Marriner

neville-marrinerHa muerto Neville Marriner, y el chaval que yo fui ha asomado por alguna parte porque este hombre encendió mi vocación musical, y digo bien, encendió, porque fue una iluminación escuchar la claridad que salía de aquel negro vinilo una lejana tarde en el equipo de música de casa de mi tía. La historia quedó escrita en este blog, para qué repetirla. Es la del impacto que supuso escuchar el sonido mágico del clarinete de Jack Brymer, otro maestro desaparecido, este dos veces desaparecido, por muerto una y porque ya no se acuerdan de él, otra, que tocó toda su vida hasta hartarse el mágico Concierto para clarinete de Mozart y fue Marriner, su transparencia, su serenidad amable y profunda a un tiempo sembrada en su mítica Orquesta Saint Martin-in-the-Fields la que dio como resultado una versión referencial, referencial, digámoslo dos veces para reflejar la admiración, y que, sin embargo, quedó descatalogada por los siglos en los catálogos en una de esas decisiones inexplicables que ocurren todos los días y que no impiden que el mundo siga girando, no, pero gira de una manera más insustancial y hueca.

He rememorado también los años muchos y felices que disfruté la integral de los conciertos para piano mozartianos con Alfred Brendel como solista, felices sobre todo porque su maravillosa visión y versión, cuyos hallazgos placenteros brotaban en un concierto y en el siguiente y en el siguiente en inagotable sucesión en grabaciones de los años 70, llenaron de satisfacciones mis días.

Marriner, que todavía estaba en activo, 92 años, ahí es nada, pensando el hombre en dar los próximos conciertos en Madrid en unos días, vivió ese tiempo que hoy se antoja rarísimo porque ya no existe ni se le espera: el tiempo único en que se grababa un disco al mes, y eran buenos, y se vendían bien, y había gente esperándolos. Un mundo que en la grisura pirata y descafeinada que nos toca vivir nos parece una broma, o un sueño. No digas que fue un sueño, dijo aquel. Pues no, no lo digo porque no lo fue. Marriner, Brymer y Brendel, como Horowitz al que estos días estoy revisitando y tantos otros, deberían hacernos pensar, reflexionar, meditar. Sobre qué. Pues, por ejemplo, sobre la vacuidad general imperante que ha terminado por empapar esas mismas obras que ellos iluminaron y que ahora son el pretexto de una plana exhibición mecanográfica y pirotécnica, inmaculada en las formas pero amnésica de aliento poético, de sabiduría, de ecos que, viniendo de más allá de los pentagramas, revierten en los mismos. De sangre, coño, que uno empieza a espantarse y asquearse de tanto individuo que parece tener horchata en las venas aunque le aplaudan mucho.

Cada vez que muere una de estas figuras se muere algo más con ellos. Irreversiblemente. Lo peor de la muerte es que es definitiva, decía aquella dama en un blanco y negro de George Cukor -consignado también en el blanco y negro de este blog, esto es, hace siglos-. Cada vez estoy más convencido de que hubo una edad de oro, y que esa edad de oro alcanzó un techo para empezar a declinar. Y lo curioso es que, conforme las cosas en el mundo musical declinan al compás de la declinación general, se pone en marcha una maquinaria compensatoria que realmente no compensa nada pero, al menos, maquilla. Oiga, podría poner un ejemplo. Y dos, y tres si quiere. Desde la bajada clamorosa de listón en todos los órdenes -salvo en el de la impoluta y aséptica fachada técnica-, incluyendo la del criterio y el olfato, hasta esa reivindicación que empiezan a enarbolar desde jovencitos los músicos y que está bien, no digo que no, salvo que se utilice, voluntaria o involuntariamente, para echar balones fuera y no ver -o no saber ver- lo que cada cual debería reivindicarse a sí mismo. Pero hoy no es ese el tema, y mañana tampoco, que ya me pilla de vuelta y me da una pereza terrible a estas alturas, después de hacer, desde mi minúscula parcela, lo que buenamente consideré y pude.

No envidio nada a estos músicos que llegan y miran fuera sin mirarse dentro. Nada. Asisto a la desaparición de estas figuras que sí miraron dentro, y alrededor, para proyectarse después con poderoso aliento allí donde sabían y podían, en el corazón de los otros, y recuerdo aquellos días en los que, en plenas facultades todos ellos, te regalaban satisfacciones sin fin en inacabable e inaudito elenco que latía en presente continuo porque estaban vivos. Ahora siguen vivos en grabaciones para quien tenga memoria y ganas.

Gracias por tanto, maestro Marriner; por la elegancia, la transparencia, la sonrisa, el calado y la armonía que alumbró nuestros días.

