Archivo por días: 26 junio, 2005

Entre el cielo y el suelo…

Mecano

…hay algo/con tendencia a quedarse calvo/de tanto recordar. He oído en las noticias que Mecano reedita “Entre el cielo y el suelo” 20 años después (20 años ya!) y he sentido una alegría y también una punzadita de nostalgia. Ese pedazo de disco es un clásico, lleva vendidos ya un millón de ejemplares y significó la irrupción de Mecano en una madurez gloriosa después de unos años de singladura como grupo resultón para quinceañeros, madurez que se confirmaría con su siguiente disco, otro pedazo de álbum: “Descanso dominical”.Si coges “Entre el cielo y el suelo” y miras la lista de temas te das cuenta de que prácticamente todas son grandes canciones: hijo de la luna, 50 palabras, 60 palabras o 100, me cuesta tanto olvidarte, no es serio este cementerio, cruz de navajas… Y es que los hermanos Cano se habían vuelto muy autoexigentes: en lugar de hacer discos para colar uno o dos temas en la lista de éxitos, ellos componían 20, 30 canciones para cada trabajo de manera que la selección final daba un pleno de excelentes canciones. Y si sobraba un trocito de vinilo aún incluían una de aquellas miniaturas impagables que tanto les gustaba componer. Qué tiempos.

No recuerdo quién dijo que los Mecano eran tres talentos, de acuerdo, pero que por aquello de la química cuando verdaderamente brillaban en su plenitud era cuando se juntaban. Y allí aparecían, en aquellas giras legendarias por esos veranos de Coche Fantástico en la sobremesa de la tele, en los escenarios de los estadios y las plazas de toros de toda España: Nacho, el galáctico, aporreando tropecientos teclados situados a derecha e izquierda; para contrastar -y seguro que para llevar la contraria- su hermano Jose se plantaba con barba de dos días ante un piano de cola kilométrico, que Jose siempre fue más clásico, más para adentro, más artesano. Y en medio la Torroja, que no sé qué manía tenían los del telediario de la noche de cargársela a la pobre siempre en un accidente de tráfico. Ana Torroja cambió por completo, a partir de este disco, la forma de emitir la voz para contar las historias con aquel hilo de voz susurrante que terminaba en un temblor. Todas las inflexiones de la voz de la Torroja respondían a un guión sumamente estudiado.

Las canciones de los hermanos Cano no tienen desperdicio: las letras, las melodías, los arreglos, todo luce a un niveles de calidad insólitos y responden a las respectivas personalidades de sus autores. Reconozco mi predilección por José María: no tan espontáneo como su hermano pero genial en las elaboraciones. Siempre me llamó la atención la libertad con la que trataba el lenguaje, no dudando en modificar palabras y acentuaciones para que la rima estuviera contenta (Bigote rococóco/ de dónde acaba el genio/ a dónde empieza el loco) y buscando ingeniosos efectos sonoros como en aquella canción escrita para un Salvador Dalí que se acababa de marchar y que fue, para sorpresa de todos, un mecanista confeso: (delirio colorista/ colirio y oculista/ de ojos delirantes”)

“Entre el cielo y el suelo” es, de hecho, el álbum en el que la colaboración de José María como compositor se vio reforzada con la inclusión de temas inolvidables como “Hijo de la luna” y “Cruz de navajas”, la maravillosa canción de Mario y María y una barra -la del 33- que se cierra a las 5; canción que en un principio no gustó nada a los otros dos mecanos y que está llena de hallazgos: la original omisión de parte de una estrofa en el momento en que el protagonista de la historia muere para resaltar precisamente el efecto dramático del instante; o la inclusión, de tapadillo, de una minúscula locución que conseguía en el último momento cambiar el sentido del estribillo. Hábiles sutilezas para una canción en la que la Torroja te sigue esperando al borde del estribillo con aquella larga vocalización (“…sangres que tiñen de maaaaalva el amanecer”) que pretende frenar todas las emociones que han surgido de la historia mientras te pone un cosquilleo suave en la nuca.