Pájaros

Agárrate a la mano que nos vamos por el párrafo.

No sé qué estaba viendo yo una noche cuando inesperadamente surgió, de fondo sonoro, lo que en un principio pareció un oleaje manso de violines en forma de jirones deshilachados de cuerdas. No quedó muy claro pero no importó tampoco porque, justo entonces, brotó algo semejante a una algarabía chillona de pájaros, caleidoscópica e interminable, como deben serlo. A continuación llegó el sobresalto a síncopas de la memoria, de la clase de sobresalto que ocurre cuando la memoria establece o quiere establecer conexión con un recuerdo sin definición concreta. Vamos, un parece pero no pero sí, un me suena pero no pero sí. En nada se hizo la luz con exclamación: ¡pero claro! (luminosa exclamación) y lo que había sido hasta ese momento una metáfora, más o menos acertada, para explicar lo que el revuelo de violines traía consigo pasó a ser una bandada literal de ellos. Pájaros. Los del veneciano. Los que cantan dichosamente al comienzo de la primavera vivaldiana. Siempre he sentido una especial admiración por el hecho (creo que, en general, bastante inadvertido y, sin embargo, acertadísimo) de que Vivaldi detuviera el reloj barroco del continuo en ese pasaje para ilustrar así el trance del observador ante el canto de los pájaros: absorto, embelesado, pasmado y una lista de adjetivos más a juego. Como la leyenda o el cuento del fraile aquel que sale del convento en santo paseo meditativo, se detiene a escuchar a unos pajarillos y cuando regresa a casa han pasado ni sé la de años, puede que siglos, según el ímpetu dramático de quien cuente la historia.

Pues bien (porque empiezo a irme por las ramas), lo que sonó la noche de autos era eso: el fragmento primaveral y vivaldiano de los pájaros pero en contemporánea reconstrucción, o deconstrucción, o re-composición. Alguien a quien enseguida puse nombre, Max, y apellido, Richter, había sometido a moderna elaboración el pasaje de los pájaros de la primavera de Vivaldi y lo había hecho sometiendo a metro y compás justamente el único instante de todas las estaciones que el veneciano había dejado sin atar. El fascinante resultado (así me lo pareció y me lo sigue pareciendo) hermanaba el ahora de los tiempos con el ayer remoto de la polifonía poniendo de manifiesto sus semejanzas: la desinhibida fruición y fricción interválica, la imitación profusa de estructuras breves, apiladas en la vertical de los pentagramas en múltiple recombinación. Eso sucede ahora, hoy, y sucedía en la primera polifonía medieval, esa a la que se le dice antigua cuando lo que en realidad fue y sigue siendo es joven y nueva.

Había y hay en ese fragmento, el de los pájaros recompuestos, otro rasgo común entre el ayer y el hoy musical: la inclinación hacia el ostinato. Y su placer. La puntualización me parece pertinente porque una cosa es el ostinato como procedimiento y otra el atributo que lleva consigo a modo de estela: el placer que produce desde la noche de los tiempos la repetición incesante, de camino al trance.

Pues eso surgió una noche lejana, de repente, cuando el blog llevaba dormido muchos meses. No sé qué estaría yo viendo hasta entonces porque, tras el sobresalto feliz de tantas notas en bandada y en polifónica desbandada, todo lo demás quedó en el olvido.

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Diario

*Esto lo escribí en otro lugar al comienzo de una primavera, pero también tiene sentido hoy, día del solsticio de verano.

archivos_imagenes_carteles_1_11441Llega la primavera y estoy ante un grupo de alumnos en la universidad hablando sobre “El Gran Silencio”, la película documental de Philip Gröning que sorprendió al mundo en 2005 al mostrar, por vez primera, lo que sucedía al otro lado de los muros del monasterio principal de la orden de los Cartujos, en las alturas de los Alpes. Un mundo silente, sorprendente y trascendente que noquea a quienes vivimos en este mundo ruidoso y acelerado. La sensibilidad de Gröning le lleva a efectuar un montaje paralelo entre el círculo infinito de las estaciones del año, allá fuera, y el compás de las campanas que marcan la rutina de las estaciones de dentro, con sus maitines, laudes, primas, tercias, etc. Las imágenes se suceden lentas, hermosas, repletas de matices y me llevan a volver a subir, una vez en casa, a aquella otra montaña de la imaginación de Thomas Mann a la que subió hace casi un siglo Hans Castorp para ir a visitar a su primo Joachim en el sanatorio donde hace la cura de sus pulmones sin saber que tardaría siete años, siete, en volver a bajar.

Soy alpinista literario y reincidente de esa montaña porque de vez en cuando vuelvo allí, como acabo de hacer ahora, movido por el recuerdo que me ha traído la primavera y las estaciones de Philip Gröning, para retomar el pasaje en el que Hans Castorp, en pleno paseo, le pregunta a Joachim si se ha dado cuenta de que el día que marca el inicio del invierno los días empiezan a alargarse marcando en realidad el inicio de la primavera, mientras que el día que marca el inicio del verano los días empiezan a acortarse marcando en realidad el inicio del otoño. Y a continuación se pregunta a sí mismo qué celebrarían los hombres primitivos en las hogueras de San Juan. ¿Estarían de celebración antes de emprender el descenso a la oscuridad o estarían contentos porque ahí culmina el ascenso de la luz, el climax anual? “Danzarían alrededor de las hogueras movidos por un orgullo lleno de melancolía o por una melancolía llena de orgullo, según se mire”. Yo no digo nada, responde Joachim enredado en el discurso de su primo.

Aquí, afuera del documental de Gröning y abajo de la mágica montaña de Thomas Mann, acaba de llegar la primavera y los relojes lo celebran estirando la luz de las tardes. En nada llegará el solsticio de verano y volveremos a repetir una confusión ancestral creyendo celebrar el inicio de una cosa cuando de otra distinta se trata. Es la paradoja del círculo en el que se suceden las estaciones, nos diría Hans Castorp: “no hacemos sino girar en círculo con la esperanza de alcanzar una meta que, después de todo, ya es el punto de inflexión hacia otra cosa”.

