Consulta 26 January, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentariosA las 9 y 20 de la mañana, el médico, hematólogo, me estrechaba la mano y yo me fijé enseguida en que del bolsillo de su bata blanca, no el bolsillo de la cintura sino el bolsillo cardiaco, pendían uno dos tres y cuatro bolígrafos. Pensé, por un momento, que los bolígrafos ahí dispuestos quizá equivalían a los galones de los uniformes militares, algo así como una escala de méritos según el número de historiales escritos. La observación quedó en el aire, como un sin más, ante la sorpresa que me deparó la pregunta temida: ¿qué nos ocupa?, que es una variante del igualmente temido ¿qué le pasa?. Sabido es que treinta años después, esta pregunta me anuda la impotencia a las amígdalas, me paraliza, me corta el aliento. Sin embargo, este hombre preguntó eso entrelazando los dedos y vi que había maneras, arte, carisma, quizá fuera una comprensión o un interés franco o un saber llevar la cosa. El caso es que la cosa llevó al caso que nos ocupaba y la técnica pedagógica de este hombre, o sus habilidades psicológicas (todavía no sé bien de qué se sirvió ni cuál de los bolígrafos colgantes de su bolsillo recompensaba tal habilidad, sin duda admirable) le hizo reconducir enseguida los hilos al cauce que nos había reunido en torno a un enigma irresuelto desde 2002, mes arriba, mes abajo: ¿por qué la médula se vuelve loca? ¿por qué la médula fabrica tanta sangre y de esa manera, y por qué esos efectos secundarios -secundarios pero tan presentes- no terminan de encajar?
El médico escuchaba y tecleaba en su ordenador y mientras respondía a sus preguntas, el sentido de la observación hizo de las suyas y reparó en que el hombre utilizaba todos los dedos de sus manos para escribir, cosa insólita en lo que a mi experiencia en consultas se refiere. Los médicos, muchos de ellos, escriben a dos dedos, los índices, y este blog reparó en aquel otro que lo hacía con el índice de una mano y el dedo corazón de la otra indefectiblemente. Y eso tiene que ser por algo, me pregunté en aquel post, esté donde esté en el historial de los posts. Quedó irresuelta la pregunta, obviamente. También quedará sin resolver el enigma de la médula loca, pero eso será luego, la consulta va a ser larga y minuciosa, y eso debería promover la concesión de un quinto bolígrafo simbólico a la bata del médico, que se había propuesto bucear en el historial en busca del resultado de una prueba, la masa eritrocitaria, realizada por el servicio de medicina nuclear de otro hospital hace años, recuerda cuándo fue, me preguntó, uy, respondí yo, ni idea. Me ahorré decirle que si me preguntara algo de 1976 seguro que le podía contestar pero que los últimos años, la semana pasada, anteayer mismo, son una inexistencia en mi memoria. Y entonces decidí no ahorrármelo y decírselo, por si algo tuviera que ver, qué se yo. En las novelas de detectives, los inspectores y los Poirot alzan la ceja o el dedo ante detalles en principio irrelevantes. En las enfermedades autoinmunes pasa algo así, aunque echamos en falta una Agatha Christie que nos resuelva las incógnitas en el capítulo final.
El médico puso expresión de humm y, con gesto concentrado, pasó la lengua por la comisura de los labios antes de escribir en su teclado y eso inició un interrogatorio conciso, veloz, directo. Ansiedad, sí; opresión en el pecho, sí; periodos de cierta confusión mental? especifique confusión mental, por favor, es que la vida me es confusa de por sí desde el punto de la mañana. Me refiero a lapsus, pensamiento ralentizado, dificultades para encontrar la palabra que se quiere decir e incluso dificultades al pronunciarla. Jolín, sí a todo. No dije jolín, es una licencia literaria que expresa admiración. Puedo añadir algo, pregunté. Claro, respondió él. Pues que pasan esas cosas y lo contrario, es decir, hiperactividad mental, pensamiento acelerado, aunque luego me quedo apático, es horroroso aunque no duela, no sé, puntos suspensivos.
Bien, dijo el médico en tono de subidón, vamos a buscar. Y dirigiéndose a la enfermera que estaba a su izquierda que era mi derecha (porque hay una enfermera en este post, no la habíamos puesto en letras porque no había dicho nada pero no deberíamos subestimar su papel, enseguida se verá el porqué y eso que no lleva bolígrafos encima) le preguntó, me ayudas a buscar, claro, respondió ella animosa, nariz respingona, ojos muy despiertos. Y el médico cogió de la mesa con cierto cuidado el voluminoso cartapacio abierto de uno de los volúmenes de mi historia clínica y se lo pasó en un movimiento ralentizado destinado, sin duda, a que en la maniobra no se cayera ningún papelito, electro, dossier, valoración radiológica, algún capítulo del serial, y ella lo recogió con idéntico cuidado, como si recibiera un documento valioso, y se puso a buscar un dato que debería estar entre finales de 1999 y el 26 de febrero de 2000. Mientras tanto, el médico buscó en otro cartapacio y se hizo un silencio de biblioteca. Un ligero alzamiento de mi ceja manifestó cierta sorpresa y fascinación al comprobar que mi vida entera estaba ahí, en esos gordos legajos desperdigados encima de la mesa, algunos de ellos con los bordes desgastados o con papeles queriendo asomar de las carpetas, tochos como de notarías o de archivos de pleitos antiguos, en los que amanuenses diversos habían anotado con detalle el devenir del desastre en tintas azules o negras, picudas algunas, anchas otras, ilegibles todas las grafías como manda el canon médico, rubricadas por números que se referirían a pulsos, tensiones arteriales, niveles de proteína C reactiva, hematocritos, recuentos leucocitarios, indicadores hepáticos. El médico pasaba hojas muy deprisa, la enfermera hacía clic en su monitor o volvía a la lectura analógica de papeles porque, según dijo, las historias estaban informatizadas a partir del año 2000 y había que tener un ojo en la pantalla y otro en las carpetas.
Se buscó, se encontraron incongruencias, se encontró lo que se buscaba, se encontró que había que pedir otras cosas, pero lo bueno vino cuando el hombre preguntó, por sorpresa, y tal pregunta merece un punto y aparte:
-¿Le han dicho si puede padecer la enfermedad del sueño?
Para nada era esperable algo así de un hematólogo que busca un resultado de masa eritrocitaria que le ilumine en la respuesta de por qué la médula se vuelve loca. Enfermedad del sueño, repetí yo. Sí, apnea, despertares bruscos con falta de aire, dijo él. Me quedé pensativo. Pensé, por un instante, en el sueño del post de abajo, el del Papa tocando el Lux Aeterna en versión cake walk y casi me dio risa y casi me dio pereza todo. Lo que estuvo claro es que, definitivamente, todo está confuso.
-Pues no.
Esa fue mi respuesta en sustitución al párrafo anterior y, además, sin faltar a la verdad.
-Pues lo vamos a estudiar.
-Ah.
-Sí, porque igual nos llevamos una sorpresa aunque…
-….?
-Esto no me termina de encajar.
-El qué.
-Los datos y algunos síntomas, no lo veo.
-¿No verlo quiere decir que no está?
-No verlo quiere decir que tenemos un problema.
-Ah.
-Haz una petición para la prueba del sueño.
La frase última se la dijo a la enfermera y mietras ella cogía el teléfono y marcaba una extensión al mundo onírico, el médico me explicó en qué consistía la prueba, muy sencilla. Tendremos los resultados rápidos. No sabía el médico que la enfermera, poniendo una mano en el auricular, movimiento tan de consulta, iba a dar la noticia de que el tiempo de citación para soñar rondaba el año. Un año, preguntó el médico en tono de sorpresa. Un año, pregunté yo en el mismo tono. Un año, respondió la enfermera en tono de decir yo no tengo la culpa. Pues yo quiero ver al paciente en dos meses sí o sí. Aunque no haya resultados, preguntó la enfermera. Aunque no haya resultados, respondió el médico. Un apretón de manos firme, acompañado de una mirada menos firme, de esas que dicen, chico, no sé, a ver qué podemos hacer, dio por terminada la consulta y el post venidero, que es éste. En la cafetería, pedí un donut de chocolate y una cocacola. Lata, botella o tirador, preguntó la camarera. De tirador, por favor.
Sueño 24 January, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentariosEn el sueño, aparecía el Papa sentado al piano y se ponía a tocar la secuencia gregoriana del “Lux Aeterna” en estilo de cake-walk, ya sabes, la mano izquierda yendo allá y volviendo aquí, plon plon, plon plon, y con el cuello encorvado se giraba a los asistentes guiñando un ojo y sonriendo, como hacen los pianistas en las películas en blanco y negro cuando tocan teclas blancas y negras en cafés como el de Rick, en “Casablanca“. Pues sí, tocaba el Papa el Lux Aeterna en ritmo y armonía cake-walk guiñando el ojo de manera cómplice a la concurrencia, como quien dice, qué, chulo, eh? y justo entonces me he despertado con sobresalto y sobresusto. Desde entonces, estoy preguntándome qué mecanismos llevan al inconsciente o al subconsciente o al estrato nebuloso donde se fabrican los sueños para proyectar una secuencia así, y me pregunto qué pensaría Freud al respecto, qué interpretación haría; si alzaría la ceja, si me dirigiría una mirada larga y silenciosa llevándose la pipa a la boca o qué. Ríete si quieres, pero si sueñas algo igual, si los sueños van pasando de uno a otro sin necesidad de conocimiento personal o vínculo alguno, fíjate en lo buena que era la armonización, por favor, y retén la secuencia de acordes. Si eso, me la cuentas. Ayer cené ligero y tal. Perplejo estoy.
Album 23 January, 2012
Escrito por emejota en : Album , Añade un comentario
Luna llena en fa sostenido
(Claro de Luna 2.0)
Resumen 22 January, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 5 comentariosCosas que han pasado desde el último post hasta este momento:
-Compré una tarta. De chocolate. Me costó decidirme porque soy indeciso, porque el olor de las pastelerías me desconcentra (me llevaría el olor envuelto, de mayor quiero una pastelería) y porque creo yo que no entré muy convencido en la pastelería. Convencido no es la palabra adecuada. Convencido estaba. Entonces cuál es la palabra que define la indecisión pastelera. Ah, ahí está el dilema. No importa, encargué una tarta para el día siguiente porque iba a celebrar mi cumpleaños con tres amigos. Una cosa sencilla, normal. Podían estar más, podía no haber habido cena. Hubo lo que tocaba y estuvo bien, aunque hice la observación, mientras la tarta esperaba al postre, que cuando un grupo de personas habla de anécdotas de los tiempos del instituto es que nos hemos hecho mayores. Hacerse mayor no me importa, lo que me desasosiega es mirar atrás y saber que lo pasado, pasado está, y que la vida es tan implacable que no te permite recuperar, rebobinar o repetir un solo segundo. Me desasosiega eso, sí. La tarta estaba rica, pero más dulce supo la compañía de la gente que te quiere. Este año, sentirlo era especialmente reconfortante y necesario.
