la epidemia no hubiera dejado las playas escudriñadas, unas bayas de alquequenje, una raíz de cardo corredor, el elixir del Francés, si no fuera todo esto un inocente revoltijo que de bueno sólo tiene el no hacer ningún mal. No esperaría Blimunda que, oyendo la música, el pecho se le dilatase tanto, un suspiro así, como de quien muere o de quien nace, se inclinó Baltasar sobre ella temiendo que allí acabara quien, no obstante, estaba regresando. Aquella noche Domenico Scarlatti se quedó en la quinta, y tocó horas y horas hasta la madrugada, ya Blimunda tenía los ojos abiertos, le fluían despacio las lágrimas, si hubiera aquí un médico diría que así purgaba los humores del nervio óptico ofendido, tal vez tuviera razón, quizá las lágrimas no sean más que eso, el alivio de una ofensa”.

José Saramago, “Memorial del convento”.
Traducción de Basilio Losada.