Escondite

No fue fácil encontrar el escondite de este singular cementerio en miniatura de la época victoriana oculto a la vista para quien lo busca tanto desde el interior de Hyde Park como desde la larga acera de Bayswater Road. Debí parecer un tipo raro a los viandantes aquella mañana fría de invierno, detenido en mitad del trajín de la amplia acera, arrinconado hacia la tapia musgosa, intentando colar el objetivo de la cámara entre los matorrales con tozuda insistencia. Según los escritos kensingtonianos de James Matthew Barrie, allí no hay mascotas enterradas sino los bebés que han caído de los cochecitos de sus niñeras en un descuido de estas durante el paseo diario por los jardines. Estaríamos, por tanto, ante el cementerio de los Niños Perdidos. En la actualidad, el cementerio forma parte del jardín de una propiedad privada. Una pena no poder entrar.

El vídeo da poco de sí porque grabé pocas tomas dados los pocos ángulos de tiro disponibles y de la incomodidad del manejo de la cámara en el reducido espacio disponible. Desde luego, no es un trabajo apto para el pulso de un cameraman artrítico pero disfruté recogiendo el lugar, por el que había pasado varias veces, buscándolo, y nada.

Escapismo

Y entonces decidí ir al cine. Eso fue antes de que llegara este infierno de calor prematuro que ha terminado por fundir y confundir mi cansancio en un amasijo extraño. Era una tarde limpia, fresca, silenciosa y libre y se me ocurrió ir al cine así, de repente. La última vez fue en febrero de 2014, cómo olvidarlo, tampoco Sergio lo olvidará. Fuimos a ver El Hobbit, parte II, y fue un horror. No la película (que no lo sé, ni me enteré) sino el estar ahí, con mi pinzamiento o lo que leches fuera que atormentó mis cervicales durante toooodo aquel año y para el que la comodidad blanda de las butacas se reveló, paradojas de la columna vertebral, en un suplicio chino. De dos horas y media.

Esta vez fue distinto, al menos en eso confié y así resultó. Y un martes por la tarde, prontico, para allá me fui. Estas escapadas al cine revelan un par de cosas sobre cierta tendencia al escapismo que tengo/padezco/sufro/disfruto. Por ejemplo, a mi edad, sigo confiando en que el cine me sorprenda engañándome y atrapándome en un espejismo o en una fantasía de noventa minutos. Como Mia Farrow en “La Rosa Púrpura de El Cairo”, pues igual. Y eso sucede cuando las cosas se ponen cuesta arriba (como en la película) pero, a diferencia de la película, muy pocas veces (en realidad no recuerdo cuándo fue la última vez) el sortilegio funciona. De todos modos, como la esperanza es lo último que se pierde, sigo yendo en estas circunstancias al cine en solitario y, una vez en taquilla, después de mirar el menú de las 9 salas, me decanto por aquella película que pudiendo producir ese efecto, sé que no lo va a hacer porque llega un par de siglos tarde. Aún así, insisto:

-Una para “Tomorrowland”, por favor.

Sí.

Llevo una temporada revisando en casa menús de celuloide añejo. ¿Por ejemplo? Pues mira, he revisado “Kuroneko”, la fantasmagoría prodigiosa de Kaneto Shindõ, y me volví a conmover hasta lo más hondo asistiendo de nuevo al festín de Babette, y lo mismo con las Fresas Salvajes de Bergman e incluso con la filmografía, apartado largometrajes, de Buster Keaton, que algún día te lo diré, blog, pero ya te avanzo que con este hombre no me río, y no porque no tenga gracia, que la tiene de manera superlativa, sino porque me impone tal respeto este hombrecillo pequeño en estatura pero gigantesco en todo lo demás, y se juega la piel de tal modo, que me sobrecoge. Pero eso será otro día, y si no, tampoco pasa nada.

-¿Una para “Tomorrowland”?
-Sí, una para “Tomorrowland”.

No había nadie en el cine.

Pero cuando digo que no había nadie es que no había nadie. El chico de la taquilla y yo. Los monitores mostraban trailers de colorín y explosiones y músicas de arpa a la nada.

-Sala 3, al fondo.
-Gracias.

Pues eso, no había madie, siguió sin haber nadie conforme atravesaba el pasillo, ni en él, ni en las salas laterales, ni en las salas del fondo. Mira:

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Tiene su punto inquietante (y atractivo) un cine así. Para el empresario no, claro, y entonces es cuando me empiezo a inquietar yo pero de otra manera, y esa manera la heredé de mi abuela

(nota: hoy es el aniversario de la abuela. Ay)

que la mujer se sentía hasta culpable cuando se daba cuenta de que las luces, los aparatos y demás utilensilios de la cocina estaban en marcha sólo para ella. A raíz de esa herencia familiar, cuando entro en una sala vacía, no digo ya en un cine vacío por entero, siempre tengo la sensación hasta el último momento de que alguien va a tocar mi hombro y me va a decir con una voz queda: no hay sesión, largo. Aunque sé que en este cine no lo hacen, cosa admirable, por cierto. No será por falta de motivos porque reconóceme que proyectar una película en esta sala:

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para una sola persona, pues no sé qué decirte. Ahora, yo, encantado y agradecido.

Y aquí viene mí segunda teoría acerca del escapismo.

Yo creo que escapo al cine en determinadas ocasiones de desasosiego vital a sabiendas de que no va a haber nadie y no por una cuestión de desentendimiento o hartazgo social (que a veces me ocurre, a ti también) sino porque ir a un cine un día entre semana a las 5 de la tarde tiene para mí un significado concreto: es una de las escasas opciones de ejercer, sentir, disfrutar de lo más parecido a la libertad. Concreto mejor: es de las escasas, quizá la única, parcela de total libertad e independencia que no ha tocado (aún) mi dolencia. ¿Cómo? ¿Cuál? ¿Ir al cine? No: ir al cine cuando el resto del mundo no puede ir porque está privado momentáneamente de su libertad (porque está en su trabajo, o estudiando, o qué se yo). Es entonces cuando siento qué se siente cuando se elige hacer algo distinto, diferente, especial. Como si pudiera extraer un pequeño privilegio de la normal cotidianidad. Oiga, pero eso es una estupidez. Puede, pero hay estupideces que algunos días son necesarias.