-Me detuve a observar. Observé el desconcierto de la gente, el desconcierto de los escaparates y las tiendas vacías; contemplé el desconcierto de los árboles desnudos erguidos en estos atardeceres azules y tibios que el termómetro certifica con una quincena de grados francamente raros. Esa frase de James Barrie que dice “Dios nos dio la memoria para poder tener rosas en diciembre” ya es sólo eso, una frase hermosa, porque en diciembre estos ojos vieron en la tele cómo el hombre del tiempo enseñaba una foto de rosas de Murcia. En diciembre. También ha caducado esa otra frase que dice “frío sol de invierno”. Sólo queda de ella la palabra sol. Caminas por el campo y hay un verde primaveral aunque las sombras que proyecta el sol del atardecer son de la largura y de la talla del invierno. Y la luz es de un membrillo de septiembre. Creo que en el interior de las personas está pasando un poco lo mismo, que andamos esperando a que la aguja de la brújula se detenga y nos diga dónde estamos o hacia dónde dirigir los pasos. Si me equivoco, mejor. De todas formas, a mí la frase de Barrie me sigue poniendo un pequeño e inexplicable nudo en la garganta. El misterio de las emociones es lo único que se mantiene intacto.
-Me subió la tensión. Otra vez, sí, pero más. Mucho. Me inyecté la dosis correspondiente de elixir 2.0, la cabeza empezó a doler, una opresión en el pecho como cuando uno se sofoca, como cuando subes corriendo unas escaleras hasta un quinto piso y tienes que dar un mensaje y el aliento se entrecorta y te protesta el corazón, igual. Me miré en el espejo y tenía la cara roja de una forma que me asustó un poco. Recuerdo cuando mi hematóloga decía: tiene el color rubicundo característico de la poliglobulia. Lo decía como si se refiriera a alguien que no estaba en la consulta puesto que en la consulta sólo estábamos ella y yo. Yo me miraba al espejo cuando volvía a casa y no veía a nadie rubicundo. Me veía a mí. Sin embargo, me pasó este incidente el otro día, me miré en el espejo y me ví rubicundo y lo siguiente. Esta poliglobulia algún día nos dará un susto. No lo digo yo, lo dice algún médico; si lo dijera yo no utilizaría el plural, ni siquiera en ese uso que le daba Miguel Induráin cuando salía en la tele a pie de bici, te acuerdas? Pues eso.
-Descansé, leí, trabajé, y entre esas cosas, en las comas que las separan, reparé una vez más en el comportamiento sorprendente, errático, previsible, imprevisible, admirable, etc, de las conductas, de los decires, de los entusiasmos, de los bajones. Cómo somos, verdad? En ocasiones pienso si yo serviría como psicólogo, si en el fondo tendré un componente vocacional o una propensión, una inclinación hacia los asuntos que atañen a la observación y disección de las cosas relacionadas con la conducta humana. Pero como la idea de haber podido ser psicólogo me da pereza, me siento al piano y toco una melodía en La Mayor de Mozart. Qué pintará una cosa con otra, se preguntará el lector. Pues nada, supongo, pero Mozart, en La Mayor, es un bálsamo, como una nana que mece las yemas de los dedos que se deslizan en andante por el teclado mientras cierras los ojos y te sientes seguro.
En resumidas cuentas, a grandes rasgos, eso pasó.
Espejos 18 January, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 8 comentarios
Volví a la Universidad de Navarra por un rato a la misma aula, mismo edificio, mismo alumnado con quien he compartido ratos tan agradables para intervenir unos minutos en la presentación del poemario “El espejo roto de Alicia”, de Alicia Redel. Me subí al tren a media mañana y el recorrido lo hice en compañía telefónica de Esther, que llamó cuando el tren comenzaba la marcha. Como único equipaje, la tableta digital que se ha convertido en imprescindible: con ella recibo y respondo correos, veo películas en los ratos de tiempo libre en hoteles o viajes, escribo en el blog y, una vez en el trabajo, proyecto la presentación en pantalla o leo el guión o los apuntes como los que utilicé ayer. Versátil. Una gozada tenerlo todo a toque de dedo y en un espacio tan ligero.
Me esperaban en la estación de Pamplona Pilar y Carmen, dos ángeles de la guarda que tengo allí y que no sólo te dan mucho cariño y te cuidan requetebién sino que con ellas, además, te ríes mucho y a gusto. Me llevaron a comer a un restaurante italiano. Qué hago yo en un restaurante italiano si no me gusta ni el queso, ni las pizzas, ni el tomate, ni. Pues comer un plato de pasta con un poquito de ajo y aceite de oliva y si la pasta es buena y está bien hecha, como era el caso, de sobra y tan feliz, créeme. De postre, las trufas de chocolate de la fotografía del post de abajo que, de paso, publiqué en una red social aunque se supone que ya no estoy en redes sociales porque me he convertido en un antisocial del mundo 2.0. Pero uno es pecador y reincidente. Con moderación, eso sí. Vibró mi móvil y alguien desde el ciberespacio me decía el nombre del restaurante ante mi asombro y, de paso, me decía buen provecho. Gran Hermano? El Show de Truman? Miré a mi alrededor. Humm, pensé, porque se puede pensar eso, como en los comics, aunque mi amigo Miguel me corregiría y diría Jumm, porque dice, y tiene razón, que el matiz en el tono es importante. Ví a gente comiendo pasta en todas sus variedades. Seguí a lo mío, a lo nuestro. Completó el menú la conversación y la compañía y para qué pedir más.
Después nos trasladamos al Edificio Central, ese en el que el portero ya me conoce y me dice pase, pase antes de que yo le diga apenas más que las buenas tardes. Qué verde volvía a estar ese campus que parece como de sitio nórdico. En el Aula 30 me reencontré con rostros familiares y saludé y me saludaron, sonreí y me sonrieron, me dieron la bienvenida y yo les dí las gracias. Son los alumnos del programa Senior, los veteranos mayores de 55 años que cursan su propia universidad aprendiendo una variedad grande de cosas todas las semanas del curso, desde asuntos de Derecho a innovaciones en el tema de los trasplantes pasando por asuntos de literatura y lo que se tercie. Desde hace dos años, yo me encargo de los bloques temáticos de música y cinematografía y llevo con orgullo que el curso pasado me eligieran padrino de la promoción.
Eso explica las sonrisas, bienvenidas y abrazos de ayer aunque yo no fuera en calidad de profesor sino de alguien que interviene unos minutos, pocos, para contar su experiencia ante el libro que se presentaba. Y cuando digo la experiencia ante el libro me refiero a lo que pasa por tu cabeza desde que lo tienes físicamente en la mano y te asomas a la portada por vez primera, lees el título, “El espejo roto de Alicia”, y te acuerdas de esa Alicia a través del espejo, Alicia Liddell, aunque esta Alicia es Alicia Redel, curiosa similitud sonora, sin duda no casual. Los poetas tienen la facultad de pasar al otro lado del espejo desde donde hablan de la verdad profunda de las cosas con palabras de insinuación entre otras muchas habilidades. Te asomas a ese espejo y ves en portada la fotografía de un estallido de cristales (espejo roto) formando una tesela de cristalitos que te sugiere dos cosas antes de que la autora te hable desde el prólogo y después desde el corazón de sus poemas: ese caleidoscopio puede sugerir la multiplicidad de matices con la que los poetas son capaces de mirar, apreciar y ahondar en un mismo concepto pero también sugiere la posibilidad de encontrarnos ante una fractura, una cicatriz de cristal. Encontré mucho de lo primero y mucho de lo segundo y así lo dije y pasé a explicarlo. Antes habló un profesor de literatura que puso la nota erudita, después habló la autora. Me gustó reencontrarme con la gente y con el lugar en un rol distinto (que no distante) y después de todo eso aún Renfe nos dio media hora larga de permiso para que pudiéramos merendar mis dos ángeles de la guarda y yo en la estación.
En el viaje de regreso, la mala de una serie (que no una serie mala) decía cosas vengativas a los buenos de la serie en el espejo de la tableta digital. Hay series que duran lo que dura el trayecto y eso está muy bien. Empiezan, pasan cosas en ella, miras y escuchas lo que dicen a través de los auriculares mientras el tren avanza envuelto en la noche temprana del invierno. Las notas que has leído en la universidad siguen en la misma pantalla, no sabes si detrás de la serie o plegadas en algún cajón. Son un enigma estos artilugios, pero son una maravilla. Te ayudan, te lo ponen fácil, y poco a poco vas depositando en ellos lo que eres, lo que quieres, lo que precisas.
Postre 16 January, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios
En Pamplona, comiendo con mis dos ángeles de la guarda allí, Pilar y Carmen. Risas, deliciosas trufas de postre y un rato muy grato en la Universidad por la tarde. Pero lo contaré por la mañana (de mañana) porque ahora, ya en casa, el cansancio es el postre de la cena.
Cumpleaños 15 January, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 14 comentariosHoy es mi cumpleaños.
Nací en el invierno y desde el invierno, tecleo (dice el hombre del tiempo que esta madrugada entra una ola de frío polar; dice la temperatura de esta habitación que es posible que eso esté sucediendo)
Si yo hubiera nacido hace cien años ya estaría criando malvas hace tiempo porque las ciencias habrían adelantado que es una barbaridad, según don Hilarión, pero no lo suficiente. Por eso, desde hace unos cumpleaños soy consciente de lo que significa un cumpleaños. Curiosamente no es una sensación que se asemeje a un triunfo, sino a un estupor. Según el año, a una emoción íntima anudada a la garganta o a una sonrisa compartida con los vecinos o algunos amigos sin que la sonrisa lleve el motivo incorporado.
Este año, es raro. Lo es porque el año ha sido raro, mucho. Me siento mal, no es lo que más me duele aquello que puede tratarse o paliarse con medicinas, aunque duele mucho, en fase creciente; me duele algo que no puedo acertar a saber pero que es nuevo y fuerte, algo que a veces me pone una presión en el pecho, como de agobio o claustrofobia. Hubo circunstancias duras que me hicieron caerme con todos los trastos y el blog no se enteró; y hubo una forma de levantarse que, si me la hubieran contado el pasado cumpleaños me habría hecho reir pensando que me tomaban el pelo: cogí los trastos del suelo y a mí mismo y me largué a Nueva York para descoloque de los cercanos y espeluzne de los médicos. Solo, me preguntaban con muchos signos de interrogación, te vas y solo, volvían a preguntar resaltando en negrita las palabras, y me miraban con una mezcla de incredulidad y duda sobre mi salud mental, supongo. Me fui para levantarme, sí, y fue lo mejor que he podido hacer en mucho tiempo, porque fue duro y apasionante, porque me encontré a mí mismo en medio de ocho millones de almas y hasta me sentí vivo y tranquilo en el trance, hasta entonces pesadillesco e irreconciliable con mi raciocinio, del avión, sobrevolando cinco mil kilómetros de océano. Lo que me traje de esa experiencia fue algo muy importante que, sin embargo, solo precisó de dos palabras breves: “he podido”. Así de caprichoso es el lenguaje, lo mismo necesita una frase muy larga para decir una nadería que te mete algo valioso en una cajita para que lo guardes. Eso me hizo respirar.