Smog

Smog cartelHoy hace dos años que, con nervios de los buenos, de esos que chispean en el pecho, traje a mi amigo Diego a casa para proyectarle por vez primera el largometraje documental que había rodado sobre su periplo en Pekín.

La idea (y no del Norte) había empezado una tarde del invierno anterior, a finales de 2014. Diego vino a verme y me contó detalles de su aventura de varios años por aquellas latitudes. Me fascinó escucharle, al punto que me quedé callado y apenas hablé, con eso te lo digo todo, callarme yo, insólito. Pero creo que sé escuchar y ver entre las palabras y lo que esa tarde escuché iba más allá de la aventura exótica, algo que tenía muy poco o nada que ver con algo del tipo “Españoles por el mundo”. Nada eso. Había en el relato muchos matices, pliegues; muchas capas. Además, volvía a poner de manifiesto la habilidad de Diego como excelente narrador de historias, habilidad que ya conocía. Un par de meses después le cité en un territorio inverosímil para plantearle esta aventura (un alborotado Burger King que, sin embargo, se revelaría pronto como cuartel general del proyecto) y accedió inmediatamente, sin ninguna objeción.

Pues manos a la obra, ¿no?

Pasé a ocuparme entonces de tres cuestiones: la primera de ellas fue que se sintiera cómodo en todo momento. Para ello, localizamos como set de rodaje la silenciosa buhardilla de una antigua casa que había sido de sus abuelos, ahora deshabitada, en un pueblo cercano, y en donde había jugado de niño.

La luz amable de las tardes del final de primavera, la quietud del lugar, el canto de los pájaros que se filtró a través del grabador digital de audio como una banda sonora tan inesperada como agradable, en modo alguno invasiva, sirvió como marco ideal para llevar a cabo una tarea paciente e intensa (todo viaje interior es una experiencia intensa) que necesitaba de esa atmósfera para que las palabras que recreaban las vivencias y que portaban las observaciones y las reflexiones brotaran en un ambiente propicio.

Mi segundo punto de atención se centró en la espontaneidad. Salvo lo que yo ya conocía de lo que me contó aquella tarde de invierno en mi casa, acordamos que lo que fuera a contar no tuviera ensayo previo para no ahogar la espontaneidad que estas cosas requieren. No quise saber con antelación lo que iba a decir ante las cámaras, limitándome a preguntar, antes de cada sesión de rodaje, la senda que ese día íbamos a transitar de un guión que realmente fue inexistente porque se redujo a una serie de epígrafes muy generales que servían de punto de arranque y a partir de los cuales Diego abría bifurcaciones y nuevas historias de manera constante e inesperada

Por último, me preocupé (y no poco) por la cuestión técnica debido a una razón fundamental, agárrate: no habría técnicos. No habría nadie. Tal fue el trauma de mi experiencia colectiva anterior, aunque “colectivo” sea una palabra donde también habitan excepciones de un valor inestimable. Además, esta vez se trataba de un proyecto de ambiente intimista. Yo debía estar en la diagonal invisible hacia la cual Diego mira en el encuadre, correspondiendo y siendo receptor de sus palabras, pero también tenía que estar pendiente, en el muy escaso margen de maniobra que quedaba, de las dos cámaras, el sonido, y la luz. En ese sentido, el uso de la multicámara cumplía una doble función: de una parte, la de dinamizar el montaje con el cambio de plano pero, también, la de disponer de una cámara de emergencia en el caso de que una de ellas fallara, o de disponer de un recurso más en caso de que la posición de Diego se desplazara en el encuadre a lo largo de los minutos, puesto que tiende a moverse y a gesticular con las manos; también, en el caso de que la luz cambiante y progresivamente menguante de la tarde comprometiera la exposición de las ópticas. La luz utilizada fue natural: la pared encalada de la casa de enfrente, al otro lado del ventanal donde nos ubicamos, hizo de improvisado reflector y difusor de la luz solar hacia Diego. Ahora que echo la vista atrás, fue algo muy estimulante.

El resultado del trabajo fueron muchas horas de rodaje repartidas en varias sesiones entre finales de mayo y los primeros días de julio de 2015. Fue un trabajo estrictamente entre dos: sólo estamos él y yo; él hablando, yo escuchando. El canto de los pájaros y el sonido de las campanas en la lejanía.