“Tomorrowland” es voluntariosa, cansina, tiene un estimulante ramalazo ochentero fugaz y antes, durante y después, más de lo mismo. Todo eso junto.

Me compré palomitas.

No entiendo ese rollo tiquismiquis con las palomitas. Entiendo que ponga de los nervios cuando alguien no las come como una persona normal. Pero las palomitas y el cine son como el acompañamiento a la melodía. Recuerdo haber asistido en Londres a una representación teatral importante en un sitio muy principal, el Old Vic Theatre. Mucha gente endomingada. La obra no tenía nada de palomitera y a ambos lados de mi butaca había sendos señores mayores muy muy british, de los que van al teatro con traje y zapatos tan pasados de moda como marrones, bien brillantes, el perfil de caballero inglés que se pasa el índice por la barbilla y ríe despacio un comentario jocoso. Esos. Y recuerdo cómo, para mi estupor, a punto de concluir el intermedio reaparecieron en la sala para volver a ocupar las butacas con sendos helados de crema (vainilla) sorbiendo sonoramente mientras allá arriba, tan sólo dos filas de separación, dos leyendas del teatro vivo al servicio de Su Majestad decían no sé qué de Arthur y tal. El tal del inglés lo pillo pero con cierto desfase de tiempo porque no fui educado en bilingüe. Resultaba que el tal del tal Arthur era una preocupación por el honor de la familia.

Debut

Hoy hace 30 años de mi primer concierto. Ya había tocado en anteriores conciertos colectivos pero este fue el primero en el que estuve solo todo el rato en el escenario (que lo de “piano solo” no viene sólo por ser piano a secas) con su primera parte, su descanso, su segunda parte y su incierto bis, que lo fue (bis, no incierto).

¿Y por qué lo del concierto? Creo recordar que por lo del miedo. Miedo escénico. Todo el miedo posible. Tendía a un temblor de manos que me hacía potencial candidato a virtuoso de las castañuelas pero también me hacía perder el control estrepitosamente en la carretera blanca y negra de las teclas. Por eso, mi profesor debió pensar: al toro. Y allí estaba yo, tal día como hoy, pasándolo mal pero tomándomelo muy en serio: muy en serio la elección y el orden de las obras, el ritual de estudio, mi progresiva familiaridad con el lugar y con el piano. Recuerdo que al punto de la mañana del día de autos aparecí por allá para empezar la faena justo en el momento en que el afinador terminaba la suya y aquel fue un encuentro de los que te marcan porque el afinador no era un afinador cualquiera, era uno de esos afinadores de antes, silentes, misteriosos, competentísimos en lo suyo, observadores, agudos en sus juicios. El hombre tenía un montón de años y poco más de metro y medio de estatura y había afinado, en Zaragoza, donde residía, para monstruos de la talla de Arthur Rubinstein o Pilar Bayona. Me sentí hasta mal, como si le estuviera haciendo perder un tiempo valiosísimo, e incómodo, porque el hombre no decía nada sino que te miraba muy serio con un ojo muy abierto, inquisitivo, y el otro casi cerrado. Vamos, como si te examinara con lupa pero sin llevar lupa. Ven aquí, dijo de pronto por lo bajini. Fui. Este piano está enfermo, reveló con gravedad y gran sentimiento. A mí aquello me impresionó pero no tanto como la explicación práctica, la exploración clínica o el diagnóstico poético (que fue un poco de todo) que vino a continuación. Hay cosas que te impactan, pero a determinada edad temprana, más. Y sí: el piano estaba enfermo. El afinador me demostró que la dolencia era congénita y, para colmo, irreversible. Después, recogió su curioso instrumental con minuciosidad, se puso una americana, y añadió: no pongas en evidencia lo que le ocurre. Y se marchó, porque, según dijo, tenía prisa y porque, según dijo también esta vez con cierta petulancia en la voz, él no se quedaba a estas cosas tal como haría en recitales verdaderos en los que se podría precisar un cuidado o una atención de urgencia por su parte. Comprensible.

En realidad, no dijo la verdad porque horas después, en la hora h, estuvo todo el rato sentado en un rincón de la última fila, y volvió a estarlo seis años después en el último concierto, donde el hombre pareció ser el único o de los pocos que se percató, para mi asombro, menuda memoria la del tipo, que tocaba a los mismos autores, en el mismo orden y, casi, las mismas obras con una evidente intención de cerrar el círculo. Yo es que he sido muy maniático para esas cosas de las simetrías, pero creo que este hombre también. El caso es que congeniamos el hombre y yo en cuatro palabras y varias docenas de silencios.

Aquella tarde, a pocos minutos del comienzo del concierto, me encontraba tras las cortinas que me separaban del escenario percatándome de una cosa muy llamativa: tras la tela, mucha gente en sonora y animada conversación; a este lado de la tela, yo en silencio y tremendamente solo. El adverbio no es exagerado. Hay un momento horrendo que tiene lugar cuando sí o sí tienes que salir ahí, y te enfrentas por vez primera a los focos de luz desorientadores y a la onda expansiva del aplauso, que en ese momento no puedes procesar como un gesto cálido ni de otra manera que no sea una imponente onda expansiva que alcanza tu aturdimiento como un bofetón. Pero lo peor viene cuando te sientas, tus ojos ven en el frontal negro charol del piano las letras P L E Y E L y en tu cabeza aquellas otras, más recientes, de la mañana, E N F E R M O, y se hace el silencio.