Luego descubres que necesitas seguir respirando y que la batería, en lugar de mantenerse como hasta ahora, empieza a restar lucecitas en la pantalla. Y lo notas primero, te preocupas después, te asustas a continuación y luego nada. No siento que haya perdido, pero sí que me he perdido. Y aunque descubrí que “he podido” son dos palabras que significan que pude, el efecto secundario de ello fue descubrir que no siempre se podrá y que a lo mejor no tengo la cosa tan asimilada como creía y debería por si eso pasa pronto o ha empezado a pasar. En cualquier caso, en este momento me ocurre algo extraño, y quien dice este momento es hace dos meses de momentos o tres,
Perdón, que son las 0:00 y acaba de cantarme la vecina (con el vecino a coro) un cumpleaños feliz por escrito en un sms. Oye, pues suena perfectamente ajustado al compás y afinado, mira:

y es que, decía… vaya, ya he perdido el hilo, es que me ha hecho gracia y al mismo tiempo me ha conmovido el mensaje, ya ves, me pilla tontorrón. Un momento que manda otro.
Ya. Que dice que qué tal, que acaban de llegar y que vaya frío. Le he contestado que para frío el frío invierno de la edad, puntos suspensivos, y me contesta esto, mira:

Eso es tener una vecina genial (y con genio), ¿ves? Qué haría yo sin personas como ella.
Le he dicho a la vecina que estaba escribiendo un post existencial y creo que ha puesto los ojos en blanco. Digo que “creo” porque por sms no la veo, pero la conozco y como si la viera, y se ha marchado a cenar porque viene de viaje y mira qué horas.
En fin, retomo. Decía que desde hace dos o tres meses siento algo, un peso, una carga, que siendo grande también ocupa un espacio pequeño de palabras y que no he podido decir a quienes me rodean, necesitándolo.
Me siento como un niño huérfano ante el calendario.
Niebla 12 January, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 2 comentariosLa niebla borró las puntas de los edificios, resbaló por los tejados dejando una estela de viscosa humedad, se hizo un silencio de humo mientras la ciudad encendía sus luces (luces de la ciudad, una flor en blanco y negro) y los peatones pasaron con los hombros encogidos, el paso presuroso, las manos refugiadas en los bolsillos. Cayó la niebla y callé un rato. No es la primera vez que pasa. La niebla densa tiene algo de extravío, de silencio de blanca o de palabras incompletas que no consiguen formar una frase clara. Yo miraba a través de la ventana la indecisión de un termómetro digital, parpadeaba en intermitencia un signo negativo a la izquierda de un cero imprimiendo en luz roja esa temperatura del menos cero que siempre me ha parecido desconcertante, como una nada viniéndose abajo o como una nada echándose de menos. A mí la niebla o me pone las pilas o me deja quieto. No sé qué motivos decantan a la voluntad a lo primero o a lo segundo. En cualquier caso, esa humedad que en ocasiones asciende del río en forma de nube estática, como si la voluntad de la corriente también quedara en suspenso o soñara fantasmas, no se está llevando bien con mi espalda. Puede que, después de todo, la culpa sea del ibuprofeno, quizá el ibuprofeno no se lleve bien con algo que no viene en el prospecto, un algo invisible pero no inexistente. Eso que llamamos alma, espíritu, ánimo, palabras tan extensas como inciertas, confusas o difusas, difuminadas por la niebla de los significados, las acepciones, las excepciones y hasta las decepciones sigue sin salir en los análisis ni en los efectos secundarios. Alguien debería ocuparse de los afectos secundarios del ibuprofeno, seguro que explican esta mirada embobada en el parpadeo ocasional de un signo negativo a la izquierda de un cero de frío en un termómetro digital. No hay mucho más en la tarde; al menos, desde aquí no puedo ver. No sé, de hecho, cómo termina un post de niebla.
Hablar 10 January, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 7 comentariosVoy a poner una foto repetida pero el post no lo es, vale? Ahí va:
Es que esta tarde se presenta el libro aquí. Aquí es la ciudad donde habito, aunque la habito poco, la verdad, pero es la que me corresponde a no ser que me toque la lotería y los médicos inventen un elixir 3.0 de administración única que no precise estar esclavo toooodo el rato de las dosis y pueda marchar a… ¿Adónde? Pues a Park Slope, Brooklyn, seguro. Pero vamos, seguro seguro. Es bonito soñar, ay, pero mejor sería ser prácticos y empezar comprando un décimo de lotería, o rellenar una bono-loto o lo que sea por una vez. Las cosas se empiezan por los cimientos y terminan en el bombo de los millones de probabilidades de que te toque nada, cero. Ya me he ido por las ramas. Bajemos al suelo. Ya. Esta tarde se presenta el libro de este blog y tengo ganas porque lo presenta Pepe Alfaro, amigo y escritor, muy bueno en ambas cosas, y hemos decidido saltarnos las convenciones de este tipo de cosas y ponernos a hablar mano a mano tranquilamente pero con público presente que podrá escuchar sin hablar o escuchar comentando. Vamos, un trasunto del blog, para que nos entendamos, donde lees y prefieres quedarte en eso, leer, o donde lees y dices, pues voy a escribir un comentario. Hay una cosa más. El destino, las casualidades, o quizá simplemente la organización de la agenda de eventos de la casa de cultura donde va a tener lugar la cosa, ha querido que este libro se presente en el mismo escenario y junto al mismo piano de cola donde empecé a tocar y donde dejé de hacerlo. Y mira tú qué cosas, fue dejar de hacerlo y antes de que doliera por dentro, ponerme a hablar y a escribir. Por ejemplo, este blog. De aquellas teclas a estas. Por eso me gusta y me da cosilla (de la buena) que hablemos de este blog ante la gente que quiera acompañarnos y al lado de ese piano que no sé si tendrá algo que decir o teclear. Respeto, curiosidad, intriga, algo siento al respecto.
Esta mañana he hablado mucho de este blog también. Me han hecho tres entrevistas por teléfono para tres emisoras. En una de ellas he disfrutado y me he reído mucho porque cuando hay química con quien te entrevista y además (y esto es importante, pero no frecuente) se ha informado del asunto (en este caso lector asiduo y conocedor por tanto de los engranajes, los giros, las personas, etc) entonces es genial. Sigue provocándome sensaciones especiales hablar de este blog: de las razones, si las hay, de los silencios, que los hay, de quienes estáis, de si estoy, de qué parte de mí está y por qué, y qué dice, y por qué lo dice de esta manera y no de la otra y así un montón de cosas más que despiertan, seguro, los celos de la versión en sombra de emejota, esa que alguna vez apareció para hacerme una entrevista con narrador de testigo y que, por cierto, y lo digo de verdad, la otra noche asomó para hacerme notar un hecho tonto con intención de tirar del hilo de la conversación pero ya me pilló acostado y eran las 4. Y no era plan. Si le supo malo, qué le vamos a hacer. Ya se le pasará.
Hoy es día de hablar con palabras dichas de este blog, por la mañana en la radio, por la tarde poniendo cara (que no jeta) a quien teclea estas frases. En las tres entrevistas de esta mañana se ha repetido una pregunta: ¿sigue el blog? Y yo he respondido un sí acelerado, porque sí, porque cómo me voy a ir de mi casa ahora que la vuelvo a habitar de nuevo además. Una casa con una luz en el porche para quien pase y quiera hacer un alto, recordaba un periodista a media mañana. Buena memoria la del periodista, así empezó la cosa y así es. En fin, nos vemos, con los gestos y las voces, las sonrisas y el corazón, esta tarde. Gracias mil a los que decidieron llevarse a su casa un recuerdo de este blog adquiriendo el libro. Un par de libros más y cubrimos gastos de edición. No es mala cosa para los tiempos que corren. Si todavía hay quien se anima, dejo el enlace de esos señores serios, limpios y responsables que te lo mandan a casa:
Y ahora que la niebla se ha desvanecido dejando una tarde azul y malva me voy a la ducha y a acercarme dando un paseo a una cafetería donde he quedado con Pepe un rato antes, aunque está decidido y sellado con apretón de manos ir sin guión, solamente marcando una pauta mínima de por dónde podría transcurrir el asunto y a partir de ahí, dejarnos llevar por la corriente en calma de los ratos que uno disfruta en buena compañía.
Plenilunio 9 January, 2012
Escrito por emejota en : Varios , 1 comentarioHay tanta soledad en ese oro.
La luna de las noches no es la luna
que vio el primer Adán. Los largos siglos
de la vigilia humana la han colmado
de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.”
Jorge Luis Borges
Suavidad 8 January, 2012
Escrito por emejota en : Música , Añade un comentario
Sonó, suena, “Maria Mater”, el cd del coro femenino “Vocalia Taldea” que me traje de Bilbao. No había podido hacerme antes con él -se estrenó a mediados de 2010- pero me acordaba. Todos los conjuntos vocales que dirige Basilio Astulez me interesan, eso el blog lo sabe y así lo recoge el archivo de los meses. ¿Qué es Maria Mater? Es un conjunto de composiciones marianas de diversas épocas y estilos, algunas expresamente escritas para Vocalia. Otra pregunta: ¿Por qué este trabajo resulta atractivo pero no termina de conmover? La respuesta no es fácil porque quizá no sea una y se bifurque en plurales. Pongo, además, en cuestión la pregunta misma. Pero al oyente que escribe estas líneas es lo que le produce: no le conmueve, gustándole. Escuchar con agrado algo que gusta no garantiza llegar a conmoverse. Hay una línea en algún punto, muy sutil, pero que una vez cruzada produce una punzada por dentro. Ese pellizco, ese escozor, es la manifestación de la emoción conmovida. Aquí no alcanzo a escalar ese punto y me pregunto las razones. Vaya, parece que este post va de preguntas, sigamos entonces con ellas: ¿Puede influir la elección del repertorio? Pues yo creo que sí. Es curioso esto de los repertorios porque funcionan a la manera de ingredientes que coinciden en un momento dado en la coctelera de un programa de concierto o en la centrifugadora del disco compacto. Y el resultado produce una química, una chispa, o no, son muchas las cosas que pueden pasar aun la competente defensa del conjunto que las interpreta.