Pronto vi que la fluidez y la extensión iban a desbordar los cauces habituales de algo que desemboca en un formato de exhibición pública, por mucho que la tarea de montaje posterior del metraje, que se anunciaba laboriosa, puliera el minutaje. Pero mientras escuchaba a Diego tomé la decisión de no interrumpirle y de cambiar sobre la marcha el objetivo de lo que empezó siendo una pieza breve documental y terminaría siendo un largometraje: decidí entonces proporcionarle a Diego una especie de “cápsula de tiempo” en la que introducir palabras, imágenes y recuerdos antes de que el tiempo comenzara a diluirlos. Eso hizo que en el montaje final no se sacrificaran ciertos momentos que sólo tienen sentido para Diego y que quizá, para un espectador ajeno, no tengan importancia.

No obstante, la edición del material supuso para mí algo parecido a reecontrarme con los tiempos de mis estudios de Contrapunto puesto que el montaje del metraje de “Smog” fue el fruto de un largo proceso reflexivo y no tiene muchas diferencias con la concepción de una partitura musical: los motivos, las pequeñas células, se armonizan y se combinan, se yuxtaponen o se contrastan, y todas ellas, hasta la más pequeña, a veces de manera aparentemente inadvertida, juegan un papel imprescindible en el todo. He aquí la “partitura” del documental:

Smog montaje

Debo confesar que, por mi parte, y a la hora de comenzar a grabar, contemplaba la posibilidad de que a lo largo del discurso, entre líneas, pudiera entreverse algo que había sentido muchas veces con claridad al hablar con Diego y que me recuerda siempre a la figura schubertiana del “caminante”. Lo que pude suponer entonces era que al escucharse en voz alta, Diego se descubriera literalmente a sí mismo de manera progresiva. Hay un Diego que al principio del documental habla sobre cuestiones generales y, al otro extremo del metraje, encontramos a un Diego que habla con extraordinaria lucidez y franqueza de la cuestión esencial. Todo viaje es doble y en él suceden las cosas que pasan por fuera y las cosas que suceden por dentro.

Por todo ello, aunque un trabajo de estas características tiene, a priori, un reducido o nulo interés más allá del entorno inmediato de la persona anónima que habla (¿qué interés tiene en este mundo apresurado e individualista sentarse con tiempo a escuchar a un anónimo?) hay algo en el discurso de Diego, en su forma de mirar y de procesar las vivencias, en el descubrirse a sí mismo y contarse y contarnos su descubrimiento, que convierte lo que en principio parecería una “narración de souvenir”, de occidental en tierra exótica, en una cosa muy distinta, que no distante, porque lo que empieza siendo la crónica de un viaje remoto quizá sea el comienzo de un viaje al encuentro de uno mismo.

Hoy hace dos años que, tras una tarea de edición que ocupó todas las horas del verano, llamé a Diego para pasar el documental. Recuerdo aquella tarde como muy especial. Frente a la pantalla, dos espectadores, él y yo. Él, a mi izquierda, había vivido en su piel todas aquellas experiencias que se escuchaba por primera vez en el espejo del cine y yo, a su lado, no habiendo vivido nada de aquello, había visto una y otra vez, decenas de veces, seguramente un centenar, lo que allí desfilaba. Recuerdo el silencio, el silencio absoluto a lo largo de los 74 minutos, algún amago de risa, algún otro de emoción, y todavía se prolongó un instante el silencio después de que la pantalla fundiera a negro, al final. Luego establecimos un debate.

Hoy ambos recordamos con especial afecto aquella experiencia que sirvió, así lo creo, para unirnos más. Y me aventuraría a decir que también sirvió para cerrar una etapa de la vida de Diego y abrir otro capítulo. Y es bonito para mí haber asistido a eso. La vida nos lleva por nuevas estaciones, nos pide poblarlas y vivirlas.

Interrogantes

¿Tiene memoria este blog de sí mismo? ¿Me reconoce? Entro aquí con dudas porque, en primer lugar, digo el ábretesésamo necesario para poder escribir y me dice que quién va porque ese no es el santo y seña y se me pone la cara colorada, quién me ha visto y quién me ve. Igual es que va a ser verdad que a quien echa en falta el blog es a emejota, y yo también, pero él a nosotros dos no se sabe. Punto y aparte.

Mi sobrino César ha cumplido hoy cuatro años, lo cual quiere decir que este blog lleva callado cuatro años. Vale, ha habido alguna intentona, algún balbuceo, pero si entendemos este blog como lo entendimos en su día, esto es, con puntual periodicidad, pues hace cuatro años que cerró el pico, cómo te quedas. Yo, muerto me quedo. ¿Que cómo sé que son esos años y no otros? Porque si tiras de scroll, esa persiana electrónica, te plantas en la noche de hace ahora cuatro años, cuando estábamos en la sala de espera del hospital, sección maternidad, dándole la bienvenida. El tiempo te deja así de perplejo: haces scroll y en un nada ya estás en el todo abrumador de cuatro años. Haz la prueba.