Y pasan los segundos.

Silencio.

Y sabes que tienes las manos presas de un temblor flamenco, entumecidas por el frío, que no hay escapatoria y que tienes que empezar a tocar a Schumann, la primera de las Kinderszenen Op. 15, y sabes que hay un problema mayor que poder gobernar con ese temblor el timón de la pieza: hacerte con la segunda, que viene a continuación con un tempo volador. Pulsé y sentí. Especifico porque elegí empezar con Schumann para sentir como un remedio evasivo del pánico. Mira cómo tiembla, susurró inesperadamente alguien desde las primeras filas, descubriéndome de golpe (y porrazo) los misterios, fascinaciones y realidades de la acústica en una sola lección práctica: puedes susurrar algo y escucharlo nítido a tropecientos metros si el puzzle de la acústica está bien resuelto. Escuchar eso fue lo peor pero también algo bueno, porque fue como una llamada a la reacción, al amor propio o qué se yo, el caso es que poco a poco Schumann tomó forma de lo informe y de ahí Mompou, (Impresiones Íntimas, Paisajes) y el resto de la geografía del programa. Al final, me hubiera quedado tocando un rato más pero no había más que tocar según el programa.

La tarde de aquel 5 de junio de 1985 recibí los primeros aplausos de mi vida que me conmovieron hasta lo más hondo. Imelda Loperena me regaló una rosa roja, Julio Sánchez grabó el concierto en una cinta de cassette BASF y el afinador se acercó a decir que él no se queda a cosas de estas, y aunque en el laboratorio de un hospital lejano se había encendido una luz de alarma hacía tres años y yo llevaba ya en el historial una operación del dedo índice de la mano derecha, todavía no sabía nada de nada de nada, y repítelo las veces que haga falta porque así era, yo no sabía todavía nada de lo que venía, no tenía la más remota idea de lo que venía, de lo que en realidad ya estaba, de lo que iba a estar. Como lo que el afinador había dicho sobre el piano aquella mañana, pues lo mismo.

Conservo esa experiencia con mucho cariño.

Vecindario

¿Te acuerdas de esa vecina, una señora mayor que siempre que me veía en el ascensor o en el portal me llamaba José sin que nunca pudiera saberse la razón (o la razón de esa sinrazón)? Pues ahora que se ha hecho muy mayor (todos nos hemos vuelto entre muy y demasiado mayores en este tiempo) ha empezado a llamarme por mi nombre. De repente. Es algo inquietante, porque ahora que acierta, o atina, patina en el resto de su discurso. Este mediodía me ha abordado en ese espacio crítico del portal del que no te puedes escapar en caso de necesidad, y tras llamarme por mi nombre verdadero ha bajado la voz y la cabeza, como si fuera a confesarse, igual, para decir:

-¿Estás contento con las elecciones?

Y yo: -Es que no me tiene contento ninguno porq…

-Pues yo si estoy contenta porque haya ganado el de Podemos.

-Pero si no ha ganado Pod…

-Porque estos del PP lo que van a hacer es jo-der-nos a todos. Ya lo verás.

-Mujer, estos del PP ya hace tiempo que nos han jod…

-Ahora, te digo una cosa, con el de Podemos otra cosica va a ser porque este hombre está muy preparado, ha estudiado en un conservatorio de América y todo.

-…

-Y se le nota que sabe lo que hay que hacer.

-Han dicho que hoy va a hacer mucho calor.

-Lo que hace falta es gente preparada de América y de esos sitios. De un conservatorio que ahora no me acuerdo el nombre han dicho que ha estudiado el chaval.

-Y mañana todavía más calor así que habrá que quedarse a la sombra.

Mi vecina no ha dicho más (sólo ha dicho Sssst!, como si temiera que nos oyeran la fórmula secreta de la cocacola) porque entonces se ha abierto la puerta y ha entrado, en trotecillo grácil, una niña vecina de allá por las alturas donde el vecindario es un mundo desconocido y nebuloso.

La vecina que antes me llamaba José lleva unos años diciendo que lo que ella no quiere es morirse. A mí eso me produce mucha ternura porque no está enferma, no le pasa nada (le pasan años, le pasan los años, pero por lo demás está bien) pero tampoco tiene por qué pasarte nada para decir que tienes miedo a morirte, ¿no?. De hecho, yo lo veo como un gesto de afirmación vital. Por lo visto, su médico de cabecera no es de la misma opinión. Mi vecina dice que no quiere morirse y su médico dice que está deprimida. Me preocupa ese médico, la verdad.

Cambios

Pienso, luego escribo un blog.

Y hoy pensaba que quizá haya pasado el tiempo de los blogs. Cuando retomé los mandos, tras dos años y ocho meses, me pregunté si yo habría cambiado pero no caí entonces en preguntarme si el lector también. O, concretamente, el hábito lector. Porque en este tiempo ha terminado por asentarse la hiperbrevedad de Twitter y la ráfaga visual de Facebook y ambos congenian muy bien con la protagonista de la época, la prisa, y congenian menos bien con el elemento reflexivo, el tempo reposado y los espacios abiertos de esparcimiento de las palabras. Recuerdo una noche en la que en Twitter respondí a lo que consideré una sandez de un político local y este me pidió una argumentación. Me pareció algo un poco perverso y bastante cansino, muy de político, pedir públicamente argumentaciones a sabiendas que el medio no deja excederte de los 140 caracteres, espacios incluidos. Ya me dirás qué leches vas a argumentar así. Pero como soy puñetero, especialmente ante las sandeces políticas municipales, y así me va, y a mucha honra, oiga, repliqué que con mucho gusto argumentaría lo que se me pedía en una cafetería u otro lugar a gusto y elección del solicitante, e igualmente me puse a disposición del día y la hora que la otra parte estimase oportuna.

Pues silencio.

Va para dos años, oiga.