Abro un pequeño paréntesis antes de seguir el hilo de esta última reflexión para hacer otra pregunta que me parece interesante: ¿Puede la competencia técnica llegar a enmascarar la emoción? Es decir, ¿puede lo bien hecho llegar a suplir la emoción y que nuestro oído no llegue a reparar en ello? Reflexiono sobre ello y vuelvo al repertorio, que es donde me había quedado.
La primera vez que escuché este disco esperé con ganas la pista dedicada al Ave Maria de Kentaro Sato, el compositor japonés. Kentaro Sato me suscita mucha atención, me despierta el interés y casi siempre lo satisface notablemente. Cuando los japoneses occidentalizan en sus incursiones estéticas corren el peligro (más bien lo corremos nosotros) de caer en lo kitsch, en lo facilón. Me comentaba Ferre, veterano lector de este blog, que siendo con mucha frecuencia así también es cierto que ponen un cuidado especial en lo que hacen. Asiento y estoy plenamente de acuerdo con esa observación. La memoria nos trae como ejemplo el impecable Kyrie de la Missa Pro Pace del propio Kentaro Sato, en mi opinión su obra maestra, redonda, porque no solo conmueve (conmueve por sí misma, nos conmovería solo con deslizar los ojos por la polifonía escrita en el papel pautado) sino que hace un trabajo de contrapuntista sin trampa (tan frecuente eso, la trampa) y con un oficio y un arte digno de maestro de una escuela de otros tiempos por la calidad asombrosa y el fácil fluir de las notas.
El motete que escuchamos en esta grabación tiene destellos de ese oficio y de esa inspiración y sin que sea su intención pero beneficiándose de ello, trae la sorpresa del disco. La sorpresa es, una vez más, Maider Bilbao, la pianista acompañante de algunas de estas piezas. Maider Bilbao es una pianista con ángel, tiene un toque que recuerda las palabras que Saramago escribiera sobre la supuesta interpretación al teclado de Domenico Scarlatti en un párrafo del Memorial del Convento: blanda y suave música. Qué bonita forma de describir un toque, el acto mecánico de tocar, y cuántas son las resonancias del término: blando. Pero además de eso, Maider Bilbao posee una inteligencia musical excepcional que la convierte en representante de uno de los infrecuentes casos en los que un pianista acompañante no sólo acompaña, sino que “ve”. Y, al hacerlo, ilumina lo que se canta.
Pongamos atención a la “blanda y suave” música del piano que emerge aproximadamente a los 30 segundos de haber comenzado este clip de audio, clip que me permito incluir, de paso, como muestra publicitaria de un trabajo que merece la pena tener en casa.
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Paradoja 7 January, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 3 comentariosHan pasado unas imágenes retrospectivas de algo en la tele y me ha dado por pensar que conforme nos hacemos viejos, las imágenes son más jóvenes (primero aparecimos en alguna comunión registrada por el vídeo analógico, luego posamos junto a los amigos para el digital y ahora no nos quita el ojo la escrutadora y nítida alta definición) y cuando nos buscamos jóvenes, las imágenes se hacen más viejas (con rayajos y saltos como en las películas de Charlot pero en colorín de veraneo playero). Y qué, dirás. Nada, que me ha dado por fijarme en eso.
Album 6 January, 2012
Escrito por emejota en : Album , 1 comentario
Mis dos mejores regalos.
Reyes 5 January, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 3 comentariosNoche de Reyes. La guirnalda de luces eléctricas que durante unas semanas al año une esta fachada con la de enfrente sabe que tiene los brillos contados: el lunes, colegio. Los Reyes han pasado hace unas horas y yo, para variar, no les he hecho ni caso porque es como que me pican en la piel, me parecen muy horteras y me bajan la tensión haciendo necesaria una visita a la bandeja de mazapanes. No sé si todavía los críos pasan por la tradición de irse a dormir temprano y nerviosos porque mañana, tachán, hay reparto de ilusiones o si las ilusiones se las ha llevado hace tiempo la gráfica apabullante de la Playstation 3 haciendo que ahora mismo estén ante la tele aburridos de la vida. Yo creo que aunque la ilusión perdure, cada vez más arrinconada en un lapso de años menor, antes funcionaba mejor porque éramos más inocentes y porque las cosas excepcionales se daban en días excepcionales y entonces las sorpresas respondían por su nombre de pila. A mí me hacía ilusión recibir el Cine Exín y encerrarme en mi cuarto y convertir las tardes en noches para asomarme con ojos de pasmo a la ventana de luz que se abría en un trocito pequeño de pared; y lo mismo el Electro-L, con el que construía circuitos eléctricos que lo mismo hacían sonar un timbre que encendían una hilera de bombillas al apretar un botón. Las bombillitas del Electro-L son la magdalena proustiana de mi infancia así que mejor pasaremos rápidamente a otro juguete o no acabamos en una decena de volúmenes. Pongamos los Madelman. Y el Exín Castillos, aunque su fantasma también hace de resorte magdalenesco al igual que las rígidas facciones de los Madelman y el neopreno del Madelman submarinista y el…
Vale, dejémoslo.
Quería parar en lo de los libros. Que a mí me gustaba recibir juguetes como los del párrafo anterior, claro, y mucho, pero también los libros que dejaban los reyes eran recibidos con emoción. ¿Eso pasa también ahora? ¿Fui un niño raro y eso explicaría tantas cosas posteriores? Para cuando los reyes dejaban un libro yo ya me había leído los 33 volúmenes de Los Hollister y todo lo que Enid Blyton había escrito a la sombra de la botella de ginebra. Fui un lector precoz y devorador, mi infancia son los lugares y las aventuras que salían en los libros, soy yo dentro de esos libros. El descubrimiento de la lectura, el mero hecho de leer, fue una sorpresa tan grande y me puso las pilas de tal manera que un día vino una profesora en mitad de la clase de ta-te-ti-to-tu, me cogió de la mano y me llevó enfundado en la bata de parvulario a otra clase que estaba al lado pero que suponía saltar un año. Una cosa rara que presenció el pasillo del colegio con silencio y clandestinidad en algún momento de una tarde cualquiera. Me pregunto si ese salto temporal, como de suceso paranormal, sería el responsable de que yo nunca viera Bambi ni la presunta y traumática muerte de la madre que parió a Bambi. Décadas después, esos niños y niñas que ya no lo eran comentaban en una cena el disgusto todavía fresco en la mente y yo me hacía el compungido solidario pero ni idea, la verdad. Me pregunto, igualmente, si eso sería responsable también de que yo jugara en mi habitación a hacer programas de radio muy serios y profesionales. Imagínese: las cuñas de publicidad pregrabadas en una cassette BASF a la única radio local en FM que se escuchaba aquí; los discos elepés birlados por un rato de la colección preadolescente de mi hermana y el boletín de noticias servido por los servicios informativos del periódico que mi padre dejaba en la mesa del salón. Yo leía algo de la crisis del petróleo, ponía dos cuñas de publicidad y daba paso a una música de Pink Floyd. Con todo eso, que dejara a Bambi en el bosque se comprende.
En ocasiones me pregunto, y antes me ponía mustio pero ahora ya no o no tanto al preguntármelo, dónde quedó ese niño o, más concretamente, la persona que surgió de esa infancia, porque es como si ese salto temporal que supuso pasar de un curso a otro en mitad de la semana hubiera dejado en el pasillo la curiosidad insaciable y sobre todo la hiperactividad mental (que no física, o no tanto). Lo del pasillo es una metáfora, claro, pero me viene muy bien para explicar esto. El caso es que entre aventura y aventura, proyecto y proyecto, muchas veces aventuras simultáneas y proyectos igualmente simultáneos, la lectura era una ventana igual de importante e ilusionante que la que el Cine Exín dibujaba con luz en la pared para enseñar su fantasmagoría con la banda sonora de la rueda dentada que al accionar la palanquita empujaba el paso de los exiguos pero infinitos metros de celuloide (¡el cine sin fín!, gritaba el anuncio de la tele). Y yo ahora veo la cara de mi sobrino Carlos cuando Papá Noel le deja un par de libros y es una cara de circunstancias que me llama la atención. Sospecho, de todos modos, que puede que no sea lo mismo que un libro te lleve a viajar 20.000 leguas de viaje submarino o a adentrarte en el Castillo del Terror de Los Tres Investigadores a que te presente a Kika Superbruja, seguro que sus personajes tienen menos hondura psicológica y tal. Haber conocido la cola de pegar Konrad de Pippi Calzaslargas tiene sus ventajas aunque a la tele no le hubieran sacado aún los colores (ni ella a nosotros). Por cierto, la palanquita del Cine Exín (ahora adelante, ahora atrás, ahora más rápido, ahora alto ahí) también tiene su punto magdalena. La infancia es un producto de repostería.
Esperanzas 4 January, 2012
Escrito por emejota en : Series, Televisión , 2 comentarios“Te dije que podía hacerte llorar”
No fue por la lima. Fue por el trozo de pastel. Se lo dice el convicto Abel Magwitch a Pip: “el miedo te hizo traerme la lima para cortar los grilletes pero lo que te movió a traerme un trozo de ese pastel fue el corazón”. Un gesto así, tan pequeño pero suficiente como para haber prendido una luz en las tinieblas de Magwitch durante años lo explica todo. Ay. Durante tres noches consecutivas, esta pasada navidad, los telespectadores de la BBC One asistieron a la hipnótica y sobresaliente adaptación de “Grandes esperanzas” en formato miniserie. Mucho Dickens habrá este año, año conmemorativo, bicentenario del nacimiento de este hombre prolífico y misterioso, mucho, así nos lo cuenta el biógrafo Peter Ackroyd en su excelente y voluminosa monografía, “El observador solitario”, al fin traducida al castellano. Un huevo el precio, oiga, no es poética la expresión, ya lo sé, pero menos poético es lo que uno exclama cuando da la vuelta al tocho y ve la etiquetita con el precio. En fin, reyes, he sido bueno y tal. A lo que estamos. Las esperanzas. Grandes esperanzas. Fue Lidia la que me puso tras la pista de esta adaptación cuando aún quedaban ecos en el aire del pase por la tele inglesa y la red se llenó de cumplidos de esos que abren el apetito. Una vez degustado el asunto, yo me quedo con un adjetivo: hipnótica. Los ingleses hacen muy bien las series, hacen mejor las adaptaciones de lo suyo, pero aquí han hecho una cosa asombrosa, algo tocado por una varita mágica, una belleza que, sin embargo y por exigencias del guión, no tiene piedad, tiene frío, una cosa desolada, permítaseme el homenaje dickensiano en forma de juego semántico que además es certero en la descripción porque así son los hilos de la historia original que Dickens anuda y nos anuda en la garganta de manera ejemplar.