La primera infancia de César, por tanto, no aparece registrada en este blog como sucedió con mis otros dos sobrinos. Gloria-madre solía decir que les estaba dejando un regalo precioso para cuando fueran mayores, mucho más que unas fotos, porque dejaba por escrito lo primero que dijeron, las cosas a las que jugaron y un etcétera que, para Gloria-madre, es mucho más valioso que una fotografía.

Aquellos sobrinos que balbuceaban en el blog también han hecho un scroll abrumador. (Nota: “abrumador” es un concepto que vengo utilizando mucho últimamente). Isabel es una adolescente entregada por completo al Whatsapp desde donde se comunica ocasionalmente a través de una fila de dibujitos, cifras, más dibujitos y un puñado de abreviaturas que no me abruman, pero me dejan perplejo. Carlos va más a su aire, lo que quiere decir que es menos de pantalla y más de airearse. Ayer llamó al portero automático y dijo que pasaba por aquí. ¿Subes?, le pregunté. No, no, respondió él, es que pasaba por aquí con mis amigos y quería preguntar por el tío. Carlos es así, ya apuntaba maneras muchos posts atrás.

El blog no sabe que tras César llegó Víctor y es que han pasado muchas cosas durante estos años y no todas malas. Muchas sí, pero no todas.

Esta mañana, César y yo hemos releído por enésima vez Ali Babá y los 40 ladrones en el sofá. Pero no sentados en el sofá. Sentados en el suelo con la espalda apoyada en la espalda del sofá. En ese refugio hemos vuelto a pronunciar el ábretesésamo y en las páginas del cuento funcionaba pero aquí, en el blog, no, me ha costado dar con la fórmula mágica.

A sus cuatro años recién estrenados, César comparte conmigo muchas cosas aparte de la afición por contar un mismo cuento de una manera distinta cada vez. Por ejemplo, ha heredado mi devoción por los trenes, imagina la honda satisfacción que sentí cuando lo averigüé. El otro día hizo con sus padres su primer viaje dentro del tren porque lo de fuera del tren ya lo tiene muy dominado, me he encargado personalmente de ilustrarle en cambios de agujas, semáforos, locomotoras y demás contenidos del temario. Fue tal la emoción del viaje que dedicó la primera llamada telefónica de su vida a transmitirme la aventura en directo. Me dijo, con voz de alucine, que el tren iba tan rápido que por la ventanilla no se veían ni montañas y afirmó, con la emoción vibrando en las amígdalas, que avanzaban a milescincocientos por hora. Así lo dijo, milescincocientos, y yo tomé nota del registro. Finalmente dijo que iba a Plamplona y a Barcelona, a los dos sitios. Hay un instante en la infancia en que todos los caminos llegan a todas partes en una misma recta: vas a Plamplona y te plantas en Barcelona. Y arreglado.

A Plamplona no, pero a Pamplona voy yo mañana por la mañana. Y no en tren, sino en autobús. Voy, para variar, al médico. Me va a decir una cosa que no me va a hacer ninguna gracia escuchar, pero es que el propio médico no me hace ninguna gracia. Creo que tampoco se hace gracia a sí mismo. Todo es una desgracia desde hace tiempo, en definitiva, pero cuando pienso en que todavía será peor, me agarro fuerte al instante presente y siento hasta alivio momentáneo. De verdad.

Vida

Siempre he mirado con cierta curiosidad/añoranza/envidia/pereza y lo que fuera, según soplara el viento, los fastos con los que la gente celebra sus bodas de oro matrimoniales. El casorio, tal y como apuntaría mi amiga Ana Mª haciendo gala del abundante léxico traído de su inmersión en el océano del culebrón catódico venezolano. He mirado de esa forma a las bodas de oro circundantes, con amplia serie de adjetivos, pero nunca con indiferencia, quizá porque desde pequeñito he sabido que en mi casa, fueran como fueran repartidas las cartas del futuro, algo así no podría celebrarse nunca desde que el presente de una tarde de octubre de 1981 se llevó a mi padre al otro barrio.
Este mediodía mi madre ha dicho, de repente, con la naturalidad de quien recuerda que tiene que comprar naranjas o que el lunes a las 11 tiene consulta con el médico de cabecera, que hoy hace 50 años que se casó, y sin dar lugar a reacción y con el mismo tono de voz ha añadido que por la tarde iba a ir a la parroquia porque se impartía la unción comunitaria para mayores. Y entonces he sentido que el pasado y el futuro han colapsado en el silencio de un instante de presente. Yo es que llevo un tiempo rebosante de perplejidades y con la sensación de que contemplo la vida desde otra butaca, aunque no podría decir en qué momento me cambiaron el ángulo de visión de las cosas que pasan. Ahora cantan los pájaros, el sol alarga este atardecer azul de junio y se filtra por las persianas dibujando en las paredes oblicuas celdillas doradas, el viento del norte mueve las hojas de los árboles y algún coche pasa raudo dejando una estela hortera de reggaeton para recordar a las aceras que la noche de hoy será de sábado, pero la casa está silenciosa y en calma, no sé si queriendo decir algo con eso o no.