Retomando el hilo, hoy le comentaba a un amigo que de ser cierto que los hábitos han cambiado, eso convertiría a los blogs en recintos aún más personales, espacios (casi) solitarios; rincones, oasis, refugios, llámalo como quieras; y quizá eso les viene bien en el sentido de que propician las condiciones más adecuadas para la expresión personal.

Album

bigben2015

Londres, atardecer del 19 de enero de 2015.

Tengo un recuerdo imborrable de esos días. Mucho frío, una luz bellísima, un silencio necesario, una sensación reconfortante y mucho trabajo. Fui en busca de algo y me lo encontré con creces. Me veo atravesando la recepción del hotel a las 6:45 de la madrugada ante la mirada algo sorprendida del recepcionista de noche, good morning, good morning, envuelto en un abrigo pesado, gorro calado hasta las orejas, bufanda de varias vueltas y guantes; vamos, de una guisa que hubiera provocado la emoción y el orgullo de Gloria-madre si me viera, tan preocupada siempre por estas cosas. Llevaba también mochila, trípode, cámaras, mapas y un cuaderno repleto de anotaciones. Antes de desayunar, grababa el amanecer increíble de los Jardines de Kensington de los que me separaba un único paso de cebra (mire a la derecha, no a la izquierda). Salía del hotel y conforme caminaba los ojos se encontraban de frente con unos muros tras los cuales la mirada se hundía en una extensión oscura que parecía infinita a lo largo, a lo ancho y a lo hondo y que exhalaba un frío intenso y un olor a tierra húmeda y mil vegetaciones.

Para entonces, y a pesar de la hora, las elegantes puertas de hierro forjado, negras y doradas, vestigio victoriano, ya estaban abiertas. Pasos en la gravilla del camino. Silencio. Canto grave de aves nocturnas, que no madrugadoras, aún no. Unos minutos después despuntaba el alba y, como si se levantara lentamente un telón, me encontraba en mitad de un paisaje espectral: un mundo cristalizado en hielo, encapsulado en una mortaja blanca, que tiritaba en reflejos; y flotando, un banco de niebla baja, a la altura de las rodillas, como si del suelo brotara un vaho helado.

Eso ocurría antes de volver al hotel para desayunar y comenzar una jornada más de trabajo y exploración, exploración y descubrimientos. Tanto y tantos que aquellos días se me olvidó comer. No importó, cenaba temprano, hacia las 6 de la tarde, aunque por lo que se veía al otro lado de las ventanas se diría que eran las mil de una madrugada oscura. Y después, en el hotel, tras una ducha caliente desentumecedora e interminable, la revisión minuciosa y entusiasmada de las imágenes, de las notas y la preparación de la jornada siguiente: la planificación de las rutas, metros, transbordos, horarios de los lugares concertados previamente. La voz serena del informativo de la BBC de fondo. No fue una visita turística. De hecho, no visité sitios turísticos. Fue como recorrer una ciudad dentro de la ciudad, como si siguiera una guía paralela a las guías de viaje. Y de hecho así fue. Al final, me traje la documentación que buscaba y anhelaba desde que, años atrás, empecé a interesarme de manera casual, al principio, por un tema que llegué a conocer al dedillo sobre el papel (antiguo) de los archivos.

Mi cuerpo respondió, a su modo pero respondió. Al regreso, la médico no pareció creérselo y me miró con recelo primero y después me riñó un poco. Ese frío, esos esfuerzos, tiene que ser usted consciente, no puede olvidar que… Y yo asentía como cuando te llamaban al orden las monjas en el colegio mientras pensaba: que me quiten lo bailao, que en este caso era lo trabajao y que mi cuerpo, sí, respondió; a su modo, pero respondió, lo cual fue una satisfacción adicional y no menor precisamente. Aquellos días gélidos de enero, bajo cero, ochenta de humedad londinense, fui a traerme trabajo para el verano. El verano es para trabajar lo que me ilusiona porque, si no, y lo tengo comprobado, el verano se me desmorona y con él me desmorono yo con estrépito.

Hoy he puesto encima de la mesa las tarjetas de memoria, las notas y las carpetas. Es 1 de junio. En mi calendario personal y hasta el 15 de agosto, ya es verano. Ahora tengo que saber por dónde empiezo, y averiguar, primero, si empezar es un verbo que empieza con efe de fuerzas y negociar con ellas.

Sueños

Desde el día en que ya no pude tocar más el piano (una de las cosas que han sucedido en estos dos últimos años) comencé a tocar en sueños la Fantasía con la que Bach abre su Partita III para teclado. No sé cómo interpretarlo (el sueño, la Fantasía de Bach la llevo interpretando varias décadas) y es curioso que sueño y fantasía sean los ingredientes necesarios para hacer realidad, por un rato, el espejismo de una pieza fundamental en mi vida. Todavía no tengo idea clara del porqué del hechizo de esta pieza sobria que destila una delicada melancolía y que es modesta en sonoridad, carente de aspavientos, música desnuda que, por eso mismo, te permite palpar el corazón de la música, pero me estoy dando cuenta de que conforme voy tecleando la frase he encontrado parte de la respuesta. El resto, lo que falta, quizá tenga que ver con el hecho de que esta pieza no sólo se interpreta, sino que se toca; quiero decir que el hecho físico de pulsarla produce en sí mismo una respuesta emocional, un poema escrito con movimientos musculares, una partitura paralela necesaria para dar sentido a la partitura que recorren los ojos. Creo que he buscado tanto y tantas veces esta música porque nunca he conocido una experiencia de proximidad a la música semejante y, quizá, porque durante su transcurso nunca he estado tan cerca de mí mismo. Me pregunto si me habré ido conociendo poco a poco en este centenar de compases sonando tantas veces durante todos estos años. No sería descabellado descubrir que sí.

Hoy he vuelto a tocar en sueños la Fantasía de Bach y, como en tantas otras ocasiones, la he tocado una y otra vez, una y otra vez, quizá porque cuando la tocaba a este lado del espejo hacía lo mismo. Es una pieza que se presta a ello. Nunca he tenido suficiente con tocarla una vez y siempre he sospechado que la repetición, que no era solicitada por ningún público sino por algo que está dentro, tenía que ver con cierto trance placentero, hipnótico, que precisaba de la reiteración para materializarse. Una pieza mantra, una meditación musical.