“Grandes esperanzas” habla del auge del niño Pip desde la pobreza en la herrería apartada en un lugar inhóspito a la alta aristocracia londinense. Esa es la bóveda de una historia sostenida por misteriosos benefactores, lóbregos lugares e intenciones y constantes dickensianas que aparecen aquí y allá como la injusticia de la justicia que reparte lo mejor de sí misma al mejor postor. Y la novia. Esta novia cadáver, la señorita Havisham, que nos recibe en la mansión sepulcro vagando con su polvoriento vestido de novia, recorriendo descalza las habitaciones podridas donde aguarda, fosilizado por el polvo y los relojes detenidos, su pastel de boda en la mesa del banquete todavía dispuesta, trastornada desde que recibió la nota en la que alguien se llevaba su corazón y su alma y la dejaba amortajada con las manos frías y las flores marchitas, los labios costrados como los elegantes espejos desconchados de los salones que reflejan lo que la luz que se filtra por las ventanas viene a desnudar con grosera intención, nos hipnotiza con su presencia ultraterrena, el halo de luz que la rodea, su voz, el tono de las palabras (susurro monocorde y gélido, frío lamento en forma de dulce letanía). Nos fascina y nos hipnotiza como lo hace a Pip la primera vez que es requerida su presencia en la mansión sin saber que la mano de la fortuna se va a posar sobre sus hombros.


Desciende como un espectro la novia por la gran escalinata y acaricia con la mirada maternal a Pip atormentando sus oídos hasta las lágrimas con voz de niña: “La agonía es exquisita, ¿verdad?. El corazón roto, crees que vas a morir pero sigues viviendo un día y otro día y otro terrible día”. Silencio absoluto por parte del espectador para quien el reloj también se detiene mientras la cámara está allí dentro, deslizándose por las estancias de esa casa encantada. Quedan, por supuesto, las demás cuestiones, esas que pareciendo paralelas confluyen para formar el todo impecable y perfecto de esta narración inolvidable: el asunto de los abogados, prosperar en los salones de la aristocracia, la felicidad y la herida del amor, los fantasmas que retornan, los esfuerzos por quitarse de las espaldas el peso de los orígenes. Y así durante muchas páginas.




“Grandes esperanzas”, como sus hermanas, fue publicada por entregas en “All the year round” desde el 1 de diciembre de 1860 hasta agosto de 1861 y posteriormente salió de imprenta en forma de voluminosa novela. En su versión por entregas, concluía siempre dejando al lector en vilo, así lo requería el género y así lo dispuso Dickens al trazar el plan maestro de la narración. Brilla aquí la adaptación hecha por la guionista Sarah Phelps pero, ¿qué no brilla aquí? La dirección de Brian Kirk, un casting perfecto, una ambientación impecable fotografiada con maestría. El universo que Dickens alienta dibujando palabras con la tinta puebla los lugares, enciende las emociones, enfrenta a los corazones, despide a los muertos, ansía los besos, derrama lágrimas, tiene miedo. Y esperanzas. Todos albergan esperanzas, grandes esperanzas. La esperanza de salir de la miseria, de prosperar, la esperanza de obtener el perdón, o la esperanza de creer en la bondad de quien un día, a pesar del miedo, quiso llevar un trozo de pastel al monstruo hambriento.
Post-It 2 January, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios , Añade un comentario-Se me acumulan las cosas para el día y para el blog.
-Comprar el pan.
-Y hay algo que se me olvida, para variar.
Números 1 January, 2012
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentariosMi sobrina Isabel y yo pusimos las uvas en los platos en ese espacio de espera que va del postre de la cena a las campanadas. Los mayores hablaban. Carlos revoloteaba por ahí. El índice de Isabel contaba, nueve, diez, once, falta una, tío, y yo desgranaba un racimo grande, dándole vueltas y buscando, según a quién correspondiera el plato que estábamos preparando. Este es de mamá, pónselas normales. Este es para la abuela, se las ponemos medianas. Este es de Carlos, pónselas pequeñitas. Oye tío, qué, las mías me las pones pequeñas también, vale, a ver, ¿como ésta?, umm, vale, pues toma, cuenta, faltan dos, segura?, sí.
Sonaron las campanadas, doce, qué cosa, toda la vida ante el mismo reloj, el mismo ritual, pero siempre con esa emoción tonta o no, según, porque es divertido colocarse todos como una piña en el sofá y en los sillones frente a la pantalla portando el plato con las uvas, la copa de cava cerca y repasando las instrucciones del juego para recordatorio de los peques, lo de los cuartos, sonarán unas campanadas rápidas pero esas no cuentan, no?, no, ya os dirá mamá cuándo hay que empezar. Las primeras campanadas traen un silencio concentrado, las siguientes alguna risa, siempre, la última levanta una felicitación general y nos levanta igualmente del sofá y los sillones y da lugar a los besos, las felicitaciones y al tintineo de las copas, campanadas inadvertidas. Cuando se acerca mi madre, la veo venir, sé que va a alargar el beso y que me va a apretar con la mano el antebrazo, como una señal que no dice nada diciendo todo lo vivido, o sobrevivido, doce meses atrás. Nadie se da cuenta pero no importa porque queda entre los dos, para contar, ya hemos contado los cuartos, uno, dos, tres, cuatro, y venga, va, que empiezan, las campanadas.
Es divertido jugar al juego de las uvas con Isabel y Carlos porque, sin quererlo, le inyectan un nervio de niños contagioso al que nos entregamos todos. Aún estamos dándonos los últimos besos cuando serpentinas de colores sobrevuelan nuestras cabezas formando arabescos fugaces en el aire, las lanzan ellos entre risas y mofletes colorados. A Carlos a veces se le escapa el rollo entero porque todavía no le ha pillado el punto, o porque pierde el hilo de colorín con la carcajada. Sea como sea, el tío, es decir, yo, terminará como los últimos años rebozado en colorines, llevando algo similar a una peluca del dieciocho pero multicolor y despeinada, arrastrando metros de cinta morada, roja, verde y amarilla en tirabuzones que llegan hasta el suelo para mofa de los enanos.
El juego decae en su última fase. Es lo que tiene lo de las campanadas, que siempre dices, pues ya está, o piensas, pues ya estamos allá, siendo allá aquí, un año más. Y a los mayores se nos pone como un algo pensativo (y a tí también) que dura poco porque algo dices, o haces, o propones volver a la mesa, o llamas, o te llaman. Este año la novedad la trajo Isabel cuando nos convocó a la mesa para jugar al Bingo. ¿Al Bingo? Sí, exclamó ella estirando la i y dando palmadas de alegría. Mi hermana y yo nos miramos porque recordamos aquellas navidades lejanas en las que, después de cenar, en esa hora que los niños disfrutan especialmente porque han cruzado el umbral del reloj que las demás noches del año les está vedado, jugábamos al bingo con la abuela que desde el extremo de la mesa hacía girar el bombo, sacaba una bola y decía el número que todos buscábamos en silencio mirando de reojillo el cartón de números del de al lado. Qué cosa tan simple pero eficaz ese juego, escuchar la letanía de números, poner una ficha si el número dicho está impreso en el rectángulo de cartón que te entregan, la emoción sencilla pero divertida por una recompensa simbólica, la pregunta inevitable, ¿ha salido el treinta y cinco?, el igualmente inevitable me he quedado a uno, y así.
Dijimos que sí y todos ayudamos a despejar la mesa porque a nadie nos dio pereza y se nos despertaron las ganas de disfrutar de un rato de juego entre mayores y pequeños. Isabel sacó su bingo infantil, nos sentamos todos en nuestros sitios, las fichas a un lado, el cartón de los números a la vista, rizos de serpentina de colores en algún rincón, y empezó a girar el bombo. Veintisiete, decía Isabel toda digna. Ochenta y cuatro, silencio, tres, silencio, cuarenta y nueve, ese lo tengo, y yo, pues yo aún no he dado ni uno, sesenta y dos, seis-dos, silencio para que el bombo siga girando, y así hasta una línea y después un bingo. Y otra partida.
Unas partidas después llegó la hora de partir, y unos se fueron a su casa y otros se quedaron en ésta. Yo me quedé un rato a solas en el sofá, en el mismo donde todos nos habíamos apretujado para las campanadas, pero ahora en el silencio de la habitación, pensando, contando y descontando, lo vivido y lo que vendrá. Lo vivido es contable y aunque cambie el año y el uno de enero aparezca en la cumbre nevada del nuevo calendario, suma y sigue. Lo que venga es un interrogante. Lo que hay entre medio es el pequeño paréntesis de tranquilidad que te reservas en el silencio del sofá, un rato, total, mañana nadie se levantará pronto, no hay prisa. Hubo navidades de saltos de esquí, ventanas con vaho en los cristales helados que frotabas con el puño para ver un invierno gris que te invitaba a quedarte dentro, un concierto de año nuevo con melodías que los mayores escuchaban y que te hacían sentirte seguro mientras en la alfombra edificabas un Exin Castillos y desde la cocina venía un olor reconfortante.
Quiero vivir todos los días de este calendario.
Balance 31 December, 2011
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 13 comentariosVamos a sentarnos un rato a hablar, lector, ahora que hay un rato de calma antes de preparar la cena de Nochevieja y todavía no ha venido nadie. Me he traído el portátil a la mesa donde cenaremos mis hermanos, mis sobrinos, mi madre y donde habrá silla para quien quiera venir después, tras las uvas, no sé si los vecinos, a veces suben, otras no. Todavía no está el mantel puesto, de eso me encargo yo y lo haré dentro de un rato, y por la ventana entra este sol último del año que ya declina y que vemos porque el anticiclón se empeña en quedarse, haciendo de estas navidades unas navidades azules, y no blancas. Tampoco importa mientras no sean negras, que es el color con el que se anuncia el año entrante. Hay un murmur, un decaimiento in crescendo, se comenta la decisión gubernamental de ayer, anunciada textualmente como “el inicio del inicio”, y yo creo que el propio gobierno, y el propio gobierno que gobierna al gobierno, allá afuera, y quienes sean que gobiernan en realidad, ese ente difuso e inquietante llamado “mercados” a los que los informativos aconsejan mantener tranquilizados, están igual. No vienen buenos tiempos, se dice. Pero ahora toca pasar del dicho al hecho y el hecho no va a ser bueno y no sé yo si terminamos de creer lo que eso puede significar, o lo que va a significar; quizá es que nos da miedo o nos cuesta aceptar que las cosas no van a ser como antes. Es curioso cómo se ha establecido una barrera de contención imaginaria llamada Nochevieja. Antes de las uvas, después de las uvas. El inicio del inicio comienza el lunes para la gente que mientras tecleo escribe en las redes sociales propósitos de fiesta, rituales de ropa interior roja, chistes sobre el año que entra, paradojas en forma de lamentos por lo que viene rubricados por un Feliz Año Nuevo con las tres mayúsculas de rigor. Y las listas. Pereza las listas, oye. Yo no sé hacer listas, tampoco me he propuesto nunca hacer una. Lo mejor del año, lo peor del año, el libro del año, la película del año, el acontecimiento del año. Y qué se yo y qué importa, no?