Visita

jon

Esta mañana ha venido a verme Jon Cabrejas y he podido comprobar algo que quienes le rodean saben, seguro, de sobra: que habita con naturalidad en un espacio confortable y positivo que crea él mismo y, sin ser consciente, lo proyecta y lo regala. Eso es un don. Él se reiría -porque ríe mucho- pero es verdad. Jon pregunta cosas con su cadencia tranquila y, cuando no, canturrea por lo bajini. Hoy ha venido a verme en la mañana de descanso entre las sesiones de trabajo que mantengo en la Filarmónica de Bilbao estas tardes y he pasado un rato muy agradable y divertido. Hablas con él y es como si le conocieras desde hace mucho tiempo y no como si hubiera sido la primera vez que teníamos un mano a mano ante un café con leche, él, y una coca cola, yo. La comunicación fluye muy fácilmente de ida y vuelta y eso también es una cualidad.
Esta mañana me ha dicho que hace poco fue tío y que a su sobrino le puso la nana que compuse para él cuando era niño. Como comprenderás, un oportuno trago de la cocacola que tenía en la mano ha ayudado a desatascar el nudo que en ese momento se me ha puesto en la garganta. En el equipaje ya he colocado ese regalo que me llevo a casa.

Primavera

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Que el día que da comienzo la primavera coincida con el nacimiento de Johann Sebastian Bach es un hermoso guiño del destino a quien nació para hacer brotar la música de una manera torrencial, cristalina y pura.

Desde su posición de autodidacta aislado del enjambre de recursos, referencias y del debate musical de su tiempo, constituye un ejemplo de superación único: integrar toda la tradición musical europea, hacer una síntesis de la misma y devolverla perfeccionada con minuciosidad hasta en los últimos detalles en todos y cada uno de sus apartados. Infatigablemente. Bach es uno de los pilares de la cultura musical europea y occidental. Escribió millones de notas musicales y apenas unas frases en letras que hablaran de sí mismo. Impresiona que un hombre que dijo tanto y con tanta intensidad, inteligencia, emoción y poesía en notas dejara apenas rastro de sí. Bach es un enigma que pone en conexión fondo y forma, humanidad con trascendencia, explorador sistemático de todas las posibilidades de un motivo musical para alumbrar las regiones remotas del ser humano. Bach es un consuelo, un bálsamo inagotable, una figura referencial cuando se trata de buscar dignificación para el ser humano en estos tiempos desolados y desoladores, desnortados. En muchos conservatorios va cayendo en el olvido, porque olvido también es tocar o recitar como quien oye llover, porque olvido también es hacer algo “porque lo dicen los libros”. El último legado de Bach es que nos planta un espejo para mirarnos y darnos cuenta de hasta dónde estamos llegando y aún así, cada día, nos alienta con su regalo, que sigue sonando reparador y nuevo. De una manera sobrecogedora: reparador y nuevo.

Harnoncourt

Harnonocurt

Ha muerto Nikolaus Harnoncourt y con su muerte se cierra un capítulo esencial en la historia de la música que, a partir de ahora, se conjugará en pretérito. Harnoncourt era más que un director, era un músico integral e íntegro de amplio perfil intelectual y artístico. Un alivio y una rareza en estos tiempos en los que empezaba a resultar un reconfortante anacronismo. Harnoncourt fue el director de ojos exoftálmicos y ademanes enérgicos que dirigía y tejía las líneas de los contrapuntos trazándolos con el índice en el aire. En 1971 se embarcó junto a Gustav Leonhardt en un proyecto titánico y novedoso: grabar la totalidad de las Cantatas de Bach bajo un prisma historicista (con niños en lugar de voces femeninas e instrumentos originales). Histórico pero no histérico; es decir, que no se dejó llevar por la pureza extrema que todo lo pule, lo limpia y lo deja tan aséptico y transparente que se olvida de la propia música, de su aliento. Y aliento es lo que no falta a esos discos gloriosos grabados para Teldec durante 20 años y por los que pasaron auténticas voces de oro del célebre Coro de niños de Tölz: Tobias Eiwanger, Christian Immler y Panito Iconomou. En el verano de 1985, año del tricentenario del nacimiento de Bach, la televisión austriaca estuvo en la Catedral de Graz para registrar una vibrante interpretación de la apasionante Pasión según San Juan de Bach con ellos y quedaron para la posteridad muchas emociones que hemos revivido en numerosas ocasiones y que reviviremos, qué duda cabe.

