Archivo por días: 30 mayo, 2005

Elixir

Desde hace algo más de 5 años, mi vida le debe mucho a un medicamento que guardo en la nevera en cajitas azules. Viene de Estados Unidos y pertenece a esa nueva generación de fármacos surgidos con los avances en genética: productos de biotecnología, los llaman. Llegó tras 15 años de enfermedad en un momento en que las cosas se estaban empezando a poner bastante feas. Y ya ves tú.

Como soy hipocondríaco (sí, además) lo primero que hice cuando llegó fue buscar afanosamente el prospecto. Estaba en inglés, claro, pero yo pertenezco a esa generación de estudiantes de EGB que se formaron con el método de Arthur, Mary, Mrs Harrison, Bruce-the-casanova-of-Middleford y demás personajes legendarios que impartía una monja que parecía sacada de un relato de Roald Dahl, así que el inglés no debería ser gran problema. Al grano: abrí el prospecto con ese morbo característico producido por el miedo y cierta sensación placentera que a los hipondriacos se nos pone en la nuca en momentos así y leí:

“Va a administrarse una secuencia de ADN humano implantado en una célula de óvulo de hamster chino”

Así, como suena.

En un primer momento no supe si acababa de leer el primer premio del Concurso de microrrelatos “H.P Lovecraft” de Terror Mutante o si a partir de entonces debería hacer mis visitas al médico en la consulta del veterinario.

El caso es que 24 horas después de administrarme la primera dosis todo empezó a cambiar notablemente a mejor. Pero de un tiempo a esta parte ando con la mosca tras la oreja: tengo la incómoda sensación de que el invento cada vez hace menos efecto. Y eso lo pienso en días como hoy que amanezco con el cuerpo muy dolorido. Cierto es que está lloviendo y ya se sabe que existe la costumbre -generalizada sobre todo en los enfermos reumáticos- de echarle la culpa de los males al cambio de tiempo. Pero el caso es que me duele: me duelen los pies, el costado, el cuello (mucho) y se está inflamando la muñeca izquierda, así que perdona si las eses, aes, equis y demás letras de esa parte del teclado me salen torcidas. Es la muñeca.

Esta sospecha se la comuniqué a mi médico en mi anterior visita. Lo hice mientras intentaba inútilmente que me mirara a los ojos (¿se puede saber qué escriben en aquellas hojas?). Le pregunté -haciéndome el ingenuo- si era posible que la cosa estuviera dejando de funcionar poco a poco. Sin dejar de escribir -y sin mirarme- me contestó que no era posible, sino que era lógico. Dijo que con el tiempo el sistema inmunológico crearía anticuerpos que irían neutralizando, poco a poco, el medicamento (y aquí pasó la hoja y siguió escribiendo) Dijo ésto y que me citarían para dentro de 3 meses. Me quedé de piedra.

Yo no sé qué pasará dentro de un tiempo, pero tampoco me agobio pensándolo. Lo que sí tengo claro es que una de las muchas cosas buenas que han venido en esas cajitas azules que hay en la nevera es su capacidad para volver visibles aquellas cosas que la cotidianidad vuelve invisibles, como saborear el logro de poder bajar unas escaleras, salir a la calle y aventurarte -libre y dueño de la situación- a dar un paseo por las afueras para respirar el olor de la tierra mojada.

Hoy llueve y duele.