Pero lo que yo quería decir es que durante meses pensé en sentarme contigo a esta mesa, hoy, antes de que viniera la gente, para contarte la razón de los silencios de este blog. Cada silencio de este blog, este año, se corresponde a algo que no pudo expresarse con palabras. Y ocurre que ayer decidí que no iba a contar la razón, que sólo iba a decir que hubo algo, y que fue amargo, mucho, y que seguramente si hubiera agitado el diccionario habría encontrado las palabras necesarias pero que fue mejor así. Es mejor quedarse con lo bueno. La tarde del fin de año pasado no podía imaginar que hoy sonreiría al teclear que volé cruzando un océano, que echo de menos caminar por las aceras de Park Slope, en Brooklyn, que subí a la planta 106 del Empire State, vi un atardecer de verano y esperé a que llegara la noche y de allí abajo se encendieran millones de puntitos de luz para asombro de las pupilas. Oh, dijo el silencio.
Este año, para mí, ha sido fundamentalmente dos cosas. Ha sido un paréntesis donde cabe mucho daño recibido del que necesitas curarte y aprender. Y ha sido volar durante un rato, sentirme yo y yo en el mundo, vivirlo y poder hacerlo. Ese ha sido el balance del año. Lo acabo de releer y creo que lo he dicho todo suavemente porque hoy no es día para mayores disgustos ni para menores tristezas. Pasó y ya está; a veces los puntos aún escuecen, se me abrieron el otro día, de hecho, pero ya está, aquí estamos. Ha llamado mi sobrina Isabel a mi madre para decirle que esta noche prepararán las uvas en platitos pequeños con el tío, como el año pasado. Yo no sabía entonces que este año me sentiría tan desconcertado y al mismo tiempo sereno, porque lo importante es tener una conciencia tranquila y un corazón en su sitio. Todos nos equivocamos y acertamos pero al final del día, si puedes sonreir a tus sobrinos mientras cuentas las uvas y te emociona un poco su sonrisa, es que eres un tipo con suerte. Llega ya de la cocina el olor del pavo que mi madre va a preparar, como todos los años, para esta noche. Acaba de decirme, desde allí, que me dé una luz, que me voy a dejar los ojos. Es que el sol se despide ya, pero yo también de este post, de esta pequeña reunión en la mesa en la que te quería contar, sin contar, algo que necesitaba decir. Porque yo le habré ahorrado disgustos al blog pero siempre le he hablado con el corazón, esa víscera que en algunas personas solamente late.
Estampa 30 December, 2011
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 2 comentarios(Estampa navideña con retraso. Dos puntos)
La navidad es la intermitencia hipnótica de las luces de un árbol -azules, rojas, naranjas, verdes- que veo desde mi ventana todas las madrugadas desde hace una semana, más o menos. El árbol está en el salón a oscuras de una casa, a mi derecha, semioculto tras unas cortinas. Yo lo miro desde este otro salón a oscuras, de pie, descalzo en el suelo frío. Te vas a enfriar, diría mi abuela. Te vas a enfriar, diría la otra abuela, pero veinte años antes. Ahora no hay abuelas pero sí fríos y enfriamientos, y las luces intermitentes del árbol de navidad, fascinación silente desde mi infancia, como quien contempla un secreto. Entre ese salón y este salón, el frío de la calle. Azules, rojas, naranjas, verdes, las intermitencias de la luz iluminando el recuerdo de otras navidades. Y el silencio. Sosiego en pijama.
Cuaderno 20 December, 2011
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 8 comentarios
Un día este blog recibió una carta deslizada silenciosamente en el buzón. “Es como adornar un bosque y escribir esas frágiles piezas de papel sobre las ramas para que las alumbre el sol y la penumbra que asola nuestras vidas de madrugada. Es como construir un cuento, o una isla, o un poema, o un pentagrama, o una carta, o un telegrama, y adornarlo con cada uno de sus misterios”. Imaginé este montón de palabras prendidas de las ramas formando un bosque y la imagen me hizo sonreir porque me gustó. Me sentí comprendido y acompañado en la aventura de recorrer los senderos que han ido formando la geografía de La Idea del Norte. Las palabras se materializan en papel de verdad, del que acarician los dedos, y los ojos recorren la tinta que antes ha sido un conjunto de puntos luminosos en la pantalla en el cuarto anuario de La Idea, correspondiente a 2010, recién salido de la imprenta.
Como en anteriores cuadernos, o anuarios, llámales como quieras -aunque esta vez la portada, de nuevo concebida en Pekin por Diego Caro, alumno mío cuando era un canijo, amigo mío ahora que ya no es alumno, se inclina por cuaderno más que otra cosa-, se trata de una nostalgia para mañana, de algo hecho para cuando este blog haya sido tragado por un agujero negro del ciberespacio y quizá, alguien, se haya querido guardar un trocito que le remita a esas mañanas cuando encendía el ordenador café en mano para asomarse a ver qué pasaba e igual hasta contribuyendo con algún comentario e incluso con algún silencio fiel; no sé, es un ejemplo. Guardar un trocito, sí, porque es una muestra, ordenada, no dispersa, respetuosa con la continuidad de las tramas, pero muestra. Incluso recoge de manera simbólica la voz de quienes escriben -escribís- tras el punto y final de cada post; lo hace un prólogo, que aquí se llama preludio, por la cosa del guiño musical, escrito por uno de los lectores, valiente voluntario (voluntaria en esta ocasión) puesto que para ello se ha tenido que leer previamente 188 páginas y me consta que así ha sido.
Ambas versiones, la digital y la de papel, son caseras. Maquetada página por página la versión impresa por quien teclea estas palabras y envuelta, después, en la piel que Diego me envía en un correo electrónico. Me reconozco un maniático de las maquetaciones, tamaños, márgenes, tipografías, todo tiene que estar armonizado para que la estancia de la mirada sea confortable, o eso es lo que se pretende. Yo me lo guiso, yo me lo como, pero lo comparto contigo, como vengo compartiendo estos posts desde Mayo de 2005. Si te quieres llevar un pedacito a tu estantería, a tu rincón de lectura, a tu casa, contribuyendo de paso a cubrir los gastos de la edición y el hosting de este blog, no pide más (ni menos) una tirada pequeñita, de andar por casa, lo agradeceré mucho. Si esta Idea te sirve de idea para regalar esta Navidad y con ello hacemos un posible lector más para la ruta de los posts que vengan, pues estupendo.
Para los cercanos (geográficamente cercanos, especifico) hay unos cuantos ejemplares dsponibles en la Librería Gómez de la Plaza del Castillo de Pamplona (sí, donde vivía Lindsay) y en la Librería Julio Mazo de Tudela. Para los demás, se puede adquirir a través de este enlace:
Es gente seria, limpia y responsable. Palabra.
Nos seguimos leyendo, allí o aquí, mañana o el día de mañana.
Camino (Praga II) 19 December, 2011
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios
Dicen los libros de historia que el astrólogo de la corte hizo cuentas con el firmamento y dictaminó que el Emperador Carlos IV debía poner la primera piedra del puente que hoy lleva su nombre el noveno día del séptimo mes del año 1357, exactamente a las 5 horas y 31 minutos de la madrugada. Cómo te quedas. Pues en el puente, bien quieto, mirando con fascinación y observando con suma atención en esta mañana luminosa, azul y fría.
Un puente es un vínculo. Lo es también éste, el monumento gótico más importante e imponente de la arquitectura de la Edad Media en Bohemia, y une esta orilla de la Ciudad Vieja en la que nos encontramos esta mañana, la de las calles adoquinadas, estrechas y bulliciosas, los pasadizos misteriosos, las plazas pobladas de mercadillos de Navidad, luces, caramelo y chocolate caliente, campanas, marionetas de madera y un cartel incitando a entrar al alucine hipnótico del Teatro Negro, con la orilla del otro lado, la de Malá Strana, distrito vibrante donde asoma de primeras la cúpula verde de la Iglesia de San Nicolás, asombro del barroco a cuyo órgano vino a tocar Mozart, y donde los edificios y las cosas aparecen al resguardo de la imponente presencia, en lo alto, del Castillo, que todo lo domina. Pero hay una diferencia sustancial: a diferencia de otros puentes que se transitan de un lado a otro, como si fueran un paréntesis momentáneo en el acontecer de las cosas y los paisajes, el interés aquí está en el “durante”. Hay un microuniverso de 500 metros delimitado por imponentes torres pórtico de piedra negra, una aquí, dos allí, una de ellas reducto sobreviviente de un puente anterior, el de Judith. Todavía, a cada hora, asoma un guardián en lo alto para esparcir al viento una fanfarria solemne de trompeta.
Esta ciudad mágica palpita por la energía que fluye (y emana) de la arteria de este puente en el que nos disponemos a entrar. El escenario es el mismo que el de la foto pero cambia la decoración. Tienes que imaginar una mañana azul y fría, escarcha en los jardines, bufandas en el cuello, bullicio de gentes, el sol prendiendo reflejos vibrantes en la superficie mansa del Moldava, barcazas trazando surcos en el agua, nítidos los contornos de las cosas, resplandenciente el color del paisaje. Aquí los palacios, las casas y sus habitantes miran al río, se asoman a él, se detienen en la misma orilla, no parecen temer el aire de hielo que trae su corriente. Eso es lo que ves al asomarte, una vez atravesado el arco de la torre medieval de piedra de casi mil inviernos que sirve de pórtico al puente. Nada más hacerlo, se extiende ante nosotros una avenida ancha y extensa apoyada en 16 arcos que hunden las raíces de piedra en el fondo de las aguas, flanqueada a derecha e izquierda por majestuosas estatuas de piedra y bronce dorado que miran al cielo, o extienden sus brazos como ramas, o permanecen cabizbajas como queriendo guardar un secreto. Hay 30 estatuas, observadoras silenciosas, guardianes impasibles. Pasamos ante San Venceslao, patrón de Bohemia, ante San Felipe Benicio, santo milagroso y curativo, un cuarteto de clarinetes haciendo las delicias de un auditorio pequeño pero entregado, San Vito, patrón de Praga, también de los perros, bailarines, actores y comediantes, un grupo de sonrisas asoma tras las bufandas y bajo los gorros de lana posando ante una cámara fotográfica, una paloma se posa sobre San Francisco Seráfico, patrón de los pobres y los desahuciados, un pintor sentado en una silla baja se esmera en una acuarela, aireando su colección de obras en un tendido improvisado de sábanas de papel blanco, la visión de Santa Lugarda, escena petrificada desde 1710 en la que Cristo se aparece ante la santa ciega y permite que le bese sus heridas, unos niños corriendo y riendo, inscripciones discretas a lo largo del pretil del camino, adultos detenidos contemplando el paisaje del agua, San Nicolás de Tolentino ahora, y aquí un hombre orquesta a la batuta de incontables mecanismos en el centro de un creciente círculo de turistas para asombro de cada una de las atenciones, monedas en una gorrita en el suelo, Santa Bárbara, patrona de los mineros, un artesano miniaturista trabajando en una mesa, al abrigo de un biombo rudimentario, Santa Margarita, patrona de las madres embarazadas, unos aplausos lejanos, rápidamente diseminados por el aire que sigue la corriente del río, agujas de piedra elevándose a lo lejos, no es de extrañar que esta ciudad responda a la inscripción, en el imaginario de las gentes y las tipografías de las guías de viaje, de la ciudad de las cien torres.