Años después, y también para Teldec, su sello de cabecera, nos brindó unas últimas sinfonías de Mozart igualmente vibrantes. Recuerdo una noche de invierno en Praga mirando a través del cristal del ventanal de la habitación del hotel. Los 19 grados bajo cero irradiaban desde la superficie del cristal, en lo alto las estrellas se distinguían muy nítidas, de un blanco azulado, y abajo los adoquines solitarios de la madrugada. En los auriculares sonaba el tiempo lento de la sinfonía “Praga”, dirigida por él, esa sinfonía maestra en la que Mozart atesora instantes de sosiego y felicidad con la autenticidad de quien sabe que esos instantes son escasos. Para mi, ese movimiento, en las manos y el corazón de Harnoncourt, es la banda sonora perfecta de mi vivencia en esa ciudad.

En mi biografía musical, Harnoncourt es una presencia constante: mi madre me regaló la integral de sus Cantatas de Bach cuando yo era adolescente y uno a uno, aquellos 60 cds me ayudaban a recuperar la movilidad cada mañana en los años duros, muy duros, en que la medicina no había inventado el medicamento que hoy me permite vivir. Recuerdo que, muy castigado por la rigidez matinal, yo me ponía los auriculares inalámbricos y comenzaba a arrastrar los pies por el salón. Sonaba Bach, sonaba el Harnoncourt de Bach, y yo arrastraba los pies dolorosamente apretando los dientes, con determinación y concentrando la atención en la belleza de esa música hasta que, poco a poco, las articulaciones se engrasaban, el paso se acompasaba a la música y el dolor se desvanecía hasta el día siguiente cuando repetiría la operación. Kilómetros de Bach durante años.

La última compañía de Harnoncourt es reciente, llegó a casa hace un par de meses en forma de flamante bluray, y en él dirige en Amsterdam una conmovedora interpretación de la Missa Solemnis de Beethoven. Fatigado, a los 30 minutos de empezar se sienta a un lado del podio, y se hace un silencio respetuoso por parte de los músicos y de toda la sala hasta que el maestro recupera el aliento. Al adolescente que fui le conmovió ver así a quien cada mañana me alentaba para empezar a caminar iluminando aquellas regiones del espíritu a las que la medicina no llega.

Final

Concluyo este recorrido por el recuerdo de Sviatoslav Richter visionando el minuto final del magnífico documental “Richter: The Enigma”, que dirigió en 1998 Bruno Monsaingeon. Me impresiona ese final que contiene dos finales, separados en el tiempo 25 años y reunidos en estremecedora armonía en la mesa de montaje. Es, en todo caso, una única cosa: un canto del cisne. El último pensamiento a las cámaras de este hombre contrapuesto a la belleza absoluta de una de sus más logradas interpretaciones. Qué pasaría aquella mañana de principios de los setenta en Praga para que en el directo brotara un Schubert espectral y de una hermosura ultraterrena que luego no saldría así en la comodidad del estudio de grabación. No importa no poder resolver el enigma. Fue y punto. Nadie ha escrito una música tan triste como Schubert. Y el logro de recrear una música crepuscular con un acierto semejante viene a resultar el canto del cisne anticipado de este pianista inquieto y singular, inquieto y singular hasta para eso, para anticiparse a sí mismo con tal prontitud y después esperarse hasta que el espíritu, sereno, y el cuerpo, ligero como para iniciar el último viaje, le ponga letra por medio de una única, franca y parca frase, sosteniendo la mirada. Y qué mirada.

Héroes

KissinPara mí, un pianista es un héroe -independientemente de sus cualidades- y por tanto es siempre digno de admiración y respeto. Es un héroe porque batalla solo y, para colmo, contra sí mismo. Sin descanso. El desempeño de su actividad es absorbente y exigente en alto grado y de manera continua, y al mismo tiempo, le obliga a ser autoexigente. Es una dialéctica severa, dura y, al final, al fondo, lo mires como lo mires, lo veas o no, solitaria. Un pianista es alguien ante el espejo. De ahí el combate consigo mismo. Un pianista está solo, tanto -y de tal manera son las exigencias de su trabajo y la autoexigencia del mismo- que a veces no es consciente de que lo está: solo. Y su única recompensa es la entrega de lo mejor de sí mismo a los otros. Dicho de otro modo, su premio es regalar algo profundo a los otros.