La primera vez que escuché estos 100 compases de música acusé una honda impresión y algo parecido a una herida. Lo primero porque no esperaba que, de pronto, al terminar una clase de piano, mientras recogía las partituras, mi profesor tomara los mandos del instrumento y la hiciera brotar dejándome literalmente paralizado. Lo segundo, porque a ti y a mí y a todos los que han existido nos une la experiencia común de haber sentido cómo el espíritu, el alma o lo que sea que habita en las entrañas, haga exclamar a la voz del pensamiento un ay, cosa paradójica porque ese quejido emerge siempre que nos encontramos con algo maravilloso. Eso me pasó a mí en febrero de 1985 y desde entonces comencé a tocar esta pieza con la emoción de quien se interna en un territorio esencial y no he dejado de hacerlo hasta esta misma noche.

En el sueño, sonaban las 12 únicas notas que generan, en prodigiosa inventiva, la arquitectura de los 100 compases que conforman la obra al reproducirse con un ingenio extraordinario porque están ahí, las 12, en continua repetición y, sin embargo, no causan monotonía ni hartazgo y también porque cuando parece que no están, siguen estando: transportadas, escondidas, fragmentadas. Sonaba la Fantasía de Bach en el piano del sueño y cuando he ido regresando al mundo de la consciencia no ha sido ninguna sorpresa, porque me suele ocurrir muchas veces, sentir que mi mano derecha palpaba en mi hombro izquierdo las notas precisas convertidas ahora en música callada.

He escuchado esta música de muchas maneras: la he escuchado convertida en un torbellino de velocidad y la he escuchado transformada en un espacio sonoro sereno y tranquilo. Personalmente, me encuentro entre quienes la encuentran en esta segunda opción (valga el juego de palabras porque mucho de eso hay aquí: encontrarse y encontrar la música; encontrarse al encontrarla). Y sigo hablando en presente porque estos dedos, a los que ya no siento como tales y sí como algo parecido a sarmientos, siguen trazando el mapa de la arquitectura que Bach soñó y que yo ahora revivo en sueños.

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J.S.Bach, Partita III, BWV 827, Fantasía, fragmento.
I.Leavitt, piano. ©2014 SonyClassical

Recomendaciones

Amaneció el día del libro y en Twitter circuló tempranero un tuit que llamó mi atención. En una librería de Madrid, los propietarios habían tenido la idea de proponer que fueran los propios lectores quienes recomendaran libros a otros lectores y a tal efecto habían colocado un mural donde podían achinchetarse tarjetitas previamente rellenadas. “Me gustaría recomendar este libro”, decía el encabezamiento de cada tarjeta. A continuación, venían una serie de campos para escribir el título del libro, la editorial (curiosamente, el nombre del autor no tenía lugar asignado) y el comentario mediante el cual el lector hacía su recomendación. La cámara de un móvil había puesto el ojo en una tarjeta entre tantas, amontonadas como estaban en el corcho del mural, y en ella se leía, en letra clara, a bolígrafo, como título del libro recomendado, “La señora Dalloway”; como editorial, Austral, y (y aquí viene lo notable, o lo noticiable; en todo caso, lo sorprendente) un comentario tan escueto como contundente: “Me arruinó la vida”.

Acusé la impresión de las palabras, no es para menos, y recordé entonces que, en mi biblioteca, la señora Dalloway residía en una edición de Alianza y se me ocurrió ir a visitarla a ver si seguía allí. Las páginas, amodorradas (ocurre cuando un libro lleva durmiendo mucho tiempo que las páginas se amodorran en papel de tacto suave, a veces con el tacto del terciopelo de un silencio largo) pasaron en ráfaga y, como rápidos flashback, llegaron a mi mente nombres e imágenes familiares de mi primera lectura. Cosas de las apetencias súbitas, esa misma tarde comencé a recorrer, de nuevo, el trayecto que la señora Dalloway hace una luminosa mañana londinense de junio y que comienza yendo a recoger unas flores para la fiesta que va a celebrar esa noche en su casa.

Me pregunté acerca del tiempo. No el de la lluvia y el sol, el del otoño o el del verano, tan en boca de los ingleses (como lo estaba en boca de mi abuela, que no era inglesa pero que admiraba en silencio a Maldonado, el hombre del tiempo de la tele de antes). El tiempo sobre el que me pregunté es el del reloj. En concreto, me pregunté si hoy hay tiempo para leer un libro como “La señora Dalloway”, que es breve, pero que requiere un tempo y una cadencia que no tengo muy claro que nos la permita la ansiedad de los minutos de este presente. Y de ahí pasé a pensar en el tiempo plasmado en las páginas de Virginia Woolf, noventa años atrás, concretamente en la cotidianidad que refiere, porque es un libro que transcurre en una sola jornada, y que empieza cuando Clarissa Dalloway decide ir en persona a comprar flores frescas para la fiesta de esa noche y termina cuando se van los últimos invitados. Es la cotidianidad de lo que pasa la que se vuelve extraordinaria hoy. Uno se detiene, escrutador y atento, en los detalles que seguramente para la señora Dalloway ni siquiera lo son ni lo merecen, y eso es muy curioso porque es precisamente el monólogo interior de esta mujer la que se fija en esto y lo otro, evocando, conectando, despertando cosas. Pero ella lo hace desde un mundo que ya no existe y que, además, Virginia Woolf amolda a sus intenciones: las de que ciertas cosas y personas se encuentren y entrecrucen en un azar que irá desencadenando un torrente de sentimientos y sensaciones verbalizadas, casi todo el tiempo, en silencio, en el discurso interior.