Aquí nadie parece tener prisa. No hay tráfico rodado que te haga apartarte a un lado por precaución. Es cierto que durante el día, seguramente, habrá que atravesar varias veces este lugar, en un sentido o en otro, pero la gente se detiene, una pareja se besa formando, sin saberlo, un fugaz y particular conjunto escultórico añadido y otra pareja, de policías, bien abrigados, pasea, obsérvese el matiz, pasea, no camina, con las manos a la espalda, cuidando de que otras manos vayan a lo ajeno. De súbito, entre la multitud, surge un adolescente con expresión de estar encarado con el puto mundo según lo ordena el patrón adolescente, o el molde, o la guía de viaje de ese periodo turbulento. La expresión se le ve en el rostro aunque tiene puesta la capucha de una sudadera oscura. Se abre paso rápido entre la concurrencia y posa su mano en la cruz de bronce impresa en el bordillo y situada entre las estatuas 17 y 19 que señalan el lugar donde, según cuenta la leyenda, San Juan Nepomuceno fue arrojado a las aguas en 1393 por orden del rey. Dice también la leyenda, y así lo atestigua gráficamente una placa de bronce allí situada, que las estrellas de su aureola siguieron su cadáver río abajo. El chaval mira a un lado y a otro, como si fuera a hacer algo que no debería, y entonces se encarama un poco hacia la placa haciendo pasar su mano por el cuerpo yacente del santo, deslizando la palma de derecha a izquierda repetidas veces. Es inevitable que la ceja se encarame también con cierto asombro. Al encaramarse, los pantalones vaqueros de corte caído del chaval dejan ver los gayumbos, así hay que decirlo cuando se habla en lenguaje de pantalones caídos y adolescencias encaradas con el puto mundo en estos tiempos, gayumbos. Y hay un factor desconcertante en la contemplación de la fricción con fruición de esa mano y el cuadro de zapas y gayumbos, algo entre devocional y anacrónico, pero presente y, por tanto, potente, que no acierto a fijar en palabras pero que es difícil pasar por alto porque el gesto no ha tenido o no ha parecido tener connotaciones de souvenir. El chaval termina el ritual y con la misma rapidez con la que ha surgido se pierde entre el bullicio. Cerca de mí, veo que una cámara de fotos ha sido testigo también de la escena y ha querido retenerla en la memoria. Tras el clic pertinente (o impertinente), una mujer joven asoma tras el visor y prosigue su camino en compañía de un grupo de turistas que atienden las explicaciones de una guía risueña y oronda que lleva una banderita en la mano para que nadie se pierda.
Este escenario de 500 metros late a diferentes frecuencias según el instante del día. Cuando el atardecer llega rápido, a los postres de diciembre, y las primeras luces de los faroles se encienden, el silencio se hace un hueco entre las gentes, lo mismo que las humedades gélidas que se filtran en forma de soplo por hendiduras en la piedra. Una cierta melancolía de lámpara tenue parece abatir el ánimo de los presentes, a saber si lo sabrán, hay un bisbiseo de labios y algún flash inquieto de una cámara lejana. La noche es para que las luces jueguen en el agua dibujando en colores en la superficie la silueta de la ciudad. Otras luces y las luces y las sombras tornan inquietantes las miradas de las estatuas que todavía no duermen. El gemido grave de una barcaza provoca una desbandada de palomas que revolotean nerviosas sobre las cabezas, dos señoras riendo el susto y mirando, como nosotros, hacia lo alto, a decenas de fantasmas blancos aleteando en un cielo negro. Allá arriba, la vasta extensión del Castillo atrapa la atención, cómo no va a hacerlo esa franja de luces inacabable que traza el contorno de un conjunto misterioso que parece abarcarlo y engullirlo todo. En la mente aparece entonces una inicial inevitable, una letra en mayúscula. K.
Franz Kafka cruzó una noche este puente y escribió:
“Hombres que cruzan puentes oscuros
pasando junto a Santos
entre débiles lucecitas.
Nubes que atraviesan el cielo
sobrevolando iglesias
con mil torres que condenan.
Y uno, apoyado en el pretil,
mirando en el agua de la noche,
las manos sobre viejas piedras.”
En un rincón en la oscuridad hay un mendigo arrodillado sobre la piedra fría. A su lado pasa un turista solitario con una mochila a la espalda, se quita su gorro de lana, se lo pone al mendigo, y sigue su camino. El mendigo no se mueve.
Procesos 17 December, 2011
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 3 comentariosEsto empieza por un extremo con una tos, dos toses, tres toses y un ruído raro viniendo de los bronquios, una visita rutinaria al médico, una salida del médico con un volante urgente para el hospital y termina en el otro extremo con la visita de un amigo trayéndome a casa una palmera de coco y con la de la vecina diciéndome ays.
El caso es que mis pulmones nunca han reclamado la atención pero llevan un par de años probando los altavoces. A principios de noviembre ya tuve una bronquitis. Dice el manual de instrucciones del elixir 2.0 que hay que vigilar los pulmones por dos motivos. Uno, porque al tratarse de un inmunosupresor, un catarro común no encontraría freno a la hora de deslizarse desde la nariz hacia abajo, no habría defensas. Dos, porque por alguna razón técnica que no recuerdo, o no entiendo (en realidad creo que no la recuerdo porque no la entendí, técnica como era) el laboratorio maneja una estadística recogida a través de muestras de casos de todo el mundo que marca en rojo las incidencias en pulmones. Por eso, pero sobre todo por ese ruido grutesco al respirar y al toser y ese cansancio que no se correspondía con la actividad ejercida, pedí cita en el centro de salud. Lo tengo enfrente de casa prácticamente, tengo que subir una calle en ligera cuesta, como lo son las que parten perpendicularmente desde el otro lado de la acera. Mareaba un poco la cuesta, más que cuando pasas delante del bazar chino y ves esos colorines y esas luces de colorines en mezcolanza confusa que te hacen decir, madre mía. El centro de salud dejaba el frío fuera y tenía todo el calor del mundo dentro, no sé yo si es muy sano tanto calor y tan de golpe. Quizá por eso, había mucha gente con caras congestionadas en el mostrador de citas. Alguno tendría fiebre, otro mala leche. Yo venía con la cita puesta desde el día anterior y por teléfono, total, no era ninguna urgencia, la tos puede esperar a mañana y a pasado si no da más guerra que ese ruído catacúmbico.
Puntualmente -no recordaba cosa semejante- se abrió la puerta y me recibió una doctora con cara de competente y de buena persona. Eso se nota enseguida. No había enfermera. Las van recortando, recortes, palabra en negrita, palabra del año y la del que va a entrar. Recortaremos hasta el año que entra, al tiempo. La doctora me preguntó los síntomas y yo respondí mientras aprecié el gesto de sorpresa de ella, aunque aprecié igualmente su profesionalidad y sus esfuerzos porque tal gesto pasara desapercibido cuando, mientras sus oídos me escuchaban, sus ojos miraban el monitor donde se supone que viene el resumen general de mi trayectoria, como una ficha policial o un curriculum profesional. Pase por allí y quítese la ropa de cintura para arriba, dijo. Y me levanté para pasar por donde ella decía.
La doctora se acercó con el estetoscopio y entonces me entró la duda de si era un estetoscopio o un fonendoscopio. También me entró la duda de si ambas palabras serían sinónimos para referirse a lo mismo. No importa.
-Coja aire profundamente- dijo la voz de la doctora a mis espaldas depositando un acento frío en mi costado izquierdo.
Cogí aire dándome cuenta de que, aunque parezca mentira, era
-Expulse el aire.
la primera vez que conocía a mi médico de cabecera. ¿Será posible? Pues sí, qué cosa, es lo que tiene ser
-Coja aire profundamente.
paciente de hospital más que de centro de salud. Pensé que esa rebaja, ese recorte en la categoría, no estaba mal después de todo.
-Uf, mire, voy a derivarle al hospital.
Eso me pasa por pensar.
-Pooor?
-Porque me temo que es una neumonía y en su caso particular, si se confirma mediante la radiografía que le voy a solicitar de urgencia, no sería una buena noticia.
-¿Radiografía? ¿Urgencias? ¿Ahora? (pereza) ¿Neumonía? ¿Y si es neumonía qué pasa?
-Si es neumonía estudiaremos si procedemos a una estancia.
-¿Estancia dónde? ¿Estancia es ingreso??
-Eso es, sí, sería lo que hay que hacer.
Y etc hasta llegar a lo de la palmera de coco, en casa, convaleciente del agotamiento de estos antibióticos que no sabes que existen porque van por delante de los recetados para las anginas y cosas así. Me mantienen castigado en casa por orden facultativa y aquí hay ratos que estoy normal y ratos que me siento muy débil. Pero no hay fiebre. Aquí me muero de aburrimiento pero tampoco tengo iniciativa para hacer mucho; eso sí, he visto llegar al invierno desde el otro lado del cristal de la ventana. Y para combatir un rato el aburrimiento me he hecho con una aplicación que hace que me pueda llevar las películas y las series a la cama en mi iPad sin conversiones y rollos de perder el tiempo, tan del gusto (incomprensible) de Apple. Lo del iPad es muy cómodo porque no pesa, no se calienta, no es un trasto. Te pones los auriculares, doblas la almohada, te lo colocas delante y miras. Y lo que ves te hace reir, te mantiene en suspense o hace que te duermas, según. Hoy he soñado algo desazonador que se ha desvanecido al despertar porque no me acuerdo de nada, solo ha quedado el recuerdo, en forma de estela negra, de que lo que fuera era muy desazonador.