Un pianista encuentra en el camino difíciles obstáculos y duras pruebas. Los peores obstáculos nacen de él mismo. Por ejemplo: la vanidad. Otro ejemplo: su gestión de las metas, del fracaso, y del éxito. Mantener la vanidad a raya es tarea muy difícil y, si no se consigue a cierta edad, la vida hace la tarea por ti, dándote una lección inolvidable. La solución de todos los problemas y escollos que un pianista encuentra en el camino está en uno mismo, y eso requiere conocerse, que es una tarea tan sumamente difícil como enriquecedora y que, como una partitura compleja, requiere su técnica, tiempo, paciencia, oído. Y silencio. Un pianista tiene que congeniar con el silencio. Música callada, soledad sonora. De ese silencio surge una voz, la suya, que le muestra quién es y le proyecta a los otros. Es entonces cuando ha llegado a casa, a la meta, y desde allí ya está en condiciones de empezar.

No hay descanso.

Humanidad

Sviatoslav RichterCoincidiendo con el centenario de su nacimiento, llegó “Por el camino de Richter”, memorable libro de connotaciones proustianas y no casuales. Habría que transitarlo para recordar el tiempo en que los artistas geniales eran, ante todo, profundamente sabios y profundamente humanos, da igual el orden de los factores: el adverbio es el mismo. Eso sí, si te animas a transitar este camino, agárrate fuerte: desde la primera página, Sviatoslav Richter arrolla con su incontinente, fascinante y fascinadora verborrea que se expande y ramifica ad infinitum. Da igual perder el hilo: el hilo anterior da paso a otro, y a otro, y a otro, y aunque el sentido que dio origen a la excursión se pierda, cada nuevo ramal es igualmente cautivador, hipnótico, desbordante, excesivo, hiperbólico, profundo, divertido, interesante, inesperado.

Richter fue un genio primero, y pianista después. Y como pianista tuvo mucho de mefistofélico, de arrebatador, verdadera fuerza desatada de la naturaleza con un fondo de desesperación que lo hacía todo aún más verdadero, más hondo. Hondura: esa es la palabra que diferencia sideralmente a Richter de muchos otros monstruos virtuosos; su profundidad insondable, su descenso a los infiernos de los cuales traía esos hallazgos que ponían los pelos de punta, no por raros ni lejanos, sino por ser sumamente humanos.

A Richter los soviéticos lo pusieron en el escaparate de Praga en los tiempos de color gris acorazado del telón de acero para tocar una serie de Sonatas de Beethoven y el suelo de la sala, literalmente, vibró. Era raro verle sonreir porque tuvo que ponerse una armadura impenetrable para que no se hiciera (más) pedazos tanta humanidad. No muchos supieron que las mañanas de los conciertos, estuviera en la ciudad que estuviese, ciudades que progresivamente eran más pequeñas por voluntad propia, apareciera en la escuela de música o en el conservatorio, sin previo aviso, con sus maneras rudas y sus andares marciales, dispuesto a tocar gratis para los alumnos el concierto de las tardes. Así fue en Pamplona una mañana de febrero de 1992 en la antigua sede del Conservatorio “Pablo Sarasate” de la calle Aoiz, en cuyas instalaciones entró como elefante en cacharrería topándose con aquel conserje modelo armario y dando lugar a un choque de titanes. Aquí, un testigo alucinado.

Richter era de risotada sonora, de golpe en la mesa, de lágrima oculta. Protagonizó al final un documental estremecedor. Vivió la vida intensamente y con tanta energía que a veces abría la ventana del hotel y aullaba a la luna, aunque como escribiera Luis Antonio de Villena de Miguel Ángel Buonarroti, “como casi todos los hombres, tampoco fue feliz”.

Vivir

Artur RubinsteinHoy habría cumplido 129 años Artur Rubinstein, sin hache intercalada porque no le hacía falta. Cuando cumplió los 90 todavía tocaba el piano y afirmaba con vehemencia que su amor por la vida era incondicional. Rubinstein fue el pianista que dejaba caer debajo de la mesa un 30% de notas porque entre estudiar para ser un robot o vivir para sentirse persona, había decidido vivir, y esa decisión, hoy, en la era de la pulcritud aséptica, no le habría permitido estar encima de un escenario. Sin embargo, fue un músico dotado de un carisma, una elegancia, una delicadeza y un instinto únicos. No hubo frase musical que trazara en el teclado sin esas características, al igual que no hubo frase verbal que no fuera portadora de una sabiduría y un apasionamiento tan estimulante como vibrante.

