Archivo por días: 14 junio, 2005

Extasis

Este es, para mí, el plano más hermoso y conmovedor. El más intenso. Sucede al final de “Dublineses”, de John Huston. En el momento de abandonar una cena, algo detiene en lo alto de la escalera al personaje que interpreta Anjelica Huston: un invitado rezagado ha comenzado a entonar, pausada y delicadamente, una melancólica canción irlandesa, “La muchacha de Aughrim” y ella vuelve la cabeza y dirige la mirada hacia lo alto, hacia donde procede esa melodía. Absorta. A los pies de la escalera, su marido asiste conmovido a esa estampa que se prolonga durante un tiempo que parece interminable. No es el único. La primera vez que vi esa escena me sorprendí a mí mismo con el aliento contenido, como si temiera estropear ese momento irrepetible de absoluta intimidad.

“Dublineses” es la obra póstuma de John Huston y es la adaptación del relato de James Joyce “Los muertos”, una amarga y desencantada reflexión sobre el sentido de la existencia y su inevitable final. Es la noche del 6 de Enero de 1904 y en casa de las hermanas Morkan todo está preparado para la cena. Los invitados deben estar a punto de llegar, así que quítate el abrigo y acomódate. No esperes otra cosa: casi todo el metraje de la película va a estar dedicado a registrar esa cena -convencional y desangelada, en la que un puñado de personajes educados y burgueses representan, una vez más, un juego de apariencias- con un rigor y un detalle casi documental. Pero fíjate bien: mientras oyes hablar del estreno de la nueva ópera, el otro día, y sobre el rumor de cubiertos te enteras de los planes de vacaciones que alguien pasará en un exótico monasterio, mira cómo esos seres aparecen reunidos en torno a la luz que irradia el centro de la mesa, una luz que parece simbolizar la vida alrededor de la cual discurre su monótona existencia. Fuera de ese círculo luminoso, en la penumbra fría de la habitación, reposan, inmóviles, las señales que dejaron los que ya no están.

Hay un momento precioso que tiene lugar cuando la cámara cobra voluntad propia y decide en ese momento retirarse discretamente, como si no quisiera ser advertida por los invitados, para deslizarse suavemente entre los objetos que recuerdan el paso de los ausentes y posar su mirada escrutadora en ellos (viejas fotografías enmarcadas en unos portarretratos, unas lentes, unas condecoraciones descoloridas…).

Al terminar la velada, cuando los invitados comienzan a marcharse, suena súbitamente la canción. Hay una belleza casi sobrenatural en ese rostro inmóvil, extático, que aparece iluminado en lo alto de la escalera como prendado por una revelación. Y realmente así es, porque esa vieja balada irlandesa va a avivar el recuerdo lejano de una historia pasada. Alguien dijo que en ese justo instante empieza otra película, breve, brevísima. Es verdad. Porque la canción, que suena por 3 veces iluminada en otros tantos colores (primero en la delicada voz del contratenor, en el timbre sereno del clarinete después y, al fin, armonizada a los sones del arpa), enmarca un episodio donde la monotonía precedente da lugar a un torbellino de emociones que coge desprevenido al espectador y lo zarandea.

Y es entonces también cuando la película nos descubre uno de sus más preciados regalos: el valor profundo de sus silencios, verdadero hallazgo poético. Toda una incitación a la contemplación: las pausas que separan los versos de la canción (conmovedora colección de pequeños infinitos); los eternos segundos de inmovilidad cuando la canción se extingue dejando en el aire un vapor sonoro (instantes en los que tan sólo brilla el temblor de una emoción lejana en los ojos de la Huston); y el silencio sobrecogido en la intimidad de la habitación del hotel cuando, tras relatar la historia del desdichado Michael Furey, que prefirió morir por ella con tal de retener en sus ojos, unos instantes más, la imagen de su amada, el marido se dirige a la ventana, aparta discretamente los visillos y pronuncia silencioso su monólogo interior (“Sí, los periódicos tenían razón: cae la nieve en toda Irlanda…”) que se erige como definitivo y arrollador canto apasionado a la brevísima aventura de vivir: “Uno tras otro, todos nos convertiremos en sombras. Es preferible entrar en ese otro mundo en el arrebato de una pasión que consumirse y marchitarse con la edad. ¿Cuánto tiempo guardaste en tu corazón el recuerdo de la mirada de tu amado cuando te dijo que ya no quería vivir?”

Este poema triste del crepúsculo -culminado con una ola de lava ardiente- es el testamento de John Huston. Lo dirigió postrado en una silla de ruedas y asistido por una mascarilla de oxígeno. Tenía 81 años. Paradójicamente, la adaptación del relato de Joyce había sido barajada por él al comienzo mismo de su carrera. Una periodista advirtió ese detalle y quiso saber las razones de tan llamativa y prolongada demora. “¿Faltaba tiempo?”, le preguntó al cineasta. Y éste respondío: “Faltaba silencio”.