Vocabulario 15 December, 2011
Escrito por emejota en : Varios , 4 comentariosDe términos a recuperar por su utilidad.
Visajada.
f. Tontería, extravagancia.
2. En contexto más coloquial y apropiado: tontada, chorrada.
Conquista 14 December, 2011
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios
Mi infancia fue una sucesión de viajes secretos a la Antártida cada vez que me asomaba a los libros a escrutar fotografías como esta. Una cosa es ver una fotografía y otra estar en ella, recorrerla con los ojos, instalarte. Con la merienda de pan y chocolate como único equipaje, viajaba a aquellos lugares en silenciosa fascinación, así es la fascinación infantil, silenciosa. Esas fotografías de icebergs en un blanco y negro crudo, espectrales los bloques de hielo, las extensiones de terreno que la emulsión de la película despojaba de horizonte y la cara quemada y los ojos claros de los rostros de los exploradores me causaban impresión y aprensión, un poco de miedo y un mucho de admiración. Héroes. Héroes en territorios inhóspitos, como ir a un planeta lejano hecho de hielo y cosas imposibles. Luego, pero cuando luego significa mucho, llegó el verano en el que uno de los (Me)Cano escribió una canción misteriosa y hermosa. Escuchábamos la canción pero no la letra. “Héroes de la Antártida”. Y según cómo ponías los oídos, salía la voz de Ana Torroja cantando lo que fuera o salía cantando una letra que detallaba minuciosamente una parte de la hazaña y la tragedia de la que hoy se cumple un siglo. ¿Un siglo de qué? De la conquista del Polo Sur.
Fue Amundsen el que ganó la carrera a Scott. El concepto carrera es inherente a esos tiempos de territorios inexplorados a la espera de que una bandera dijera: adjudicado. Y además, le pone emoción. En este caso, mucha, y admirable, y trágica. Amundsen, noruego, le ganó a Scott, hijo de la Gran Bretaña, pero ambos fueron héroes. Amundsen ganó por listo pero sobre todo porque era un hombre práctico. Supo adónde debía dirigirse, cuándo y cómo. Una vez conocida la noticia de que alguien había alcanzado el Polo Norte, que a él le caía más cerca, puso su vista en la mareante distancia que le separaba del comienzo de la odisea que significaba explorar el desconocido polo opuesto del mundo. Y se lo calló un rato. Por eso era listo. Y también práctico, sobre todo práctico. Porque en lugar de contar con un señor barco, su pequeña embarcación supo abrirse paso por los estrechos canales que dejaban los macizos de hielo; porque en lugar de llevar caballos y ponis, que a Scott se le revelaron nada útiles, Amundsen contó con perros. Y además supo superar el escrúpulo británico de que si había que comer el mismo perro que tiraba del trineo, se comía. Finalmente, comprendió que la pompa aquí no tenía mucho sentido si no querías perder el sentido, el de la orientación y el de la cabeza, y partió de Noruega con tan solo ocho hombres (él incluído) que redujo a cinco (él incluído) una vez pisada la orilla del territorio en el que había que adentrarse para encontrar el punto exacto, ese por el que pasa el eje del globo.
A Amundsen le dijeron que era un fresco porque no dijo nada de sus intenciones y así ya me dirás que carrera limpia hay aquí, pensaron casi todos, pero hay que decir en su descargo que cuando llegó a Madeira tuvo el detalle, no sabemos si por ser un caballero, o movido por la mala conciencia, o con una cierta mala leche chulesca, de telegrafiar a su adversario para decirle que estaba de camino cuando el inglés estaba distraído en Melbourne y tuvo que reaccionar de la noche a la mañana. En el equipaje llevaba una ropa inadecuada (no es frivolidad anotarlo), los errores tácticos que se han apuntado en el párrafo de arriba y otros que nos dejamos en el tintero porque, total, el final de la historia no lo cambia nadie.
La de Scott fue una derrota espeluznante, porque lo suyo y lo de sus hombres fue un suplicio, un tormento en la tormenta de hielo, una sucesión de muertes a cámara lenta y a cuchilla de ventisca y gangrena. Llegar en estas circunstancias y ver la bandera de otro izada por tan solo unos días de diferencia tiene que provocar un terremoto de impotencia por dentro que da un poco de miedo imaginar, porque pase lo que pase por la cabeza en esos momentos, hay que sumar las fuerzas minadas, mirar a la tropa que te queda, y pensar que queda el regreso.
La última anotación de Scott en su diario es del 29 de marzo de 1912. Dice así: “El fin no puede estar lejos. Por el amor de Dios, cuidad de los nuestros”. A partir de ahí, la blancura de la página se funde con la blancura del paisaje. Una expedición, en el verano siguiente, encontró los cuerpos. Estaban a tan solo 18 kilómetros de una base con víveres y combustible. Si escuchas la canción de los Mecano, puede que te quedas solo con la melodía hipnótica de la Torroja o que, de paso, escuches cómo te cuenta por el mismo precio la tragedia de Scott y los suyos. Al escribir la canción, José María Cano jugó con los signos de puntuación una vez más, sutil él; hacer algo con sentido aunque no se note; que los ojos vean lo que el oído no va a percibir. Dice el estribillo:
¿Quién se acuerda del Capitán Scott,
Evans, Wilson, Bowers y Oates?
Y repite el estribillo:
¿Quién se acuerda del Capitán Scott?
Evans, Wilson, Bowers y Oates.
No había nadie más.
Videncias 13 December, 2011
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 8 comentariosEse momento alucinante en el que la vidente de la tele escucha la pregunta, vía telefónica, de una voz nocturna, acreditada como Libra, tono implorante, ¿mi marido me quiere?, (tachán), y la vidente tuerce el morro, echa un ojo a los naipes, y responde: es que las cartas me dicen que tu marido ha sido un raro siempre.
Ese momento.
Hay una vidente que sale a la hora de los insomnios y del abracadabra que desde el verano ha hecho un viaje astral por varios canales de la tedeté, de esos que uno no pulsa de usual, canales de órbitas lejanas. Me pregunto si se muda porque le pagan poco o porque le persiguen las llamadas, y no precisamente para preguntarle por la compatibilidad con Acuario. Ella posa en un set mínimo, muy puesta de peluquería, eso sí, con tres velas a su vera, naranja, verde y roja. Es fácil que te la encuentres diciendo cosas como: Géminis, hijo de Tauro, ¿tiene futuro con Capricornio? y que entonces parta en dos el mazo de cartas, mire a la cara al naipe, ponga cara de fastidio y se disponga a amargar la noche al incauto o incauta de turno: pues no tiene ningún futuro pero, escucha reina mía, las cartas me dicen que no vales nada, que tienes las piernas hechas una patata, que te encuentras sola, pero sola sola sola y que el estómago te va a dar mal. Y que estás muy mal del corazón. Un beso, mi reina. Cuando se te quiere quitar de enmedio porque se le acaba el rollo del naipe, te dice: un beso, mi reina, y le da al caramelo de eucalipto. Porque esta vidente se atraganta mucho. A veces está en trance con las cartas y le entra una tos de esas que te hacen alzar la ceja con aprensión porque parece que se le salen los zodiacos, y aún más se levanta la ceja cuando, con artes que Marshall McLuhan no contempló nunca, fijo, dice a cámara, quita!, quita!, entre estertores de asfixia, dejando entrever, no obstante, una mala leche que por lo menos viene de la conjunción de Marte con un par de ovarios bien puestos. El realizador obedece y ordena un cambio de plano, de manera que solo se ven las cartas sobre la mesa desde un ángulo lateral. La tos, entonces, pasa a ser una tos en off, y entre ahogo y arcada dice reina mía, si ya te lo estoy diciendo, y más toses y más ahogos y más arcadas, y de pronto aparece una lata de coca cola como de puntillas en ayuda del gaznate, se escucha un glu glu, otra tos, algún escupitajo de coca cola sobre la carta del ahorcado impulsada por la tos y más reina mía, herencias, amores y enfermedades. Un show astral.
Esta vidente atesora momentos estelares. ¿Tienes cosas de médicos?, preguntó mirándome. Sí, contestó una voz en mi lugar. Exacto, porque están mirando el corazón. Pero es por el túnel carpiano que tengo, rectificó la voz, que se me duerme la mano. La pitonisa no se inmutó, al contrario; con voz docta y henchida de la satisfacción que da haber dado en el clavo añadió: y qué te he dicho yo, reina? Tienen que mirar las válvulas, que se aturullan. Y se hizo un silencio de agujero negro al que ella no pareció dar importancia. La noche que las constelaciones le hicieron concentrarse acodándose a la mesa, las manos entrelazadas, la barbilla sobre ellas, escrutando la respuesta a las dudas sobre la fidelidad del cónyuge de la televidente telefónica, alzó la vista y tras honda reflexión sentenció: yo que tú me lo quitaba de encima pero ya. Y le dio vueltas al caramelo de eucalipto en la lavadora del carrillo izquierdo y dijo un beso mi reina, recogiendo las cartas desplegadas encima de la mesa y haciendo tap tap con ellas, que en lenguaje de pitonisa quiere decir, siguiente. A mí me dio por incorporarme de la postura horizontal que había adquirido en el sofá, eché mano de internet y tecleé el nombre de la pitonisa del eucalipto en el oráculo digital de Google. Por curiosidad galáctica, porque las constelaciones del morbo y de la sospecha ejercen un poderoso influjo. Tecleé:
M-a-r-u-j-a (espacio) z-o-r-r-i-l-l-a
(enter)
Sin hacer ningún corte con la mano izquierda y sin preguntarme si yo era Capricornio hijo de Piscis o de Sagitario, Google respondió:
-esta señora hace honor a su apellido.
Y unas risas, oye.
Esta señora despliega las cartas sobre la mesa, dice cosas como tu marido tiene muerte psicológica, mi reina, deja a la audiencia muerta matada y por si cupiera duda alguna sobre el veredicto astrológico señala con el índice una fila de cartas y dice sí, sí, sí y sí. Probablemente los hados determinen entonces un ataque de tos, de estertores, de gargajos que descompongan momentáneamente el orden cósmico de su peinado de domingo. Cuando el realizador nos devuelva a la bruja a plano, la veremos con una mano en la garganta dándole con nervio al caramelito de eucalipto y, sin que se le caiga la cara de vergüenza, dirá que esta tos me da cuando percibo energías negativas y la anterior llamada era una señora cargada de cosas negativas, por eso la he cortado pronto. La vidente practica el laísmo del lalalá. En un canal próximo, pero no en órbita de colisión, un presentador con cara de redactor de guardia da un repaso a los marcadores de la liga. Mi sobrino dice que es del Osasuna, del Barcelona y del Real Madrid, de los tres, y tiene un álbum de cromos. Algunos repetidos.