Este hombre de físico menudo pero fuerte determinación vio en su infancia los suficientes horrores como para adoptar pronto un lema de vida: “Nie dam się” (No te rindas) y lo mantuvo hasta el último aliento. Pasó a la historia por el rubato de su Chopin, o eso pensó el mismo mundo que, enarbolando la bandera de la cultura y el arte, le ha olvidado como a tantos.
Rubinstein declaró en su última entrevista que nunca tuvo miedo; que sufrió, padeció, fracasó y se cayó como cualquier ser humano pero que nunca se permitió tener miedo, porque el miedo no permitía vivir y eso le parecía inconcebible.

Artur Rubinstein interpreta de manera bellísima y franca la Mazurka de Chopin que escucho mientras escribo estas líneas y lo hace desde algún momento de 1960. Oigo su respiración serena, que regula y ordena la música que brota del teclado. Qué milagro resucitador el de la grabación, un acto tan cotidiano como para que hayamos olvidado su capacidad prodigiosa.

Rubinstein no se rinde.

Pájaros

Agárrate a la mano que nos vamos por el párrafo.

No sé qué estaba viendo yo una noche cuando inesperadamente surgió, de fondo sonoro, lo que en un principio pareció un oleaje manso de violines en forma de jirones deshilachados de cuerdas. No quedó muy claro pero no importó tampoco porque, justo entonces, brotó algo semejante a una algarabía chillona de pájaros, caleidoscópica e interminable, como deben serlo. A continuación llegó el sobresalto a síncopas de la memoria, de la clase de sobresalto que ocurre cuando la memoria establece o quiere establecer conexión con un recuerdo sin definición concreta. Vamos, un parece pero no pero sí, un me suena pero no pero sí. En nada se hizo la luz con exclamación: ¡pero claro! (luminosa exclamación) y lo que había sido hasta ese momento una metáfora, más o menos acertada, para explicar lo que el revuelo de violines traía consigo pasó a ser una bandada literal de ellos. Pájaros. Los del veneciano. Los que cantan dichosamente al comienzo de la primavera vivaldiana. Siempre he sentido una especial admiración por el hecho (creo que, en general, bastante inadvertido y, sin embargo, acertadísimo) de que Vivaldi detuviera el reloj barroco del continuo en ese pasaje para ilustrar así el trance del observador ante el canto de los pájaros: absorto, embelesado, pasmado y una lista de adjetivos más a juego. Como la leyenda o el cuento del fraile aquel que sale del convento en santo paseo meditativo, se detiene a escuchar a unos pajarillos y cuando regresa a casa han pasado ni sé la de años, puede que siglos, según el ímpetu dramático de quien cuente la historia.

Pues bien (porque empiezo a irme por las ramas), lo que sonó la noche de autos era eso: el fragmento primaveral y vivaldiano de los pájaros pero en contemporánea reconstrucción, o deconstrucción, o re-composición. Alguien a quien enseguida puse nombre, Max, y apellido, Richter, había sometido a moderna elaboración el pasaje de los pájaros de la primavera de Vivaldi y lo había hecho sometiendo a metro y compás justamente el único instante de todas las estaciones que el veneciano había dejado sin atar. El fascinante resultado (así me lo pareció y me lo sigue pareciendo) hermanaba el ahora de los tiempos con el ayer remoto de la polifonía poniendo de manifiesto sus semejanzas: la desinhibida fruición y fricción interválica, la imitación profusa de estructuras breves, apiladas en la vertical de los pentagramas en múltiple recombinación. Eso sucede ahora, hoy, y sucedía en la primera polifonía medieval, esa a la que se le dice antigua cuando lo que en realidad fue y sigue siendo es joven y nueva.

Había y hay en ese fragmento, el de los pájaros recompuestos, otro rasgo común entre el ayer y el hoy musical: la inclinación hacia el ostinato. Y su placer. La puntualización me parece pertinente porque una cosa es el ostinato como procedimiento y otra el atributo que lleva consigo a modo de estela: el placer que produce desde la noche de los tiempos la repetición incesante, de camino al trance.

Pues eso surgió una noche lejana, de repente, cuando el blog llevaba dormido muchos meses. No sé qué estaría yo viendo hasta entonces porque, tras el sobresalto feliz de tantas notas en bandada y en polifónica desbandada, todo lo demás quedó en el olvido.

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