La voz narradora discurre con habilidad de dentro afuera en el espacio, desde el flujo incesante del pensamiento de un personaje al de otro, y al mismo tiempo se conduce adelante y atrás en el tiempo de las vivencias y los recuerdos. El Big Ben marca puntual las horas en las páginas de “La señora Dalloway” pero, aunque los personajes tengan prisa, algunos, y otros no, no es su prisa ni su tranquilidad la misma que noto yo cuando miro alrededor, o a través de la ventana, o incluso dentro de mí. Por eso me entregué con interés añadido a que el libro me sincronizara con un necesario cambio de tempo, al menos a mí me parecía necesario, igual a ti no.

¿Y ya está? ¿Eso es todo (amigos)? ¿Sólo es eso? Sólo es eso y sólo el principio, naturalmente. Pero no querrás que te lo cuente todo. Londres despierta con una luminosa mañana y también despierta y se desborda el caudal de pensamientos donde Woolf va depositando el suyo propio y donde, como pasa en los libros tocados por una extraña magia, también hay algo de lo tuyo: un reflejo en el espejo, una resonancia, una intuición de un eco remoto. “Me arruinó la vida”, decía la tarjeta de la librería de Twitter como argumento para abrir el apetito. Curioso argumento para abrir el apetito. No fue mi caso, no la causa de una ruina vital, pero entiendo a quien escribió esas palabras. Un libro puede desencadenar una avalancha: desde el atormentador “lo que pudo ser” a la comprensión de lo que no comprendiste en su momento, siendo ya tarde. Yo pasé por el continuo de palabras pensadas por la señora Dalloway y de ellas salté a las de él, él, ella, él, la otra, ese. Y vuelta. Y revuelta. Y entendí mejor que Virginia Woolf sintiera palpitar la vida con la intensidad de los poetas más dotados cuando se saben rotos y saben con anticipación lo que vendrá.

10

Hoy este blog cumple 10 años, aunque ha estado dormido los últimos dos años, ocho meses y dieciséis días (día arriba, día abajo). Primero calló, luego durmió y un día me olvidé de él. Si hace un tiempo me hubieran dicho que me llegaría a olvidar de este blog habría respondido qué dices. Pero así fue. De cuando en cuando, alguien me lo recordaba, bien de tú a tú, bien por escrito. Pocas personas pero de manera conmovedoramente fiel, tanto que casi me daba apuro, o ternura, o ambas cosas, cuando no me hacía sentir un pelín culpable y todo. Pero, qué quieres, así fue. Me sobró el blog. ¿Por qué? Qué se yo. Quizá lo raro no fuera dejar de escribirlo de repente, sino el hecho de haberlo empezado de repente, hoy hace 10 años.

En dos años y medio han pasado muchas cosas. Por ejemplo, en algunas cosas he cambiado mucho. Dudo si soy más yo o menos yo. Bah, mentira: soy yo, quién si no, pero ahora me conozco más y me engaño menos, y creo conocer más de qué va la cosa, el vivir y tal. Una noche estaba haciendo zapping y en un programa de humor entrevistaron a un viñetista de humor que estaba presentando su último libro de humor y dijo entonces una cosa que no tenía nada de humor; de hecho, era demoledora: decía que un día, después de muchas ansiedades, padecimientos de índole indeterminada pero acusada y etc, se había dado cuenta de que lo que le pasaba era una sola cosa: que estaba muerto de miedo. Muerto de miedo, me dije yo en exclamación nocturna abriendo los ojos. Digo bien: me dije yo, porque eso era lo que me pasaba a mí también. Sí, en algún momento en este tiempo me di cuenta del todo que estaba muerto de miedo. En realidad, tú también lo estás, pero quizá todavía tienes la suerte de no haberte dado cuenta del todo o no en su verdadera dimensión. Tranquilo, tranquila, todo se andará.

Estar muerto de miedo es una cosa muy chunga pero, como todo, tiene su parte positiva. Por ejemplo, en estos dos últimos años, habiendo sido yo otrora tan invernal, me quedo fascinado cuando veo despertar las cosas a la primavera. Suena cursi, manido, pero es asombroso ver cómo de un día para otro, esa maraña como de telaraña de los árboles desnudos empieza a teñirse de una pelusilla verde que, de pronto, ante tus narices, explota, revienta. Qué verde. Qué azul. ¿El de los árboles? ¡No, hombre, el del cielo! Y los pájaros. Soy como el fraile ese de la fábula monjil: me quedaría 300 años escuchando el balsámico y misterioso canto de los pájaros. Observo eso, me empapo de eso, y me da un cierto subidón. Pero no cantemos victoria: el subidón lo produce la misma causa que me baja de los árboles: que todo eso (y lo demás, todo lo demás) es fugaz. Oye, ¿no estás tú muy pesimista? ¿Yo? De verdad que no, cuando tengo los días pesimistas o pésimos, que lo mismo da, se me nota.

Qué más entonces. Pues una cosa más (o dos), Soy una persona que se ha ido alejando de las cosas y de las personas de fuera y un día, sentado en el sillón donde se sentaba la abuela a coser y donde ahora me siento yo a leer, descubrí que no me importaba. Todavía no sé si eso es bueno o malo, pero recuerdo que darme cuenta de que no me importaba mucho me hizo pensar un poco. Soy un yo más desencantado o desgastado o las dos cosas. Hay una parte objetiva en ello: clínicamente, soy una persona que arrastra un agotamiento muy grande, en primer lugar porque no saben por qué, en segundo lugar porque dicen que he entrado en una fase de mi enfermedad en la que el asunto del agotamiento físico encaja (sí, las discrepancias, el sí y el no, y luego el quizá, y después el sí y luego el no de nuevo y de viejo: el rollo espantoso y espantable de siempre) y en tercer lugar porque desde hace un año me extraen medio litro de sangre al mes, por lo que estoy anémico.

Y harto.

Un momento. ¿No utilizaba antes las negritas? ¿Cuándo? ¿Había una regla que determinaba qué palabras iban en negrita y cuáles no? No me acuerdo bien de cómo iba el asunto pero creo que lo de harto iría en negrita.

(y los paréntesis, aunque echando la vista arriba veo que han salido nada más empezar)

Sigamos.

¿Y por qué volver? Tampoco lo sé. No sé, de hecho, si es una vuelta o si me sigue pudiendo mi manía con los aniversarios, sean importantes, anecdóticos o, como en este caso, puramente sentimentales e intrascendentes. Pero de la misma forma que me fui olvidando de este blog hasta no llegar a echarlo en falta para nada, hace unas semanas se fue moviendo una cierta marea que supe a qué costa se dirigía.

A esta.

¿Ves? Ahora fijo que iba la negrita. Falta recuperar la costumbre de recurrir a C. para que me recuerde/reprenda sobre la necesidad o no de la tilde, porque entre la falta de costumbre de escribir y los sucesivos cambios de parecer de quienes determinan cómo se escriben las cosas, ando en un mar de dudas mayor que nunca.

Me he encontrado estos días la casa patas arriba. Como las viejas películas de nitrato, he abierto alguna lata para su restauración y había rollos enteros perdidos (la práctica totalidad de los audios del archivo de ejemplos musicales de este blog está perdido irremediablemente); otros, se pueden restaurar como, por ejemplo, las imágenes. Pero paciencia, que hay que colgarlas en sus marcos una a una. Dios santo. También me he encontrado la correspondencia de publicidad dejada por el cartero y que ha formado una verdadera montaña. Unos dos mil mensajes spam. Irán al reciclaje donde aún queda esa otra absurda y excesiva montaña de publicidad electoral. Y toni, en un gesto muy generoso, muy de él, me está ayudando a hacer esto más cómodo y habitable desde el otro lado del mar.

Y así va la cosa, poco a poco, supongo. Me dejo llevar, a ver qué pasa, a ver qué sale. De momento, aireo las ventanas. Si vuelve alguien por aquí, hola, un hola cariñoso.

Vínculo

Yo sé que un día volveré a encontrarme con David Castillo y que encima de la mesa habrá una sonrisa, un abrazo fuerte y buenos recuerdos. Él también lo sabe, lo que pasa es que a mí me tocó una vez, tal día como hoy, en un set de rodaje, decirle al oído una frase de esas que te revelan la verdad profunda de algo, y eso a veces rebela, o descoloca, o lo que sea que haga necesario tomar un poco o un bastante o un mucho de aire.

Lo de decirle al oído una frase es una licencia literaria, por supuesto. Los actores necesitan convertirse en alguien ficticio y decir las palabras escritas por alguien para descubrir una verdad propia, necesaria, desconocida, escondida, o inminente. Me estoy refiriendo a que yo un día escribí un guión y ese guión terminaba con una frase que en el momento del rodaje provocó en David, convertido por nueve minutos en un trasunto contemporáneo de un Peter Pan adolescente, un llanto que no figuraba en el guión y que todavía hoy, tres años después, y puedo atestiguarlo porque esta madrugada, casi al amanecer, he vuelto a verlo porque ya había pasado el tiempo suficiente como para poder hacerlo de nuevo y con serenidad, todavía hoy, como decía, estremece. Mucho. Y eso pasa porque salió de verdad, y a mí me encogió el corazón, desconocedores los dos, él y yo, de lo que conllevaba esa frase que nos unió mucho y después nos separó del todo. O no tanto. Porque yo sé que un día hablaremos de esa frase con la nostalgia puesta pero también hablaremos de otras muchas cosas con la sonrisa que se merecen. Y el abrazo, claro, como los abrazos de los viejos tiempos. Él también sabe que pasará. Mientras tanto, recibo ocasionalmente algún sms de madrugada, los leo y presiento que llegan cuando algunas noches se hacen de noche; otros mensajes se interesan por mi salud y otros, como el último, se alegran por el nacimiento de mi sobrino. Hay vínculos que permanecen pase lo que pase aunque el tiempo pase.

A veces me entristece pensar que se me está olvidando la voz de David (quizá porque los músicos damos una importancia especial a las voces soy especialmente sensible a esa niebla creciente) pero se me pasa pronto. Un día como hoy hace tres años, David reprodujo ante la cámara un texto que habíamos repasado juntos muchas veces y al llegar a la última frase se le quebró al voz y llegó el llanto desgarrador. No sé si fue porque en ese mismo instante entrevió que las Wendys por las que suspiramos cuando dejamos de ser niños pasan un día a ser niñas tontas que se difuminan en el horizonte de los años y eso nos da mucha pena, o si presintió que esa frase, que era una pregunta pronunciada mirando al espectador, iba a ser respondida pronto con una mala jugada del destino, puto destino que te corta el aliento con uno de sus zarpazos traicioneros. En cualquier caso, a mí me tocó involuntariamente anunciarle a David una verdad que, pronto o más tarde, todos descubrimos: que el corazón puede doler, claro que duele. Y aunque por eso ahora se nos olviden las voces (pero no las fechas) y los cumpleaños tengan una silla vacía (pero no las frases que iluminan algunas noches la pantalla del móvil y la habitación oscura -blanco y negros- que nos dibujó Leopoldo Panero a cambio de “una limosna para tabaco” antes de empezar a rodar), sé que un día volveremos a encontrarnos con la sonrisa, el abrazo y todo lo que conforma aquéllo que vincula para siempre a las personas y que un niño, una vez, describió con estas palabras preciosas: “La mariposa y el aire, amigos inseparables”.

Y si eso no sucede, y lo escribo con una sonrisa irónica y cariñosa, pues él se lo pierde.





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Banda sonora del cortometraje “@Wendy” (2009)
Compuesta e interpretada por emejota.

Playback

Para los Mecano, el 7 de septiembre dura exactamente 5 minutos y 2 segundos, hazaña que se repite incluso un 8 de Febrero, un 16 de Mayo o un 24 de Abril, aguas mil.

Ay (dalai)